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2026: economía, geoestrategia, revolución tecnológica y la IA como vector de cambio
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Ramón Casilda Béjar

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2026: economía, geoestrategia, revolución tecnológica y la IA como vector de cambio

La IA no debe leerse solo como una tendencia tecnológica, sino como el gran acelerador de la geoeconomía: intensifica la rivalidad, eleva la prima de la resiliencia y empuja a los países a combinar apertura comercial con políticas de autonomía

Foto: Inteligencia Artificial. (Europa Press/David Zorrakino)
Inteligencia Artificial. (Europa Press/David Zorrakino)

El simple hecho de interrogarse sobre el futuro constituye ya una forma no desdeñable de moldearlo, y hoy más que nunca nos invade la preocupación de hacerlo.

Si pronosticar las tendencias de cualquier economía ha sido siempre una tarea arriesgada, porque los mecanismos económicos responden no sólo a realidades presentes, sino también a expectativas futuras, que pueden o no materializarse; pronosticar las tendencias de la economía mundial resulta ser un ejercicio muchísimo más arriesgado, dado que los supuestos de partida son complejos y múltiples, debido a la incertidumbre geopolítica y la aceleración tecnológica protagonizada por la inteligencia artificial, como vector disruptivo que altera y modifica sustancialmente el mapa económico y empresarial, así como el próximo futuro de la humanidad.

Las tendencias económicas para 2026 en tan inciertas circunstancias debido a su intrincada complejidad y vulnerabilidad, resulta ser como decimos, un ejercicio muy arriesgado plagado de incógnitas, algunas pesimistas y otras más optimistas en medio de las grandes transformaciones geoestratégicas acompañadas por una aceleración tecnológica como nunca en la historia se había producido, donde los términos sostenible e inclusivo adquieren una importancia relevante.

Y todo ello, en medio del cambio climático y la transición hacia las energías limpias que intensificará la demanda de recursos naturales que abren nuevas ventanas de oportunidades como puede ser el caso de América Latina, cuya posición geográfica le favorece por el giro de la globalización que apuesta por la relocalización de las cadenas de producción, que buscan la reducción de los riesgos en el suministro, y en última instancia el fortalecimiento de las relaciones comerciales en los mercados internacionales.

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Unas tendencias que se ven reforzadas por la interdependencia de la economía mundial, la cual requiere una cuidadosa interpretación geopolítica, geoeconómica y geoestratégica, en la medida que se constata la creciente fragmentación del mundo en bloques antagónicos con enfrentamientos unas veces directos y otras veces soterrados, con consecuencias impensables.

La nueva geoestrategia global de la economía mundial se encuentra fragmentada en bloques antagónicos claramente diferenciados. Por un lado, Estados Unidos, que tradicionalmente había mantenido una sólida alianza con Europa, ha optado por distanciarse y romper ese vínculo histórico como socio principal. Por otro lado, China ha consolidado su posición como potencia global, contando con Rusia como aliado estratégico por necesidad y apoyándose en los países BRICS para fortalecer su influencia en el tablero internacional.

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Ante esta reconfiguración de las alianzas, la Unión Europea ha tomado la iniciativa de buscar un nuevo "aliado estratégico" en América Latina y el Caribe. Esta región destaca por su potencial económico, sus recursos naturales y su posición geográfica, lo que la convierte en un aliado de sumo interés en el contexto de relocalización de las cadenas productivas y diversificación de riesgos en los suministros globales.

Europa ha tejido una densa red de acuerdos comerciales con América Latina y el Caribe, alcanzando pactos con 27 de los 33 países que conforman la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), lo que supone la cobertura del 98% del territorio de la región, que le otorga a la Unión Europea un acceso preferencial a la práctica totalidad de los mercados latinoamericanos y caribeños, proporcionando una posición ventajosa.

En comparación, la cobertura de acuerdos comerciales de Estados Unidos con la región alcanza solo el 44%, mientras que la de China se limita al 14%. Esta diferencia evidencia la ventaja competitiva de la Unión Europea, que puede fundamentar su presencia en la región no solo en un mayor acceso a los mercados, sino también, en la calidad de sus productos, su capacidad de innovación y el prestigio de su marca.

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No obstante, en un mundo cada vez más polarizado geopolíticamente, según el European Tech Insight, una clara mayoría de europeos siguen prefiriendo asociarse con Estados Unidos frente a China, pero el porcentaje favorable a Pekín está aumentando drásticamente — 15 puntos más que 2023. Al mismo tiempo, casi cuatro de cada diez europeos prefieren mantenerse firmes y resistir la presión de Estados Unidos y las grandes tecnológicas. En conjunto, estas actitudes sugieren una Europa que sigue viendo a Washington como socio, pero con más cautela que en el pasado.

La economía en 2026 debe interpretarse en el marco de los desafíos que la economía global ha soportado y superado en 2025, destacando los impactos de la política errática arancelaria de Donald Trump y las sanciones económicas en áreas clave de rivalidad tecnológica, como defensa y ciberseguridad, robótica, chips, computación cuántica y robótica. La resiliencia demostrada fue por la rápida adaptación, que incluyó cambios en las cadenas de suministro, la diversificación de los mercados y la rápida incorporación de la inteligencia artificial, sobre la cual nos extenderemos por considerarla vector de cambio en 2026.

