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Manuel Borja-Villel (Reina Sofía): “Tras el ‘austericidio’ de Montoro me pregunto cómo somos capaces de abrir las puertas cada día”

Por Marta de Orbe

TV Boy frente al mural dedicado a la futbolista Alexia Putellas en Barcelona

El director del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía comparte con nosotros sus inquietudes sobre el estado actual del mundo del arte, el futuro de los museos y el papel que tendrá en la vida de los ciudadanos pospandémicos

Aventurarse a crear una sección en la que se tome el pulso al mundo del arte en el primer diario nativo digital español, es todo un desafío. El arte es un reflejo de la sociedad que lo produce y esa sociedad está convulsa.

Globalización, pandemia, inflación, cambio de era… Somos espectadores y, a la vez protagonistas, de lo que parece estar siendo un nuevo episodio de la civilización humana. Solo el tiempo dará la perspectiva suficiente para saberlo con certeza. Sin embargo, el mundo del arte ya está reflejando los detalles de este nuevo tiempo, el nuestro, y él también se presenta distinto y, sobre todo, complejo.

La creación artística está tomando derroteros inusitados, los agentes del arte, galeristas, ferias e instituciones públicas y privadas, también se están transformando. Para entender un poco mejor todo este hervidero de ideas y conceptos hemos charlado con uno de sus protagonistas. Manuel Borja-Villel lleva más de una década al mando de una de las instituciones culturales más importantes del país, el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. Bajo su dirección, este museo se ha convertido en un reflejo vivo de lo que ‘se cuece’ en la creación y en la gestión contemporánea del arte y del patrimonio. Desde su despacho acristalado en el edificio de Nouvel, Borja-Villel comparte con nosotros su visión de este enredado y fascinante mundo.

Escultura Richard Serra

Casi 15 años de director de una institución pública como el Reina Sofía. En este tiempo habrá tratado con innumerables representantes del estado. ¿Cómo se llevan nuestros políticos con el museo?

Parece ser que bien. En tantos años he podido relacionarme con prácticamente todo el espectro político. Todos nuestros presidentes, desde 2008, han pasado por el museo y no solo en visitas oficiales, también por puro placer. Me consta que Sánchez ha visitado el centro más de una vez, incluso antes de ser presidente.

Pero lo que sí que he notado es que últimamente vienen muchos más ministros ‘motu proprio', por ejemplo, Nadia Calviño. Yo ni me entero, pero me lo cuentan los bedeles. Los políticos y el museo se llevan bien, otra cosa es la política…

¿Cómo ha sido su relación con los distintos partidos?

El arte, la creación, los cuestionamientos que pone encima de la mesa un museo como este, siempre son incómodos para derechas e izquierdas. Los museos crean ciudadanos más inquisitivos, más activos y mucho menos pasivos, y eso da miedo. Sin embargo, durante estos años no he sido víctima de ningún intervencionismo ideológico, siempre hemos tenido libertad para exponer y contar lo que hemos querido.

Fotografía de un cuadro
Fotografía de un cuadro

La política cultural, ¿favorece o entorpece la gestión museística?

Es algo complejo. Por una parte, las políticas culturales han tenido dos grandes hitos durante estos años que han favorecido enormemente a esta institución. Primero, el pacto que se hizo en los años 90 por el que las instituciones culturales públicas quedaban fuera, y protegidas, de los avatares políticos. Antes, cada cambio, ya no de gobierno, sino de ministro, suponía un cambio de sistema de gestión, era una locura. Por otra parte, la ley propia que nos otorgó González-Sinde en 2010, también ha supuesto un antes y un después. Sin la autonomía que nos dio aquella ley hubiese sido imposible sobrevivir a la crisis económica.

Pero el problema no está tanto en la política en sí, sino en la burocracia gubernamental. El mastodonte del estado complica de tal manera cualquier licitación o contratación que hace muy difícil gestionar un ente en constante cambio como es este museo. Hasta la compra de un lápiz es toda una odisea.

Usted fue uno de los primeros directores en hacerse cargo de un museo público sin pertenecer al cuerpo de conservadores. Una señal de que los museos están cambiando. ¿Hacia dónde van los museos del siglo XXI?

La práctica artística ha cambiado totalmente, el mundo se ha hecho muy grande y la visión decimonónica, eurocéntrica, blanca y muy categorizada, ya no es válida. La palabra ‘arte’ existe en español, en inglés, en italiano, pero no existe en otras muchas lenguas, como las indígenas, en las que utilizan otro tipo de palabras en las que también se engloban conceptos como ecología, naturaleza, artesanía, colectividad… Desde el momento en el que hay culturas que no tienen nuestros mismos términos, los museos están obligados a evolucionar y pensar discursos que den cabida a otros significados de la palabra arte.

