Trump y el síndrome Hoover: por qué la Casa Blanca quiere liquidar a Powell
Las presiones de Trump sobre la Reserva Federal se intensifican. La Casa Blanca necesita bajar los tipos de interés desesperadamente para equilibrar el presupuesto y el chivo expiatorio es el presidente de la Fed
En diciembre de 2018, apenas diez meses después de que Powell fuera nombrado presidente de la Fed (por el mismísimo Trump), la Casa Blanca lanzó la primera embestida contra la Reserva Federal. Powell había osado elevar los tipos de interés por quinta vez consecutiva para luchar contra la inflación, y fue entonces cuando Donald Trump, que casi siempre dice lo que piensa, aunque no está claro que piense siempre lo que dice, reconoció lo que entonces era para él una pesadilla. "Quiere [refiriéndose a Powell] convertirme en Hoover". Ya se sabe, aquel presidente de EEUU que tuvo que lidiar contra el crash de Wall Street en 1929, y cuyas políticas fueron un auténtico desastre hasta que su sucesor, Franklin D. Roosevelt (y el estallido de la II Guerra Mundial), cambiaron el paso de las recetas económicas en aras de combatir la Gran Depresión.
Lo que le preocupaba en ese momento a Trump es que había ligado su mandato a la subida de Wall Street, por lo que el incremento de los tipos de interés era una mala noticia, tanto para sus intereses políticos como particulares. Trump, de hecho, culpó a Powell de la caída de la bolsa y desde entonces, con el paréntesis de la era Biden, no ha dejado de hostigar al presidente de la Reserva Federal, cuyo mandato pasa, precisamente, por controlar la inflación y el nivel de empleo con independencia del poder político. Trump ha llegado a decir de Powell que tiene "un coeficiente intelectual bajo para lo que hace" o que se trata de "una mula obstinada". Ahora, sin embargo, ha ido más allá.
El propio Powell reveló este domingo por la noche que el Departamento de Justicia había notificado a la Reserva Federal una citación del gran jurado (una figura extrajudicial formada por ciudadanos previa a la interposición de una demanda) en la que le amenaza con una acusación penal relacionada con el testimonio del presidente de la Reserva Federal ante el Comité Bancario del Senado en junio pasado. Aquel testimonio se refería, en parte, a un proyecto plurianual para renovar los edificios históricos de oficinas de la Reserva Federal, y cuyo precio final se ha disparado en cientos de millones de dólares respecto del presupuesto inicial.
Rencor del pasado
Lo más paradójico, sin embargo, aunque no es lo más relevante, es que a finales de este mismo mes de mayo finaliza el mandato de Powell, lo que habilita a Trump a nombrar a su sucesor sin interferencia alguna. Algo que sugiere cierto rencor del pasado. ¿Por qué abrir esta crisis poco antes de que finalice el mandato? La respuesta la sabe Trump, pero todo apunta que es una estrategia de cara al futuro.
El candidato mejor colocado ahora, aunque el presidente de EEUU es imprevisible, es Kevin Hassett, presidente del Consejo Económico Nacional, muy cercano a Trump, pero que compite con otros tres candidatos. Entre ellos, Christopher J. Waller, un académico experimentado, curiosamente, experto en política monetaria y en la independencia de los bancos centrales.
Trump ha dicho, aunque no ha revelado la identidad, que tiene ya en su cabeza el nombre, y ahora lo que preocupa al mercado es que el próximo presidente de la Reserva Federal comience su mandato (cuatro años) con plomo en las alas. O lo que es lo mismo, que sea la prolongación de la Casa Blanca en política monetaria, rompiendo la tradicional independencia del banco central para fijar los tipos de interés, que es lo que le inquieta a Trump por razones electorales, no económicas.
No solo está en juego la renovación de la cúpula de la Fed, sino la credibilidad e independencia de las decisiones de política monetaria
Es decir, lo que está en juego no es solo la renovación de la cúpula de la Fed, por cierto, con muchos miembros ligados de una forma a otra al Partido Republicano, sino la credibilidad e independencia de las decisiones de política monetaria, un bien, incluso, protegido por la Constitución de EEUU. El Tribunal Supremo ha dicho que el presidente de la Reserva Federal es el único cargo que la Casa Blanca no puede remover. Es más, según la legislación estadounidense Powell tiene derecho a mantenerse como miembro de la Junta de Gobernadores de la Reserva Federal hasta 2028, aunque ya no sea el presidente.
Su salida —aunque Powell no renunciará— despejará el camino para aumentar la influencia de Trump en la Fed después de que la Casa Blanca fracasara en su intento de despedir a la economista Lisa Cook como miembro de la Junta de Gobernadores. Cook, de ideas progresistas, ha sido la primera mujer negra en acceder a ese cargo, y la Justicia abrió una causa penal contra ella por presunto fraude hipotecario.
La Junta está dirigida por siete gobernadores nominados por la Casa Blanca que cumplen mandatos escalonados de 14 años, y con la salida de Powell los elegidos por Trump en el anterior mandato y en el actual tendrían mayoría, y de ahí su interés en desprestigiar al presidente de la Reserva Federal. Las decisiones sobre tipos de interés se toman en el Comité Federal de Mercado Abierto (FOMC, por sus siglas en inglés) constituido por 12 consejeros: los siete miembros del consejo de administración de la Fed, el presidente de la Reserva Federal de Nueva York y cuatro gobernadores del resto de bancos de la Reserva Federal. La actual mayoría es la que quiere quebrar Trump.
