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El sol que trastornó a Van Gogh y otras historias que los artistas escribieron en sus cartas más íntimas

Por Pilar Gómez Rodríguez

Obra El beso de Théodore Gericault

¿Cómo son los artistas cuando dejan de serlo? ¿De qué hablan? ¿Qué les preocupa? Esta exposición en el museo Thyssen da respuesta a estas preguntas y permite contemplar las obras y personalidad de genios como Degas o Frida Kahlo desde la perspectiva íntima de la escritura.

¡Oh! El bello sol de aquí en pleno verano. Te golpea la cabeza y no dudo de que uno acaba volviéndose chiflado. Pero, como ya lo estaba antes, no hago más que disfrutar de él”.

“Está Nueva York como un horno y toda la gente aplastada del calor. ¿Cómo te has sentido tú, vida mía?”.

La primera frase la escribe Vincent van Gogh al también pintor Émile Bernard el 21 de agosto de 1888, en una carta donde le comparte su fascinación por la luz del sur de Francia y le describe una escena de descargadores junto al río en la que está trabajando. La segunda es de Frida Kahlo a Diego Rivera, de finales de mayo de 1946. Ella es la enferma, la que espera pruebas y operaciones, pero no deja de preocuparse por las cosas grandes y pequeñas de la casa y por Diego Rivera, de modo que, ¡oh, descubrimiento!, los artistas no son tan distintos a los no artistas: tienen preocupaciones, operaciones previstas, enfermedades, viajes, problemas con el trabajo, éxitos, opiniones sobre casi todo, penurias… También tienen hambre, amoríos, frío y calor. Y cuando tienen o hace mucho calor, hablan y escriben sobre ello. Luego está lo que cada uno hace con ese puzzle de sensaciones y circunstancias vitales. A la reconstrucción de dicho rompecabezas vital contribuye precisamente la muestra ‘Cartas de artistas’ en la colección de Anne-Marie Springer, que se puede ver durante todo el verano y hasta el 25 de septiembre en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza de Madrid.

La exposición incluye cartas de Delacroix, Manet, Degas, Monet, Cézanne, Van Gogh, Gauguin, Matisse, Juan Gris, Frida Kahlo o Lucian Freud. Lo que narran sus líneas o lo que callan y dejan intuir –“Mañana martes por la mañana. Marguerite. Traiga un corpiño de satén”, escribe Edgar Degas en julio de 1894– completan el retrato y la idea que la historia se ha hecho de dichos artistas. Las cartas de la colección de Anne-Marie Springer devuelven así una imagen nueva, menos estereotipada del pintor o su círculo, que completa la habitual. Retomando el ejemplo de Van Gogh, la mencionada carta descubre un personaje desbordante de euforia, pasión, esperanza y fuerza:

“Pienso decorar mi taller con media docena de cuadros de Girasoles, un decorado en el que los cromos, crudos o quebrados, resplandecerán sobre fondos diversos, azules, desde el veronés más pálido al azul real, enmarcados con finos listones de madera pintados de mina anaranjada. Efectos semejantes a las vidrieras de las iglesias góticas. ¡Ah! queridos amigos, nosotros, los chiflados, seguimos disfrutando, de todas formas, con la vista, ¿no es cierto?”

Carta de Vincent van Gogh
Cuadro de Vincent van Gogh

La historia de esta singular colección comenzó como una historia de amor, aunque no estaría de más preguntarse si acaso las cartas, todas las cartas –ese pedazo de tiempo y atención que entregamos a familia, amigos o amores– no son siempre una historia de amor. Sea como fuere, el caso es que la coleccionista Anne-Marie Springer empezó a reunir cartas de esta temática en 1994, tras el nacimiento de su hija Zoé, y en la actualidad son ya más de dos mil las piezas que atesora en su colección. Ya sea por su contenido, por su forma o por la conjunción de ambos, el interés es múltiple. Por un lado, como señala la coleccionista en el prólogo del catálogo que acompaña la exposición, “averiguando detalles de la vida de estos personajes, que en algunos casos han adquirido el estatus de semidioses, se va una dando cuenta de que son seres humanos como cualquier otro, con sus preocupaciones cotidianas. Es, en resumidas cuentas, una desacralización que permite hacerlos más abordables y menos abstractos”. Por otro lado, señala Anne-Marie Springer que lo que más le impresiona es la coherencia o las resonancias que se pueden establecer entre “su arte y su pensamiento. Hasta pueden apreciarse correspondencias entre su estilo pictórico y su caligrafía”. Y cita el ejemplo de Egon Schiele, cuya escritura prieta recuerda la composición de obras como ‘Casas junto al río. La ciudad vieja’ (1914), a la que acompaña.

