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La guerra de todas las guerras: ¿y si Europa deja de comprar bonos de EEUU?
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TENSIONES GEOPOLÍTICAS

La guerra de todas las guerras: ¿y si Europa deja de comprar bonos de EEUU?

Trump ha hecho saltar por los aires el tablero geopolítico. Afecta a todos los ámbitos. También a los flujos financieros entre Europa y EEUU. Hay quien piensa que se debe presionar a Washington comprando menos bonos. ¿Es posible?

Foto: Edificio del Departamento del Tesoro de los Estados Unidos. (Getty)
Edificio del Departamento del Tesoro de los Estados Unidos. (Getty)
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Hay guerras y guerras. Unas son más convencionales —el enfrentamiento militar— y otras más específicas, como las disputas económicas o comerciales. Por ejemplo, los aranceles. Pero hay otras guerras mucho más sutiles y estratégicas que tienen que ver con los flujos financieros. Es decir, con las transacciones monetarias entre países o territorios. También con la hegemonía sobre los medios de pagos o con el uso del dólar como moneda de intercambio.

Y lo que está hoy sobre la mesa, todavía en el plano teórico, es algo así como la madre de todas las guerras. Por primera vez, altos funcionarios de la Unión Europea y analistas cualificados han sacado a colación la posibilidad, esta es en realidad la verdadera capacidad de influencia de Europa, de frenar las aspiraciones expansionistas de Washington en Groenlandia utilizando como arma geopolítica los flujos financieros. Por lo tanto, lo que los gobiernos, las empresas y las instituciones invierten en EEUU en busca de rentabilidad.

No es una cantidad pequeña. Como pone de relieve un reciente informe de ING Think, los países europeos poseen unos 8 billones de dólares (6,84 billones de euros) en bonos y acciones estadounidenses, lo que convierte a Europa, con diferencia, en el mayor prestamista estadounidense. Incluso por encima de Japón, que tradicionalmente, gracias a sus copiosos ahorros, ha sido el gran prestamista de Washington. Esto supone entre un 25% y un 30% de la deuda federal. Ese es el stock, pero si se presta atención a los flujos diarios resulta que cada jornada se comercian más de 5.400 millones de dólares en bienes y servicios entre EEUU y la Unión Europea, respaldados por extensas inversiones transfronterizas que sustentan millones de empleos.

Esto demuestra, sostienen los analistas del principal banco neerlandés, la profunda interdependencia entre EEUU y Europa. Pero con un matiz: si Europa es muy dependiente de Washington en cuestiones como la seguridad, la defensa o la tecnología, su musculatura financiera es infinitamente superior en cuanto a transacciones financieras, lo que convierte a EEUU en un país vulnerable por esta vía.

Lo demuestra contablemente el hecho de que EEUU acumula un increíble déficit de balanza de pagos. Tan solo la posición de inversión internacional neta, la diferencia entre lo que EEUU presta al exterior y lo que recibe (activos contra pasivos), asciende a 27,6 billones de dólares, una cantidad que representa más del 90% del PIB del país. Eso significa que la deuda exterior prácticamente se ha multiplicado por tres desde 2016. La cifra contrasta con la Posición de Inversión Internacional de Alemania, que registra un superávit equivalente al 79,4% del PIB o, incluso, muy lejos del -44,5% de España.

Un prestamista llamado China

Sirva como ejemplo que los países europeos de la OTAN poseen 2,8 billones de dólares en bonos del Tesoro estadounidense, y si se agrega Canadá la cifra asciende a 3,3 billones. Esto supera incluso lo que posee China, cuya tenencia de bonos del Tesoro de EEUU se ha considerado durante mucho tiempo una potente arma geopolítica. China, sin embargo, ha ido reduciendo en los últimos años sus bonos. Sus tenencias, alrededor de 680.000 millones de dólares, han caído a su nivel más bajo en 17 años a finales de 2025, según datos del Tesoro de EEUU. Hoy, los principales acreedores de Washington son Japón y Reino Unido.

