La pelea en el seno de una organización internacional revela cómo gana poder Trump
La administración estadounidense está reconfigurando el orden internacional paso a paso. Las tensiones internas que vive la OIT muestran cómo Trump continúa avanzando, ahora en el terreno del empleo
Gilbert F. Houngbo, director de la OIT. (Europa Press/Kike Rincón)
La pelea en el seno de la Organización Internacional del Trabajo es un reflejo más de las tensiones que está produciendo la reorganización internacional alentada por Trump. Los reiterados mensajes de Washington sobre el abandono del orden multilateral se plasman, en la práctica, en algo muy diferente: la reconstrucción del mismo mediante el cambio en los equilibrios de poder en las instituciones internacionales. Algo similar ocurrió con la OTAN: la posibilidad de que EEUU abandonara a Europa circuló como rumor insistente, pero todo se solventó con la exigencia de una mayor aportación a los socios. EEUU no iba a prescindir de la organización, pero sí a reorientarla. La OIT es una más de esas piezas que la administración quiere llevar a su terreno, de modo que los nuevos marcos sean favorables a los intereses estadounidenses.
Desde el inicio de su mandato, Trump cargó contra la OIT. Era una organización que pretendía “sindicalizar a trabajadores extranjeros en suelo estadounidense y castigar los intereses empresariales estadounidenses en el extranjero”. Washington dejó de pagar sus aportaciones a la organización, que suman alrededor de un 20% del presupuesto, más o menos lo mismo que aportan los países europeos. Desde entonces, la organización pasa por dificultades económicas, que se están agudizando conforme llega el final de año.
A finales de agosto, Trump nombró como representante en la OIT a uno de sus asesores económicos, Nels Nordquist, hasta entonces subdirector de economía internacional en el Consejo Económico Nacional. Nordquist tenía un papel relevante en la supervisión de la política de sanciones de la administración estadounidense y ejercía de enlace con el G7 y el G20.
La congelación del nombramiento
Dado que es el país que aporta el mayor porcentaje del presupuesto, EEUU esperaba que su representante ocupase el cargo de Director General Adjunto, el número 2 de la organización. Ya había ocurrido con su predecesora, Celeste Drake. Sin embargo, el nombramiento para dicho cargo quedó congelado en septiembre. La preocupación en la estructura de la organización, así como entre los estados miembros, acerca de la influencia excesiva que podría lograr Washington se unió a la intranquilidad que generaban las deudas pendientes de EEUU, que alcanzaban alrededor de 173 millones de francos suizos. La suma de ambos factores llevó a que el puesto quedara vacante y se sometiera a consultas internas con vistas a una decisión definitiva.
El director de la OIT, Gilbert F. Houngbo, tratará de que EEUU pague al menos una parte de su deuda antes de nombrar a Nordquist
Fuentes de CCOO afirman que la designación de Nordquist desató todo tipo de resistencias, ya que significaba una muestra más del deseo de Trump de entrometerse en la vida laboral. El proceso de destrucción de las estructuras democráticas que el presidente de EEUU ha emprendido, afirman, se prolonga en la animadversión hacia los sindicatos. Ponen como ejemplo que, en el último congreso de la OIT, la federación sindical más importante de EEUU, AFL-CIO, no fue reconocida como representante de los trabajadores estadounidenses, por lo que tuvo que acudir a él bajo el paraguas de Organización No Gubernamental.
En este contexto, confluyen dos necesidades en la OIT. La de la organización, que precisa del dinero que EEUU adeuda para no entrar en dificultades muy serias, y la de Washington, que no solo quiere un representante en la estructura, sino que pretende cambios sustanciales.
El futuro de la regulación laboral
El director general de la OIT, el togolés Gilbert F. Houngbo, está intentando hacer equilibrios entre ambos propósitos. Antes de nombrar a Nordquist, tratará de que EEUU pague al menos una parte de su deuda, que servirá para que la organización pueda respirar. Pero, mientras tanto, los cambios avanzan. El objetivo es que el segundo de la organización salga reforzado en cuanto a sus competencias, de manera que, cuando Nordquist acceda al cargo, pueda contar con más poder. Esa es la hoja de ruta esperada.
Nordquist quiere evitar problemas a las 'big tech' y preparar el terreno para la economía que resulte de la inteligencia artificial
El cambio, de producirse, será importante, no solo por lo que demuestra de los propósitos de la administración Trump de recuperar poder dentro de las instituciones internacionales, sino por el ámbito en el que la OIT opera, el del empleo.
La intención de EEUU, en este orden, se centra en conseguir las mejores condiciones, o los menores impedimentos posibles, para el desarrollo de sus empresas en el ámbito internacional. Y si hay un sector clave para los próximos años, será el tecnológico. La OIT ya había tejido iniciativas para regular este ámbito, que tenderán a aparcarse. Nordquist quiere evitar problemas a las big tech y preparar el terreno para la economía que resulte de la IA, por lo que aspira a que la regulación laboral internacional genere la mínima fricción a los propósitos expansivos estadounidenses. El factor trabajo continúa teniendo importancia: poner el acento en él es relevante en momentos de cambio tecnológico y de nuevas formas, y a menudo no mejores, de empleo.
La reacción europea en este ámbito será crucial, porque el continente no solo se ha convertido en un terreno de juego relevante en esa tensión entre expansión y regulación, sino que es, por presupuesto, la pieza que más oposición puede plantear. De momento, como en tantas otras cosas, los países europeos están divididos en el seno de la OIT. De continuar por este camino, la consecuencia real será que el paso quede libre para los propósitos estadounidenses. Una muestra más del signo de los tiempos.
La pelea en el seno de la Organización Internacional del Trabajo es un reflejo más de las tensiones que está produciendo la reorganización internacional alentada por Trump. Los reiterados mensajes de Washington sobre el abandono del orden multilateral se plasman, en la práctica, en algo muy diferente: la reconstrucción del mismo mediante el cambio en los equilibrios de poder en las instituciones internacionales. Algo similar ocurrió con la OTAN: la posibilidad de que EEUU abandonara a Europa circuló como rumor insistente, pero todo se solventó con la exigencia de una mayor aportación a los socios. EEUU no iba a prescindir de la organización, pero sí a reorientarla. La OIT es una más de esas piezas que la administración quiere llevar a su terreno, de modo que los nuevos marcos sean favorables a los intereses estadounidenses.