Un tipo llamado Bob controla buena parte de la economía, y deberíamos ser conscientes
"Bob" está detrás de los precios de la vivienda y de los de las entradas de los conciertos, pero también de las interacciones en los mercados financieros. Acumula un poder excesivo
Maureen Ohlhausen fue la primera en referirse a "un tipo llamado Bob". (Reuters/Sait Serkan Gurbuz)
Las entradas para los conciertos de Oasis, los precios de Uber, los de los bienes que se adquieren en plataformas de venta a distancia, e incluso los de las viviendas los decide Bob. Mide tu rendimiento laboral y señala si eres apto o no para un puesto. También sabe qué lugares deberías visitar, qué música te puede interesar e incluso cuáles de las parejas disponibles son más adecuadas para ti. Por supuesto, sabe de qué conviene hablar públicamente. Por si no fuera suficiente, sería imposible entender la economía actual y sus interacciones sin las decisiones que Bob toma. Y eso es ahora, porque dentro de unos años estará todavía más presente y en ámbitos más relevantes.
Bob es una ficción, pero una ficción conveniente. El nombre lo inventó hace siete añosMaureen Ohlhausen, por aquel entonces presidenta interina de la Comisión Federal de Comercio estadounidense. En un discurso pronunciado ante los reguladores antimonopolio propuso que evaluaran el uso de fórmulas informáticas reemplazando la palabra "algoritmo" por "Bob": "¿Está bien que un tipo llamado Bob recopile información confidencial sobre estrategias de precios de todos los participantes de un mercado y luego les diga a todos cómo deberían fijar los precios? Si no está bien que lo haga un tipo llamado Bob, probablemente tampoco esté bien que lo haga un algoritmo".
Los monopolios y oligopolios contemporáneos se han construido sistematizando y regulando procesos a través de alguna clase de Bob
No es una teoría que se haya extendido demasiado, pero debería hacerlo. Si un tipo llamado Bob concentrase todo el poder que hoy tienen los algoritmos, es bastante probable que las resistencias fueran mucho mayores y más efectivas. Es cierto que hay muchos Bob, que el poder no se concentra en un solo propietario, pero los monopolios y oligopolios contemporáneos se han construido sistematizando, organizando y regulando procesos a través de alguna clase de Bob. Sin embargo, y dado que no es alguien de carne y hueso, sino un producto realizado por expertos, cuenta con una pátina de superioridad. Si lo denominamos algoritmo o inteligencia artificial suena muy distinto a Bob: al despersonalizarlo, al alejarlo de las debilidades propias de lo humano, puede aparecer como mediado por una sabiduría superior, y por lo tanto óptimo para tomar decisiones. Si estas fueran adoptadas por una persona concreta, parecerían mucho más discutibles, incluso siendo las mismas, y se refutarían como ineficientes a menudo. Pero lo que dice el algoritmo parece mucho menos cuestionable que lo que dice Bob.
Lo que ha funcionado y lo que no
La inteligencia artificial ha sido difundida como una mezcla de enorme oportunidad y de gran peligro. Contenía una suerte de esperanza para el desarrollo humano, y las inversiones en el sector llegaron también por ese motivo: la IA era una superinteligencia que llevaría a un increíble salto adelante en nuestro conocimiento. En sus lecturas más extremas, ayudaría a que las personas vivieran hasta los 120, o los 150 años, en un buen estado de salud, permitiría realizar viajes espaciales a planetas lejanos y tantas otras cosas exageradas más. Lecturas más modestas subrayaban que el tratamiento sistemático de enormes cantidades de datos permitiría encontrar patrones insospechados que abrirían nuestro conocimiento y nos llevarían a lugares desconocidos. Ayudaría enormemente a luchar contra el cambio climático, las enfermedades y construiría sistemas mucho más eficientes.
Permite un espionaje masivo: hay pocas cosas que queden fuera de ese ojo que incluye móviles, cámaras, ubicaciones y datos en línea
La segunda versión, la del riesgo, afirmaba que la inteligencia artificial era particularmente útil para la vigilancia, y que el ser humano dejaba mucho más expuesta su intimidad. En este punto la IA sí ha tenido éxito, ya que los medios técnicos permiten un espionaje casi exhaustivo de los individuos y hay pocas cosas que queden fuera de ese ojo panóptico que incluye móviles, cámaras, ubicaciones, compras, datos en línea y tantas otras cosas. Esta vigilancia ha sido y es utilizada por servicios de seguridad, por empresas y por gobiernos, y genera mucho menos rechazo del que debería. No nos gustaría que Bob estuviera todo el rato observándonos y supiera todo sobre nosotros, incluso si nos dijera que solo lo hace para ofrecernos publicidad más acorde con nuestros gustos, como se justificó la recogida masiva de datos.