Solo hay que mirar por el retrovisor de Wall Street para visualizar el dominio de un grupo muy estrecho de compañías tecnológicas estadounidenses. En ese contexto, Nvidia, Apple, Microsoft y más recientemente Alphabet, superan en capitalización bursátil los 4 billones de dólares.

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Esta enorme aceleración en apenas dos años constata que hemos pasado de la "IA como promesa" a la "IA como infraestructura" y, sobre todo, como ventaja competitiva. La irrupción de los modelos fundacionales y de los sistemas conversacionales ha acelerado la adopción en empresas y administraciones, no solo como automatización de tareas, sino como rediseño de procesos, servicios y cadenas de valor. De ahí que la IA esté actuando ya como un factor productivo transversal -al nivel de la electricidad o Internet-, con efectos directos sobre productividad, innovación, organización del trabajo y competitividad internacional.

Pero esta aceleración no es neutra: está reordenando el poder económico. La ventaja se concentra en quienes controlan tres activos críticos: datos, talento y, especialmente, capacidad de cómputo (chips avanzados, centros de datos y energía). La "carrera de la IA" se convierte así en una carrera industrial y geoestratégica: semiconductores, cloud, ciberseguridad, defensa, computación cuántica y robótica se integran en un mismo tablero. La política comercial y las sanciones tecnológicas -con sus efectos sobre cadenas de suministro- dejan de ser episodios coyunturales y pasan a formar parte del nuevo marco estructural de competencia entre bloques.

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En 2026, por tanto, la IA no debe leerse solo como una tendencia tecnológica, sino como el gran acelerador de la geoeconomía: intensifica la rivalidad, eleva la prima de la resiliencia y empuja a los países a combinar apertura comercial con políticas de autonomía estratégica. Para Europa, el reto es doble: aprovechar su red de acuerdos y su marca -particularmente en América Latina y el Caribe- y, al mismo tiempo, evitar que la respuesta institucional se limite a gestionar riesgos sin construir suficiente capacidad propia (infraestructura, talento, innovación). Para América Latina, se abren oportunidades claras si logra convertir energía, recursos y relocalización productiva en una estrategia de modernización apoyada en IA, en vez de quedar reducida a un papel periférico en la nueva economía digital.

La promesa de la IA, ha sido en los últimos años, determinada por el Binomio Hyper Productividad/Disrupción Social, que de una forma resumida significa que la aplicación sistemática de la IA a todos los ámbitos puede conseguir niveles de productividad que hasta ahora las inversiones cuantiosas en los últimos cuatro años en tecnologías de la información no habrían conseguido (paradoja de Solow), asimismo también supondría un cambio a todos los niveles en las relaciones personales y de negocio, estructuras de las organizaciones públicas y privadas y democratización global del acceso al conocimiento. La realidad es que todavía estamos muy lejos de aplicar la IA de forma sistemática a todos estos ámbitos y que hasta el momento no se han conseguido avances significativos a nivel global en ese binomio antes mencionado.

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Pero no desesperemos, estamos en un grado de evolución de la IA de 2 sobre una escala de 10 y la sociedad y las organizaciones están aprendiendo poco a poco, a partir de fracasos y éxitos en como y donde aplicar la IA con resultados importantes en productividad y disrupción, por eso es muy importante para los países conocer en profundidad las lecciones aprendidas por los que mas invierten en IA a todos los niveles. Los estudios más recientes y las líneas de I+D mas avanzadas, prometen estar muy cerca de conseguir romper esa paradoja de Solow, y conseguir que una tecnología multidisciplinar como la IA cambie nuestra sociedad en los parámetros antes mencionados.

La IA camina hacia los sistemas autónomos integrados sinérgicamente con las inteligencias humanas, construyendo sociedades y organizaciones denominadas como "Ecosistemas Inteligentes Duales", dichos ecosistemas inteligentes crearan nuevos modelos de relación socio-económicas impensables actualmente y un aumento de capacidades humano-artificiales capaces de resolver problemas, adaptarse a los cambios y evolucionar de una forma exponencial. La clave como siempre esta en si somos capaces de visualizar la sociedad y las organizaciones que queremos y que con el enfoque más renacentista posible, que toda esta revolución este centrada en el ser humano y su entorno, para ello es necesario que las estructuras de poder estén integradas por humanistas, tecnólogos y economistas, que puedan a ayudar a los líderes de las naciones a llevar esta revolución por los cauces debidos. La IA es una tecnología tan poderosa que, de no ser así, el desastre social, la "desantromorfización" del mundo y la autodestrucción es posible.

*Ramón Casilda Béjar, miembro del IELAT-Universidad de Alcalá; Andrés Pedreño, presidente de 1MillionBot; Luis Martín, El Druida.

El simple hecho de interrogarse sobre el futuro constituye ya una forma no desdeñable de moldearlo, y hoy más que nunca nos invade la preocupación de hacerlo.

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