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La regulación de stablecoins: Europa busca su lugar en la geopolítica del dinero digital
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Lucía Pérez

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La regulación de stablecoins: Europa busca su lugar en la geopolítica del dinero digital

Mientras otros países avanzan con normativas flexibles, la Unión Europea debate cómo regular estos activos digitales sin comprometer la innovación ni la estabilidad financiera del bloque

Foto: Ilustración de tokens de Bitcoin junto a un gráfico de precios. (Reuters)
Ilustración de tokens de Bitcoin junto a un gráfico de precios. (Reuters)

Son muchos los que, especialmente entre los jóvenes y los inversores, han ganado o perdido dinero (en ocasiones, en grandes cantidades) comprando y vendiendo criptomonedas, como la archiconocida "Bitcoin" o muchas de sus homólogas. Esa volatilidad, tan atractiva como preocupante, ha hecho que en los últimos años se abra paso la figura de las stablecoins que, a diferencia del resto de criptomonedas, está diseñada para mantener un valor más estable, normalmente "anclando" ese valor a una moneda como el euro o el dólar, o a una cesta de activos (por ejemplo, compuesta por bonos del Tesoro). Su objetivo es combinar lo mejor de ambos mundos: la eficiencia de la tecnología blockchain y la estabilidad del dinero convencional o de activos considerados seguros.

Pues bien, como sucede con otros pilares de la revolución digital, la adopción adecuada de este activo se ha convertido en una carrera entre países en la que una regulación ágil, efectiva (y, sobre todo, no contraproducente) es esencial para navegar con éxito las turbulentas y competitivas aguas del Siglo XXI. Veámoslo.

Japón aprobó su ley de stablecoins en 2022 clasificándolas como dinero electrónico. Le siguió Singapur en 2023, con un marco regulatorio que busca equilibrar la innovación con la estabilidad financiera, abordando aspectos como la reserva de activos y la gobernanza. En 2024, Emiratos Árabes puso en marcha planes para lanzar una stablecoin vinculada al dírham, respaldada por grandes instituciones y regulada por el Banco Central, lo que busca posicionar al país como un líder global en la innovación blockchain. Hace sólo unos días, el Congreso de Estados Unidos aprobó la "Genius Act", que abre la puerta a que los bancos lancen sus propios activos digitales. ¿El objetivo? Alcanzar cifras récord de crecimiento del sector y reforzar el rol del dólar como unidad de cuenta principal en el blockchain, contribuyendo a mantener la supremacía global de una divisa que ha sufrido una depreciación significativa a consecuencia de la incertidumbre que rodea a las políticas comerciales y monetarias de la Administración Trump.

Estos precedentes nos muestran que actuar de forma ágil y sobre todo regular, teniendo claros los objetivos perseguidos, como por ejemplo impulsar una determinada tecnología o convertirse en un espacio de atracción para una determinada industria de alto valor añadido, es fundamental para no perder terreno en la geopolítica del dinero digital.

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Y esto nos lleva a Europa. Es cierto que la Unión Europea ha sido, en cierta medida, pionera a través del Reglamento MiCA (Markets in Crypto-Assets), que ofrece un marco legal para proteger a los usuarios y fomentar la adopción de la tecnología blockchain, cubriendo aspectos como la autorización de emisores, los requisitos de reservas y la supervisión. Abierta queda, sin embargo, la incógnita de si esta normativa es suficiente o si la figura de las stablecoins necesita de reglas adicionales y específicas. Aquí es donde surgen las diferencias entre la Comisión Europea y el Banco Central Europeo (BCE).

Y es que, aunque ambas coinciden en la necesidad de regular las stablecoins, difieren en un punto esencial: la interoperabilidad. Por un lado, el ejecutivo de von der Leyen parece dispuesto a que las stablecoins emitidas fuera de la Unión (la interoperabilidad dentro del Mercado Único ya está claramente cubierta por MiCA) puedan ser tratadas como intercambiables con sus equivalentes europeos. Bruselas entiende que ello beneficiará a la innovación y el crecimiento: pensemos, por ejemplo, en empresas tecnológicas emergentes, grandes proveedoras de innovación que, sin interoperabilidad, tendrían que construir su infraestructura desde cero o depender de complejos acuerdos bilaterales para cada nuevo producto digital. O pensemos en una stablecoin que pudiera utilizarse en múltiples aplicaciones de pago, trading en bolsa o préstamos en varias regiones del mundo.

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Por otro lado, el organismo supervisor presidido por Christine Lagarde considera que permitir esta equivalencia podría poner en riesgo la política monetaria y la estabilidad financiera de la Eurozona. Frankfurt (sede del BCE) teme que, si los titulares de stablecoins (incluidos los europeos) pueden acceder fácilmente a stablecoins no europeas, se produzcan retiradas masivas de fondos ("bank run") sobre las reservas que estas stablecoins mantienen en bancos europeos ante situaciones de pánico. Además, y esto es clave, el BCE lleva años impulsando su proyecto estrella, el euro digital, que ve como una forma de reforzar la soberanía monetaria europea y como una alternativa a las stablecoins privadas que, huelga decirlo, considera preferible a dichos activos.

Esta divergencia subraya el reto europeo: cómo equilibrar la protección del sistema financiero tradicional con el impulso necesario para una economía dinámica y abierta al futuro. La Unión Europea debe definir si priorizará un modelo más centralizado, con mayor control estatal y mayor cautela ante la interconexión global, o si abrazará un enfoque más abierto, que permita el florecimiento de la innovación privada, para lo que deberá encontrar la forma de evitar poner en riesgo la estabilidad de su propio sistema financiero.

Para resolver este reto, las instituciones europeas deben zanjar sus diferencias. Y hacerlo, desde la escucha y la cooperación con las empresas y operadores privados de quienes depende la efectiva implementación de las stablecoins como activo que pueda impulsar el crecimiento económico. Tanto banca tradicional como el sector fintech tienen, desde sus respectivas perspectivas, la responsabilidad de contribuir al debate con conocimiento y datos basados en la experiencia y con propuestas e ideas creativas que permitan salir del potencial impasse regulatorio en el que nos encontramos. De ello depende que Europa pueda (o no) coger uno de los principales trenes para modernizar su economía y seguir compitiendo (y participando) en los grandes cambios globales de nuestro tiempo.

*Jorge Viñuelas, Coordinador de Asuntos europeos en beBartlet.

Son muchos los que, especialmente entre los jóvenes y los inversores, han ganado o perdido dinero (en ocasiones, en grandes cantidades) comprando y vendiendo criptomonedas, como la archiconocida "Bitcoin" o muchas de sus homólogas. Esa volatilidad, tan atractiva como preocupante, ha hecho que en los últimos años se abra paso la figura de las stablecoins que, a diferencia del resto de criptomonedas, está diseñada para mantener un valor más estable, normalmente "anclando" ese valor a una moneda como el euro o el dólar, o a una cesta de activos (por ejemplo, compuesta por bonos del Tesoro). Su objetivo es combinar lo mejor de ambos mundos: la eficiencia de la tecnología blockchain y la estabilidad del dinero convencional o de activos considerados seguros.

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