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Viaje a la autosuficiencia: por qué producir en España lo que falta desde Ucrania no es fácil
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DEL AGUA A LAS SEMILLAS

Viaje a la autosuficiencia: por qué producir en España lo que falta desde Ucrania no es fácil

El foco está puesto sobre el aceite de girasol y el maíz. Ambos son dos productos que en España se han estado pagando baratos para lo caro que cuesta su producción

Foto: Campo de maíz. (Unsplash)
Campo de maíz. (Unsplash)
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Tiempos de acopio. Tras arrasar con el papel higiénico en la pandemia, los ciudadanos se han lanzado ahora a por el aceite de girasol. Tanto el covid como la guerra de Ucrania han puesto en tela de juicio muchos valores que en Europa dábamos por sentados, entre ellos, el de la autosuficiencia. El ministro de Agricultura alemán, Cem Oezdemir, hizo esta semana un llamamiento a los ministros de los países G7 a abordar el tema de la seguridad alimentaria. Unas declaraciones que también compartió Luis Planas ante el Congreso de los Diputados, cuando destacó la autonomía estratégica como "un tema fundamental" para la Unión Europea. La guerra en Ucrania pone en el foco sobre un tema que España lleva años arrastrando: el descontento del sector agrario y el poco interés económico por su desarrollo. La autosuficiencia tiene un precio.

Primero de todo, los números. Los dos alimentos en los que ha puesto el foco el ministerio de Agricultura por la invasión de Ucrania son el aceite de girasol y el maíz. En el caso del primero, Ucrania alcanza un 66,1% del aceite de girasol y cártamo importado en España entre el 2015 y el 2021, según cifras de Datacomex (ministerio de Comercio). En este periodo, la importación desde allí se ha prácticamente duplicado, hasta alcanzar las 368.323 toneladas. La importación de aceite de girasol y cártamo del mundo a España ha subido en un 61% en los últimos seis años, alcanzando las 584.584 toneladas.

Tanto desde la Asociación de Industriales, Envasadores y Refinadores de Aceites (Anierac) como desde la Asociación Española del Girasol (AEG) coinciden en que en torno a la mitad del aceite de girasol que se consume en nuestro país, se importa desde fuera. Es una cifra complicada de determinar, ya que no es lo mismo el consumo de pipas de girasol, que el aceite ya procesado y no es lo mismo el dato de consumo de aceite en el hogar (que sí publica el ministerio) al total de España (englobando también otros segmentos como la restauración o la industria alimentaria). A modo de comparación, la producción de cultivos de girasol en España ha disminuido en un 5% entre 2015 y 2020, hasta las 878.200 toneladas, mientras que la superficie se ha reducido en más de un 20% hasta las 651.200 hectáreas, según datos del ministerio de Agricultura.

Foto: El alto representante para Asuntos Exteriores de la UE, Josep Borrell. (EFE)

Luego está el caso de los cereales, ya que Ucrania es el mayor importador de cereales para España. Según cifras de Datacomex, Ucrania supuso un 26,4% de los cereales que entraron en nuestro país entre 2015 y 2021 (Francia alcanza un 24,6%). El peso varía dependiendo del tipo de cereal. En el caso de la cebada, Ucrania es un 14,38% de las importaciones de los últimos seis años, mientras que con el trigo se queda en un 9,9% (siempre según los números de Datacomex). El maíz es el principal damnificado, ya que el 34% de lo importado en los últimos seis años viene de Ucrania. Las importaciones desde allí se han reducido en un 14% en los últimos años (hasta las 2,5 millones de toneladas), mientras que las importaciones mundiales han aumentado un 18% (hasta las 8,4 millones de toneladas). De hecho, uno de los mercados que destacan por su crecimiento dentro del mix de importadores es Brasil, que ha multiplicado por tres su contribución hasta la 1,9 millones de toneladas.

