El gran salto adelante: los 50 años que cambiaron España
Cincuenta años no son nada en la historia de un país. Pero pocas veces una nación ha sufrido un cambio tan trascendental en tan escaso periodo de tiempo. Esta es la historia de la transformación económica de España
La bandera de la plaza de Colón de Madrid. (EFE/Blanca Millez)
Lo soltó en su día Alfonso Guerra —a bocajarro— con esa voz ciertamente arrogante y un tanto cínica que empuñaba en la época, como si se tratara de un dardo premonitorio. Corría el año 1982, a las puertas del primer triunfo socialista desde la restauración de la democracia. “A España”, dijo el exvicepresidente del Gobierno socialista, “no la va a conocer ni la madre que la parió”.
Acertó, pero probablemente erró en la fecha. Lo que realmente lo cambió todo en España fue la muerte de Franco, aquel histórico 20 de noviembre de 1975. Aunque el oxidado aparato del régimen buscó desde el primer día aferrarse al viejo poder de la dictadura, ahí está la figura anacrónica y desmejorada de Arias Navarro como la expresión oxidada de un régimen al que había superado la historia, lo cierto es que el cambio, y no solo el político o institucional, el más evidente, era inevitable. Tras el derrumbe de las dictaduras en Grecia y Portugal, España era una isla azotada por los vientos de las democracias liberales. Nada podía seguir siendo igual tras aquel 20-N.
Era, por lo tanto, cuestión de tiempo. Entre otras razones, por un dato demográfico que explica mucho de lo que ha sucedido en el último medio siglo en este país. Al fin y al cabo, la población, como la productividad, lo es todo en economía. No se entiende la evolución de un territorio sin conocer los flujos poblacionales. Afecta a las pensiones, influye sobre el mercado de la vivienda, condiciona el volumen de mano de obra y la propia estructura del sistema educativo o sanitario y, por supuesto, impacta sobre las costumbres y usos culturales, con un indudable efecto sobre los hábitos y el volumen de consumo.
Y lo que ha sucedido es un hito histórico. En el último medio siglo la población ha crecido en 13 millones de residentes. Han leído bien. 13 millones de personas. O, lo que es lo mismo, hoy hay un tercio más de españoles de los que había a la muerte de Franco (35,9 millones). O, lo que es igual, la población ha crecido cada año desde 1975 en 260.000 habitantes, lo que da idea de una transformación poblacional sin parangón en la historia de España, lo que necesariamente ha afectado a todos los órdenes de la vida. También a la evolución económica. Sin contar, hay que decir, con los flujos interiores. Es decir, el imparable trasvase del campo a las grandes ciudades, acelerado en las últimas décadas.
Mi querida España
Más jóvenes, pero también más viejos. La edad media de los españoles (hombres y mujeres) era de apenas 33 años en 1975. Hoy, medio siglo después, se sitúa en 44,4 años, con algunas provincias ya superando ampliamente los 50 años. ¿Qué significa esto? Pues que cuando Franco falleció en La Paz la mayoría de españoles no había vivido la Guerra Civil, aunque hubieran oído hablar mucho de ella. Eso sí, desde el silencio de los hogares. La guerra era un asunto tabú.
Aquella querida España de Cecilia, en todo caso, era —40 años después de la guerra— muy distinta a la que salió de la cruel contienda fratricida. Y no solo por razones demográficas. La generación de jóvenes mejor formada de su historia —hay pocas dudas sobre esto— gracias a la escolarización general y al acceso a las universidades de las clases humildes durante los años 60 y 70 no entendía de dictaduras, y aunque el proceso político se alargó, desde luego cronológicamente, España solo podía crecer en todos los sentidos. También en términos materiales. Venía casi de la nada tras el desastre de la autarquía, aquel viejo sueño del marqués de Suanzes que retrasó al menos dos décadas la modernización del país. En 1960, el PIB por habitante de España equivalía a 5.741 dólares, la mitad de los 10.223 dólares que se registraban en la Europa democrática y a años luz de los 17.600 dólares de EE. UU.
España, por lo tanto, con libertad económica, solo podría crecer tras la muerte del dictador, ya en democracia. ¿Por qué razón? Mientras las economías más prósperas habían entrado en las décadas anteriores en un cambio estructural en el que las manufacturas estaban ya perdiendo peso a favor de los servicios, España, al final del régimen, todavía se encontraba en la primera fase del desarrollo manufacturero, cuyo crecimiento se hizo a costa de la agricultura. El capital extranjero podía invertir sin cortapisas a mansalva aprovechando la mano de obra barata, y además sin sindicatos y con estabilidad política gracias a la dictadura. No es casualidad que la gran industria automovilística se instalara en España apoyada por un potente sistema de formación profesional. Esta es la España que muchos recuerdan, pero no la de los 20 años anteriores de autarquía y miseria que obligó a más de dos millones de españoles a emigrar.
