El giro de Alemania hacia EEUU tiene una explicación que no gustará a Europa
Berlín ya no quiere saber nada de ejes con Francia ni mucho menos liderar procesos de autonomía estratégica. Los ojos de Berlín miran a Washington por razones comerciales. China ha dejado de ser socio estratégico para sus exportaciones
El canciller alemán, Friedrich Merz, y el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en la Casa Blanca. (DPA/Kay Nietfeld)
Cuando la presidenta de la Comisión Europea dijo este lunes que Europa forma parte "de un mundo que ha desaparecido y no volverá" tenía suficientes argumentos para decirlo. Pero no por las razones aducidas: "Europa", dijo Ursula von der Leyen, "ya no puede ser la guardiana del antiguo orden mundial". Realmente, nunca lo ha sido en la medida que siempre ha estado supeditada a los intereses de EEUU por su dependencia tecnológica o militar, pero, al menos en la retórica oficial de Bruselas, siempre ha querido jugar ese papel. Lo que sí está en trance de revisión, por el contrario, es el papel de Alemania en Europa, lo que es un claro desafío para el Viejo Continente. Berlín ya no quiere saber nada de ejes con Francia ni mucho menos liderar procesos de autonomía estratégica. Los ojos de Berlín miran a Washington.
¿Las causas? Lo que busca ahora Alemania, el país de nacimiento de la presidenta de la Comisión, es mantener su posición, a la luz de los cambios geopolíticos, como la superpotencia comercial que ha sido durante las últimas décadas, y que es lo que explica su fortaleza económica. En particular, desde el desarme arancelario que dio pie a la globalización en los años noventa del siglo pasado.
El sector exterior de Alemania, que históricamente ha sido el motor de su economía, más que la demanda interna, empieza a debilitarse de una forma significativa en términos reales, y eso puede explicar mejor que ningún otro argumento la nueva estrategia de acercamiento de Berlín a Washington, acelerada desde la llegada a la cancillería del proatlantista Merz. Desde luego, mucho más que sus antecesores. Un dato lo acredita con cierta crudeza: en 2015, el saldo positivo del sector exterior germano (suma de exportaciones e importaciones) representaba el 7,4% del PIB, pero en 2024, último año con datos cerrados, se ha reducido al 3,9%.
Tiemblan los cimientos
Es por eso por lo que la Alemania de hoy necesita a EEUU más que nunca —al menos desde las últimas décadas— ante un hecho que no admite discusión: su capacidad exportadora merma y, con ello, tiemblan algunos de los cimientos de su economía, volcada históricamente al sector exterior (representa nada menos que el 80,3% del PIB, casi diez puntos menos que en 2022).
Eso significa que el imponente aparato productivo alemán necesita nuevos mercados. Básicamente, porque los destinos hacia Asia se han reducido en un contexto geopolítico muy diferente al que había en los años noventa, cuando Berlín aprovechó como nadie la globalización para impulsar su economía. Es decir, detrás de las declaraciones de Von der Leyen no solo hay una recomposición de las alianzas geopolíticas de Alemania en favor de la estrategia de la Casa Blanca en política exterior, sino, también, un reposicionamiento económico y comercial.
En los últimos doce meses, sus exportaciones a China han descendido un 6,1%, mientras que las destinadas a Rusia, en el pasado uno de sus mercados preferentes a cambio de la compra de hidrocarburos, ya son irrelevantes. Apenas 500 millones de euros a causa de las sanciones.
Si el foco se amplía al conjunto del sector exterior, resulta que las exportaciones están avanzando apenas un 0,6%, mientras que las importaciones retroceden un 4% en términos ajustados de estacionalidad y calendario a causa de la debilidad de la demanda interna. Tan solo en enero de este año, aunque es un periodo poco representativo, las exportaciones alemanas disminuyeron un 2,3% y las importaciones se redujeron un 5,9% en comparación con diciembre de 2025.
Es verdad que China continúa siendo el principal socio exterior de Alemania (251.800 millones de euros en 2025), incluso por delante de EEUU, pero Berlín parece tener pocas dudas de que la disputa entre superpotencias le puede pasar factura a medio y largo plazo, y de ahí que haya cambiado de orientación estratégica en términos comerciales, incluso pese a los aranceles de Trump, que han encarecido sus exportaciones.
EEUU, en todo caso, es el segundo socio comercial más importante de Alemania, con un volumen de comercio exterior de 240.500 millones de euros, pero mientras que el comercio de bienes con China creció un 2,1% con respecto al año anterior, fundamentalmente por el continuo aumento de las importaciones, el comercio con Washington retrocede un 5%.
En el bando enemigo
Es decir, Alemania (más en las importaciones que en las exportaciones) depende cada vez más de Pekín, y esa relación tan privilegiada es la que quiere romper Berlín en aras de favorecer el mercado estadounidense. Entre otras razones, porque la Administración Trump, y muy probablemente sus sucesores, han situado a China en el bando enemigo en términos geopolíticos.
La reciente revisión de la Estrategia de Seguridad de EEUU lo deja nítidamente claro, y ante esta creciente enemistad Alemania quiere poner a salvo sus intereses comerciales. China, de hecho, es un mercado que progresivamente se le está cerrando a Alemania, aunque no, como se ha dicho, en relación a las importaciones. La proporción de las exportaciones a China ha disminuido hasta el 5%, desde casi el 6% en 2024 y casi el 8% en los años previos a la pandemia. Alemania, aunque parezca increíble, exporta tanto a Austria como a China. Es decir, el desequilibrio comercial entre China y Alemania se está ensanchando a favor de Pekín.
Esa mayor dependencia de China es lo que irrita a Washington y pone en aprietos a un atlantista, como es Merz, lo que se manifiesta en el hecho de que el año pasado la proporción de las exportaciones alemanas a EEUU se redujo a aproximadamente el 9,5%, un punto por debajo del año anterior, lo que significa un alejamiento que la nueva geopolítica germana busca invertir.
En conclusión, como sostiene un reciente informe de ING Think, los exportadores alemanes se enfrentan actualmente a un triple impacto chino: una menor demanda de productos alemanes en China, una mayor competencia de los productores chinos en terceros mercados y en el mercado interno alemán, la UE, y, por último, la dependencia de las tierras raras chinas. La guerra en Oriente Medio, el aumento de los precios de la energía y las posibles nuevas fricciones en la cadena de suministro son solo los últimos de una larga serie de vientos en contra. Y Merz quiere vientos nuevos que empujen a una economía renqueante.
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