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Esta vez es diferente: por qué Europa no va a salir fortalecida de las crisis
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Esta vez es diferente: por qué Europa no va a salir fortalecida de las crisis

Un mito se tambalea. Monnet habló de que Europa sale fortalecida con las crisis, pero nada indica que esta vez será así. Atrapada en medio de dos superpotencias, tiene serias dificultades para encontrar su posición en el tablero mundial

Foto: Ilustración: EC Diseño.
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Hay un tópico que se repite en Bruselas: Europa sale fortalecida con las crisis. El padre de la criatura, como se sabe, es Jean Monnet, uno de los mitos de la construcción europea, y en las últimas décadas la sentencia —no en vano las crisis se han convertido en un lugar común— se ha repetido hasta la saciedad. Hay que decir que con notable acierto. Hoy, por el contrario, hay razones para pensar que esta vez es diferente. La coerción económica, tecnológica y militar ha entrado en la escena del teatro internacional con la fuerza de un ciclón y ha dejado a Europa con el pie cambiado. Las superpotencias aprietan y el viejo continente no encuentra su camino. La pobre respuesta de la Comisión Europea a la decisión de Trump de imponer sanciones a varios funcionarios europeos, incluyendo al excomisario Thierry Breton, refleja bien el estado de la cuestión.

El pasado fue distinto. El Plan Delors, diseñado a finales de los años 80, significó un paso decisivo en la integración europea durante la década posterior. El nacimiento del euro, en tres fases, demostró que Europa se fortalece cuando tiene una estrategia sostenida en el tiempo. Y aunque la integración económica y monetaria no está del todo acabada, el mercado único, con sus imperfecciones, es una realidad. Aquellas crisis derivadas de los choques petrolíferos de los años 70 dieron un impulso sin igual a la construcción europea.

Es verdad que faltan contenidos fundamentales como la unión bancaria o la creación de un verdadero mercado común de la energía o del ahorro, pero hay pocas dudas de que sin la integración económica y monetaria no se hubiera producido las ampliaciones hacia el Este, algo que ha hecho posible una cifra impensable en 1951, cuando echó a andar lo que hoy se conoce como Unión Europea tras la creación de la CECA (Comunidad Europea del Carbón y del Acero). Hoy Europa, con sus 450 millones de habitantes, es la mayor democracia del mundo, que es lo mismo que decir que es el mayor espacio de libertad del planeta en todos los ámbitos. No es poco en tiempos de auge de soluciones autoritarias y populistas para resolver fenómenos complejos.

El santo temor al déficit

Los primeros años 2000, en particular desde la crisis financiera, fueron también especialmente duros, pero el célebre "Whatever it takes…" de Mario Draghi: ‘’Haré todo lo necesario para salvar al euro y créanme que será suficiente” sacó a Europa del atolladero tras el fracaso de una estrategia de salida de la crisis —la austeridad— profundamente equivocada, como demostraron la Reserva Federal y el Banco de Inglaterra. De hecho, el ensanchamiento de la distancia entre EEUU y Europa tiene su origen en la política cicatera de Bruselas. Mientras que Washington invertía en una revolución tecnológica que a la postre le ha dado el liderazgo, Europa seguía con sus demonios interiores y con el célebre ‘santo temor al déficit' del que hablaba ya hace más de un siglo José Echegaray en su faceta de ministro de Hacienda.

La política de tipos de interés cero, tras tocar fondo la economía europea, salvó entonces al euro, mientras que las políticas expansivas posteriores a la pandemia —los planes Next Generation— no sólo han ayudado a una mayor integración, sino que, por primera vez, Europa está dispuesta a mancomunar su deuda, hasta el momento una frontera infranqueable —y hasta tabú— para los países del centro y del norte.

Es verdad que el avance en esa dirección es todavía residual, pero lo cierto es que es muy probable que a finales de 2026 el montante de los eurobonos (que significa mutualizar la deuda) se acercará al billón de euros (incluyendo los 90.000 millones que se prestarán a Ucrania). La cantidad es ínfima respecto del PIB de la Unión Europea, casi 18 billones de euros, pero algo es algo. Es, de hecho, la mejor demostración de que ese es el camino para avanzar en la integración.

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Algo, sin embargo, ha cambiado, como la propia naturaleza de las crisis, y en este caso no es en la mejor dirección. Europa, por primera vez en su historia, es algo más que vulnerable y se encuentra atrapada en una encrucijada de muy difícil salida. Ha quedado en medio de la formidable batalla a campo abierto —Tucídides parece que sigue teniendo razón– que libran las dos superpotencias: China y EEUU. De hecho, su enorme dependencia de ambas superpotencias es, precisamente, lo que condiciona su futuro. Por eso, esta crisis es diferente. Europa no sólo busca una salida propia, sino que además está obligada –sin un paraguas de seguridad y defensa propio– a mirar al mismo tiempo a derecha y a izquierda: a Occidente (EEUU) y Oriente (Rusia y China).