Según los datos del ministerio de Agricultura para la campaña de 2020 a 2021, las importaciones supusieron un 2% de la cebada que se consume en España, del 32% del trigo y del 63% del maíz. Según el mismo organismo, en torno a un cuarto de la superficie cultivada en España es de cereales, con 6 millones de hectáreas en 2020. De este dato, menos de un 6% es del maíz. En los últimos seis años, la superficie ha caído un 13% hasta las 347.600 hectáreas.

El sector pide agua; más embalses para almacenar el agua para cuando no haya

Con la invasión de Ucrania, España se ha quedado, prácticamente de la noche a la mañana, sin estos bienes. Según la patronal del carne, Fesic, los cereales de los piensos se podrán sustituir unos por otros, pero los precios subirán, afectando también a la carne y cambiando los hábitos de consumo de la gente. Por otro lado, la gente teme por las existencias de aceite de girasol y partes de la industria, como los dulces de Produlce, avisan de que no es siempre posible sustituir al aceite de girasol por el de oliva en ciertos alimentos. No se sabe cuánto va a durar la guerra, pero el país trabaja a contrarreloj para cubrirse las espaldas. Desde varios sectores de la agricultura y la industria que la rodea, se pide que el Gobierno se acoja a algunas excepciones legales para importar productos que en Europa todavía no están 100% aceptados. Sin embargo, España está optando, como es la posición histórica, a esperar a una decisión europea, para así actuar en conjunto con el continente. En las próximas reuniones de los organismos comunitarios, como el comité especial el día 14 de marzo o el consejo de Agricultura el día 21, la Unión Europea abordará la opción de permitir cierta exposición a fitosanitarios o transgénicos en los alimentos para así desbloquear importaciones desde países como Argentina o EEUU.

La crisis está incluso afectando al marco de la reforma de la Política Agraria Común (PAC), que tras el acuerdo del año pasado entrará en vigor en 2023. El propio comisario de Agricultura de la UE, Janusz Wojciechowski, dijo tras la reunión de ministros de hace dos semanas que "si la seguridad alimentaria está en peligro, entonces tenemos que volver a analizar los objetivos de la estrategia de 'la granja a la mesa' y corregirlos". Una visión que compartió Planas al asumir que habría que "replantear decisiones y cambiar prioridades".

Esta huida a contrarreloj pone de manifiesto la dependencia de España (así como otros países europeos) por la agricultura de naciones extracomunitarias. Es la crisis habitual de un mundo globalizado: nos beneficiamos de precios asequibles al producir fuera, pero a cambio, perdemos independencia. Este debate da luego paso a la fibra sensible de los pesticidas y transgénicos; una cuestión de la que la UE ha convertido en un valor clave para salvaguardar la seguridad de sus trabajadores y consumidores, pero que, a la vez, dificulta la agricultura en el continente frente a otras regiones del mundo.

¿Qué ha pasado? La principal queja recae sobre la baja rentabilidad de la agricultura en España. Por ejemplo, José Luis Romeo, presidente de la Asociación General de Productores de Maíz de España (AGPME), matiza que el maíz es un producto que, por un lado, "es caro porque su semilla requiere de mucha tecnología, está genéticamente muy desarrollada", pero que, por el otro, "es mucho más productivo que el trigo y la cebada, y, por tanto, el maíz es un alimento asequible para la industria ganadera". Para Romeo, el problema es que, en los últimos años, "los precios han sido ridículos, el maíz no es un producto rentable". Según explica Romeo, la Unión Europea permite importaciones de países que pueden producir con unas condiciones más ventajosas que las que se permiten en España, sobre todo en materia de restricciones por mutaciones genéticas y pesticidas. "A los agricultores no les salen los números", dice. "El Gobierno tendría que fomentar unas condiciones para que la agricultura sea interesante, porque si la gente no ve futuro en el campo, lo abandona", zanja. "Pero claro, el consumidor quiere que la cesta de la compra esté barata".