Esto significa, lisa y llanamente, que EEUU es un país muy dependiente del capital extranjero, lo que explica que esta vía —junto a alejarse del dólar como moneda de intercambio o crear medios de pagos alternativos, algo que hoy por hoy es una ilusión— es la que se ha sugerido desde diferentes instancias para quebrar la pulsión intimidatoria de la Casa Blanca de Donald Trump. ¿El problema? La mayoría de esas inversiones en bonos y acciones son privadas, por lo que la capacidad de los gobiernos de provocar una repatriación de capitales es muy limitada. Muy distinta, por el contrario, es la percepción puntual de los mercados, y eso es, precisamente, lo que está sucediendo con caídas de alguna importancia tras haberle rebajado las agencias de calificación su rating soberano.

Es solo una señal, pero el fondo de pensiones danés AkademikerPension ha anunciado que planea vender todas sus tenencias de bonos del Tesoro estadounidense antes de finales de enero, citando riesgos crediticios asociados con las políticas del presidente Donald Trump. La cantidad, 100 millones de dólares, es sólo simbólica. "Las finanzas del Gobierno estadounidense no son sostenibles", dijo Anders Schelde, director de inversiones de AkademikerPension, a Bloomberg el martes. El fondo gestiona aproximadamente 25.000 millones en ahorros para maestros y académicos.

A esto hay que añadir el riesgo que suponen las interferencias de la Casa Blanca sobre el próximo inquilino de la Reserva Federal, ya que el mandato de Jerome Powell vence el próximo mes de mayo. Si Trump controla la Fed, los mercados tenderán a desconfiar de la economía estadounidense, y hay que recordar que la capacidad de influencia de la Reserva Federal está en los rendimientos a corto, mientras que los tipos a largo dependen de la voluntad del mercado.

Como aseguran los analistas de ING Think, la UE tiene muy poco que hacer para obligar a los inversores del sector privado a vender activos en dólares estadounidenses; solo podría intentar incentivar las inversiones en activos en euros. Pero hay que recordar que la rentabilidad de los bonos europeos es sensiblemente inferior (prácticamente la mitad) y, además, el mercado bursátil estadounidense es más alcista y más profundo gracias al dólar, que sigue siendo la divisa de reserva pese a que ha perdido peso en los últimos años.

Apretar el gatillo

¿Qué hacer? La herramienta de la que dispone, como ha recordado Macron, el presidente francés, es el llamado instrumento anticoerción, pero solo afectaría al comercio (imposición de aranceles o contingentes a la importación) y a la inversión extranjera directa, pero no a la inversión en activos financieros. ¿El problema? Para apretar el gatillo del instrumento anticoerción se necesitaría el apoyo de al menos 15 países del Consejo de la UE, y no está claro que se consiga.

La inversión extranjera directa estadounidense (IED) se situó al cierre de 2024, según el Departamento de Comercio, en 6,83 billones de dólares, mientras que la inversión extranjera directa con destino EEUU, mayoritariamente europea, creció hasta los 5,71 billones de dólares. Este aumento se debe principalmente a un aumento de 204.700 millones de dólares en la inversión en Europa, que refleja un aumento de 52.900 millones de dólares del Reino Unido y de 39.700 millones de dólares de Alemania. Por industria, las filiales manufactureras fueron las que más aumentaron.

Hasta ahora, y antes del giro que anunció Trump en Davos comprometiéndose a no invadir por las bravas Groenlandia, la única represalia comercial que ha planteado abiertamente la UE es la no ratificación en el Parlamento Europeo del acuerdo alcanzado en julio del año pasado entre la Comisión Europea y EEUU, que prevé imponer aranceles del 0% a los productos manufacturados procedentes de EEUU.

