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Elvira González: “Lo que pasa en España es que Picasso es un monstruo, y eso irrita y molesta”

Por MARÍA DE LA PEÑA FERNÁNDEZ-NESPRAL

elvira gonzález foto: carmen castellón

En un momento en el que exponer a Picasso en España era un desafío, Elvira González fue una de las primeras en atreverse. En 1971, la galería que fundó en Madrid con su marido, el pintor Fernando Mignoni, sufrió un atentado por exponer grabados de la famosa ‘Suite Vollard’ del artista. Con motivo del ‘Año Picasso', nos recuerda cómo vivió este incidente y nos relata la relación de la España de los 70 con el mundo del arte.

E n sus paredes han colgado obras de Cézanne, Calder, Morandi, Fontana, Juan Gris o Barceló. Pero es Picasso el que se lleva todo el protagonismo. Desde grabados hasta un óleo del año 1964. Se define como beata del malagueño. “Me ha cambiado hasta la manera de mirar la pintura”, reconoce. Y lamenta que en España no se le haya comprendido bien. “Lo que pasa es que Picasso es un monstruo, y eso irrita y molesta”.

Ex bailarina e hija de escultor, Elvira González se casó con el artista Fernando Mignoni en 1963. Después de vivir en Francia tres años y conocer de cerca a algunos de los artistas exiliados de la Escuela de París y las grandes galerías, volvió a Madrid ya con dos hijas, a abrir la suya propia. Era 1967 y le pusieron el nombre del hermano de Van Gogh, Galería Theo.

A los cuatro años consiguió traer a España parte de la serie de grabados más importante de Picasso, la ‘Suite Vollard’, que culminó entre 1930 y 1936 por encargo del marchante y galerista francés Ambroise Vollard. “La hace en un momento en el que todavía está en su plenitud. Son todos grabados lúdicos, pura sensualidad. Una obra maravillosa, con una fuerza increíble que simboliza ‘la belle vie’”, explica González. “A veces parece muy fácil lo que hace, pero es muy complicado. Es tan diferente y a la vez siempre el mismo”, define así al artista.

La exposición se inauguró con gran éxito pues la élite a favor de Picasso en el final del franquismo era consciente de lo que representaba el artista. Acababan de celebrar un homenaje con los poetas Gabriel Celaya, Luis Rosales y Gerardo Diego, con Pedro Laín y Fernando Chueca Goitia. Al cabo de unos días de la apertura de la muestra, la galería sufrió un atentado. Un grupo de asaltantes destruyó con vitriolo 24 de los grabados. Solamente dos se salvaron y uno lo robaron. Estaban enmarcados y suspendidos en cristal. “Fue un shock. No me lo esperaba. Fue una gran sorpresa o yo era una inconsciente. Fue un día muy triste y traumático. Fui la primera en poner una denuncia a la extrema derecha. Traer a Picasso era complicado. El permiso de importación, impuesto de lujo (ahora el IVA). No era fácil”, resalta apesadumbrada.

Suite Vollard. Estampa n.º 45: Escultor y modelo arrodillada, 1933 Pablo Picasso

Las consecuencias de exponer a Picasso durante el franquismo

Exponer a Picasso en 1971 tenía sus consecuencias. Picasso simbolizaba el anti franquismo y atentados como el de la galería Theo se sucedieron antes en librerías como por ejemplo Machado. Pero ante la terrible ausencia de la obra de Picasso en España, González no dudó en que hizo lo que debía.

Conserva a modo de reliquia un álbum con las fotos de los grabados de Picasso destrozados después del atentado. “No se restauraron porque son un testimonio histórico”, añade. Después llegó el desastre económico. “Tuvimos que pedir un crédito para pagar la ‘Suite Vollard’ al galerista de París que nos la había prestado. Al tener el atentado una connotación política, el seguro no pagó nada. Podía haber ido a ver a Picasso para contárselo pero me dio mucha vergüenza”, afirma González. “Por pudor no lo hice. No me atreví. Parecía que si ibas a verlo era para que te regalara algún dibujo. No tenía que haber tenido vergüenza”, continúa.

Al tener el atentado una connotación política, el seguro no pagó nada

El atentado no hizo sino incrementar su pasión por el artista hasta el punto de convertirse, según reconoce ella misma, en ‘picassiana’. “Cuanto más profundizas, más te gusta”, señala. “A pesar de haber visto tanta obra suya, nunca te empachas”, remata.

“Soy la persona que soy por todos los artistas que he conocido, por escucharles”, reconoce. Fue amiga de Bacon que la visitaba cuando venía a Madrid. “Era otro amante de Picasso. Un señor tímido y fantástico”, cuenta. González compró un tríptico de Bacon por 440.000 dólares y a los siete años lo vendió en 4.700.000. “Y ahora valdría ¡50 millones o 100!”, exclama.