La seguridad alimentaria pide poner en valor lo que cuesta sacar adelante la comida

"De aquí a final de abril habrá 12.000 toneladas disponibles de aceite; y tenemos que aguantar hasta a octubre, que es cuando recibimos la cosecha", explica Juan Fernández, presidente de la Asociación Española del Girasol, zanjando que "habrá problemas". El directivo explica que la asignatura pendiente del autoabastecimiento en España se ha agravado desde 2014, cuando la Unión Europea eliminó el arancel para las importaciones de aceite crudo y países como la Ucrania se hicieron también con el valor añadido de transformar la pipa de girasol en aceite. Al igual que Romeo, Fernández pone de manifiesto que el girasol no se paga lo que vale. Aunque constata una subida de precios tras la pandemia por el aumento de los costes de transporte, el experto subraya que, en el pasado, los agricultores estaban teniendo que soportar unos márgenes muy estrechos para sacar el producto adelante. "Si están subiendo los costes de abonos, hay que subir los precios; pero claro, si te ponen al lado al granero de Europa [Ucrania] u otros países con costes laborales bajos, sin tanta regulación de los fitosanitarios…", ejemplifica, subrayando que el mercado siempre está buscando lo más barato. "Pero también hay otros países con mucha agricultura, como Francia, donde los costes de producción son mucho mayores que en España; sin embargo, sus productos sí se ponen en valor".

En esa línea, Fernández destaca que ha "habido un abandono de las administraciones", porque la dependencia "se evita de la mano de estas". "Si queremos resolver esto, en la mesa necesitamos a tres contertulios: a la industria, a las compañías de semillas y a la administración", argumenta. No defiende la intervención de los precios, pero sí pide mayor fomento económico e inversiones. Más allá de las posibles medidas del girasol, hay que tener en cuenta que, en la última revisión de la PAC, una de las quejas más extendidas entre el sector era que al alza de requisitos se le había sumado una rebaja en el presupuesto disponible.

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Vista general de una plantación de girasoles en Pamplona. (EFE/Jesús Diges)

Antonio Catón, director de Cooperativas Agroalimentarias, también subraya este desequilibrio. "Plantar girasol o maíz en España no es rentable por las autoexigencias y prohibiciones de los tratamientos para su cultivo, por eso nos vamos fuera a comprarlo —lo que estamos pagando ahora es esa soberbia—", argumenta. De todas formas, considera que, tal y cómo están configurados los terrenos en España, hoy no sería físicamente posible producir todo lo que demanda su población. Si quisiésemos tener más de estos cultivos, habría que desarrollar los terrenos con más agua y espacio.

Producir el maíz que España necesita para alimentar a su ganado "sería muy caro y poco competitivo", porque es un cultivo que necesita agua, "un bien escaso aquí", y que siendo de regadío tiene poco espacio en España. "Nuestro consumo de pienso en la industria cárnica es tal, que sería antinatural producir tanto maíz con la poca agua que tenemos", explica. Lo mismo ocurre con el girasol, que se rota con otros cultivos como el trigo o la cebada. "Es un cultivo con una producción muy corta, y no se paga lo suficientemente bien; en España lo tenemos apenas para acompañar otros cultivos y porque utiliza menos abono que otros", detalla, defendiendo también que, en estos momentos, España no se podría permitir "producir tanta pipa como para abastecer nuestras necesidades de aceite". Además, el experto indica que España ya importa el aceite hecho. Todo, en un contexto en el que los supermercados también presionan a la baja el precio de la cadena alimentaria. Para Catón, la solución pasa ahora por desbloquear las importaciones de otros países cuyos cultivos están ahora restringidos por los residuos fitosanitarios o por los transgénicos. Este mundo, explica, es complejo porque hay muchas variedades y matices; y considera que es positivo que Europa tenga cuidado con lo que se planta y consume, pero cree que en ocasiones hay que ceder. "Hay que vigilar que las cosas se hagan con sanidad y seguridad, pero también hay que ponerlo en equilibrio para que no nos peguemos un tiro en el pie", detalla. "El mundo tiene maíz y pipas de girasol suficientes para abastecer el consumo, pero lo de Ucrania nos ha pillado a todos fuera de juego y ahora tenemos que pensar en ser un poco más flexibles para traerlo de fuera", defiende. El experto anima a que el debate de un sector tan importante como la agricultura no caiga en el olvido cuando pase el pico de atención de la guerra, como ha ocurrido con el de la sanidad con la pandemia.

