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Desde Gericault hasta Goya: las grotescas obras que nacieron del lado más oscuro de los artistas

Por Clara González Freyre de Andrade

Bez tytułu (sin título), Zdzisław Beksiński

En el arte, lo horrendo y tenebroso siempre ha tenido su lugar. Con motivo de Halloween, hablamos de algunas pinturas que te pondrán los pelos de punta.

Cuando uno piensa en artes plásticas, lo primero que se le viene a la cabeza suele estar relacionado con la belleza. La pintura ha adquirido en el imaginario colectivo una categoría casi decorativa. Pero lo cierto es que, igual que con la literatura o el cine, la pintura ha inmortalizado escenas lejos de este tipo de conceptos. Y es que lo feo y tenebroso también ha tenido un papel protagonista desde tiempos tempranos.

Aunque podemos rastrear ejemplos en la antigüedad clásica, la representación del terror en el arte encontró su culmen en la Edad Media, cuando el cristianismo popularizó el uso de imágenes grotescas con un objetivo moralizante: enseñar a los feligreses cuál sería su destino de no seguir los preceptos católicos. Las iglesias se llenaron entonces de representaciones demoníacas, de almas desamparadas encerradas en las fauces de toda clase de monstruosidades o ardiendo en las llamas del fuego eterno.

Con el paso del tiempo, los artistas adoptaron esta iconografía de lo feo y violento, y la usaron a su antojo, representado los miedos más profundos del ser humano. El resultado: obras sublimes y sumamente sugestivas para el espectador que se acerca a ellas. Con motivo de Halloween, una festividad adoptada claramente relacionada con el terror, te ofrecemos un recorrido por cuatro obras de arte que sin duda te pondrán los pelos de punta.

El aquelarre, Francisco de Goya, 1797-1798

Los estudios cadavéricos de Gericault

Cuando Théodore Géricault se topó con la noticia del naufragio de Medusa, una fragata encallada por culpa de su comandante, se dijo a sí mismo: “Esto tengo que pintarlo”. De los 147 hombres que se subieron a aquella balsa para quedar durante más de 12 días a la suerte del mar, solo una quincena logró sobrevivir a su rescate. Pero probablemente ninguno olvidaría todo lo que allí se vivió: no solo tuvieron que presenciar la muerte de muchos de sus compañeros, sino que algunos de ellos tuvieron que recurrir al canibalismo. Todo un capítulo negro en la historia de Francia.

Por aquel entonces estaba de moda el romanticismo, un movimiento artístico que no persigue única y exclusivamente la belleza, sino que busca ofrecer una experiencia única que conmueva al espectador. Un lugar donde lo feo, lo horrendo, lo temible se abre un hueco. Así que, aunque el gobierno francés no quería hacer mucho eco de este hecho, Géricault se dispuso a contarlo con pelos y señales.

No debemos olvidar que este pintor era el arquetipo de hombre romántico, así que se obsesionó con representar el hecho de la manera más veraz posible, sin omitir detalle. Por ello, realizó frenéticamente multitud de bocetos y dibujos preparatorios para la obra. No contento con esto, dió un paso más allá: se hizo con varios cadáveres de la morgue para retratarlos. Así nacieron los estudios cadavéricos, que sin duda cumplen el objetivo para el que fueron creados: encoger al espectador.

La balsa de la Medusa, Théodore Gericault, 1819
Estudio de dos cabezas cortadas, Théodore Gericault, 1819

La relación entre Inocencio X y Francis Bacon

En 1650, Velázquez firma el que es, para muchos, uno de los mejores retratos de la historia. Su protagonista, inmortalizado con sumo verismo y perfección, es el papa Inocencio X. Quién podría imaginar que este retrato se convertiría en el origen e inspiración de una serie de pinturas sumamente tenebrosas.