¿Cuál es el problema? Si se acerca a EEUU, envalentonado con el regreso de Trump, pierde su personalidad y su propia esencia como un territorio con autonomía plena para decidir su futuro. Pero si se acerca más a China, da alas a un sistema político autoritario que no cree en las libertades formales. En definitiva, Europa, como los adolescentes, aunque ya ha cumplido siete décadas, tiene una crisis de identidad de difícil solución. No sabe lo que quiere ser de mayor. Querría seguir siendo como es hoy, pero en el futuro eso ya es imposible. Ni EEUU quiere seguir siendo hermano mayor (incluso acosa a su viejo aliado) ni China es hoy el territorio fértil hacia dónde se dirigían las inversiones de las multinacionales sembrando un malestar que ha sido aprovechado, precisamente, por sus caballos de troya.

Las dependencias

El problema es aún mayor porque la fragmentación interna de Europa lejos de disminuir ante tamaño desafío, se ha incrementado. Y por si faltara poco, su dependencia energética no se ha reducido, ha cambiado de bando. Si antes su exposición a Rusia era determinante, ahora, tras los acuerdos con Trump de este verano, el abastecimiento está en manos de EEUU, a quien ha comprometido comprar ingentes cantidades de petróleo y gas (750.000 millones de dólares), lo que de alguna manera puede explicar en parte la presión que ejerce EEUU sobre Venezuela. Incluso la política de gasto militar está condicionada por aquel acuerdo de finales de julio firmado en un campo de golf del propio Trump. En concreto, unos 600.000 millones de dólares.

Es en este escenario en el que Europa no sabe hacia dónde tirar, y ese es, precisamente, el problema. Entre otras cosas porque ha incubado muchos enemigos interiores que desconfían de esa Europa social y democrática que diseñaron los padres fundadores. Por primera vez desde 1945, cuando se sustanció la histórica alianza transatlántica entre EEUU y Europa, los mejores aliados de Washington no son los partidos de derecha e izquierda tradicionales, sino los nuevos partidos populistas surgidos, salvo en Francia, tras las crisis financiera de 2008, y a quienes Trump llama ‘partidos patriotas’.

Se trata, obviamente, de un cambio de alianzas histórico que merma aún más la capacidad de Europa para salir del atolladero. Entre otros motivos, por la naturaleza neonacionalista de los partidos emergentes, lo que complica todavía más la única salida posible: mayor integración para competir con EEUU y China. La reciente Estrategia Nacional de Seguridad de EEUU lo deja claro. La analista Carme Colomina lo ha definido como una nueva diplomacia basada en el amiguismo. Es decir, priman los beneficios a corto plazo frente a una estrategia de largo plazo. O dicho de otra forma. El mundo, según la doctrina Trump, se dirige hoy desde un consejo de administración, no desde una Administración equilibrada que respeta la soberanía de los estados. De ahí el uso de la coerción como el principal instrumento diplomático.

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Y es que, como ha escrito el analista Luis Simón en el Real Instituto Elcano, la nueva Estrategia significa una crítica profunda al paradigma tradicional del liberalismo internacional, al papel de las instituciones multilaterales, al carácter sacrosanto de las alianzas y a la globalización económica. Es decir, justo lo que defiende todavía Europa, quien, sin embargo, no está en condiciones de alejarse de EEUU en un contexto de tensiones geopolíticas y militares. El ‘America first’, de hecho, es la mejor prueba del nuevo clima de diálogo entre los dos aliados históricos.

Lo ha expresado con lucidez Ignacio Molina en esa misma publicación: “El creciente sector de votantes europeos reaccionarios y euroescépticos hace que no sea remoto el riesgo de que se pueda frenar el proceso de integración”. ¿Las consecuencias? Como sostiene Molina, una Europa fragmentada, sin un potente mercado interior ni ambición de jugador global, no podría ser competidora de EEUU en cuanto a reglas ni evitar la subordinación total en política internacional. Más claro el agua.

Competencia desleal

No menos evidente es que el eje histórico París-Berlín ha dejado de ser determinante. Las consecuencias pueden ser demoledoras. La todavía corta historia de la UE ha demostrado que cuando Francia y Alemania han trabajado en la misma dirección Europa ha salido a flote. Pero hoy Macron es un presidente débil amenazado por la extrema derecha y Merz, un recién llegado, tiene poco tiempo para pensar en Europa ante los problemas internos de Alemania, tanto desde el punto de vista económico como político.

Esta alteración en la política de alianzas ha alcanzado, incluso, al parlamento europeo (que es colegislador), donde la tradicional alianza entre los populares, los socialdemócratas y los liberales está siendo sustituida en ocasiones por una nueva mayoría entre la derecha y la extrema derecha, y que ha sido visible en una resolución reciente sobre Venezuela.

