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La cartografía en la guerra de los espías y el día que Portugal quiso engañar a España con el Atlas Miller

Por Pedro García Martín

Atlas Miller / Wikipedia

Mientras la mayoría de ellos nace con la vocación de informar, hay otros, los mapas de espías, que buscan todo lo contrario: la desinformación. Para ello falsifican lugares, símbolos y escalas, y así poder confundir al enemigo.

Al inicio de los descubrimientos geográficos, el espionaje estaba a la orden del día entre los reinos ibéricos. No en vano, se estaban jugando el reparto del Nuevo Mundo. La joya de la corona eran las llamadas islas de la Especiería, adonde habían llegado primero los lusos, los cuales querían mantener en secreto su monopolio por la riqueza que generaban las especias.

En 1517, el navegante Fernando de Magallanes expuso al monarca portugués Manuel I su proyecto para llegar a esas islas por Occidente, y ante su negativa a financiarlo, viajó a Sevilla para ofrecérselo a Carlos I. No fue casualidad que, poco después, el rey luso encargase la confección del Atlas Miller, un mapamundi lujoso realizado en Lisboa por el cosmógrafo Lopo Homen y los cartógrafos Pedro y Jorge Reinel, y se lo regalase a su cuñado Carlos I con motivo de su boda con su hermana Isabel.

¿No era enternecedor este detalle familiar? ¡Un obsequio de incalculable valor artístico! Para nada. Lo que parecía un gesto inocente era en realidad un regalo envenenado, pues algunos de sus mapas pretendían desinformar a los españoles. Es decir, eran falsos. No tenían meridianos ni paralelos. El trazado geográfico estaba lleno de errores. Algunos archipiélagos y ríos fueron inventados. Las islas Molucas habían sido dibujadas en un lugar incorrecto. En suma, el Atlas Miller pretendía desinformar al soberano español para que no hiciera caso a Magallanes en su proyecto de paso por el sur. Un intento disuasorio que fracasó porque la expedición de Magallanes y Elcano entre 1518 y 1522 circunnavegó la Tierra y descubrió la ubicación de la Especiería. Por cierto, se sospecha que los autores del mapa, Pedro Reinel y su hijo Jorge, eran espías al servicio de España, pues ya en Sevilla participaron en la planificación del viaje de Magallanes…

Mapa de Brasil en el Atlas Miller, 1519. / Wikipedia

Mapa de Brasil en el Atlas Miller, 1519. / Wikipedia

Mapa desplegable del Atlas Miller que muestra la cuenca del mar Mediterráneo y las regiones adyacentes, 1519 / Wikipedia

Mapa desplegable del Atlas Miller que muestra la cuenca del mar Mediterráneo y las regiones adyacentes, 1519 / Wikipedia

Mapa del atlas Miller que representa la isla de Madagascar. La mitad occidental de este mapa se ha perdido, 1519 / Wikipedia

Mapa del atlas Miller que representa la isla de Madagascar. La mitad
occidental de este mapa se ha perdido, 1519 / Wikipedia

Mapas falsos que desinforman

Los espías forman ejércitos invisibles que, tras capturar noticias en el teatro de operaciones, se desvanecen entre la niebla de la prudencia. Son una diplomacia secreta que domina el arte del disimulo. Sirven al poder por motivos políticos y profesionales, pero también por otros más prosaicos, como un salario, una traición o una venganza. Y, como se explica en el libro Leyendas de los mapas. Una lectura geopoética de la cartografía (2022), “entre sus útiles de trabajo nunca faltan los mapas: brújulas de papel pintado que orientan o desorientan a capricho de su dueño”.

Los cartógrafos interpretan las necesidades geopolíticas del poder. Los mapas, al contener información sensible, son en muchos casos secretos de Estado. Por tanto, mientras la mayoría de ellos nace con la vocación de informar (mapas políticos, geográficos, geológicos, meteorológicos y planos de ciudades), hay otros, los mapas de espías, que buscan todo lo contrario: la desinformación. Para ello, falsifican lugares, símbolos y escalas para confundir al enemigo.

En este apartado de desinformación, Álvaro Cunqueiro cuenta en su libro Viajes imaginarios y reales una treta que pergeñó el ministro de finanzas de Luis XIV, Jean Colbert, y que consistió en imaginar falsos países y sus correspondientes mapas. Necesitada la Hacienda Real como estaba por mantener una política exterior belicista, al consejero del Rey Sol se le ocurrió crear una oficina qué él llamaba Gabinete de Falsos, en la que reunió a literatos y cartógrafos para inventar lugares fantásticos.

