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El show de Truman nazi: cuando Susan Sontag retrató a Leni Riefenstahl (e inventó la posverdad)

Por Pilar Gómez Rodríguez

Portada del libro The Last of the Nuba

Ciento veinte años después de su nacimiento, el 22 de agosto de 1902 en Berlín, la figura de Leni Riefenstahl sigue suscitando encuentros y desencuentros. Recuperamos uno de estos últimos: el retrato que le hizo Susan Sontag en su ensayo 'Fascinante fascismo' cuando llegó a sus manos el libro sobre los nuba.

En 1973 una magnífica artista de la imagen publicó un libro de fotografía sobre una tribu africana, los nuba, por el que no pasaría a la historia por la sencilla razón de que ya lo había hecho antes. Leni Riefenstahl fue una de las figuras más completas y controvertidas de la industria del cine. Había sido todo: actriz, directora, guionista, productora… Conoció el cine en todas sus facetas y en todas fue brillante, pero en ninguna como en el arte de comunicar el ideario nazi.

En la década de los 30, la por entonces actriz de cine había dirigido también un par de películas que habían llamado la atención de Hitler. Con él inició una estrecha colaboración jalonada con palabras de aprecio y admiración mutuos que se materializó en películas como ‘La victoria de la fe’ (1933) o ‘Día de la libertad’ (1935), y sobre todo las míticas ‘El triunfo de la voluntad’, sobre el congreso del NSDAP en Núremberg en 1934, y ‘Olympia’, un documental de 1938 que recrea los Juegos Olímpicos de Berlín en el Estadio Olímpico de esa ciudad, en la Alemania nazi. Leni Riefenstahl se convirtió así en la máxima autoridad cinematográfica del Tercer Reich hasta que acabó la guerra. Después de ella lo siguió siendo. Es lo que tiene el pasado, que es persistente.

Detenciones, juicios, polémicas, trabajos frustrados, proyectos parados… A partir de 1945 el trabajo de Leni Riefenstahl no podía continuar con tanto bache, recuerdo, documento aparecido, rescatado… Puso tierra de por medio y se marchó a África. Descubrió a los nuba, los fotografió, los publicó en revistas primero y luego en libros y gracias a ese volantazo ahora diríamos que se reinventó a sí misma, pero en aquella época se decía, a secas, que se inventó. Esa fue la conclusión a la que llegó Susan Sontag cuando tuvo en sus manos un ejemplar de su obra ‘The last of the Nuba’, publicado en versión inglesa en 1974, un año después de que apareciera en alemán. Su exhaustiva crítica a partir de los paratextos de la obra –habla de la cubierta, de la sobrecubierta y también de la introducción– se convirtió en la primera parte de un ensayo publicado en The New York Review of Books en 1975 y titulado ‘Fascinante fascismo’. El ensayo se incluye en la magnífica y generosa selección de textos incluidos en ‘Susan Sontag. Obra imprescindible’, cuya edición ha corrido a cargo del crítico cultural David Rieff –e hijo de Sontag– y se encuentra entre las novedades publicadas este año por Literatura Random House.

Fotos del libro The Last of the Nuba

Un show de Truman nazi

En la introducción del libro de los nuba, informa Sontag, se habla de la autora en estos términos: “Una figura mítica como cineasta antes de la guerra y semiolvidada por una nación que decidió borrar de sus recuerdos toda una época de historia”.

En esta oda a la omisión de los datos no se habla de qué nación ni de qué época. ¿Un descuido malicioso, una negligencia sin mayor importancia? Para Sontag se trata del aperitivo nada más. Salta a la cubierta para hablar con toda claridad de la “falsa información que Leni Riefenstahl ha estado repitiendo durante los últimos veinte años”. Reproduce el texto y lo comenta punto por punto: “Se necesita cierta originalidad para describir la época nazi como ‘los frustrantes y decisivos años treinta en Alemania’, para resumir los acontecimientos de 1933 como ‘habiendo llegado Hitler al poder’ y para firmar que Riefenstahl, la mayor parte de cuya obra fue identificada correctamente, durante su propia década, como propaganda nazi, gozara de ‘fama internacional como directora de cine’”, alineando así su producción con la de otros directores de cine y obviando el sello que habría de diferenciarla de cualquiera de los colegas.

El texto de la cubierta daba mucho juego. Describía a una fotógrafa libre y en rebeldía frente a los requerimientos propagandísticos de Goebbels, a lo que Sontag respondía: “Presentar a Riefenstahl en el papel de artista individualista que desafiaba a los burócratas filisteos y a la censura del Estado es algo que parece absurdo a cualquiera que haya visto el ‘Triunfo de la voluntad’”. Como se explica a continuación, tanto en el caso de esta película como en el de ‘Olympia’, no solo tuvo Riefenstahl todas las facilidades, es que “tomó parte en la organización del mitin, concebido desde el principio como el decorado de una película”. En el libro ‘Hinter den Kulissen des Reichsparteitag-Films’ de hecho, sobre la producción de ‘El triunfo de la voluntad’, una foto mostraba a la cineasta y a Hitler sobre unos planos.

