La gran brecha: los que tienen dinero frente a los que tienen yates
Los cambios en la estructura de élite contemporánea son más profundos de lo que parece. Las transformaciones económicas están produciendo nuevas tensiones. Con consecuencias profesionales y políticas
Uno de los yates más caros del mundo. (EFE/Daniel Pérez)
Si existe un espacio que represente a los trabajos de élite, aquellos que aseguran capital simbólico y capital contante y sonante, ese es la City. Ha sido el destino europeo preferido por quienes pretendían asegurarse una vida privilegiada: banca de inversión, gestión de activos, grandes despachos, consultoras, empresas de seguros. El sector servicios más estrechamente ligado a los ricos era, lógicamente, el mejor retribuido.
Quienes ingresaban en esas industrias sabían el camino que les esperaba: muchas horas de trabajo, disponibilidad continua, ambiente muy competitivo. Al final del proceso estaban el éxito y el dinero abundante. Sin embargo, algo está cambiando en ese entorno. Las jóvenes generaciones están menos dispuestas al sacrificio continuo, y en parte porque tienen mucha menos confianza en que, después de todo el trayecto, la recompensa sea la prometida.
"El coste de la propiedad y los elevados precios de todo lo demás dejan cicatrices psicológicas en personas con mentalidad de clase media alta"
Esa incertidumbre no solo se limita a los jóvenes, sino que alcanza a estratos profesionales teóricamente afortunados. "Aquí nadie gana menos de seis cifras y tu salario probablemente empezará con un 2 o 3 para cuando tengas 30 años", cuenta Yosiah Gogarty en Unherd. "Pero el coste de la propiedad en Londres, sumado a los altísimos precios de todo lo demás, deja cicatrices psicológicas en personas con una mentalidad de clase media alta que es muy racional con el dinero”. Esta falta de confianza en el futuro se deja sentir en su nivel de vida: "Las plantillas bancarias están constantemente exprimidas, de modo que existe la preocupación de que el tren del dinero no dure para siempre, y eso frena a la gente a la hora de gastar".
Ganar dos o tres millones de dólares al año y estar preocupado por el futuro suena a broma a la gran mayoría de la población, pero responde a un elemento real. Los trabajos de élite garantizaban una posición privilegiada, tanto por los ingresos que generaban como por la posibilidad de permanecer muchos años en la profesión. Esa seguridad está menos presente ya, al mismo tiempo que todo lo que conlleva una vida de clase media alta o alta se ha encarecido significativamente.
Una gran separación
Los problemas de los afortunados pueden entenderse a partir de cambios sociales instigados por la economía. Esa separación sobre la que en la última década se ha insistido tanto, la brecha entre el 10% más rico y el 90% restante, debe complementarse con la que se ha abierto entre el 1% y el 10%, e incluso dentro de quienes forman parte del 1% que está en lo más alto de la escala económica.
El proceso de concentración de la riqueza ha conseguido que los ricos lo sean mucho más. En 1990, EEUU contaba con 66 multimillonarios, en 2023 había más de 700: aumentaron más del 1.000%. Y multiplicaron por dos su riqueza en el periodo que va desde la primera toma de posesión de Trump hasta la segunda. Lo cuenta el periodista de The New YorkerEvan Osnos en su nuevo libro, The Haves and Have-Yachts: Dispatches on the Ultrarich (Scribner).
"Hoy en día, nadie, salvo los imbéciles y los ridículos, vive en tierra firme una vida de lujo"
Si las clases medias altas y las altas comienzan a sentir, aunque sea desde un lugar privilegiado, la presión que han sufrido las clases medias durante estos años, los multimillonarios han aumentado su consumo de bienes distintivos: esta época les ha permitido ganar mucho más y lo emplean en marcar las diferencias.
