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Trump en Davos: un discurso impactante que demuestra quién tiene el poder
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Trump en Davos: un discurso impactante que demuestra quién tiene el poder

La intervención del presidente estadounidense fue mucho más dura de lo que parece. Reducida a declaraciones concretas, no aportó mucha novedad. Pero transmitió la esencia de la época

Foto: El presidente de EEUU, Donald Trump. (Reuters/Jonathan Ernst)
El presidente de EEUU, Donald Trump. (Reuters/Jonathan Ernst)
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Antes de salir a escena, Trump ya se había apuntado una victoria. Fue presentado por Larry Fink, copresidente interino del Foro tras la salida de Klaus Schwab, y CEO de BlackRock. El fondo de inversión, el más grande del mundo en gestión de activos, fue el defensor más acérrimo de los criterios ESG en la gran empresa y uno de los principales valedores de la inversión en energías renovables. Trump impugnó todo lo que esos criterios de diversidad, inclusión y descarbonización significaban, y ayer Fink asistió desde una esquina del escenario a la exhibición de fuerza que el presidente estadounidense realizó ante buena parte de las élites mundiales. Antes, tuvo que dedicarle unas palabras amables.

Trump logró otra victoria antes de dirigirse al público de Davos. En la mañana de ayer, el Parlamento Europeo frenó la aprobación del acuerdo comercial entre la UE y Mercosur. Los parlamentarios acordaron, por un estrecho margen, remitir el acuerdo al Tribunal de Justicia de la UE para que emitiese un dictamen sobre su compatibilidad con los tratados de la UE. La desunión, una vez más, fija la vida comunitaria. Es difícil plantear la resistencia contra los EEUU de Trump cuando es tan complicado articular una visión común. Mercosur ha evidenciado una vez más la escasa fiabilidad de esta Europa. Un diplomático brasileño, favorable a un acuerdo que veía necesario, me mostraba en privado su desconfianza respecto de que entrase en vigor. Creía que nunca ocurriría, a pesar de la continuada insistencia europea. Si no se confía en la UE en el Brasil de Lula, es fácil imaginar que menos aún en Washington.

"Washington vio la reacción de los países europeos en la pandemia y tomó buena nota"

Un cargo de Vox, el partido español mejor conectado con Trump, insiste en este punto: “En el comienzo de la pandemia, la reacción europea consistió en que cada país buscó por su cuenta el material sanitario preciso para afrontar la emergencia sanitaria. Los aviones con mascarillas cambiaban de destino en el mismo aeropuerto, porque unos países se los robaban a otros. Washington tomó nota de aquello. Sabe lo que es la UE”.

El argumento envolvente

El discurso que más había impactado en Davos hasta que llegó Trump fue el de Mark Carney, que fue alabado por su posición firme frente a EEUU. Carney, liberal seguidor del mundo basado en reglas mutado en realista, emitió varios mensajes que definen el momento. Las lecciones históricas son más importantes hoy que la ortodoxia económica. Carney afirmó que “las grandes potencias pueden permitirse ir solas, y las intermedias, no”, que las potencias medias, como Canadá, no son impotentes porque tienen margen de acción para construir un nuevo escenario, y que, para alcanzar ese objetivo “deben actuar juntas porque si no estamos en la mesa, estamos en el menú”. Es el problema de Europa y de la UE: un puñado de potencias intermedias y varios países pequeños cuya fuerza consistiría en su alineamiento, pero que poseen intereses y visiones distintas que impiden una acción común. Eso es el acuerdo con Mercosur, con las dos principales potencias intermedias de la UE posicionándose en lados opuestos.

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Trump llegó a Davos y subió al escenario para afirmar que las grandes potencias se pueden permitir actuar en solitario, que las potencias medias no, y que estas deben actuar en la forma que EEUU les solicite o pagarán las consecuencias. La intervención de Trump no fue muy diferente de otras que ha realizado en EEUU y tampoco añadió novedades sobre su consideración acerca de Europa. Gran parte de lo que contó era bien conocido. Pero, puesto un elemento detrás de otro en la hora y media larga que duró su discurso, sonó especialmente duro. Trump acudió a Davos a dejar claro quién mandaba, cuál era el plan y que, como afirmó Carney el día antes, que “el mundo está en medio de una ruptura, no de una transición”.

Trump no solo mostró el poder de su país e hizo explícitas las dependencias: también vino a reclamar una deuda

En ese giro, Europa lleva las de perder, porque Trump la está tratando como si fuera un residuo de la era Biden, como si las ideas de “Sleepy Joe” perdurasen todavía en un territorio y hubiera que extirparlas, del mismo modo que lo está intentando hacer en EEUU. Vino a decir que la UE forma parte de ese pasado del que reniega y que la causa del declive europeo es la permanencia en unas ideas anticuadas.