Cuadro Casas junto al río
Carta de Egon Schiele

En una primera lectura, las cartas y postales permiten acercarse de manera distinta a los autores de las cartas y a sus creaciones. Pero dejando atrás la mera curiosidad, los detalles pintorescos o incluso el fetichismo, esas líneas revelan explicaciones artísticas, líneas de pensamiento e incluso dilemas contemporáneos como es el caso de la intimidad y sus límites. Todo eso también se lee en estas cartas de artista.

Historia mínima del impresionismo

Es seguramente la corriente más generosamente representada a través de las cartas de la exposición, cuyos autores dan cuenta del origen, desarrollo y, en definitiva, de la trastienda del impresionismo. Su historia oficial comenzó con la fundación de la Sociedad, la Société Anonyme Coopérative des Artistes, Peintres, Sculpteurs, Graveurs y la primera exposición, en la primavera de 1874. Toda una sensación que recorre París y cuyos ecos se extienden poco a poco por todo el país. El 24 de junio de 1874, Paul Cézanne escribe desde Aix-en-Provence a Camille Pissarro para decirle:

“He visto al director del museo de Aix, el cual, llevado por la curiosidad que han generado los periódicos parisinos donde se hablaba de la cooperativa, quería ver por sí mismo hasta dónde llegaba el peligro para la pintura. Al asegurarle yo que ante mis producciones no se formaría una idea adecuada de los progresos del Mal, y que era necesario ver las obras de los grandes criminales de París, me dijo: «Ya sabré hacerme una idea del peligro que corre la pintura viendo los atentados de usted». Vino, pues, y mientras yo le decía, por ejemplo, que usted sustituía el modelado por el estudio de los tonos, e intentaba hacérselo entender del natural, él cerraba los ojos y se volvía de espaldas. Aun así, dijo que lo entendía, y nos despedimos mutuamente satisfechos. Es un buen hombre, que me ha exhortado a perseverar, porque la paciencia es la madre de la genialidad, etc. Casi se me olvida decirle que mamá y papá me han encargado que le transmita todo su cariño”.

Cuadro Calle de Ruán de Gauguin

Como recuerda la comisaria Clara Marcellán en el catálogo de la muestra, “Édouard Manet, que nunca expuso con los impresionistas, mantuvo una relación estrecha con algunos de ellos. A finales de 1879 escribe a Claude Monet, que acaba de perder a su primera mujer, Camille. Manet le ofrece ayuda con la venta de sus obras y la búsqueda de colegio para uno de sus hijos. Sus palabras de aliento se harían realidad con el paso del tiempo: «Si es posible, vuelva a trabajar; de hecho, es la única distracción que puede permitirle la gran pena que siente: la pobre señora Monet no habrá podido ver el gran éxito que con toda seguridad le espera a usted un día u otro»”. Tenía toda la razón, Monet perseveró: siguió con la pintura y con su vida y al final triunfó. En una de sus cartas a su segunda esposa dejó una de las descripciones más gráficas y hermosas de los nuevos modos de pintar impresionistas. Ese estar ahí, ese sentir la belleza y las calamidades de lo pintado en carnes propias que expresa así: “He intentado en vano trabajar, pero acabamos cubiertos tan deprisa de nieve, yo, mi paleta y mi tela, que es imposible; y es como para volverse loco de rabia estar delante de cosas tan bonitas y no poder hacer nada”.

En 1885, erigido en cronista de la nueva corriente, Pissarro escribe una extensa carta a Gauguin donde repasa las novedades sobre Claude Monet, Edgar Degas, Armand Guillaumin, el Salón anual…

“Querido Gauguin:

Desde la recepción de su última carta fui a París. Esperaba esta circunstancia para escribirle y darle algunas noticias de interés. La más importante es la recepción de Claude Monet en la exposición internacional presentada en Petit. Después de mucho tira y afloja, Petit forzó las puertas y llegó Monet. No pude estar en París para la inauguración, que se produjo el 14 del mes en curso, pero, a juzgar por lo que he oído, fue un gran éxito artístico y de ventas. Ahora Petit, en suma, está de acuerdo con Durand Ruel en facilitarles a los impresionistas el acceso a los grandes aficionados. Me alegro mucho por Monet, y en general por todos nosotros”.

