Exposiciones

El primer Picasso: radiografía del artista que vivió en A Coruña antes de convertirse en genio

Por LORENA BUSTABAD. A Coruña

ALDEANOS GALLEGOS, 1895

Picasso explotó en A Coruña. Su primera exposición, su primer mecenas, su primer gran amor, su primer duelo y hasta la primera cisterna de la ciudad. Un lujo inesperado antes del alcantarillado que los Picasso estrenaron en Galicia.

Los cuatro años que Pablo Picasso vivió con su familia en la ciudad atlántica (1891-1895) marcan el fin de la infancia y el nacimiento de un genio al que le quedó la impronta liberal y republicana que campaba por la Torre de Hércules escapando al control episcopal. Una etapa de su biografía que muchos estudiosos del artista pasaron por alto en las mil y una disecciones que se han escrito sobre su figura sin darle la importancia que ahora va recobrando y que él mismo atesoraba como parte de su geografía sentimental. En A Coruña, el niño pintor que firmaba como P. Ruiz pasó a ser Picasso.

“Es en esta ciudad donde se hizo pintor”, subraya Malén Gual, conservadora del Museo Picasso de Barcelona. Sus padres, José Ruiz y María Picasso, pronto aborrecieron la lluvia y la humedad gallega; mientras él se movía feliz y a sus anchas por “la ciudad del viento”, como la llamó, retratando a la gente más humilde a los que pagaba el posado con un plato de comida. “Solamente para mí el traslado a Galicia fue una fiesta”, declaró en una entrevista.

Torre de Hércules, 1895

Prueba de ello es que al exilio francés lo acompañaron algunas de las pinturas de paisajes que realizó en aquellos años del parque de Santa Margarita, ‘La muchacha de los pies descalzos’ o el ‘Hombre de la gorra’, y que pueden verse replicadas en su antigua morada gallega, hoy reconvertida en Casa Museo de Pablo Picasso en el segundo piso del número 14 de la calle Payo Gómez de A Coruña, a 200 metros de la playa de Riazor.

Pablo Diego Francisco José de Ruiz y Picasso (entre los muchos nombres que figuran en su partida de bautismo de familia burguesa) llegó a A Coruña el 14 de octubre de 1891 a punto de cumplir los 10 años después de un viaje infernal de ocho días en barco, tren y carretera desde su Málaga natal con media docena de baúles, relata la guía de este museo de acceso libre que gestiona el Concello de A Coruña. Seguían a su padre, José Ruiz Blasco, que buscando un empleo estable había aceptado dar clases de dibujo en la Escuela de Bellas Artes de la ciudad por recomendación del doctor Ramón Pérez Costales. El médico, un amigo de la familia muy influyente, lo proveyó de trabajo y casa pero también acabaría por ser el primer mecenas de un crío que demandaba lienzos, pinceles y óleos y un material que estaba al alcance de pocos. Pablo le dedicó un retrato del que nunca se deshizo y que aún puede verse replicado en la casa en la que vivió.

El hombre de la gorra, 1895
La muchacha de los pies descalzos, 1895
Retrato de Remón Pérez Costales, 1895

La Escuela de Artes y Oficios compartía edificio con el instituto Eusebio da Garda, en el que matriculó a su hijo mayor, donde este pasó más tiempo castigado en los calabozos que en las aulas rellenando compulsivamente todo cuaderno, libro de texto o libreta que caía en sus manos con dibujos y caricaturas a lápiz de todo cuanto veía o recordaba. En A Coruña, Picasso también se tropezó con Isidoro Brocos, su profesor de Modelado y Vaciado, menos academicista y más original, que le dejó una profunda huella para abrir nuevos caminos artísticos.

La vivienda conserva elementos originales como la pequeña silla en la que él se sentaba a pintar con réplicas de algunas de sus obras y dibujos de entonces. Padre e hijo pintaban de espaldas, en espacios diferentes de la casa y marcando la distancia que siempre lastró su relación. Mientras que el estudio del padre daba al frente, Pablo y sus dos hermanas menores compartían una sala de juegos y costura con su madre al fondo del pasillo, con una pequeña galería en la que el artista aprovechaba al máximo las horas de luz. En aquellos años, el chaval que estaba llamado a ser uno de los artistas más geniales del siglo XX todavía buscaba su identidad y su firma para diferenciarse de su padre, Jose Ruiz Blasco, y coronaba sus obras como P. Ruiz.

Playa del Orzan, 1895

Un Pablo preadolescente solía acompañar al doctor Pérez Costales en sus visitas médicas y retrataba a sus pacientes más humildes o pasaba las tardes jugando y dibujando en la plaza de Pontevedra mientras su madre le echaba un ojo desde un ventanuco subida a la letrina. Pintaba las palomas que se posaban en los cables de la galería de su casa y retrataba a su perro Clíper, ensayando distintas técnicas y dando muestras inequívocas de un genio desbordante que descubrió el azul y el rosa en los colores del atardecer de la bahía del Orzán.

Con 13 años, hizo su primera exposición en los escaparates de un comercio de la calle Real de A Coruña, donde a menudo exponían personas más o menos reconocidas que le triplicaban la edad con escenas costumbristas que eran el reflejo de rostros y vidas duras. La prensa se tomó en serio a aquel genio incipiente y sus primeras críticas artísticas en La Voz de Galicia (21 de febrero de 1895) ya apuntaban a las maneras de un genio: “Este modo de empezar a pintar acusa muy buenas disposiciones para el arte pictórico en el artista infantil. Continúe de esta manera y no dude que alcanzará días de gloria”.

Pareja de ancianos, 1895

“Son unos años desconocidos y apenas apreciados en su biografía artística por los estudiosos, que pasaron por alto el análisis de su obra en esta edad temprana que es un testimonio fundamental de los inicios de uno de los pintores más geniales del siglo XX”, señala Ángeles Penas, directora del Museo de Bellas Artes de A Coruña. “Es en A Coruña donde el artista cimenta sus cualidades: un dibujo académico impecable, un caricaturista mordaz, un retratista sutil que privilegia para siempre la forma sobre el fondo y un paisajista avezado, que domina diversas técnicas: lápiz, carboncillo, pluma y óleo sobre papel o lienzo pero también sobre pandereta y loza”, insiste Malén Gual.

La etapa gallega de Picasso terminó de forma abrupta en 1895, poco después de su primera exposición tras la muerte de su hermana Conchita. “Cuentan que Picasso rezó y rezó para salvarla y prometió no volver a pintar. La hermana falleció de difteria y él fue más ateo y pintor que nunca”, relata la guía del museo. De las paredes de aquella casa, cuelgan los apuntes para el retrato de Conchita que esbozó unos meses antes. En abril de 1895, la familia hizo las maletas y puso tierra de por medio para empezar una nueva etapa en Barcelona donde el padre había permutado una plaza de profesor con un antiguo compañero y pusieron fin a lo que para ellos había sido la pesadilla gallega. Para Pablo Picasso, un paraíso en el que explotó su genial talento y al que siempre le apenó no poder regresar.

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