Retrato de Jean-Baptiste Colbert / Wikipedia

Todos ellos tenían en común que eran la viva imagen del paraíso terrenal y, no por casualidad, se hallaban en remotas comarcas de África y Oriente, donde se estaba dando un duelo colonial entre las potencias europeas. Los escritores los describían como países gobernados por reyes bondadosos, cuyos súbditos eran “buenos salvajes”. Pero lo más importante es que rebosaban de riquezas. Minas de oro, piedras preciosas, especias, drogas y sedas, que se encargaban de dibujar los cartógrafos reales en mapas falsos. A continuación, Colbert animó a los mercaderes franceses a crear Compañías de Comercio, como las inglesas y las holandesas. Los burgueses picaron el anzuelo y tuvieron que adelantar dinero para asegurarse la explotación de esos recursos ficticios. Luego se encargó de justificar su ruina financiera aduciendo que los barcos se habían ido a pique. De paso, el ministro disuadió a otros estados rivales, los cuales se habían enterado de la existencia del Gabinete de Falsos por sus espías, para que no fueran a explorar esos supuestos “protectorados franceses”.

Espías de mapas en las guerras mundiales

Los servicios de inteligencia también encargan a sus agentes levantar y ocultar mapas. Tal fue el caso de Robert Baden-Powell, conocido por ser el fundador de los boys scouts, pero que se labró una reputación en círculos militares por sus campañas en África. En 1915 escribió Mis aventuras como espía (1915), una guía para los jóvenes aspirantes a agentes secretos, donde cuenta que en los años previos a la Gran Guerra espió para el Servicio de Inteligencia británico. Ataviado como un excéntrico gentleman al que sólo interesaban las mariposas, viajaba en el Orient-Express hasta los Balcanes, adentrándose en los bosques en teoría para cazarlas. En realidad, cartografiaba desde sus alturas las instalaciones estratégicas de puertos y ciudades, camuflando los mapas en los dibujos de insectos del cuaderno de campo que enseñaba a la policía de fronteras. Una vez a salvo en Londres, los especialistas formaban el collage de los objetivos avistados, algunos de los cuales fueron luego atacados por el Almirantazgo.

Retrato de Robert Baden-Powell

Del mismo modo, la Segunda Guerra Mundial dio mucho juego a los espías de mapas. Otro agente del M16, el oficial Ian Fleming, padre literario de James Bond, coordinó en 1941 la confección de mapas de las costas españolas para atacar a Franco en caso de que se uniese al eje de Hitler y Mussolini. También la vedette del Folies Bergère, Josephine Baker, que se había hecho famosa por sus actuaciones con una falda de bananas como única prenda, pasó información de los nazis a los aliados. En el transcurso de sus viajes a España, los revisores de los trenes y los guardias alemanes le pedían autógrafos al cruzar la frontera, ignorando que escondía documentos y mapas en su ropa interior. Por otra parte, el supuesto mapa diseñado por el gobierno de Hitler para repartirse América Latina que alarmó al presidente Franklin D. Roosevelt era falso, pues se lo hicieron llegar los espías aliados para convencerle de que Estados Unidos debía entrar en el conflicto.

Josephine Baker. Fotografía: Lucien Walery

La Guerra Fría también se libró, entre otros, en el frente de los mapas. En Occidente la cartografía evolucionó como ciencia. Los mapas pasaron de considerarse solo geográficos a textos culturales, donde confluyen imágenes, literatura y poder. En cambio, en la URSS se dio una desinformación cartográfica deliberada y sistemática, desde que en los años treinta la policía secreta (NKVD) se responsabilizó de la confección de los mapas. En ellos se distorsionaron las costas, los ríos, las carreteras y los edificios sensibles -políticos y militares-, para que los Estados Unidos no pudiesen acertar en sus blancos con misiles crucero. También se omitió la escala y se falsificaron los planos callejeros de Moscú, Leningrado y otras ciudades, por lo que las mejores guías urbanas de Rusia fueron húngaras y el atlas de bolsillo de los agentes de la CIA. La llegada al poder de Gorbachov y la desaparición de la Unión Soviética inició la elaboración de mapas rusos fiables, porque los satélites espías vigilan ya todo el mundo y los internautas pueden usar Google Earth para hacer zoom sobre cualquier lugar.