De Bacon ya no conserva un cuadro que tenía en la entrada de su casa y que ahora está en el Pompidou de París porque en las sucesivas crisis que atravesó la galería tuvo que desprenderse de obras de su propia colección. Pero aún guarda piezas de algunos de los más grandes que son para ella una suerte de acompañantes de vida. Enseña un Palazuelo y lo recuerda vívidamente como un intelectual. También señala a Chillida como un artista que le impresionó y marcó por su generosidad. “No montaba una exposición si no estaba delante Pili, su mujer. Supongo que era por culpa de sus miedos. Su mujer le daba fuerza. Mi osadía me ayudó a exponer a Chillida junto a Rothko. Me permití el lujo de exponer sus esculturas de alabastro”, afirma con satisfacción.

Foto: Carmen Castellón

Unas obras muy demandadas que no tenían cabida en la España de los 70

En una época en la que el coleccionismo español renegaba de los artistas fuera del país, Elvira González rescató a los exiliados y se aventuró a traer la vanguardia americana como Calder o Donald Judd. También ayudó a internacionalizar el coleccionismo español a pesar de las reticencias de los gustos locales del momento. Lograban vender la obra de Calder pero no el minimalismo de Judd. Aún así perseveraron. “Seguimos con Donald Judd porque es fundamental en la historia del arte. No vendemos nada en España pero lo hacemos fuera”, recalca.

Tampoco les resultaba fácil vender a Picasso en España. “Para la cantidad de veces que trajimos su obra hemos vendido muy poco. Qué poco listo estuvo el mercado español en ese momento”, asegura. La España de los años 70 desaprovechó a Picasso completamente. “Su mercado interesado estaba en todo el mundo, salvo en España”, remata. En las grandes colecciones españolas entraban antes Zóbel, Canogar, Feito, -lo que era el informalismo-, que Picasso, Juan Gris o Miró. “No eran valorados suficientemente. Que estuvieran fuera de España les penalizaba para entrar en fantásticas colecciones de artistas españolas”, rememora González.

Para la cantidad de veces que trajimos su obra hemos vendido muy poco. Qué poco listo estuvo el mercado español en ese momento

¿Cuántos coleccionistas de Picasso hay en España?, le preguntamos. Tres o cuatro, asegura la galerista al mismo tiempo que se lamenta de haber guardado obra suya porque “¡con el tiempo me hubiera retirado!”. Y recuerda, resignada, un boceto de ‘Les Demoiselles d’Avignon’ o un óleo de una mujer sentada en una silla española que vendió a un español. “No soy una mujer de negocios, sino de instinto. De lo contrario no hubiera vendido todo lo que he tenido. Ha habido varias crisis y había que vender para seguir”, afirma.

No sólo su instinto, sino su osadía, la han situado en el olimpo de los grandes galeristas junto a Juana Mordó, Biosca o Gaspar en Barcelona. Hizo la difícil labor de traer a Picasso a España cuando nadie lo hacía, expuso por primera vez a Juan Gris, el arte americano y sobre todo recuperó a muchos de los artistas españoles de la vanguardia histórica exiliados en París, la mayoría por motivos políticos. Una mujer a contra corriente, hecha así misma, que creía en el arte.

Foto: Carmen Castellón
Estudio para Les Demoiselles d’Avignon. Cinco figuras femeninas, 1907

Se despide mostrando una acuarela de Cézanne y varios Alcaín. Y no quiere olvidarse de mencionar a Kahnweiler, el marchante de Picasso, por lo que significó en su carrera. “Le debo todo porque me abrió las puertas al mundo. Era una especie de tótem en París”, relata. Y cuenta la anécdota del préstamo que le hizo de un Juan Gris para la exposición que organizó en 1976 ‘Artistas españoles de la escuela de París’. “Contaba con unos Picassos de Luis Miguel Dominguín que me había prestado, con obras de Bores, Óscar Domínguez, con los exiliados de la escuela de París, pero no encontraba ningún Juan Gris y él me prestó uno y también un Picasso. Casi me puse a llorar”, narra emocionada. Ese fue su modelo a seguir y lo explica así: “La diferencia de un galerista radica en si le interesa el arte o le interesa la pasta”. Los de la primera categoría eran para ella, además de Kahnweiler, Pierre Matisse (hijo menor del pintor Matisse) o Beyeler.

Ha inyectado el ‘veneno’ a sus dos hijas, Elvira e Isabel, que son las que hoy están al frente de la galería que lleva su nombre. Y concluye a modo de consejo que “la primera inversión a la hora de comprar es que te guste la obra. Que todos los días le saque la renta”.

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