¿Cómo está reaccionado el público ante estos nuevos discursos?

Han contribuido enormemente a que los ciudadanos cambien su relación con el museo. Ya no son aquellos panteones de la cultura sólidos e imperturbables que eran en el XIX y el XX. Ahora son instituciones más cercanas, más accesibles, y esto se nota. Por ejemplo, a pesar de que se dice mucho de que los jóvenes no tienen interés por la cultura, es todo lo contrario. De hecho, nuestro museo tiene un público muy joven que además repite con asiduidad. Para conseguir esta conexión con el público actual es fundamental utilizar herramientas de nuestra época. Por eso hemos planteado la nueva reordenación de la colección permanente con un tipo de narración muy contemporánea, por capítulos, como si fuese una serie televisiva y ya hemos empezado a notar el aumento de público, tanto foráneo como local y sobre todo de público joven.

Esta nueva reordenación de la colección permanente no ha gustado a todo el mundo y a muchos les ha chirriado que abordará temáticas como el 15 M. ¿Qué opina de esta polémica?

¡Que no ha sido la única! Un periodista reivindicó la atrocidad de habernos saltado a Sorolla, cuando tiene una sala entera, evidentemente ni había venido antes de opinar. Respecto al 15 M, esta reordenación repasa los momentos históricos más trascendentales del siglo XX como la Guerra Civil, el exilio, la transición… Pero también los temas que están marcando el siglo XXI como la ecología, la globalización, la antiglobalización… La sala del 15 M no es solo el 15 M, es el 8M, el chapapote… Es una metáfora de la reacción que tuvo la sociedad ante aquella visión del mundo que nos habían vendido desde la Segunda Guerra Mundial, incluso antes, y que ya no era válida. El sujeto emprendedor, de éxito, con un egoísmo intrínseco, había provocado desastres naturales, desigualdad y una falta de democratización a la que la sociedad respondió con actos como el 15 M o las primaveras árabes. En un discurso expositivo que pretende cuestionar preguntas al espectador esta sala está más que justificada.

¿Qué respuestas va a encontrar a esas preguntas el visitante del museo?

No lo sé, eso es lo bueno del arte. En una sociedad de algoritmos que intentan predecir hasta el más mínimo detalle de nuestras vidas, el museo es imbatible como un lugar completamente impredecible. Por eso creo que la importancia del arte para la sociedad es hoy mayor que nunca. Te permite cuestionar cosas en las que nunca habías pensado y sacar tus propias, e impredecibles, conclusiones.

Manuel junto a un cuadro

"Tras la pandemia sufrimos un recorte del 45 % en apenas dos años. Si no fuese por la fundación, los restaurantes, las tiendas y las entradas, no podríamos abrir las puertas cada mañana"

Bajo su tutela, el Reina ha celebrado innumerables exposiciones temporales con discursos expositivos en los que la palabra ‘posmodernidad’ siempre ha estado muy presente. ¿Qué es para usted realmente la posmodernidad?

Más allá de las nomenclaturas, para mí el posmodernismo es todo aquello que surge a raíz de mayo del 68, donde hubo un cambio de paradigma total. Comienza con el boom del neoliberalismo de Margaret Thatcher y Reagan, los posteriores movimientos antiglobalización de los 90 y después la crisis económica y social de 2008, cuando el sistema económico y social que nos había prometido, en el que todos tendríamos trabajo y éxito, se vino abajo. El sujeto emprendedor pasó a ser sujeto endeudado, el sistema había fracasado.

El arte ha traducido esta posmodernidad convulsa en un cambio de prácticas en el que las disciplinas tradicionales se han expandido, y así aparece el arte conceptual, el ‘underground’ y otras tantas manifestaciones artísticas completamente originales que hemos visto en las últimas décadas.

¿Cree que uno de los rasgos más relevantes de esta 'posmodernidad' ha sido la democratización del arte? Hace 30 años los museos se concebían como auténticos santuarios culturales, ahora forman parte del ocio de masas. ¿Qué ha pasado?

Yo hablaría más de ‘popularización’ que de democratización. En el XIX y principios del XX la sociedad estaba regida por la producción, la fábrica era el núcleo central. A partir de mediados del XX el paradigma cambió, ya no éramos una sociedad productora, sino consumista, todo se convirtió en ‘vendible’ y la cultura también, por eso se ha popularizado, que es algo muy positivo, pero pienso que queda mucho para democratizarlo.