Ahora bien, esos satélites empiezan a tener fisuras, pues los especialistas en inteligencia artificial nos están advirtiendo que se pueden adulterar las imágenes por satélite para realizar mapas falsos. En el año 2021, un equipo de investigadores de la Universidad de Washington aplicó técnicas de IA para colocar edificios de Pekín en un plano de Seattle y otros de Cádiz en Madrid. De esta forma demostraban que se podía manipular la geografía hasta convertirla en una deepfake, o falsificación profunda, cuyo realismo es superior al de una imagen retocada por Photoshop. Esta nueva amenaza de desinformación cartográfica debe ser combatida mediante la verificación de los datos y la lectura crítica de los mapas.

El especialista en cartografía digital, Mark Monmonier, ya nos advirtió en su libro Cómo mienten los mapas (1991) que: “Al igual que los discursos y las pinturas, los mapas son colecciones de información confeccionadas por autores y sujetas a distorsiones cuyo origen puede ser la ignorancia, la codicia, la ceguera ideológica o la malicia”.

La disputa entre los vikingos y Colón

Un caso de fraude cartográfico por razones ideológicas es el del mapamundi de Vinlandia. Fue ‘descubierto’ en 1957 dentro de dos manuscritos auténticos, la Hystoria Tartorum y el Speculum Historiale, escritos por un copista desconocido en la primera mitad del siglo XV. El hallazgo causó un gran revuelo internacional en círculos académicos, porque Vinlandia es una parte de la costa norteamericana situada al sudoeste de Groenlandia, lo que demostraría que los vikingos llegaron a América mucho antes que Colón y además la cartografiaron. Entonces comenzó el circo mediático. El mecenas Paul Mellon, propietario del mapa, lo donó a la Universidad de Yale, el New York Times lo tasó en 25 millones de dólares y se hicieron ediciones facsímiles muy cuidadas. Los partidarios de la llegada al Nuevo Mundo por navegantes precolombinos, entre los que se destacó a Erik el Rojo por haber fundado colonias vikingas en Groenlandia, disponían ya de la prueba de cargo.

El mapa de Vinlandia / Wikipedia

No contaban con que los avances en datación química iban a desenmascarar el engaño. El escaneo y análisis del documento por radiocarbono demostró que, si bien el pergamino era original, las tintas estaban elaboradas con un componente de titanio que solo se empezó a utilizar en las primeras décadas del siglo XX. El falsificador lo había dibujado en un pergamino añadido a los manuscritos medievales para resultar convincente.

Es muy probable que los vikingos llegaran a América antes que Colón, y de hecho se están excavando yacimientos en Terranova que pueden pertenecer a ellos, pero desde luego el falso mapa de Vinlandia evidencia que no la cartografiaron. La carta de Juan de la Cosa que se conserva en el Museo Naval de Madrid, fechada en el año 1500, sigue siendo el primer mapa donde aparecen por vez primera las tierras americanas.

En cuanto a los silencios interesados, damos por buenos mapas oficiales de algunas naciones a cuya imagen nos hemos acostumbrado, aunque sea una representación incompleta de los espacios que dominan. Tal es el caso del mapa de EEUU desde su Independencia. Solo reproduce los sucesivos estados de la Unión hasta los cincuenta actuales. Pero deja invisibles territorios que ocupó (Filipinas, Puerto Rico) e islas (las Marianas, las Vírgenes, las Aleutianas, Guam, Cayo Hueso, etc.) que los gobiernos de Washington se fueron anexionando en detrimento de España y de otras potencias en declive.

El mapa logotipo estadounidense da a entender que es un espacio uniforme y, en cambio, esconde una colección de territorios que conforman su imperio global, pues, como señala el historiador Daniel Immerwahr en su libro Cómo ocultar un imperio: Historia de las colonias de Estados Unidos (2023): “Esas pequeñas manchas son los cimientos del poder mundial de Estados Unidos… y constituyen un 'imperio puntillista'”. Es decir, ese rosario de pequeñas tierras e islas que se extienden por todo el planeta, sirven a las fuerzas armadas estadounidenses de bases militares, aeródromos, fondeaderos, polvorines y rampas de lanzamiento.

Esta estrategia de esconder lugares de soberanía delicada forma parte de la geopolítica mundial. Del mismo modo que los mapas de espías son inseparables de la cartografía secreta de los países.

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