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"El orgullo por el éxito y el desprecio hacia los suyos": hay pelea entre las élites
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"El orgullo por el éxito y el desprecio hacia los suyos": hay pelea entre las élites

Hay una lucha entre las clases favorecidas por encarnar el mérito, y se apoya en la exhibición de la superioridad intelectual. Es una ruptura que afecta especialmente a Europa

Foto: Parada de metro en Wall Street. (Shannon Stapleton/Reuters)
Parada de metro en Wall Street. (Shannon Stapleton/Reuters)
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Este instante de transformación en todos los niveles, con los cambios en la relación entre potencias internacionales como elemento determinante, y con modificaciones en el nivel de vida de los ciudadanos occidentales como motor de las divisiones políticas, deja también tendencias peculiares. Una de ellas es la relación tensionada y dividida entre las élites. Parte de ese enfrentamiento se refleja de manera nítida en la política, pero tiene ribetes más existenciales. Hay una lucha por el mérito y, por extensión, sobre quién ostenta la superioridad intelectual en esta época.

En España, esta tendencia comienza a percibirse de un modo muy expreso, pero el origen es EEUU. El mal rollo entre las desgastadas élites nacionales se deriva de movimientos generales en Occidente. Hay algunas explicaciones sobre este enfrentamiento en las clases más favorecidas de la sociedad, como el malestar que ha provocado entre ellas su pérdida de prestigio y de influencia en la vida pública, como se ha constatado en la elección de Mamdani en Nueva York, o la distancia creciente entre las élites globales y las locales. Nate Silver señalaba que existe una gran distancia entre aquellos que saben manejarse en entornos turbulentos y obtener beneficios, como las figuras de Silicon Valley y Wall Street, y los especialistas en criptomonedas, y las que asientan su posición social en sus empleos privilegiados de las universidades de la Ivy League, los medios de comunicación tradicionales, como The New York Times o The Washington Post, o las instituciones prestigiosas. Estas tienden a buscar consensos y evitar riesgos, son más cautas y muestran precaución frente a los mundos agitados de las finanzas y de la tecnología: por eso quieren regular. Tecnólogos como Peter Thiel y Alex Karp insisten en la necesidad de que los titulados de la Ivy League dejen paso a la gente con verdadero talento y culpan de la decadencia estadounidense a esas clases expertas claramente inadecuadas para dirigir esta época.

"Las élites estadounidenses contemporáneas exhiben el desprecio por sus semejantes y un orgullo casi calvinista por su éxito"

Un matiz importante lo añade Branko Milanovic en su nuevo libro, The Great Global Transformation (Ed. Penguin). El economista explica cómo se ha creado una élite a nivel internacional, que es rica tanto por las rentas que posee como por la retribución que obtiene de sus empleos, en general en puestos muy cualificados, y que ha relegado a una parte de los favorecidos a un segundo plano. Julius Krein insistía con razón en que la gran brecha de los últimos años no se ha producido entre el 1% y el 99%, sino entre el 0,1% y el 1%, es decir, entre las élites que dependen de las ganancias derivadas del capital y las que dependen de las retribuciones de su profesión. Milanovic ahonda en esa dirección al señalar que una muy pequeña parte de la sociedad concentra ambas: las rentas del capital y las del trabajo.

Milanovic concedió una entrevista a ‘The Jacobin’ en la que señala cómo los adictos al trabajo de hoy son, en realidad, capitalistas, a menudo del sector financiero, que trabajan de diez a doce horas diarias. Creen merecer el éxito y responsabilizan a quienes no lo tienen. La falta de éxito es culpa de quienes no lo han logrado porque o no fueron inteligentes, o no estudiaron lo suficiente, o no buscaron su oportunidad”. Ese desprecio se extiende no solo hacia los suyos, sino hacia los demás ciudadanos: “Las élites estadounidenses contemporáneas exhiben un orgullo casi calvinista por su éxito y el desprecio por sus semejantes”. El triunfo de Trump, y los apoyos que ha recibido entre los sectores favorecidos de la sociedad, proviene de estas élites “que han obtenido excelentes resultados: poseen credenciales sólidas y se consideran personas muy trabajadoras”.

El caso europeo

Sobre ese sustrato se está produciendo una nueva lucha que redefine el mérito. En España es muy evidente, ya que hay una hostilidad declarada entre las élites exitosas y las que no alcanzan el nivel esperable de ingresos para su clase, que se sustancia en frecuentes miradas por encima del hombro. Las élites son muy competitivas, y lo único que arruina la felicidad de haber ganado mucho dinero un año es que alguien cercano, o algún rival, haya ganado más. Esa tensión está aumentando en la medida en que se agravan las diferencias de recursos entre las distintas élites con las transformaciones que esta época implica.