Plegarse a las exigencias
No es de extrañar, por eso, que la élite de los economistas, entre ellos Olivier Blanchard, Kenneth Rogoff o Paul Krugman se hayan movilizado en favor de la independencia de la Fed ante la evidencia de que Trump elegirá a alguien que se plegará a sus exigencias y hará cualquier cosa para complacer al presidente de EEUU. Y es, en este sentido, en el que la tardanza en elegir al sucesor de Powell (normalmente se hace con meses de antelación para superar con tiempo el trámite del Senado) se interpreta como una señal de debilitamiento del próximo presidente de la Reserva Federal.
Es decir, una forma de intimidar al sucesor de Powell en aras de impulsar una rebaja de los tipos de interés, que es lo que Trump busca desesperadamente. ¿El problema? Los mercados quieren certezas y si descubren que la Reserva Federal se comporta de forma errática al albur de las decisiones caprichosas de la Casa Blanca es muy probable que el cambio acabe con turbulencias financieras.
Lo demuestran los vaivenes que están sufriendo las expectativas de tipos de interés que esperan los analistas. ¿La causa? La Reserva Federal, como han acreditado las actas del pasado mes de diciembre, está profundamente dividida sobre qué camino tomar. Si combatir la inflación (en parte generada por los aranceles de Trump al haber encarecido las importaciones) o, por el contrario, ser más laxa para evitar el enfriamiento del mercado laboral. El debilitamiento del dólar (1,17 unidades frente al euro) es otra fuente de alimentación de los precios.
Las preocupaciones de Trump están justificadas, básicamente, por dos razones. Por un lado, por las elecciones del próximo mes de noviembre, donde la Casa Blanca se juega el resto del mandato, y, por otro, por la situación fiscal, que está lejos de dar señales de optimismo. En contra de lo que pretendía Trump los ingresos por aranceles están a años luz de resolver el imponente déficit público de EEUU, lo que obliga al Tesoro Público a pagar cantidades ingentes de dinero. La Oficina de Presupuesto del Congreso ha proyectado que el déficit presupuestario federal en el año fiscal 2025 será equivalente a 1,9 billones de dólares. Sin embargo, hasta septiembre del año pasado los ingresos arancelarios desde enero totalizaron 179.000 millones, lo que supone menos del 10% del déficit proyectado. Con esos ingresos, para colmo, Trump pretende financiar la bajada de impuestos.
Mercados poco sumisos
Para más inri, y como consecuencia del enorme desequilibrio fiscal, la rentabilidad que está obligado a pagar el Tesoro de EEUU, cerca del 4%, es muy elevada, casi el doble que en la eurozona. Precisamente porque los mercados de bonos son poco sumisos a la Casa Blanca y los tipos de interés a largo plazo de los bonos han aumentado drásticamente, tanto a 10 años (4,2%), como a 30 años (4,8%).
La razón es muy simple. Los bancos centrales tienen capacidad para controlar los tipos a corto, pero a largo plazo son los mercados quienes deciden el devenir de los tipos de interés, algo que parece ignorar la Administración Trump. En paralelo, la inflación se encuentra en niveles de 2,7%, por encima de los objetivos de política monetaria de la Fed (2%). ¿El resultado? La combinación de una política monetaria laxa, como pretende Trump, y una mayor inflación derivada de los aranceles podría provocar una venta masiva de bonos del Tesoro a largo plazo. Es decir, rentabilidades más elevadas y, por lo tanto, costes de financiación para el Estado más altos.
Esto es especialmente importante para un país deudor, como es EEUU, cuya deuda bruta asciende ahora a casi 37 billones de dólares. Es decir, una montaña de deuda tan alta como la de todas las demás grandes economías avanzadas juntas.
La combinación de una política monetaria laxa y una mayor inflación podría provocar una venta masiva de bonos del Tesoro a largo plazo
Esto significa, ni más ni menos, que cuando el tipo promedio de interés pagado por el Tesoro de EEUU se incrementa un 1%, se traduce en 370.000 millones de dólares más en pagos anuales de intereses que el Gobierno debe realizar. EEUU, de hecho, gasta 850.000 millones de dólares en defensa —más que cualquier otro país—, pero gasta una suma todavía mayor en intereses: 880.000 millones.
Es decir, Trump, como le sucedió a Ronald Reagan en su primer mandato, tiene un problema presupuestario imponente, y de ahí que busque tener un aliado en la Reserva Federal. Probablemente porque la actual Casa Blanca recuerda lo que sucedió en los primeros años 80. Paul Volcker, el entonces presidente de la Fed, subió drásticamente los tipos de interés para combatir la inflación y eso tuvo un alto coste político para Reagan, por aquel tiempo, como ahora, embarcado en un costoso plan de rearme para arrinconar a la URSS que tumbó sus promesas de equilibrar el presupuesto público.
La Administración Trump lo sabe y por eso busca cortar las alas al sucesor de Powell. El precio a pagar es la independencia de la Reserva Federal, un bien protegido por la legislación estadounidense desde 1913, cuando el presidente Wilson impulsó la ley que dio origen al banco central más relevante del mundo. Hoy Trump quiere acabar con ese tesoro.
En diciembre de 2018, apenas diez meses después de que Powell fuera nombrado presidente de la Fed (por el mismísimo Trump), la Casa Blanca lanzó la primera embestida contra la Reserva Federal. Powell había osado elevar los tipos de interés por quinta vez consecutiva para luchar contra la inflación, y fue entonces cuando Donald Trump, que casi siempre dice lo que piensa, aunque no está claro que piense siempre lo que dice, reconoció lo que entonces era para él una pesadilla. "Quiere [refiriéndose a Powell] convertirme en Hoover". Ya se sabe, aquel presidente de EEUU que tuvo que lidiar contra el crash de Wall Street en 1929, y cuyas políticas fueron un auténtico desastre hasta que su sucesor, Franklin D. Roosevelt (y el estallido de la II Guerra Mundial), cambiaron el paso de las recetas económicas en aras de combatir la Gran Depresión.