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Frenazo en seco a la recuperación: Calviño se queda sin argumentos
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LA ECONOMÍA SE DESINFLA

Frenazo en seco a la recuperación: Calviño se queda sin argumentos

La recuperación será más lenta y la vicepresidenta Calviño se ha quedado sin argumentos para relanzar la actividad. Ni desde la política fiscal, ni monetaria, ni desde el sector exterior

Foto: La ministra de Asuntos Económicos, Nadia Calviño. (EFE/Juan Carlos Hidalgo)
La ministra de Asuntos Económicos, Nadia Calviño. (EFE/Juan Carlos Hidalgo)
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La economía española entra en una nueva fase. Si hasta el primer trimestre de este año las causas de la crisis tenían que ver con los efectos económicos de la pandemia: aumento de los precios por el incremento de la demanda mundial de materias primas o como consecuencia de las restricciones a la movilidad, la guerra de Ucrania y el aumento adicional de los precios de la energía están pasando ahora una amarga factura.

El año 2022, al contrario de los que se preveía hace pocos trimestres, no será el de la recuperación, sino un ejercicio de transición hacia un horizonte lleno de incertidumbres. Crecer este año un 4,3%, como estima Economía, es lo mismo que recuperar el PIB previo a la pandemia ya muy cerca de 2024. Pero también es lo mismo que retrasar la recuperación del PIB tendencial, el que se hubiera registrado de no aparecer el covid, al menos, hasta 2025. El Gobierno contempla un crecimiento del PIB del 3,5% en 2023; del 2,4%, un año después, y del 1,8% en 2025.

Este escenario se resume en un dato que ofreció este viernes la Contabilidad Nacional Trimestral (CNTR): las importaciones de bienes y servicios entraron en negativo en el primer trimestre de este año (-0,5%). Gracias a ello, y no al tirón de las exportaciones (apenas un 3,4%), el sector exterior aportó 3,1 puntos de crecimiento. De lo contrario, la economía española hubiera entrado en crecimiento negativo.

Foto: La vicepresidenta primera y ministra de Asuntos Económicos, Nadia Calviño. (EFE/Fernando Alvarado)

El retroceso es significativo no por la cifra, sino por lo que representa, toda vez que España, tradicionalmente, ha sido muy dependiente de las compras al exterior. Todos los momentos de expansión han sido acompañados de un fuerte incremento de las importaciones en una doble dirección: el consumo y la inversión. Y ni uno ni otro, a la luz de los datos de Estadística, muestran fortaleza. Mientras que el consumo de los hogares cae un 3,7% intertrimestral, la inversión (formación bruta de capital) apenas avanza un 2,4% después del desplome de 2020.

Esto significa, lisa y llanamente, que la economía española se queda sin argumentos para crecer. Y ya ni siquiera lo puede hacer por el impulso exterior (el PIB de la eurozona apenas avanzó en el primer trimestre un 0,2%, con una inflación subyacente que ya ha escalado al 3,5%). No solo la economía se ha quedado sin argumentos. También la vicepresidenta Calviño carece ahora de ellos —ni siquiera fiscales— para explicar cómo se ha llegado hasta aquí más allá de lo obvio.

Potencial de crecimiento

El margen de maniobra presupuestario que tiene hoy el Gobierno para actuar con políticas anticíclicas es (con una deuda cercana al 120%) algo más que estrecho. Y ni siquiera la distribución de los fondos europeos son ya una palanca sólida para apuntalar el crecimiento. Entre otras cosas, porque sus objetivos macroeconómicos, elevar el potencial de crecimiento de la economía española, son a medio y largo plazo. Los fondos, aunque lo parezcan, no son un plan de inversiones intensivo en puestos de trabajo. Tampoco desde el lado de la política monetaria hay nada que esperar. Al contrario, el endurecimiento de los tipos de interés es la peor noticia para los agentes económicos más endeudados (en particular el sector público)

Las previsiones de Calviño no es que estuvieran desfasadas, ‘as usual’, sino que reflejan los problemas de su ministerio para adelantarse a los acontecimientos, como demostró cuando no supo leer con anticipación las consecuencias económicas que podría tener la pandemia. Probablemente, por una cierta visión conservadora de la economía que consiste en revisar las previsiones cuando todo el pescado está vendido, lo cual las hace inútiles.

Foto: Un trabajador de una gasolinera de Madrid. (EFE/Fernando Alvarado)

Hacerlo ahora, como acaba de revelar la propia Calviño, no sirve para nada. De hecho, hubiera sido más responsable trasladar a los agentes económicos en tiempo real que venían curvas, para eso son las previsiones, que por su propia naturaleza no son exactamente lo mismo que las estimaciones. Una estimación es un ejercicio matemático basado en determinados supuestos (tipos de interés, precios de las materias primas o tipo de cambio), pero las previsiones incorporan un ejercicio intelectual sobre lo que puede suceder en función de variables subjetivas, como la geopolítica o el análisis de determinados fenómenos. Es decir, un análisis más complejo que una simple estimación estadística.

Su importancia viene de la mano, precisamente, del hecho de que advierten a los agentes económicos de lo que puede venir, algo que Calviño ha olvidado, lo que explica que, en medio de tanta incertidumbre, el Gobierno haya querido seguir trasladando el mensaje de que aquí no pasa nada, que todo está bajo control. Que poniendo dinero para comprar algo de inflación se solucionan los problemas. Decir que como el PIB avanzará este año por encima del 4% la economía funciona de forma robusta es una verdad a medias. Lo hace por la inercia (más de tres puntos), no por un impulso nuevo.

Foto: La ministra de Hacienda, María Jesús Montero, en una entrevista. (EFE/K. Huesca)

Es por eso por lo que el valor de las estimaciones que hace ahora Calviño en el Programa de Estabilidad es cercano a cero. Y no solo porque el horizonte esté lleno de incertidumbres, algo que no depende de Economía, sino porque intentan trasladar un escenario insensatamente optimista alejado de la geopolítica, lo que en última instancia rebaja la verdadera dimensión de los problemas. Y, si los agentes económicos no los conocen, es probable que se equivoquen a la hora de tomar decisiones, y de ahí la necesidad de contar con gobernantes creíbles y con previsiones razonables no voluntaristas.

No basta con construir una reputación de sobriedad económica si, en paralelo, se pone sordina sobre la realidad de un país que ha perdido el pulso económico. Probablemente, también el político. Y que se ha quedado con escaso margen de maniobra, salvo que se hagan reformas económicas para aumentar el potencial de crecimiento. No parece que vayan por ahí los tiros a la luz de lo que sucedió este jueves en el Congreso de los Diputados.

La economía española entra en una nueva fase. Si hasta el primer trimestre de este año las causas de la crisis tenían que ver con los efectos económicos de la pandemia: aumento de los precios por el incremento de la demanda mundial de materias primas o como consecuencia de las restricciones a la movilidad, la guerra de Ucrania y el aumento adicional de los precios de la energía están pasando ahora una amarga factura.

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