Las élites europeas son irrelevantes. Han quedado fuera de juego por su falta de mérito

Sucede a distintos niveles. Uno de ellos, significativo, tiene lugar a gran escala. Las élites estadounidenses, que son las más avanzadas en tecnología y las que concentran la mayor parte de las inversiones financieras, tienden a despreciar a las europeas, a las que definen como parte del pasado. Son la gente de la regulación y de las ideas erróneas y las que quieren seguir ancladas en el pasado burocrático. Cuando el vicepresidente J.D. Vance visitó Europa en febrero de este año, lo dejó muy claro en su discurso de Múnich. No fueron afirmaciones sin consecuencias. La foto de Von der Leyen en el campo de golf escocés tras firmar unos aranceles gravosos para la UE fue una demostración de que ese desprecio iba en serio. La paz en Ucrania que están negociando EEUU y Rusia, y los términos en que se desenvuelve, claramente gravosos para Europa, demuestra que quienes tienen el poder en EEUU perciben a Europa con desprecio, que justifican en nuestra irrelevancia.

El martillo calvinista

Estas discusiones son significativas en un doble sentido. En el más simbólico, las élites están aplicándose entre ellas la medicina que antes aplicaron a las clases populares y a las medias: si les iba mal, era porque no se habían formado adecuadamente, no sabían adaptarse, no se esforzaban o simplemente trataban de vivir en un pasado que había huido. Fueron argumentos interesados, pero que resultaron útiles para justificar la deslocalización de las industrias a países lejanos, para debilitar económicamente a la mayoría de la población occidental y para exhibir su superioridad intelectual frente a unas clases medias y trabajadoras que se merecían su deterioro en el nivel de vida. Una vez que se saca el martillo calvinista del armario, todo lo que se ve son clavos: hay unos nuevos deplorables, y forman parte de las élites mismas.

En el plano más material, estas polémicas sobre el éxito y su vinculación con el mérito son una reacción previsible a una crisis dentro de las élites. El mundo de la tecnología y el de la inversión se sienten mucho más capacitados, además de exitosos, para dirigir los nuevos tiempos que los expertos de la época tecnocrática, esos los licenciados en la Ivy League que trabajan como consultores, abogados, contables, o los que ocupan cargos en las administraciones públicas. Estos son, para los tecnólogos y los financieros, una parte importante del problema.

La hostilidad contra los expertos y la educación de élite viene de la mano de una facción significativa de esos mismos expertos

Lo peculiar es que, en muy diferentes planos, incluido el geopolítico, la reacción de los tecnócratas caídos en desgracia está siendo la de comprar el marco ganador y sumarse a las tesis de quienes los desprecian. Un ejemplo llamativo es el de la consultoría. Los tecnólogos entienden que es un sector prescindible: si la IA puede analizar información, procesar datos y generar una presentación de PowerPoint impecable en segundos, ¿a qué se van a dedicar las empresas de consultoría a partir de ahora? The Wall Street Journal ponía esa pregunta sobre la mesa refiriéndola a la más importante empresa del sector, McKinsey. La respuesta ha sido la habitual, si no puedes con el enemigo, únete a él. De manera que la consultora ha centrado sus esfuerzos en la reestructuración de las empresas a partir de la aplicación de la IA. Son grandes entusiastas de un instrumento que, a medio plazo, acabará con ellas. Pero, mientras tanto, pueden subirse a la ola ganadora.

Este es un caso más en un desplazamiento general: se están sumando a las ideas que triunfan en esta época muchos de quienes antes las combatían. De modo que la hostilidad contra la educación de élite, contra los expertos y contra los tecnócratas, está viniendo de la mano de una facción significativa de esos mismos expertos y tecnócratas. Lo hemos visto ya en diversos terrenos: las élites que se decían favorables al libre comercio y el fin de la historia se han reconvertido en defensoras acérrimas del rearme bélico; las que defendían las renovables, ahora están preocupadas por comprar petróleo y gas y por reimplantar las nucleares; las que insistían en las bondades de la inmigración, ahora señalan la necesidad de poner límites firmes; los economistas neoliberales se hacen trumpistas se hacen trumpistas por la pureta de atrás; las élites europeas copian las ideas para el futuro que las estadounidenses han puesto sobre la mesa: esfuerzo bélico, centros de datos y desregulación. Pero, eso sí, sin abandonar la exhibición de la superioridad intelectual y moral que emplearon durante décadas. Es un signo de la época: las tesis de las derechas trumpistas y de las nuevas élites estadounidenses avanzan porque han doblado el brazo intelectual al establishment que las combatía.

Este instante de transformación en todos los niveles, con los cambios en la relación entre potencias internacionales como elemento determinante, y con modificaciones en el nivel de vida de los ciudadanos occidentales como motor de las divisiones políticas, deja también tendencias peculiares. Una de ellas es la relación tensionada y dividida entre las élites. Parte de ese enfrentamiento se refleja de manera nítida en la política, pero tiene ribetes más existenciales. Hay una lucha por el mérito y, por extensión, sobre quién ostenta la superioridad intelectual en esta época.

Espinosa de los Monteros Donald Trump
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