El problema crítico de la UE, su economía y el euro tiene un nombre: "fragmentación". Los países dan cuerpo a islotes dispersos de captura regulatoria y competencial, que dejan sinergias y economías de escala por capitalizar
Musk en un mitin en favor de Trump en Pensilvania. (Reuters/Rachel Wisniewski)
"Musk es el hombre correcto en el continente equivocado" titulaba esta semana un artículo en el Financial TimesdeJanen Ganesh para significar que sería de mucha más utilidad en Europa que en EEUU. Y tiene razón. En la administración americana, Musk liderará el Departamento de Eficiencia Gubernamental (en inglés DOGE), un órgano de naturaleza consultiva por aquello de guardar las apariencias con los conflictos de interés, cuyo propósito es la reducción del gasto público. Aparte del estrechísimo margen con el que cuenta EEUU, sí es cierto que Europa necesita su propia revolución en el sector público. Pero es muchísimo más un reto político y organizacional, de cuya solución eficaz, derivarían enormes réditos en forma de eficiencia económica, que la simple tijera en la estructura actual de carácter eminentemente intergubernamental. Que también.
Lo más aproximado a una revolución Musk en Europa viene al alimón de los planes de Competitividad de Draghi y de Mercado único de Letta, los que ahora recoge la Comisión entrante, bajo la batuta de Von der Leyen. Mucho tendrá que lidiar la alemana para imitar el método Musk de gestión por objetivos, un método de "urgencia maníaca" que extirpa la complacencia y la parsimonia, extrayendo de 27 interlocutores un propósito, una dirección, un sentido, anclados como suelen en el chalaneo de la extracción. Lo que tienen en común el genio sudafricano y la tríada es dedicarse a solucionar problemas complejos.
Ante la algarabía inicial de mercados financieros y algunos sectores mediáticos burdamente sectarios por la vuelta de Trump y su paquete de medidas económicas: tarifas, inmigración y estímulos fiscales, antepongamos el análisis de números y tendencias. Las rebajas de impuestos por un montante del 2% del PIB que catapultarían peligrosamente el déficit del 7% al 9% pretenden compensarse con la magia Musk y el DOGE: la intención de recortar 2 billones de gastos sobre un presupuesto de 6.7 billones, casi un 30%.
Como dice un amigo, es mucho más probable que Musk llegue antes a Marte, a que alcance los objetivos del DOGE porque, por el lado del gasto público en porcentaje del PIB, EEUU, con un 36%, está ya en mínimos de la tabla de la OECDE, un 10% menos que la media. Los riesgos inherentes a una mala ejecución van desde el caos administrativo a las revueltas sociales. Y, por el lado de impuestos, EEUU también está en la cola de las naciones desarrolladas con un 27%. La diferencia entre ambos es un déficit estructural del 7% que combinado con el comercial da cuerpo a ese dicho real por el que los americanos viven peligrosamente por encima de sus posibilidades gracias al régimen dólar sin competencia que les financia el resto del mundo, explicado aquí. Si se trata de apostar, veo a Milei con más posibilidad de éxito extirpando un sector público necrosado que a Musk en esta empresa concreta.
En Europa, la diferencia que precede a cualquier cuestión económica y política, es cultural. Trabajamos un 20% menos de horas y una parte del espectro política cree de veras que se trata de trabajar menos. Allí la cultura del trabajo es más exigente, fluida, entusiasta, más proclive al riesgo y menos timorata, parsimoniosa y ministerial que por estos lares. Aquí es la cultura del derecho adquirido. En el gasto del sector público partimos de media con un 10% más en porcentaje de PIB y concentrado en protección social. Y cuando quieres retocar ese gasto social en forma de Estado de Bienestar, como hizo Macron subiendo la edad de retiro un par de años, te toman las calles unos meses. Aun así, esos excesos celestes en el gráfico quizás supongan un tercio de problema. Lo gordo de verdad está en no capitalizar lo que tenemos, el euro.
El diagnóstico más científicamente riguroso de las tendencias a largo plazo que sufre Europa lo hace el Plan Draghi. Cuestiones como el diferencial de productividad (más de 0,5% anual durante más de 15 años), la infrainversión y la falta de innovación y competitividad. Sencillamente tenebroso. La renta per cápita apenas crece en algunos miembros del euro o, como en España, está totalmente estancada desde el 2008. Cómo dice Letta, la inercia, es decadencia asegurada. La acción de choque a este diagnóstico es una pinza entre los Planes Draghi de Competitividad y Letta sobre Mercado Único.
Es mucho más probable que Musk llegue antes a Marte, a que alcance los objetivos del DOGE
Ya pueden declamar los voceros de brocha gorda "contra las élites europeas" —sin ir más lejos, el otro día alguna firma en este periódico a propósito del DOGE, en un artículo sin un solo número ni mentar el euro—, el problema crítico de la UE, su economía y el euro tiene un nombre bien claro: "fragmentación". Los propios países dan cuerpo a islotes dispersos de captura regulatoria y competencial, que dejan enormes sinergias y economías de escala por capitalizar. Y una sola solución: la gestión integrada de un todo desde la concertación política, máxime en una era geopolítica. Que sea difícil no evita que el problema sea de otra naturaleza. Esto es lo que hay.
