El oro, el bitcoin y los cambios en la economía que impulsa Washington
Las fluctuaciones en el valor del oro, la plata y el bitcoin, que se han producido casi a la vez, convienen especialmente a los planes que tiene EEUU para recuperar la hegemonía
El golpe sobre el tablero mundial que ha dado Washington tiene como objetivo mantener una hegemonía que se había debilitado significativamente, y como consecuencia, el paso de un tipo de dominio a otro, ya que está empleando nuevos instrumentos para asentar su poder. Durante la época global, existió un sistema que se apoyaba en las instituciones internacionales, en el orden basado en reglas y que forjaba interrelaciones frecuentes entre Estados. Era una estructura, con el libre comercio en primer plano, que generaba muchos beneficios para EEUU, y en especial para sus élites. Permitía desorganizar el equilibrio interno entre capital y trabajo y mantener la primacía de los accionistas, y favorecía a los inversores en un entorno en el que las finanzas eran cada vez más importantes. Era una arquitectura cuyo centro era el papel indiscutido del dólar como moneda de reserva.
Washington se beneficiaba de ese diseño, ya que podía absorber los capitales del resto del mundo gracias a la fuerza de su moneda, lo que le permitía financiar sin problema sus déficits recurrentes. Los bonos del tesoro eran un refugio seguro, de manera que, aunque su deuda creciese, carecía de importancia. Siempre encontraba los recursos que necesitaba para su Estado, incluida la financiación de un poderoso ejército, sin perder credibilidad en los mercados al margen de cuál fuese la dimensión de su deuda. Al mismo tiempo, la fortaleza del dólar permitía la captación de capital global por parte de Wall Street. El ámbito financiero estadounidense aprovechó sobremanera esa arquitectura, y los ahorros y las inversiones de buena parte de los países del mundo fluyeron hacia ese núcleo.
Se habló de desdolarización de la economía. China anunció que quería convertir al renminbi en moneda de reserva global
Los acontecimientos de los últimos tiempos han alterado, en muchos sentidos, esa organización global. Los aranceles de Donald Trump, que han terminado con la organización del comercio global dominante en las últimas décadas, y que han conseguido que se ponga atención en las cadenas de suministro y en la lucha por materias primas críticas, llevan a un tiempo diferente. Comenzaron a circular las preocupaciones sobre la fortaleza del dólar, ya que EEUU necesitaría que su moneda se devaluase para que su déficit comercial disminuyera. Hubo países que frenaron su vinculación con los bonos estadounidenses. Se habló de desdolarización de la economía. China anunció que quería convertir al renminbi en moneda de reserva global. Las dudas sobre la sostenibilidad de la deuda estadounidense aumentaron. Activos como el oro se dispararon, otro de los refugios contra la incertidumbre. También la plata y las criptomonedas, como el bitcoin, seguían un camino ascendente. Todo eso pone en riesgo el predominio estadounidense.
La reacción de Washington
La administración Trump está contraatacando de diversas maneras. Venezuela ha sido una de ellas, porque el control del petróleo es estratégico, pero también por los lazos entre Caracas y Pekín y los pagos del crudo en renminbi que habían establecido. Ese mismo movimiento se había producido con Rusia, y las intenciones de China de expandir su moneda eran vistas como un peligro por Washington. Ha de recordarse que los pagos del petróleo tienen como moneda estándar el dólar.
EEUU necesita seguir canalizando capital global y lo está consiguiendo gracias a las promesas de rentabilidad que la IA formula
En segunda instancia, hay un proyecto estadounidense de expansión que pasa por las tecnológicas. No solo se trata de las "big tech", una fuente de ingresos para sus accionistas y de poder para Washington, sino del desarrollo sustancial que se espera de la IA. La ligazón entre el Gobierno Trump y las tecnológicas, entre las cotizadas y las privadas, como Palantir, Blue Origin o Space X es muy estrecha. La administración estadounidense cree de manera muy firme que el futuro se decidirá en la tecnología y que, por tanto, tienen que dar un gran salto en ese terreno, lo que le otorgaría una ventaja definitiva sobre Pekín.