Eso de que todo el mundo tiene acceso a la cultura no es cierto, en Europa vivimos en una burbuja de cultura pública e instituciones que la divulgan, que no es reflejo del resto del mundo. Debemos hacer un esfuerzo por democratizar realmente la cultura, para que, no solo llegue a todo el mundo, sino que llegue en las mismas condiciones de entendimiento. Conseguir que la gente comprenda el arte como un vehículo para aprender de nuestra historia y también como una forma de conocer otras realidades, otros conceptos más allá de la visión occidental, eso sería la verdadera democratización.

Ahora que habla de democratización, la divulgación del arte también es una de las misiones principales de los museos públicos. ¿Cómo explica el desorbitado precio de las entradas? A 12 euros, convierte una visita familiar en un lujo.

En nuestra defensa diré que nuestras entradas son de las más económicas. Dicho esto, si por mí fuera el acceso al museo sería totalmente gratuito, la cultura pertenece a todo el mundo más allá del nivel económico. Pero por desgracia los recursos de las entradas son imprescindibles para nuestra supervivencia. Las transferencias del estado cada vez son más limitadas, tras la pandemia sufrimos un recorte del 45 % en apenas dos años, sumados a los de la crisis del 2009. Si no fuese por la fundación, los restaurantes, las tiendas y por supuesto las entradas, no podríamos abrir las puertas del museo cada mañana.

Manuel durante la entrevista
"Lo que es implacable a la hora de saber qué vale o qué no, es la eternidad. El tiempo no perdona, es el auténtico juez del arte"

¿La cultura pública está siendo una prioridad en la agenda del Estado?

En general hay una tendencia global a la privatización, sin embargo, la cultura es un derecho y como tal no debemos de cansarnos de reivindicar una cultura pública de calidad. Pero es muy complejo, la burocracia administrativa complica en exceso cualquier proceso de mejora y, sobre todo, la precariedad salarial de nuestros profesionales.

Como director de una institución pública no está en mi mano acabar con esta precariedad, no puedo más que quejarme, y de hecho lo hago. Tras el ‘austericidio’ de Montoro me pregunto cómo somos capaces de abrir las puertas del museo cada día. Falta personal, faltan recursos y vamos tirando, pero poco a poco se crea un ecosistema de precariedad muy preocupante, al igual que en otros sectores esenciales como la sanidad o la educación, donde también hay carencias. Y, sin embargo, el otro día leí que siguen habiendo plazas funcionariales de halconeros, plazas vacías, obviamente, mientras muchos de los profesionales que trabajan en el museo siguen siendo mileuristas. Esta es la parte más perversa del Estado, la precariedad es el mal de las instituciones públicas.

Muchos piensan que el arte es un espejo de la sociedad a la que pertenece. La sociedad actual acaba de salir de una pandemia mundial, sufre una inflación que roza la insostenibilidad y parece que la enfermedad mental va a ser la peste de este siglo. ¿Cómo cree que influirá todo esto en el arte del siglo XXI?

Creo que ya está influyendo, no solo en las distintas manifestaciones artísticas, sino en el modo de entender el arte. Cada vez está ganando más relevancia el concepto ‘sanador’ del arte, una idea muy alejada de la concepción occidental que lo entiende como algo meramente contemplativo e intelectual. Otras culturas siempre han contemplado ese don curativo que el arte puede tener, su capacidad para hacerte entender el mundo de otro modo.

Los museos tienen ese ritmo lento, bello, que te invita a parar y reflexionar. Creo que serán uno de los métodos de sanación de este siglo.

Existe una sensación de que actualmente en el mundo del arte todo vale. ¿Es así?

El todo vale es mentira. Hay que escoger y desde el museo intentamos hacerlo con unos criterios que vayan parejos a nuestro objetivo de que el arte cree preguntas e inspire respuestas, aunque obviamente estos criterios siempre son parciales. Lo que es implacable a la hora de saber qué vale o qué no, es la eternidad, aunque suene cursi. El tiempo no perdona, es el auténtico juez del arte.

¿Qué le recomendaría al visitante que se acerca al Reina Sofía por primera vez?

No recomendaría ni una sala, ni una obra en concreto. La clave es, ¡perderse! El Reina se ha convertido en una auténtica ciudad cultural viva, donde en un mismo día puede haber una conferencia, una proyección cinematográfica, una nueva exposición temporal… Por eso creo que lo mejor es visitar el museo sin miedo y guiado por su propia curiosidad, el truco es perderse para encontrarse.

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