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El IPC de los pobres castiga dos veces: consumen los productos que más se encarecen
  1. Economía
SEGÚN UN INFORME DEL BCE

El IPC de los pobres castiga dos veces: consumen los productos que más se encarecen

La inflación del 20% de los hogares más humildes sube 1,9 puntos más que la del 20% más pudiente. La brecha se dispara por la crisis inflacionista tras una década sin diferencias

Foto: Precio de la fruta en un mercado de Mahón (Baleares). (EFE/David Arquimbau)
Precio de la fruta en un mercado de Mahón (Baleares). (EFE/David Arquimbau)
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La inflación es el impuesto de los pobres. Tras varias décadas de estabilidad de precios en Europa, la espiral provocada por la reapertura de las economías tras la pandemia y la guerra de Ucrania ha devuelto a la actualidad esta idea. Los datos la avalan: según un artículo publicado en el último boletín económico del Banco Central Europeo (BCE), la cesta de la compra de las familias humildes sube más que la de las pudientes. El índice de precios de consumo (IPC) castiga dos veces a las rentas bajas, que compran los productos y servicios que más se han encarecido durante los últimos meses.

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El estudio, desarrollado por los economistas Evangelos Charalampakis, Bruno Fagandini, Lukas Henkel y Chiara Osbat, muestra cómo, en una situación de estabilidad de precios como la que había vivido la eurozona durante la última década, la inflación afecta de la misma manera a ricos y a pobres. El diferencial fluctúa en favor de unos u otros de forma indistinta, con cifras marginales. En cambio, el encarecimiento de la vida en el último año se ha cebado con las rentas más bajas: el IPC que soporta el 20% de la población con menos ingresos ya supera en 1,9 puntos al del 20% de la población con más ingresos. La tendencia ascendente no tiene freno, en paralelo a la del nivel de precios.

La curva es muy similar a la que dibuja el IPC armonizado de los 19 países del euro, casi calcada. De hecho, el periodo deflacionario que se vivió en 2009, al principio de la Gran Recesión, coincidió con el único momento en que el diferencial resultó claramente negativo, en torno a medio punto. En otras palabras: cuando los precios caen, caen más para los más pobres; mientras que, cuando los precios suben, ocurre lo mismo. Y durante este último año han subido mucho, hasta alcanzar en octubre un récord del 10,7%.

La explicación a este fenómeno se halla en la diferente composición del consumo en función de la renta de los hogares. Mientras que los más pudientes dedican una mayor parte de sus ingresos al ocio (hostelería, cultura, hoteles...) y al transporte, debido a una mayor propensión a viajar, los más humildes centran sus gastos en lo más esencial: electricidad, gas, combustibles y alimentos. Según el informe, las rentas altas gastan más de la mitad de lo que ganan en productos y servicios que no son de primera necesidad. En cambio, las bajas apenas les dedican un tercio de su renta, y el resto va a lo realmente indispensable.

Durante esta crisis inflacionista, el primer grupo se ha encarecido mucho menos que el segundo. Según Eurostat, la energía se disparó un 41,9% en octubre respecto al año anterior, y la comida y el alcohol un 13,1%, ambos muy por encima de la media. El resultado: gas, electricidad y combustible añaden aproximadamente dos puntos al diferencial, y los alimentos un punto adicional, mientras que el ocio y el transporte restan un punto. La brecha entre el IPC que soportan pobres y ricos alcanza, así, su récord desde 2006.

El problema del ahorro

Las conclusiones de los investigadores del BCE no solo hablan de la inequidad que genera una inflación elevada, sobre todo durante una espiral energética como la actual. También apuntan a un segundo problema que se ceba con las clases bajas: la escasa capacidad de ahorro. El hecho de que los precios que más suban sean los de los productos de primera necesidad hace que el pago de facturas y el carro del supermercado se coman la mayor parte de los ingresos de los más pobres, por lo que su renta disponible para el consumo, o para la acumulación de capital, se ve muy reducida.

"Los hogares de rentas bajas consumen una mayor parte de sus ingresos, ahorran menos y tienen más restricciones de liquidez que los hogares de altos ingresos; por lo tanto, tienen menos espacio para amortiguar aumentos bruscos en su costo de vida a través del ahorro", constatan los economistas del banco central. De hecho, la ratio de ahorro entre el 20% de hogares con menos renta se sitúa en el -6,4% —dicho de otra manera, se tienen que endeudar para afrontar sus gastos—, mientras que asciende al 39,3% en los hogares de más renta.

Foto: Precios en una carnicería. (EFE/J. L. Cerejido)

El ahorro constituye el principal instrumento del margen de maniobra de las familias para reaccionar a las subidas de precios, aunque no el único. El artículo recuerda que los hogares más pudientes pueden sortear el encarecimiento de la vida cambiando, por ejemplo, los productos de alta calidad por otros de marca blanca, mientras que los más humildes no pueden recortar más el gasto: significaría dejar de comer. La posesión de otro tipo de activos líquidos también da un colchón extra a las familias, y estos se concentran claramente en aquellas de rentas más altas.

Las conclusiones del informe del BCE refuerzan el discurso dominante en la tecnocracia internacional. Todos los organismos, incluido el banco central, han insistido durante los últimos meses en la necesidad de concentrar el esfuerzo fiscal para paliar las consecuencias de la espiral de precios en los hogares más vulnerables. Sin embargo, la mayoría de los gobiernos —el español entre ellos— ha optado por combinar las ayudas quirúrgicas con otras indiscriminadas, que benefician a ricos y pobres, y tienen un elevado coste para el erario público, como la subvención de 20 céntimos por cada litro de combustible.

El informe apunta un último dato para la reflexión: los más pudientes puntúan con un 4,5 las políticas que se han llevado a cabo para combatir la inflación, mientras que los más pobres solo les dan un 3,6. La brecha afecta al bolsillo, pero también a la percepción. Y los grandes perjudicados, en ambos casos, son los mismos.

La inflación es el impuesto de los pobres. Tras varias décadas de estabilidad de precios en Europa, la espiral provocada por la reapertura de las economías tras la pandemia y la guerra de Ucrania ha devuelto a la actualidad esta idea. Los datos la avalan: según un artículo publicado en el último boletín económico del Banco Central Europeo (BCE), la cesta de la compra de las familias humildes sube más que la de las pudientes. El índice de precios de consumo (IPC) castiga dos veces a las rentas bajas, que compran los productos y servicios que más se han encarecido durante los últimos meses.

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