Había nacido el famoso milagro español, solo comparable al de Japón o Corea. España llegó a ser en los primeros años 70 la décima potencia industrial del mundo. Precisamente, porque las grandes potencias se abrieron al sector servicios, que es una de las características de los países avanzados, como lo demuestra ahora EEUU y su apuesta por la revolución tecnológica. Todavía en 1960 el 40% de la población activa española trabajaba en la agricultura.
Imitar a Europa
La receta para crecer de la joven democracia era bien simple: imitar a Europa, y a esto se afanaron los políticos de entonces. Desde Suárez a Calvo-Sotelo; desde González a Aznar... Europa, en frase orteguiana, era la solución y no el problema, al contrario de lo que le dijo una vez Franco a su poeta de cabecera: "Desengáñese, Pemán, Europa está equivocada".
Y es que Europa, con sus enormes recursos, nunca le ha sentado mal a España. Al contrario. Una simple comparación lo pone negro sobre blanco. En 1975, el PIB per cápita de los españoles en paridad de poder de compra (lo que permite hacer comparaciones internacionales) era equivalente a 13.900 unidades; 50 años después se sitúa en 27.800, casi el doble.
La modernización
Los datos proceden de las series estructurales que elabora el Banco de España, y lo que reflejan no es solo un extraordinario avance macroeconómico, sino en términos de modernización de la estructura productiva de un país que no salió del subdesarrollo hasta finales de los 60, tras el Plan de Estabilización de 1959, pero que hasta mediados de los 80 —han vuelto a leer bien— no se pudo despegar de los programas de asistencia del Fondo Monetario Internacional (FMI). Aquel Fondo que en los primeros años 50, a cambio de bases militares para EEUU, salvó al franquismo del colapso.
Morir nunca viene bien, pero a España la muerte de Franco le pilló en el peor momento económico posible. Fue una fatalidad histórica que dejó al descubierto aquella mentira inconmensurable: "todo está atado y bien atado". Nada estaba mínimamente bajo llave. El deterioro físico del dictador desde su primera intervención quirúrgica, la famosa flebitis (julio de 1974), impidió que la economía española se adaptara a las nuevas circunstancias económicas derivadas de la crisis petrolífera de la Guerra del Yom Kippur.
Ese año, precisamente, iba a comenzar a operar el IV Plan de Desarrollo del franquismo (por entonces la economía estaba planificada), pero dos años más tarde el proyecto fue abortado por las autoridades tras no haber sido capaces de ejecutar ninguna medida o reforma. Atrás quedaban los años en los que el PIB (entre 1965 y 1974) creció un promedio anual ligeramente por encima del 6%. Eso sí, con un problema de inflación galopante. Entre esos años, el IPC aumentó un 8% cada año. La crisis petrolífera, efectivamente, solo podía añadir leña al fuego sin que nadie del régimen hiciera nada.
Ningún Gobierno se enfrentó a la crisis en medio de un inexplicable vacío de poder tras el asesinato de Carrero Blanco y eso condicionó de forma dramática la economía política de los años posteriores, ya en democracia. Máxime cuando la crisis se agravó por la irrupción del segundo choque petrolífero de 1979, que desbarató a las economías industrializadas (y España ya lo era) dependientes de lo que por entonces se llamaba oro negro. El ajuste —ahí están los Pactos de la Moncloa— era la única receta posible. La voz grave y enjundiosa de Enrique Fuentes Quintana proclamando a los cuatro vientos las verdades del barquero en hora de máxima audiencia en la única televisión que había entonces lo decía todo.
Cualquier comparación que se haga hoy con los datos macroeconómicos de 1975 tiene un indudable sesgo en favor de la dictadura
El tardofranquismo había embalsado el primer choque petrolífero para evitar males mayores en el plano político, y por eso cualquier comparación que se haga hoy con los datos macroeconómicos de 1975 tiene un indudable sesgo en favor de la dictadura. Aquella fue una crisis en diferido que tuvieron que afrontar los primeros gobiernos democráticos haciendo aún más difícil la Transición. Al fin y al cabo, ya se sabe, inflación, elevado desempleo y crisis política por el desvanecimiento del régimen son un cóctel explosivo.
Algunos datos lo revelan sin tapujos. En 1973, el año del primer choque petrolífero, la inflación, medida por el IPC, se situó (media anual) en un 11,4%, pero apenas cuatro años más tarde, cuando se firmaron los Pactos de la Moncloa, los precios habían escalado ya hasta un increíble 24,5%. El crecimiento medio de la economía española entre 1977 y 1984 fue de apenas un 1,1%, siendo incluso negativo en 1981, el año del intento de golpe de Estado. El ajuste, media docena de años después de la muerte del dictador, había comenzado en medio de una crisis industrial verdaderamente colosal.