Carta de Camille Pissarro

Contra la interpretación

El revuelo que causaron las nuevas formas de pintar fue seguido y aumentado por un buen número de críticas e interpretaciones que llegaron desde los periódicos. En una época en la que se podía responder abiertamente a la crítica sin perder la elegancia, Paul Gauguin, desde Tahití, en 1899, remite una larga e interesantísima carta a André Fontainas, que había escrito sobre su obra, aparecida en Mercure de France. Viene a decirle que se relaje, que él sabe lo que quiere expresar y lo expresa sin necesidad de que nadie lo explique:

“Alabando ciertos cuadros que yo tenía por insignificantes, exclama usted: «¡Ah, si Gauguin aún fuera el de entonces!» Pero es que no quiero ser el de entonces. «En el gran panel que expone Gauguin, nada nos revelaría el significado de la alegoría si...». Mi sueño no se deja aprehender, ni comporta ninguna alegoría (...). Mire usted: pese a entender el valor de las palabras –abstracto y concreto– en el diccionario, en pintura ya no las aprendo. He intentado traducir mi sueño en un decorado sugestivo, sin recurrir en ningún caso a medios literarios, y con toda la sencillez posible del oficio. Difícil tarea”.

El disco de Fernand Léger

Fernand Léger
El disco, 1918
© Museo Nacional Thyssen-Bornemisza

Carta a Jeanne Lohy de Fernand Léger

Fernand Léger
Carta a Jeanne Lohy, 24 de enero de 1915
© Colección Anne-Marie Springer

Carta a Paul Éluard de Gala

Gala (Elena Ivanovna Diakonova)
Carta a Paul Éluard, 27 de noviembre de 1916
© Colección Anne-Marie Springer

Postal a Anne Flemming

Lucian Freud
Postal a Anne Flemming (anverso), 1953
© Colección Anne-Marie Springer

Cuadro de Salvador Dalí

Salvador Dalí
Sueño causado por el vuelo de una abeja alrededor de una granada un segundo antes del despertar, 1944
© Museo Nacional Thyssen-Bornemisza

Cuadro El deshielo en Vétheuil

Claude Monet
El deshielo en Vétheuil, 1880
© Museo Nacional Thyssen-Bornemisza

Carta de Claude Monet

Claude Monet
Carta a Alice Hoschedé, 3 de marzo de 1895
© Colección Anne-Marie Springer

Una última reflexión: el eterno dilema de la intimidad

De modo que hay chismes y 'small talk' en las líneas de esas cartas de artistas porque, obviamente, sus autores no están exentos de mundanidad, pero también hay mucha profundidad reflexiva sobre el valor del trabajo, la vocación, la perseverancia, la frustración, el éxito… Además de todo ello, es de nuevo Pissarro, el que introduce el debate que sobrevuela siempre este tipo de manifestaciones culturales alrededor de la correspondencia o los documentos más personales. ¿Es lícito acceder a estos textos? ¿Dónde empieza o acaba la intimidad de los artistas y su círculo y dónde empieza el derecho del mundo a la información, a la cultura o a la belleza que puede desprenderse de los textos que reflejan esas relaciones?

Camille Pissarro, tras una serie de confidencias epistolares a su esposa Julie Pissarro, escribe el 18 de noviembre de 1887:

“No me atrevo a enseñarle tu carta a Lucien, seguro como estoy de que lo dices todo solo para llevarme la contraria. Sería peligroso que una carta así cayera algún día en manos de Cocotte. ¿Qué le parecería? Total, que la rompo. Te ruego que rompas mis cartas, porque no quiero que por azar o negligencia pueda leerlas algún intruso. Adiós, mujer mía querida, Tu marido, C. Pissarro”.

No tiene una respuesta fácil y quizá es que ni siquiera la tiene. Acaso esta sea disfrutar como espectadores de la manera más respetuosa y menos invasiva posible de este tipo de iniciativas. Las cartas que configuran la exposición, por cierto, se entreverán discretamente con la colección del museo Thyssen en sus distintas plantas, en determinadas salas, acompañando a los diversos autores con los que se relacionan. De manera sorpresiva traen noticias suyas y es imposible no caer con interés o curiosidad sobre ellas, del mismo modo que es (o era) imposible no abrir de inmediato una carta de alguien conocido, querido, cuando el cartero las dejaba en el buzón.

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