Por el contrario, AfD, la extrema derecha, comparte mesa y mantel con Trump y sus asesores, y hoy, hay que recordar, algunas encuestas le sitúan en primera posición. Lo más paradójico, con todo, es que tradicionalmente, la AfD, fundada en 2013, ha tenido una marcada inclinación antiamericana y prorrusa, en coherencia con su fuerza electoral en los länder del Este. Pero hoy, Alice Weidel, su líder, quiere gobernar en Berlín y ha emprendido un giro de 180 grados con la mirada puesta en Washington de la mano del vicepresidente J. D. Vance, que es su mejor aliado.

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¿Cuál es la salida? Lo escribió recientemente Emmanuel Macron en una entrevista en Financial Times: “No deberíamos avergonzarnos de una preferencia europea siempre que signifique apoyar la producción estratégica —en los sectores de la automoción, la energía, la sanidad y la tecnología— dentro de nuestras fronteras. La protección contra la competencia desleal es la base de la resiliencia”. Es decir, un regreso al proteccionismo, aunque sea matizado, y es en este contexto es el que hay que situar la revisión a la baja de los objetivos de cambio climático. La agenda verde es por ahora la primera víctima.

Hay un problema, y no es pequeño. Impulsar políticas proteccionistas pasa también por poner cerco a la hegemonía de las plataformas tecnológicas, incluidos los medios de pago, que son la joya de la corona de EEUU y sus jefes los mejores aliados de Trump, que repite periódicamente que se olvide Bruselas de poner sanciones o limitar su presencia.

“Si la UE y los estados miembros de la UE insisten en seguir restringiendo, limitando y disuadiendo la competitividad de los proveedores de servicios estadounidenses mediante medios discriminatorios, EEUU no tendrá más remedio que empezar a utilizar todas las herramientas a su disposición para contrarrestar estas medidas irrazonables”, ha anunciado Jamieson Greer, su representante comercial. En el punto de mira, él mismo la citó, están empresas como las alemanas DHL, SAP y Siemens y las francesas Mistral y Capgemini. Las recientes sanciones a altos funcionarios de la UE muestran que la Casa Blanca no va de farol.

Reinventar Europa

Todo antes de pronunciar la palabra mágica que ningún dirigente quiere decir en público, pero en la que todos piensan: refundación. Es decir, reinventar Europa para encarar un contexto verdaderamente diabólico: atrapada entre EEUU y China y sin un presupuesto suficiente para reinventarse. El presupuesto de la UE para favorecer políticas de integración es una cantidad muy modesta, alrededor del 1% del PIB, lo que supone 380 euros por ciudadano de la UE por año durante siete años. Con eso se financia la maquinaria administrativa de Bruselas y sus políticas, pero es una cantidad irrisoria para competir con las superpotencias.

La solución es obvia: aumentar las aportaciones de los estados nacionales, pero con esta correlación de fuerzas hoy es, simplemente, imposible. Entre otras razones, porque Von der Leyen no es Delors y su liderazgo es tan débil que nadie puede esperar un salto cualitativo hacia la integración. Como ha señalado Sofía Russack en CEPS, una plataforma de artículos sobre Europa, la autoridad demostrada por un presidente de la Comisión Europea no depende sólo de su personalidad y cualidades de liderazgo, sino también del contexto político y económico más amplio, así como de la cuestión de si la Comisión tiene las competencias necesarias para la crisis del momento. Y el contexto geopolítico no puede ser más adverso.

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Por el contrario, hay razones para pensar que Rusia, pese a ser el invasor, saldrá fortalecida de la guerra en Ucrania. No sólo porque se habrá quedado con la quinta parte del territorio, lo que significa una superficie similar a la suma de Castilla y León y Galicia, sino porque Trump le ha ofrecido volver a la normalidad diplomática. Y es en este escenario en el que Europa está obligada a mantener el esfuerzo militar y, al mismo tiempo, sostener los actuales niveles de gasto público en aras de evitar un incremento del malestar social. Por si faltara algo, tiene el enemigo dentro (los amigos de Trump). En definitiva, el célebre trilema de Rodrik adaptado a las circunstancias actuales de Europa.

Hay un tópico que se repite en Bruselas: Europa sale fortalecida con las crisis. El padre de la criatura, como se sabe, es Jean Monnet, uno de los mitos de la construcción europea, y en las últimas décadas la sentencia —no en vano las crisis se han convertido en un lugar común— se ha repetido hasta la saciedad. Hay que decir que con notable acierto. Hoy, por el contrario, hay razones para pensar que esta vez es diferente. La coerción económica, tecnológica y militar ha entrado en la escena del teatro internacional con la fuerza de un ciclón y ha dejado a Europa con el pie cambiado. Las superpotencias aprietan y el viejo continente no encuentra su camino. La pobre respuesta de la Comisión Europea a la decisión de Trump de imponer sanciones a varios funcionarios europeos, incluyendo al excomisario Thierry Breton, refleja bien el estado de la cuestión.

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