Otro indicador refleja con nitidez cómo fue la salida del último franquismo (no hubo solo un franquismo, sino que hubo muchos). La tasa de desempleo en 1975 (por el citado efecto tapón) se situaba en apenas un 4,5%, pero en 1980, tras los primeros ajustes, el paro había subido ya hasta el 11,7%, mientras que cinco años más tarde, tras los recortes del primer Gobierno de Felipe González, había escalado hasta el 17,8%. Lo que estaba aflorando, ni más ni menos, era la metástasis en el sistema productivo por las reformas nunca hechas que la democracia tuvo que asumir.
Lo simboliza la crisis bancaria. Como mostró un trabajo publicado en el Banco de España por Isidro Fainé, el presidente de la Fundación la Caixa, de los 110 bancos que operaban en España a finales de 1977, nada menos que 51 se vieron afectados por problemas de solvencia entre 1978 y 1983. La crisis alcanzaría el punto álgido en 1983, con la expropiación de los 20 bancos del conglomerado industrial Rumasa, y se alargaría hasta 1985. Los 51 bancos gestionaban en conjunto un volumen de depósitos cercano a los 9.500 millones de euros y contaban con una red comercial de 2.622 oficinas. La crisis bancaria no era, precisamente, un problema pequeño. Es por eso por lo que para hacer cualquier comparación sobre los últimos 50 años de la economía española hay que tener en cuenta la variable tiempo.
Con el agua al cuello
Hay datos objetivos, sin embargo, que reflejan una transformación sin precedentes de la economía española en medio siglo. Se llama modernización. La productividad del trabajo, por ejemplo, se ha multiplicado por dos (hasta las 62.900 unidades en paridad de poder de compra); el gasto social, igualmente, se ha más que duplicado respecto de los niveles del último franquismo, mientras que el gasto público en sanidad o educación se ha triplicado. La apertura de la economía española hacia el exterior (suma de exportaciones e importaciones) también se ha duplicado, mientras que el gasto en I+D-i, residual durante el franquismo, sigue ganando peso en la economía. España hoy, de hecho, está plenamente integrada en el sistema económico internacional. El viejo aislacionismo de los siglos XIX y XX ha muerto, como Franco.
Efectivamente, como dijo Guerra, a España no la conoce hoy ni la madre que la parió. Entre otras razones, porque ha diseñado un Estado de bienestar impensable en las postrimerías del franquismo. Obviamente, gracias a la expansión sin igual del gasto público, que en 1975 representaba apenas el 23,5% del PIB, la mitad que hoy. El gran cambio, sin embargo, no es solo cuantitativo, sino, sobre todo, cualitativo. Del Estado de beneficencia del franquismo se ha pasado, en línea con lo que ha sucedido en Europa, a un sistema de derechos subjetivos en el que cada ciudadano puede reclamar prestaciones a los poderes públicos porque son un derecho exigible ante los tribunales.
No ha sido un cambio cualquiera ni ha caído del cielo. Ha sido necesaria la construcción de un sistema fiscal moderno, con sus limitaciones, iniciado en 1977, que tuviera en cuenta algo tan obvio a los ojos de hoy como la capacidad económica de los contribuyentes a la hora de pagar impuestos. Sí, han vuelto a leer bien. Antes el sistema fiscal no tenía en cuenta la capacidad económica, sino los signos externos.
Nacieron al filo de la Transición el impuesto sobre la renta, el del patrimonio y el de sociedades como arietes de un sistema fiscal que buscaba equilibrar el presupuesto, pero también hacerlo más justo para financiar las prestaciones sociales que requerían los nuevos españoles. Nada que ver con aquella reforma tributaria de 1957 en la que pagaba impuesto al lujo en función de la adquisición o disfrute de "bienes superfluos o que representen mero adorno, ostentación o regalo, así como aquellos servicios que tengan el mismo carácter o supongan una comodidad manifiestamente superior a la normal" (sic). En definitiva, un sistema fiscal tan arcaico como el propio régimen.
Hermano Lobo.
Una viñeta publicada por El Perich en abril de 1973 en Hermano Lobo reflejaba bien aquella España. La viñeta reza "¡Estamos con el agua al cuello!", y, efectivamente, el pequeño hombrecito que sujeta con sus hombros al potentado burgués de la época con sombrero alto y puro está bajo las aguas a punto de ahogarse, mientras que su acompañante saca la cabeza del agua con aire aliviado. Aquella España es hoy recuerdo.
Lo soltó en su día Alfonso Guerra —a bocajarro— con esa voz ciertamente arrogante y un tanto cínica que empuñaba en la época, como si se tratara de un dardo premonitorio. Corría el año 1982, a las puertas del primer triunfo socialista desde la restauración de la democracia. “A España”, dijo el exvicepresidente del Gobierno socialista, “no la va a conocer ni la madre que la parió”.