La no ratificación significa que Europa estaría en condiciones de recuperar los aranceles a EEUU por valor de 93.000 millones de euros con los que llegó a amenazar en su día, pero que decayeron tras el acuerdo en el campo de golf de Trump en Escocia. El 15% que pagan hoy los exportadores europeos de promedio ha provocado, por el momento, que la participación de EEUU en las ventas al exterior de Europa haya pasado hasta noviembre del 21% al 18%, lo que sugiere un reajuste en el comercio mundial en busca de nuevas alianzas. Entre otras razones, porque aunque Trump haya retirado su amenaza de nuevos aranceles a algunos países europeos que enviaron tropas simbólicas a Groenlandia, su capacidad de desestabilización con nuevas declaraciones es casi ilimitada. Y la mayoría de esas transacciones se hacen en dólares, por lo que los exportadores pueden tener incentivos para buscar monedas más estables, como el euro.

La lógica, según Bessent

En todo caso, la preocupación es creciente y hasta el secretario del Tesoro de EEUU, Scott Bessent, ha instado a los aliados a cumplir sus acuerdos comerciales. La idea de que los europeos puedan deshacerse de sus bonos del Tesoro y otros activos estadounidenses "desafía toda lógica", dijo Bessent.

El pasado sábado, aunque ya lo ha retirado,Trump anunció un arancel adicional del 10% para Francia, Alemania, el Reino Unido, los Países Bajos, Finlandia, Suecia, Noruega y Dinamarca a partir del 1 de febrero, hasta que se alcance un acuerdo sobre Groenlandia. Los aranceles se incrementarán al 25% para el 1 de junio si no se llega a un acuerdo para entonces.

La utilización de las transacciones financieras como arma geopolítica es inusual, y menos tratándose de dos bloques aliados que comparten su estrategia militar a través de la OTAN. Las raras veces que se han utilizado ha sido en disputas entre un país grande, con gran capacidad coercitiva, y uno pequeño, con menos capacidad para defenderse, pero no es el caso de Europa, que es el principal acreedor de Washington.

Es decir, en el actual contexto EEUU exhibe una enorme debilidad respecto de Europa, ya que necesita cantidades ingentes de capital extranjero para financiar sus costosas inversiones en tecnología. Según un reciente análisis de CaixaBank Research, el epicentro de las nuevas necesidades de financiación se sitúa en Silicon Valley, donde un grupo reducido de grandes compañías ha invertido, en la primera mitad del año pasado, cerca de 194.000 millones de dólares en infraestructura y centros de datos.

El epicentro de las necesidades de financiación se sitúa en Silicon Valley, donde un grupo de grandes compañías ha invertido cerca de 194.000 millones en infraestructura y centros de datos

Se estima que la cifra llegará a 368.000 millones al cierre de 2025 (equivalente al 1,2% del PIB) y que podría alcanzar 432.000 millones en 2026, más del doble de lo invertido en 2023. A ello se suman los proyectos de empresas como OpenAI y las cuantiosas inversiones necesarias para reforzar la red eléctrica y la producción de chips, donde destacan actores como Nvidia. Y buena parte de estas necesidades lo están financiando los europeos con su enorme superávit exterior, en particular Alemania.

EEUU, por lo tanto, necesita como nadie la inversión financiera extranjera. Y no solo para financiar la revolución tecnológica. Todo indica que en 2026 el déficit público se mantendrá en torno al 6% del PIB —el doble del promedio previo a la pandemia—, y las previsiones apuntan a que seguirá en ese nivel durante varios años. El Fondo Monetario Internacional estima que, de mantenerse esta tendencia, la deuda pública bruta podría superar el 140% del PIB hacia el final de la década, un aumento muy considerable en poco tiempo si se tiene en cuenta que espera que cierre este año en el 122%. Esos desequilibrios hay que financiarlos y el mayor prestamista es Europa.

Hay guerras y guerras. Unas son más convencionales —el enfrentamiento militar— y otras más específicas, como las disputas económicas o comerciales. Por ejemplo, los aranceles. Pero hay otras guerras mucho más sutiles y estratégicas que tienen que ver con los flujos financieros. Es decir, con las transacciones monetarias entre países o territorios. También con la hegemonía sobre los medios de pagos o con el uso del dólar como moneda de intercambio.

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