Europa avanza ante China a pesar de la "miopía estratégica" de una Alemania asustada
Berlín vota en contra de los nuevos aranceles, que en todo caso se impondrán al tener la Comisión Europea el beneplácito del resto de los Estados miembros
La Comisión Europea ha logrado esta semana el beneplácito de los Estados miembros para la imposición de nuevos aranceles a los vehículos eléctricos chinos, que ya estaban sometidos a unas tarifas del 10% y que, en algunos casos, se verán incrementadas hasta algo más del 45%. Bruselas ha sacado adelante la medida a pesar de la oposición activa de Alemania, que ha sido la única que ha votado en contra de los nuevos aranceles, acompañada únicamente por otros cuatro Estados miembros: Malta, Eslovenia, Eslovaquia y Hungría, estos dos últimos países aislados en la Unión Europea por la deriva autoritaria de sus Gobiernos.
Olaf Scholz, canciller alemán, utilizó sus competencias este jueves para pasar por encima de la oposición de los miembros de Los Verdes en su Gobierno, entre los que se encuentran su vicecanciller y ministro de Economía, Robert Habeck, y su ministra de Asuntos Exteriores, Annalena Baerbock, quienes pedían apoyar los aranceles. En el modelo tradicional del Gobierno alemán, este choque entre distintos miembros del Ejecutivo debería haber resultado en lo que se conoce como el "voto alemán", es decir, en la abstención del representante alemán en la reunión de este viernes, en la que se decidía el futuro de los aranceles a los coches eléctricos chinos.
Pero Scholz, líder de los socialdemócratas (SPD), ha estado dispuesto a gastar cierto capital político en cambiar el sentido del voto de Alemania, sabiendo que no iba a servir para nada. Para tumbar los aranceles era necesaria una mayoría cualificada en contra, es decir, que al menos 15 Estados miembros que representen al 65% de la población europea votaran en contra. En Berlín sabían que era difícil superar ese umbral. Sin embargo, anunciando su 'no', Scholz lanzaba un mensaje a Pekín: "He hecho todo lo que he podido". Y al mismo tiempo, ponía una presión enorme sobre el resto de los Estados miembros. Con Francia, defensora a ultranza de la investigación anti-subsidios, claramente a favor, y con Alemania absteniéndose, una mayoría cualificada en contra era misión imposible. Pero con Berlín votando en contra, la historia es muy diferente.
Eso puso durante horas en el foco al grupo de los que se situaban en la abstención, algunos de ellos, como Irlanda o España, amenazados por China con medidas punitivas en sectores críticos para sus exportaciones al gigante asiático, como los lácteos y el porcino. Al conocerse que Scholz había utilizado sus competencias para forzar el ‘no’ alemán este viernes, el economista alemán Guntram Wolff, que fue director de Bruegel, el influyente think tank económico de Bruselas, lanzó un mensaje en redes sociales: "¿Miopía estratégica?".
La sensación desde hace tiempo es que Alemania tiene cierta voluntad de tener visión estratégica, pero se equivoca en cada debate. Berlín apoya supuestamente la transición ecológica en la Unión Europea, sabiendo además que se trata de una apuesta industrial y no únicamente de una cuestión climática, pero intentó tumbar la norma que prohíbe la fabricación de nuevos coches de combustión a partir de 2035.
El Gobierno alemán también defiende avanzar en la Unión Bancaria, pero recientemente ha mostrado su oposición pública a que UniCredit, una entidad italiana, se haga con el control de Commerzbank, un banco alemán, a pesar de que Berlín sabe que el Banco Central Europeo (BCE) apuesta por los procesos de consolidación transfronterizos, en gran medida porque la oposición alemana a muchos otros dosieres más políticos de la Unión Bancaria deja ese camino prácticamente como el único transitable.
Berlín apoya supuestamente la transición ecológica en la Unión Europea, sabiendo además que se trata de una apuesta industrial
Y en esta última ocasión, mientras Alemania participa en los debates sobre la necesidad de una política industrial europea, que para su tejido nacional tiene que ser necesariamente extendida a una industria automovilística que debe pasar por el aro de la electrificación, Berlín intentó torpedear activamente una decisión que busca evitar que los vehículos eléctricos producidos en China, más baratos gracias a los subsidios, inunden el mercado europeo y dejen fuera de juego a unos productores europeos que no cuentan con esa ayuda estatal.
En la Comisión Europea consideran que el reloj ya está corriendo y recuerdan el caso de las placas fotovoltaicas hace una década, cuando la oposición alemana y francesa a que Bruselas impusiera aranceles a los productos chinos permitió que Pekín se hiciera con el control absoluto del mercado europeo en una tecnología en la que anteriormente las empresas europeas tenían una importante ventaja. Los aranceles a los vehículos eléctricos producidos en China dan a los productores europeos cierto margen para adaptarse a esa nueva realidad y tratar de reaccionar a tiempo antes de que sus competidores asiáticos los noqueen.
El lado incorrecto
La sensación en Bruselas es que Alemania sabe lo que hay que hacer, como muestra su participación activa en los debates y el hecho de que Berlín no muestre demasiadas dudas sobre los objetivos finales, pero no está dispuesta a asumir el coste que representa. Sabe, por ejemplo, que es necesaria una mayor inversión europea en una política industrial común, pero se niega a cualquier nueva emisión de deuda conjunta, como recientemente ha pedido Mario Draghi en su informe sobre el futuro de la competitividad de la UE. Sabe que es necesaria una Unión Bancaria, pero intenta torpedear una operación transfronteriza. Sabe, porque los números no mienten, que la industria automovilística alemana puede verse ahogada en muy poco tiempo por la competencia de China, sin embargo tiene demasiado miedo de que esos aranceles actuales tengan efectos en el corto plazo y que Pekín tome medidas contra los vehículos de alta gama de motor de combustión que Alemania sigue exportando a China.
El público y notorio cambio de postura de Scholz en el último momento probablemente sirva para que China premie el buen comportamiento de Berlín y, en el castigo a los Estados miembros más grandes, trate a Alemania con algo menos de dureza, pero muestra hasta qué punto el Gobierno alemán está dispuesto a entrar en la lógica impuesta por el régimen de Xi Jinping. También lo ha hecho, en menor medida, el Gobierno español, que tras haber defendido durante todo el proceso la imposición de aranceles ha acabado absteniéndose después de que Pedro Sánchez pidiera "reconsiderar" posiciones durante una visita a China, provocando el enfado de muchos en Bruselas.
La Comisión Europea ha logrado esta semana el beneplácito de los Estados miembros para la imposición de nuevos aranceles a los vehículos eléctricos chinos, que ya estaban sometidos a unas tarifas del 10% y que, en algunos casos, se verán incrementadas hasta algo más del 45%. Bruselas ha sacado adelante la medida a pesar de la oposición activa de Alemania, que ha sido la única que ha votado en contra de los nuevos aranceles, acompañada únicamente por otros cuatro Estados miembros: Malta, Eslovenia, Eslovaquia y Hungría, estos dos últimos países aislados en la Unión Europea por la deriva autoritaria de sus Gobiernos.