Mark Carney, el economista canadiense que llevó la dignidad a Europa
Es el hombre de moda. El primer ministro de Canadá, con su discurso en Davos, ha agitado la conciencia de los europeos. Su heterodoxia viene de lejos, de cuando al frente del Banco de Inglaterra tuvo que gestionar el Brexit y la crisis financiera
No debe ser fácil convivir con tantas plusmarcas, pero Mark Carney, el primer ministro de Canadá, puede presumir en familia —no lo hará— de tener algunos récords, y ciertamente relevantes. Trescientos diecinueve años. Este es el tiempo que tardó el Banco de Inglaterra, el segundo más antiguo del mundo tras el Banco de Suecia, en nombrar a una persona no nacida en Gran Bretaña como gobernador. El elegido —por un Gobierno conservador— fue el canadiense Carney (1965, Fort Smith, Territorios del Noroeste), quien ya conocía muy bien el paño en su país natal. La paradoja fue, precisamente, que un canadiense tuviera que gestionar el 'Brexit' desde el Banco de Inglaterra.
Antes de aterrizar en Londres para gobernar la Vieja Dama de Threadneedle Street —el lúgubre apodo del Banco de Inglaterra—, fue gobernador del Banco de Canadá, una institución de historial menos rimbombante (nació hace apenas 90 años), pero que en las últimas crisis ha enseñado el camino a muchos bancos centrales anquilosados por el peso de tanta historia, lo que les ha hecho extremadamente conservadores. Todavía conserva el honor de ser el segundo gobernador más joven de la historia del banco central de Canadá.
Bajo su dirección, fue el primero que reaccionó en la anterior crisis financiera (2008) bajando los tipos de interés, lo que evitó el colapso de su país, justo lo contrario que hizo el Banco Central Europeo (BCE) en tiempos de Jean-Claude Trichet, que elevó dos veces el precio del dinero (2011) en plena recesión de los países del sur. Y no solo eso: Carney prometió mantenerlos en niveles reducidos durante al menos un año. ¿El resultado? Canadá pudo volver a los niveles de producción y empleo previos a la recesión antes que otros países del G7. Hay quien dice, sin embargo —en concreto, su entonces primer ministro, Stephen Harper—, que Carney se atribuyó un mérito que no era solo suyo, sino del Gobierno de Ottawa.
La conciencia de Europa
El currículo de Carney, que este martes en Davos agitó como nadie lo ha hecho en mucho tiempo la conciencia de los europeos, no acaba ahí. Hace menos de un año, contra cualquier pronóstico, ganó las elecciones en Canadá con un triunfo histórico. En parte, hay que decirlo, porque supo aprovechar el regreso de Donald Trump al tablero mundial, a quien se enfrentó desde el primer día. Y en parte también por su mano izquierda con los medios de comunicación, algo que saben bien los gobernadores de los bancos centrales desde los tiempos de Alan Greenspan. Lo importante es cómo se traslade el mensaje a los mercados, en este caso la opinión pública. Nunca antes un dirigente del Partido Liberal, el mismo de su antecesor, Justin Trudeau, había obtenido tantos votos en términos absolutos. Ganó, además, con cierto valor añadido.
Carney, que no es ningún revolucionario, marcó territorio desde el primer día con el vecino del sur —nunca mejor dicho— en plena ola conservadora y populista en EEUU, lo que a la postre era una forma de parar los pies a Trump, recién reinstalado por entonces en la Casa Blanca. Canadá, de hecho, es el antídoto contra los afanes expansionistas en la región de Trump, que también ha puesto los ojos en su país proponiendo una fantasmagórica incorporación de Canadá como estado 51 de la Unión. Por lo tanto, un buen porcentaje de los votos del Partido Liberal canadiense debe atribuirse a Trump.
El mérito de Carney, que nunca antes se había presentado a unas elecciones, fue, precisamente, darle la vuelta a las encuestas, que sugerían una contundente victoria del líder conservador, Pierre Poilievre, un político profesional con un perfil muy distinto a Carney, acostumbrado a gestionar grandes crisis, y Trump lo era. En las primarias de su partido, obtuvo un sorprendente 85,9% de los votos. Su mensaje no dejaba lugar a dudas: "Los estadounidenses no deben equivocarse, tanto en el comercio como en el hockey", dijo. "Canadá ganará". Conviene recordar, en este sentido, que mientras crecía en la escuela secundaria St. Francis Xavier, el joven Carney jugó al hockey como portero en Laurier Heights, un barrio residencial al oeste de Edmonton.