Sirva de ejemplo intuitivo de lo que supone la fragmentación para la eficacia de la función pública y su eficiencia económica, el caso de España. Aquí tenemos un excelente ejemplo en miniatura de lo que pasa en la Europa del euro. Debido a los puntos ciegos de nuestra Constitución, las derivas parlamentarias a base de látigo nacionalista y la deslealtad institucional, la inercia es dispersiva. Y no se trata ya de la protección de diferencias culturales distintivas, sino de una promoción activa que fagocita competencias innecesarias, un eufemismo para el ensalzamiento nacionalista.
El problema de la concertación política en Europa tiene números. Mientras que los gobiernos acaparan un gasto público en porcentaje del PIB, del 45% de media, la UE en su estadio actual se gestiona con un presupuesto del 1,1% sobre ese PIB integrado anual. "Esa burocracia". El engrosamiento del sector público en Europa y la carga regulatoria que supone compatibilizar los marcos jurisdiccionales y competenciales de 27 miembros, es inherente a esa estructura política devenida en una red de intereses creados. El peor de los mundos.
Una de las premisas clave del Plan Draghi es el reconocimiento de bienes públicos europeos, como la defensa, la gestión de la inmigración, la seguridad energética, la interconectividad de redes, etc., cuya gestión única y financiación conjunta, sería mucho más eficiente que el modelo fragmentado. Ese concepto gana cuerpo mediante cesiones competenciales a la instancia europea, para derivar ahorros, sinergias y economías de escala. Es decir que, trasladando partidas de los presupuestos nacionales al europeo, de aquel 45% al 1% de naturaleza federal, se cumplen las funciones públicas más eficaz y eficientemente. La emisión conjunta de deuda desde la UE es el correlato financiero del mismo proceso. En contra de la sabiduría convencional y como señala el propio Plan, como esa deuda tiene preeminencia de cobro sobre las nacionales, estos habrán de amarrarse con procedimientos de control más rigurosos.
Por el lado del sector privado, la "fragmentación" que pretende abordar el Plan Letta sobre Mercado Único, el otro diente de la tenaza, aqueja a varios sectores: bancos, telecomunicaciones, defensa, y salud, entre otros. Si los gobiernos nacionales rescinden sus acciones de oro para impedir adquisiciones consideradas estratégicas a todo comprador europeo, a un medio plazo, el resultado de la integración corporativa subsiguiente liberaría más de 2 billones de euros sobre una economía de 15. La destrucción creativa a la manera más schumpeteriana.
La caída del Gobierno alemán de coalición ha sobrevenido por la falta de flexibilidad con el "freno de deuda" del 0,3% sobre PIB anual que ha mostrado el señor Lindner ante la necesidad de incrementar las dotaciones presupuestarias en materia de defensa, cuando ya sabemos que los americanos se retiran de Ucrania en alguna medida. A Merz, candidato de la CDU/CSU, con la mayor intención de voto, entre el 32% y el 34% para las elecciones de febrero, se le preguntó por su parecer al respecto de mantener el freno de deuda. Respondió que no se va a gastar en consumo público ni en Estado de bienestar, pero que hay "unas inversiones críticas para las generaciones futuras", una idea afín a aquellos bienes públicos europeos.
Von der Leyen y su Comisión toman las riendas la semana que viene. Los Planes Draghi y Letta son lo más parecido a un plan Musk europeo. Pero el mayor problema de la alemana, aun viviendo en el propio edificio de la Comisión, será aplicar el método Musk a los objetivos, la exigencia en ritmos de ejecución, esa "urgencia maníaca" de probada eficiencia, vista la tropa de dispersos, complacientes, pusilánimes y hasta desertores, que componen el patio de intereses. Mientras uno manda y dispone en su imperio, Von der Leyen pastorea afecciones a golpe de narrativas políticas.
*Fernando Primo de Rivera, autor de La economía que viene… (Editorial Arzalia).
"Musk es el hombre correcto en el continente equivocado" titulaba esta semana un artículo en el Financial TimesdeJanen Ganesh para significar que sería de mucha más utilidad en Europa que en EEUU. Y tiene razón. En la administración americana, Musk liderará el Departamento de Eficiencia Gubernamental (en inglés DOGE), un órgano de naturaleza consultiva por aquello de guardar las apariencias con los conflictos de interés, cuyo propósito es la reducción del gasto público. Aparte del estrechísimo margen con el que cuenta EEUU, sí es cierto que Europa necesita su propia revolución en el sector público. Pero es muchísimo más un reto político y organizacional, de cuya solución eficaz, derivarían enormes réditos en forma de eficiencia económica, que la simple tijera en la estructura actual de carácter eminentemente intergubernamental. Que también.