El ser humano medio
Junto con estas dos aplicaciones de la IA, hay una tercera que Peter Thielseñalaba en su conversación política con Joe Rogan. Afirmó que el avance más importante de la inteligencia artificial no había sido ninguno de los que se habían vaticinado durante la década precedente, que no era ni esa superinteligencia prometida ni tampoco el sistema de vigilancia, sino que había llegado con la inteligencia artificial del tipo ChatGPT: por primera vez, la IA superaba el test de Turing. Es decir, la máquina contaba con la capacidad para actuar como un ser humano y ser indistinguible de este; podía mantener una conversación sin que el observador pudiera diferenciar si estaba hablando con una máquina o con otro humano. Este avance no parecía muy significativo, pero lo era, aseguraba Thiel: la máquina podía actuar como un ser humano de inteligencia media. Las implicaciones de este logro tardarán un par de décadas en desarrollarse del todo, afirmaba el inversor, pero el paso ya estaba dado.
Thiel tiene razón. Si la inteligencia artificial puede actuar más o menos como un ser humano de coeficiente medio, sus consecuencias serán notables, al menos desde el punto de vista de los Bob de verdad, los reales, los que encargan que se diseñen algoritmoscon fines muy específicos.
La IA opera muy bien en ámbitos de reglas fijas. Si la vida funcionase como el ajedrez, sería mucho mejor que nosotros. Pero la mayor parte de las situaciones por las que el ser humano atraviesa distan mucho de regirse por un conjunto de normas tasadas e inmutables. Por eso la robótica ha podido desarrollarse para tareas mecánicas y es implantada con éxito en factorías. Sin embargo, el trabajo intelectual no ha podido ser reemplazado por sistemas estandarizados, en la medida en que debe enfrentarse a una casuística muy amplia. Sin embargo, si la máquina ha pasado el test de Turing y, como afirma Thiel, puede actuar como un ser humano de inteligencia media, los seres humanos de inteligencia media se convertirán en prescindibles.
Si Bob se queda con estos empleos, se habrá instaurado el reinado de la medianía, pero también habrá creado oportunidades rentistas
Se puede argumentar que un instrumento como el que citaba Thiel, ChatGPT, no deja de ser un asistente que facilita las tareas. Pero si la IA sigue desarrollándose, y lo hará gracias al entrenamiento que de instrumentos como ChatGPT se hace a diario por quienes lo utilizan, llegará el instante en que el asistente virtual sea tan eficaz como el trabajador medio real. No es una hipótesis al azar: los procesos informáticos, hasta la fecha, han tenido como objetivo sistematizar el conocimiento para prescindir de mano de obra. Es cierto que la IA comete errores, eso que llaman alucinaciones, y a veces muy graves, y está por demostrarse que pueda dejar de tenerlos en algún instante, pero también lo es que es mucho más barata que la mano de obra real. Por lo tanto, es esperable que se emplee en el trabajo cualificado cuando esté más afinada, incluso con equivocaciones. Si Bob se queda con estos empleos, se habrá instaurado el reinado de la medianía, pero también habrá creado nuevas oportunidades rentistas.
Esto es especialmente importante en la medida en que el intento de desarrollar algoritmos en ámbitos sensibles, como el diagnóstico y el tratamiento médico, el trabajo legal o la enseñanza, entre otros, son percibidos como áreas de gran desarrollo inversor.
Puede que, finalmente, como aseguraba 'el hedge fund' Elliott, la IA esté sobrevalorada, que solo sirva de verdad para la vigilancia y las guerras, y que ese tipo llamado Bob no sea más que parte de una burbuja. Pero, mientras tanto, estaría bien constatar cuáles están siendo sus usos: si es útil para controlar y vigilar, para el ámbito bélico y para eliminar trabajos mediante la imposición de la medianía (o de la mediocridad) quizá deberíamos observarla con más prudencia y a mayor distancia.
Las entradas para los conciertos de Oasis, los precios de Uber, los de los bienes que se adquieren en plataformas de venta a distancia, e incluso los de las viviendas los decide Bob. Mide tu rendimiento laboral y señala si eres apto o no para un puesto. También sabe qué lugares deberías visitar, qué música te puede interesar e incluso cuáles de las parejas disponibles son más adecuadas para ti. Por supuesto, sabe de qué conviene hablar públicamente. Por si no fuera suficiente, sería imposible entender la economía actual y sus interacciones sin las decisiones que Bob toma. Y eso es ahora, porque dentro de unos años estará todavía más presente y en ámbitos más relevantes.