Todo lo que dijo Trump sobre los europeos, que se amplía a los países de su esfera de influencia, se subsume en una visión. El argumento central de Trump es envolvente: muestra el poder de su país, hace explícitas las dependencias y deja claro quién está al frente. Una vez que ha marcado la posición, insiste en que no se trata de una cuestión de poder desnudo: hay una deuda pendiente. Durante todos estos años, países como los europeos han vivido de EEUU, no han pagado por su defensa, se han aprovechado del mercado estadounidense, han sido defendidos en confrontaciones bélicas, como la II Guerra Mundial, y no han dado nada a cambio. Es hora de comenzar a aportar lo que es debido, en defensa con la OTAN, en impuestos con los aranceles y en territorios como en Groenlandia. La tercera parte de su argumento consiste en subrayar que todo eso lo hacen por el bien común, para garantizar la seguridad y la estabilidad, y que lo podrían conseguir por las malas, pero prefieren tener buenas relaciones con los aliados. “Al mundo le va bien cuando le va bien a EEUU, y le va mal cuando le va mal a EEUU”, afirmó Trump. Trickle-down geopolitics.

Los dos puntos espinosos

Sin embargo, la posición de Trump contuvo algunos elementos interesantes desde el punto de vista ideológico. La visión económica que describió como clave para el éxito de EEUU, recorte al gasto federal, crecimiento para paliar la deuda, limitación de la emigración, políticas energéticas basadas en el petróleo y el gas y en un gran impulso a las nucleares, desregulación y rebajas de impuestos, es apoyada de forma unánime por las derechas europeas, sean tradicionales o trumpistas. Hay diferencias en la intensidad, pero no en el programa. La inversión en defensa y la focalización en inteligencia artificial son dos elementos que también suscitan consenso entre ellas.

El programa de éxito económico que Trump exhibió en Davos tiene un punto débil que le afecta especialmente a nivel interno

Los problemas con Trump surgen con dos puntos espinosos, los aranceles y Groenlandia, ya que generan problemas internos a ambas derechas, uno por el daño que hacen a su economía, el otro porque subraya la colonización que supone el plan ‘América primero’. Las derechas tradicionales están en contra de Trump en ese aspecto, y la mayoría de las soberanistas también, aunque con excepciones. La gran divergencia entre las fuerzas conservadoras, y lo que las separa radicalmente, es la ruptura de Trump con el orden basado en reglas y con la estructura de la globalización: las derechas del establishment lo ven como un error de gran magnitud, las trumpistas como totalmente conveniente. Esta mezcla de visiones en común y divergencias significativas define el momento de una política europea marcada por las derechas.

El segundo elemento ideológico atañe al futuro del programa trumpista, no tanto en Europa como en su propio país. El programa de éxito económico que exhibió en Davos, con las exageraciones habituales, sus superlativos y su reescritura de la historia, tiene un punto débil. El presidente estadounidense prefirió arrinconar aspectos de su programa que se esperaban que desgranase en Davos (así lo había asegurado Trump), como la asequibilidad y los precios. Howard Lutnick se refirió a ellos, incluso publicó en ‘Financial Times’ un artículo al respecto, pero poco más. Nada nuevo se dijo sobre ese punto.

La cuestión es si esa economía tan exitosa es percibida así por sus ciudadanos. Nueva York dijo no, y otros candidatos demócratas han tomado nota. El programa que desgranó apenas incluye medidas que permitan que se recupere el poder adquisitivo, más allá de algunas correcciones (como la reducción de los intereses de las tarjetas de crédito al 10%, pero limitadas a un año). Los economistas de Davos no prestan demasiada atención a esto, y tampoco los trumpistas, porque creen que uno de los principales asuntos que le dieron la victoria a Trump fue la inflación, y dado que está comenzando a controlarse, todo va bien. Pero no fue la inflación, sino el poder adquisitivo, esa mezcla de ingresos y costes que hace la vida cotidiana fácil o difícil. Es probable que Trump se esté engañando tanto como Biden al respecto: la macro va bien, la micro también. Trump no es un populista, parte de su electorado sí. Espera mucho más en el terreno de los empleos y de los precios. Será un elemento muy importante en las elecciones de mitad de mandato.

Antes de salir a escena, Trump ya se había apuntado una victoria. Fue presentado por Larry Fink, copresidente interino del Foro tras la salida de Klaus Schwab, y CEO de BlackRock. El fondo de inversión, el más grande del mundo en gestión de activos, fue el defensor más acérrimo de los criterios ESG en la gran empresa y uno de los principales valedores de la inversión en energías renovables. Trump impugnó todo lo que esos criterios de diversidad, inclusión y descarbonización significaban, y ayer Fink asistió desde una esquina del escenario a la exhibición de fuerza que el presidente estadounidense realizó ante buena parte de las élites mundiales. Antes, tuvo que dedicarle unas palabras amables.

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