Francis Bacon siempre colocó la figura humana como protagonista indiscutible de sus composiciones. Descomponía su carne en busca de las emociones y temores más profundos, y devolvía imágenes a menudo perturbadoras. La violencia y el sufrimiento se convierten así en protagonistas de sus composiciones. Y esto mismo hizo con su estudio del papa Inocencio X de Velázquez que, casi fantasmagórico, emite un grito ensordecedor.

Pero el retrato de Velázquez se convertiría en toda una constante en su producción: en 20 años, le dedicó más de 50 estudios y reinterpretaciones, a la cual más perturbadora que la anterior. El porqué de su obsesión sigue sin estar confirmado. Tal vez fue su ateísmo o su abierta homosexualidad. Lo que sí sabemos es que esta pintura le removía por dentro y que, pese a haber tenido la oportunidad de contemplarla con sus propios ojos en la Galería Doria Pamphilj durante su viaje a Roma en 1954, prefirió abstenerse y seguir creando a partir de reproducciones.

Inocencio X, Diego Velázquez, 1650
Estudio del retrato del Papa Inocencio X de Velázquez, Francis Bacon, 1953

Zdzisław Beksiński, el pintor de las pesadillas

Basta echar un vistazo a las obras de Beksiński para percatarse de los horrores que albergan. Bajo lo que él mismo denominó “surrealismo gótico”, dió rienda suelta a todo un imaginario de los horrores que le ha hecho ganarse el nombre de pintor de las pesadillas. Su obra está muy relacionada con el mundo de la ensoñación, pues él mismo pronunció: “Me gustaría pintar como si estuviera fotografiando mis sueños”.

Empezó a crear a través de su cámara fotográfica para después dar rienda suelta completa a su imaginación gracias a sus pinceles. Pero nada es lo que parece y pese a lo perturbador de sus obras, Beksiński es recordado como una persona afable y simpática. Sus pinturas parecen predecir la tragedia que lo acompañaría los últimos días de su vida. Sobrevivió a la muerte de su mujer y al posterior suicidio de su hijo para, más tarde, vivir una muerte tráfica: fue asesinado por negarse a prestarle dinero al hijo del protero de su edificio.

Bez tytułu (Sin Título)


Bez tytułu (Sin Título)

Bez tytułu (Sin Título)


Bez tytułu (Sin Título)

Bez tytułu (Sin Título)


Bez tytułu (Sin Título)

Bez tytułu (Sin Título).


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Bez tytułu (Sin Título)

Bez tytułu (Sin Título).


Bez tytułu (Sin Título)

Cuando Goya se tiñó de negro

En 1819, un viejo y decrépito Goya adquiere la famosa Quinta del Sordo, una casa de campo cercana al río Manzanares. Allí, pintadas al óleo directamente sobre los muros de dos habitaciones, crearía una de las series de pinturas más enigmáticas de la historia: las escalofriantes pinturas negras.

Su nombre no viene exclusivamente de sus tonalidades oscuras, sino también de lo sombrío de sus temáticas. Brujas y machos cabríos completan su imaginario de los horrores. Pero tal vez la más famosa, y también la más aterradora de todas ellas, sea la de ese hombre enorme, casi monstruoso, que devora el cuerpo de un chaval. Sus ojos muestran el mismo temor que los del espectador que se alza ante él.

Saturno devorando a su hijo, Francisco de Goya, 1820-1823

Esta escena se ha identificado como Saturno devorando a sus hijos, un pasaje mitológico que narra cómo el dios romano se zampaba a sus descendientes para evitar ser destronado por ellos. Finalmente, Júpiter, el equivalente a Zeus en el mito griego, conseguiría salvar a sus hermanos de las fauces de su padre. Aunque en la escena retratada por Goya, hay poca salvación posible.

Los motivos que llevaron al pintor a inmortalizar tan grotesca escena siguen siendo un misterio. Todo parece indicar que su enfermedad, la misma que le estaba dejando totalmente sordo, podría tener un papel protagonista en el asunto. Lo realmente curioso es que algunos investigadores sostienen que podría tratarse de saturnismo, el nombre que recibía la intoxicación por el uso del blanco de plomo. Casualidades del destino.

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