Los yates son el bien por excelencia. Una vivienda de grandes dimensiones ya no es el signo de la distinción, tampoco el avión privado: el superyate se ha convertido en el elemento diferencial. De 1990 a 2023, el número de yates estadounidenses de más de 76 metros de eslora ha pasado de menos de 10 a más de 170. Como explica a Osnos el CEO de una gran empresa, "el barco es el último vestigio de lo que la verdadera riqueza puede hacer". Tienen chefs, tienen chóferes, aviones privados. Pero "el único lugar donde puedo dejar claro al mundo que estoy en una categoría completamente diferente a la tuya es en el barco". En principio, "parece que tiene sentido que la gente gaste 500 millones de dólares en comprar una mansión y 50 millones en el barco en el que están durante dos semanas al año. Sin embargo, todo se ha movido en la dirección opuesta. Estar en un barco de 500 millones de dólares, en realidad, es bastante agradable". El dueño de un yate le dice a Osnos: "Hoy en día, nadie, salvo los imbéciles y los ridículos, vive en tierra firme una vida de lujo. Sí, la gente tiene casas bonitas y todo eso, pero… los barcos son el último lugar donde te puedes salir con la tuya". La movilidad, la exclusividad, no tener que aguantar la cercanía de seres humanos indeseados, las atenciones de una tripulación a su servicio son ventajas que una casa no ofrece.
El gran gasto en megayates de los multimillonarios contrasta con las suspicacias respecto del futuro que asaltan a las clases gestoras profesionales mejor pagadas. La diferencia radical entre quienes poseen la riqueza de verdad y sus principales servidores ha aumentado en los últimos tiempos. Por supuesto, esa separación ha ocurrido también geográficamente, ya que los ricos nacionales de muchos países lo son menos en comparación con los de la primera potencia del mundo. Pero también ocurre dentro de los ámbitos más favorecidos. Los multimillonarios ven con creciente descontento las cantidades que estas clases gestoras les facturan, al mismo tiempo que las comienzan a percibir como prescindibles.
La impugnación de las clases gestoras es propia de la administración Trump y hay ultrarricos que coinciden con su diagnóstico
Pero no cabe olvidar tampoco que el mundo tecnológico ha criticado de manera dura la tarea de los consultores, o que Trump ha actuado contra los grandes despachos. Hay una convicción de fondo, que J.D. Vanceexpresó con nitidez, respecto de que el conocimiento que los sectores expertos están produciendo carece de validez, ya que es poco innovador y muy complaciente. Esa falta de vitalidad del sector experto estadounidense es la que otorga ventaja a China. En este sentido, la impugnación a las clases gestoras profesionales es una característica esencial de la administración Trump, y hay multimillonarios que coinciden claramente con ese diagnóstico.
El resentimiento de las clases medias altas
No es un asunto político menor, porque este es otro de los factores que dan forma a las tensiones actuales. La alianza en EEUU entre los millonarios, de la tecnología, pero no solo, y las clases trabajadoras, ha dado el gobierno a Trump. Ambos sectores perciben a las clases gestoras profesionales de las costas como sus enemigas. Y estas, que se ven en una situación de pérdida de privilegios, de consideración social y de nivel de vida, reaccionan con rencor ante los cambios. Las clases medias altas, especialmente, se revuelven con resentimiento contra la sociedad en la que viven. En los últimos años, lo han volcado contra las clases de pocos recursos que votaban a Trump, pero ahora están ampliando su punto de mira.
Lo curioso es que tratan a Trump como una enfermedad en lugar de como un síntoma. Tenemos versiones patrias de esa mirada, que se vuelcan en tildar a la economía española de mediocre y en insistir en que hacen falta fórmulas como la reducción del gasto público, las rebajas de impuestos y la desregulación para que todo funcione correctamente. Pero la amenaza que se cierne sobre ellas tiene poco que ver con la retórica del pasado reciente. Les está ocurriendo lo mismo que sucedió con las clases trabajadoras y con las medias, que su posición social y su nivel de vida están decayendo. El coste de la vida les permite tener una vida mejor que las del resto de sus compatriotas, pero están ya muy lejos de los ricos de verdad, y su posición es cada vez más provisional. En lugar de entender los cambios sistémicos, se revuelven contra su sociedad y especialmente contra la política y contra quienes están por debajo en la escala social. Es normal: en esta época, el malestar se arraiga no en que aquellos que nunca pudieron entrar en los espacios de seguridad vital, sino en quienes han vivido siempre en ellos y temen que se les expulse. El malestar de las clases medias altas está cada vez más presente en las opciones ideológicas actuales, pero también en el nivel de tensión que la política genera.
Si existe un espacio que represente a los trabajos de élite, aquellos que aseguran capital simbólico y capital contante y sonante, ese es la City. Ha sido el destino europeo preferido por quienes pretendían asegurarse una vida privilegiada: banca de inversión, gestión de activos, grandes despachos, consultoras, empresas de seguros. El sector servicios más estrechamente ligado a los ricos era, lógicamente, el mejor retribuido.