Fotograma  ‘Triunfo de la voluntad’

La explicación de Riefenstahl la encuentra Sontag en la sobrecubierta de los nuba –¿quién se acordaba a estas alturas de ellos?–, pero prefiere referir la que la cineasta dio en una entrevista a ‘Cahiers du Cinéma’ a mediados de los 60, cuando se le preguntaba por su labor propagandista: “Negó allí –recuerda Sontag– que parte de su trabajo fuera de propaganda, y le llamó cinéma verité”. Sí, nazi verité, concretamente. Riefenstahl esgrime para sus propósitos que no hay comentarios, todo es “pura historia”. Sontag, replica que efectivamente no hay comentarios, ni falta que hacen puesto que una película como ‘El triunfo de la voluntad’ “representa una transformación ya lograda y radical de la realidad: la historia se vuelve teatro”. Y cuenta una anécdota sabrosa que defiende su teoría: los metros de cinta que se estropearon y que mostraban a diversos dirigentes del partido en la tribuna de oradores se sustituyeron por otros grabados posteriormente: “Streicher, Rosenberg, Hess y Frank histriónicamente repitieron su lealtad al Führer semanas después, sin Hitler y sin público, en un decorado construido por Speer”.

¿Fanática de la belleza o simple propagandista?

La conclusión que saca Sontag a resultas de ese ejemplo da de lleno en el corazón de la posverdad de la que nadie hablaba entonces, aunque Machado en su verso, “también la verdad se inventa” hiciera su genialísima aportación con años de antelación. La versión de Sontag, en 1975, afirma que también la realidad se inventa o, en concreto: “en ‘El triunfo de la voluntad’ el documento (la imagen) no solo es el registro de la realidad sino que es una razón de que la realidad se haya construido y debe, a la postre, reemplazarla”. Qué más da lo que pasó, si lo que pasó, pasó. Lo importante es lo que queda: la imagen, el documento, el archivo que sustituye a la cosa misma y acaba sustanciándola por los siglos de los siglos. La historia, al final, es el recuerdo de la historia.

Desde ese punto de vista, Leni Riefenstahl era una maestra absoluta registrando acontecimientos históricos, haciéndolo con una belleza y pericia inusitadas. Sontag habla de “rehabilitaciones más suaves, más insinuantes. No es que el pasado nazi de Riefenstahl de pronto se haya vuelto aceptable. Es simplemente que, al girar la rueda cultural, ya no importa”. La verdad no es ya la verdad simple, compacta y compartida, la verdad es cuestión de gustos, relativa, y es, en definitiva, una mierda de verdad.

Fotograma ‘Triunfo de la voluntad’
Fotograma ‘Triunfo de la voluntad’

Así las cosas, Leni Riefenstahl ha ganado. En la década de los 70, afirma Susan Sontag: “La purificación de la fama de Leni Riefenstahl de su escoria nazi ha ido cobrando impulso durante algún tiempo pero alcanzado una especie de clímax este año al ser invitada de honor de un festival cinematográfico (...) y objeto de toda una lluvia de respetuosos artículos y entrevistas en periódicos y la televisión y ahora, con la publicación de los nuba”. Aparte del talento cinematográfico, Sontag cita entre los motivos para su rehabilitación el hecho de ser mujer: “Las feministas sentirían gran dolor si hubieran de sacrificar a la única mujer que, en opinión de todos, ha hecho películas de primera clase”. Pero sobre todos los argumentos, el suyo, el más propio, que ella solo estaba interesada en la belleza. “Por ello, ‘The last of the Nuba’ es el último y necesario paso en la rehabilitación de Leni Riefenstahl. Es la escritura final del pasado; o bien, para sus partidarios, la confirmación definitiva de que siempre ha sido una fanática de la belleza y no una horrible propagandista”.

Sontag no se resigna y ve en la nueva etapa de Riefenstahl nada más que una continuación de su obra nazi. ‘The last of the Nuba’ son la exaltación del cuerpo y la forma y la belleza físicas. Son guerreros también y no temen a la muerte. Eso por lo que respecta a los hombres, porque las mujeres permanecen fieles a sus papeles secundarios de criadoras y subordinadas. Para Sontag, esta nueva etapa del trabajo de Riefenstahl no es sino una parte más, una parte nueva o renovada de la representación de valores del nacionalsocialismo, “más generalmente, el fascismo”, como pueden ser el culto a la belleza, el rechazo del intelecto o la exaltación de una comunidad ávida de líderes absolutos. Y sentencia Sontag: “La actual desnazificación y vindicación de Riefenstahl como indómita sacerdotisa de lo bello –como cineasta y, hoy, como fotógrafa no auguran nada bueno de la agudeza de la capacidad moderna de detectar el anhelo fascista en nuestro medio (...). El mundo sabe que, en un arte como el de Riefenstahl, no está en juego solo la belleza”.

Esta última sería la coartada, la trampa o, mejor, la trampilla que filtra y deja pasar la ideología subyugante y repelente de sus trabajos.

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