No es de la noche a la mañana

Los cambios agrarios tardan. Para empezar, porque la producción agraria es un puzle de tiempos y encajes que no es sencillo cambiar de la noche a la mañana. Por ejemplo, no es lo mismo un terreno de regadío (riego artificial) que de secano (agua de lluvia), sobre todo en un país de clima soleado como el de España. La composición de los campos de cultivos herbáceos (cereales, leguminosas, tubérculos, etc.) está compuesto en un 83% por secano, mientras que el 18% es regadío, según los últimos datos de la Encuesta sobre Superficies y Rendimientos Cultivos (ESYRCE).

El girasol es de secano, y en España se usa para acompañar a otros cultivos, como los cereales, en la rotación de las cosechas. Fernández destaca que la superficie ha caído en los últimos años porque en regiones como Andalucía se ha aumentado la plantación de árboles (olivares, almendros, de pistacho…). Mientras que otras cosechas (como las leguminosas) duran apenas un año, los árboles se plantan por periodos de años o incluso décadas, por lo que es probable que ese terreno perdido por el girasol ya no vuelva. En el maíz, hay dos tipos de campaña, que también dependen de la geografía. En el caso de los maíces de ciclo largo (más productivos), estos se siembran en abril si es en el valle del Ebro, mientras que en el sur podría ser incluso antes. Luego, se cosechan en octubre o noviembre. En el caso de los de ciclo corto, permiten combinar con otra antes (por ejemplo, de otro cereal, como la cebada), y se plantan en verano para recoger la siembra en noviembre.

Foto: Bomberos franceses extinguen el fuego de un campo de trigo en Ramillies, Francia. (Reuters/Pascal Rossignol)

Es un cultivo de regadío, por lo que aumentar su producción abre la veda de la falta de infraestructura hidráulica en España, sobre todo ante las sacudidas de las sequías. Es una demanda habitual: los agricultores quieren más embalses de agua que garanticen el suministro de agua en tiempos de poca lluvia —por ejemplo, al sector se le ponen los dientes largos con infraestructuras vecinas como la de Alqueva, en Portugal—. Desde distintas asociaciones se quejan de que este tipo de infraestructuras es algo que las administraciones han dejado de lado porque los pantanos tienen una connotación franquista. "El maíz es un cultivo que requiere de mucho calor, lo cual tenemos en España, pero al mismo tiempo también pide humedad", detalla Romeo. "Lo lógico es que si en España hay problemas de agua, se hagan infraestructuras para recogerla, pero esto es algo que se ha ido olvidando en nuestro país".

Si se quisiese aumentar la producción, también habría que entender que hay que disponer de semillas. "Por ejemplo, en el caso del girasol, la semilla tiene más de un año de edad, por lo que hay que ir con ese tiempo de previsión", detalla Catón. Fernández también cree que la disponibilidad de semillas es clave para asegurar el medio plazo. El directivo del girasol cree que los elevados precios del aceite ahora mismo podrían llevar a algunos agricultores a aumentar sus cosechas de este producto a corto plazo. Para que esta producción dure en el futuro, hay que asegurar que las empresas de semillas produzcan suficientes como para sostener la demanda.

Tiempos de acopio. Tras arrasar con el papel higiénico en la pandemia, los ciudadanos se han lanzado ahora a por el aceite de girasol. Tanto el covid como la guerra de Ucrania han puesto en tela de juicio muchos valores que en Europa dábamos por sentados, entre ellos, el de la autosuficiencia. El ministro de Agricultura alemán, Cem Oezdemir, hizo esta semana un llamamiento a los ministros de los países G7 a abordar el tema de la seguridad alimentaria. Unas declaraciones que también compartió Luis Planas ante el Congreso de los Diputados, cuando destacó la autonomía estratégica como "un tema fundamental" para la Unión Europea. La guerra en Ucrania pone en el foco sobre un tema que España lleva años arrastrando: el descontento del sector agrario y el poco interés económico por su desarrollo. La autosuficiencia tiene un precio.

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