En la estrategia ganadora de Carney —un convencido de las políticas contra el cambio climático— había algo de sentimiento de supervivencia de Canadá ante las andanadas de Trump. Lejos de acobardarse, lo llevó a Davos, donde dio por liquidada la Pax Americana. "Cada día se nos recuerda que vivimos en una era de rivalidad entre grandes potencias", dijo, "el orden basado en reglas se está desvaneciendo, los fuertes pueden hacer lo que puedan y los débiles deben sufrir lo que deban".
Una nueva política
Nunca antes el vecino del norte se había separado tanto del vecino del sur. Probablemente, porque Canadá es lo más parecido que hay en América a la vieja Europa que reclama un orden multilateral sujeto a reglas. Carney, de hecho, busca una nueva política de alianzas para Canadá tras sus recientes acuerdos con la China de Xi Jinping. Tras su viaje a Pekín, y antes de llegar a Davos, estuvo en Doha (Qatar), lo que indica una agenda propia frente al vasallaje que intenta imponer EEUU. "Si no estás en la mesa", dijo gráficamente Carney en la estación invernal de Davos, "estás en el menú". O lo que es lo mismo, en un mundo de superpotencias depredadoras que compiten entre sí, lo mejor que hay que hacer es confrontar, no amilanarse. O comes o te comen.
Y es que Carney, desde su llegada al poder, no se ha cansado de confrontar con Washington. Nadie duda de que su objetivo es reforzar la soberanía de Canadá frente a las intenciones de Trump, quien dijo el miércoles en Davos, en el tono amenazante que le acompaña, que sin EEUU, aunque suene increíble, Canadá no existiría. "Canadá vive gracias a EEUU, recuérdalo, Mark, la próxima vez que hagas declaraciones", dijo satisfecho de sí mismo. Veinticuatro horas después, en el momento que presentaba su Consejo de Paz, el Departamento de Estado anunció que retiraba la invitación para que Canadá pudiera participar en tan variopinto grupo de países, lo mejor de cada casa.
El candidato Carney
Más allá de la retórica abusadora de Trump, lo relevante es conocer quién es Mark Carney. Y lo primero que hay que decir es que se trata de un profesional brillante que aprendió en Harvard (estudió gracias a una beca) de un compatriota suyo, el economista y profesor progresista John Kenneth Galbraith, junto con Leonard Cohen, el canadiense más famoso (hay algunos más) fuera del país. Hijo del director de una escuela secundaria, su familia se mudó posteriormente a Edmonton cuando él tenía seis años. Su padre, Bob Carney, también se presentó como candidato por los liberales a nivel federal en 1980 en el distrito de Edmonton-Sur, quedando en segundo lugar, detrás de Douglas Roche, un conservador progresista.
La universidad de Oxford también fue académicamente su casa; su mujer, Diana, también es economista, mientras que en el plano profesional tuvo una meteórica carrera en Goldman Sachs, donde aprendió durante los 13 años que trabajó allí el funcionamiento práctico de los mercados financieros. Ya se sabe, los revoltosos 'players' que juegan al ratón y al gato con los bancos centrales. Durante su estancia en el banco de inversiones, colaboró con el Gobierno de Sudáfrica para reparar los daños provocados por el 'apartheid', y lo mismo hizo en Rusia tras estallar en 1998 la crisis del rublo. Experiencia no le falta.
"Sé que los mercados no tienen valores, sino las personas", dijo durante su discurso de aceptación como líder del Partido Liberal. "Cuando los mercados se gobiernan bien, proporcionan puestos de trabajo y un fuerte crecimiento, pero los mercados también son indiferentes al sufrimiento humano y están ciegos ante nuestras mayores necesidades". Con este discurso ganó las elecciones.
Dicho esto por un exbanquero central y por alguien que conoce bien el funcionamiento de los mercados —también trabajó para el Banco Internacional de Pagos de Basilea (BIS), el banco de los bancos centrales—, no puede extrañar que se haya convertido en el hombre de moda en el planeta, al menos en las democracias liberales que quieren sobrevivir a las autocracias. Seguirá dando tardes de gloria.
No debe ser fácil convivir con tantas plusmarcas, pero Mark Carney, el primer ministro de Canadá, puede presumir en familia —no lo hará— de tener algunos récords, y ciertamente relevantes. Trescientos diecinueve años. Este es el tiempo que tardó el Banco de Inglaterra, el segundo más antiguo del mundo tras el Banco de Suecia, en nombrar a una persona no nacida en Gran Bretaña como gobernador. El elegido —por un Gobierno conservador— fue el canadiense Carney (1965, Fort Smith, Territorios del Noroeste), quien ya conocía muy bien el paño en su país natal. La paradoja fue, precisamente, que un canadiense tuviera que gestionar el 'Brexit' desde el Banco de Inglaterra.