No es únicamente un asunto de poder geopolítico o de generación de recursos para empresas estadounidenses: las tecnológicas son ahora la gran oferta que Wall Street puede hacer al capital global. Es el área en que los inversores esperan tener futuras ganancias, ya que la IA puede transformar por completo el marco económico. Además, hay compañías, como Open AI o Space X, que saldrán a bolsa próximamente. Washington necesita seguir canalizando capital global y lo está consiguiendo gracias a las promesas de rentabilidad que la IA formula.
La volatilidad del oro
En este escenario, la alta cotización del oro, la plata y el bitcoin significaban un problema doble. Si el capital apostaba por refugiarse de manera recurrente y masiva en valores que no fuesen el dólar, este podría verse debilitado. Las criptomonedas son una ventaja para EEUU cuando se trata de las estables, que están referenciadas al dólar y a los bonos del Estado, pero no en cuanto al resto de las criptos. Demasiados actores podrían tener la tentación de colocar su capital en un terreno menos favorable para Washington, y las intenciones chinas de establecer una esfera alternativa contarían con mejores opciones de materializarse.
El dólar es hoy una moneda fiat, y esta solo tiene un respaldo: el poder, con el ámbito militar en última instancia
Pero, en segunda instancia, todo el dinero que vaya a parar a esos valores no estará colocado en las bolsas estadounidenses, y no lo estará en las tecnológicas. Más allá de los ajustes típicos en valores que han subido mucho, que tendrán sus razones técnicas, la caída simultánea del oro, la plata y el bitcoin, y la volatilidad en torno a ellos, conviene especialmente a EEUU, porque puede reforzar la idea de que el refugio sigue siendo el de siempre y que la opción de ganar dinero está en Wall Street y en las tecnológicas.
No es un asunto menor, ya que es el terreno en el que EEUU se está jugando el futuro. El cambio en el sistema mercantil que ha llevado a cabo Trump tiene que ver no solo con la reconfiguración de las relaciones en términos bilaterales y, por lo tanto, fuera de las instituciones, sino con la creencia en que la hegemonía estadounidense se asentará en la potencia de sus tecnológicas. Por eso rechaza cualquier límite que se las quiera colocar, como los que intenta implantar Europa. Es crucial para Washington que el capital continúe fluyendo hacia EEUU y que respalde a sus tecnológicas, las viejas y las nuevas, y que, gracias a ese movimiento, el dólar continúe su camino firme como moneda de referencia.
EEUU ha cambiado el sistema, porque ya no estamos en el ámbito puramente mercantil de la globalización, pero tampoco puede perder los privilegios de los que gozó durante ella gracias al dólar. Washington está reaccionando en diversos órdenes, y de momento le está saliendo mejor de lo que parece. Acciones como las de Trump, en otros momentos, habrían alterado profundamente los mercados. Eso no ha sucedido aún. El dólar es hoy una moneda fiat, y esta solo tiene un respaldo: el poder, con el militar en última instancia. EEUU es todavía la gran potencia en muchos ámbitos (financiero, tecnológico y energético), y desde luego cuenta con el ejército más poderoso del mundo. Las turbulencias alrededor del oro, la plata y el bitcoin deben entenderse, en primer lugar, desde esta perspectiva.
El golpe sobre el tablero mundial que ha dado Washington tiene como objetivo mantener una hegemonía que se había debilitado significativamente, y como consecuencia, el paso de un tipo de dominio a otro, ya que está empleando nuevos instrumentos para asentar su poder. Durante la época global, existió un sistema que se apoyaba en las instituciones internacionales, en el orden basado en reglas y que forjaba interrelaciones frecuentes entre Estados. Era una estructura, con el libre comercio en primer plano, que generaba muchos beneficios para EEUU, y en especial para sus élites. Permitía desorganizar el equilibrio interno entre capital y trabajo y mantener la primacía de los accionistas, y favorecía a los inversores en un entorno en el que las finanzas eran cada vez más importantes. Era una arquitectura cuyo centro era el papel indiscutido del dólar como moneda de reserva.