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Un experimento cotidiano para entender cómo los precios suben sin que te des cuenta
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LA INFLACIÓN COMO TORTURA

Un experimento cotidiano para entender cómo los precios suben sin que te des cuenta

No estamos preparados para realizar un análisis detallado de nuestro consumo: solo sabemos que gastamos cada vez más por menos. Hacemos las cuentas por ti

Foto: Foto: CSA/EC Diseño.
Foto: CSA/EC Diseño.

La muerte por gota es uno de los métodos de tortura más terribles que el ser humano ha imaginado. Los ajusticiados por la también conocida como tortura china eran atados boca arriba y cada pocos segundos, una gota de agua caía sobre su frente. Una gota, qué tontería, ¿verdad?

Al principio, es relativamente fácil sobrellevarlo. A medida que pasan las horas y la inofensiva agua comienza a hacer su efecto, la piel se deshace, el reo termina sufriendo un dolor de cabeza indescriptible y lo más probable es que termine falleciendo, tras perder la cordura, por un ataque cardíaco.

La inflación ha sido comparada en ocasiones con esta tortura china. También se la ha denominado "ladrón silencioso" o "impuesto oculto". La inflación no es la decapitación de nuestras cuentas corrientes, sino un lento proceso de erosión del que, como la gota que terminaba acabando con la vida del ajusticiado, solo nos damos cuenta cuando es demasiado tarde. Estamos psicológicamente incapacitados para comprender el impacto exacto y concreto de la inflación, de igual manera que somos incapaces de pensar en los planetas que están a años luz o en el infinito.

"Es imposible realizar un control racional del gasto cotidiano"

El pasado lunes, el INE adelantó que el IPC había escalado al 7,4%, una cifra que no se veía en España desde julio de 1989. También la inflación subyacente, que excluye los productos más volátiles como la energía o los alimentos, ha escalado al 3%. En otras palabras, ya hay subidas de precios en casi todos los sectores.

Esa es la teoría, el dato, el titular. La práctica se encuentra en nuestros bolsillos, que durante los últimos meses se ha acostumbrado al alza del precio de la energía. El problema con la inflación es que sabemos que pagamos más y que al final nos queda menos dinero en el bolsillo, pero no sabemos exactamente desde dónde nos ha llegado el golpe. Hagamos un experimento para entender precisamente por qué nos cuesta tanto entenderla.

La cuenta de la vieja: ¿qué sube?

Lo admito: si me preguntasen cuánto han subido los productos de consumo habitual, me costaría dar una respuesta concreta más allá de lo obvio. La mayoría de consumidores están en la misma situación. Es normal, me explica Alberto Vinyals, profesor de psicología del consumo en ESCODI y Universidad Autònoma de Barcelona y autor de 'El consumidor tarado': "Es casi imposible tener un control racional del gasto más cotidiano. No solemos hacer un control exhaustivo, hasta que viene el susto a final de mes". No conocemos los precios ni las pequeñas fluctuaciones, sino que nuestro acercamiento a los precios es holístico.

Para ello, hemos comparado dos tickets de la compra (reales) que incluyen los mismos productos adquiridos en los dos mismos establecimientos. Uno de ellos, de verano de 2020. El otro, el de principios de marzo de 2022, casi dos años después. Hemos eliminado un bien que distorsionaba la cuenta final: el papel higiénico, producto estrella de la pandemia cuyo precio se disparó durante aquellos meses. El objetivo, intentar entender un poco mejor la letra pequeña de la subida de precios. En otras palabras: ¿cuánto me cuesta ahora lo que me costaba hace dos años? Veamos:

La cuenta final de esta compra casual con productos de primera necesidad (alimentación e higiene), ascendía a 50,49 euros en 2020 y a 53,99 en 2022. Apenas tres euros y medio, sí, pero es todo un 6,5%. Según el cálculo de variaciones del IPC, casi lo hemos clavado: el porcentaje entre junio de 2020 y enero de 2022 (el último disponible) es de un 6,3%. Pero lo que nos interesa aquí es lo psicológico. ¿Alguien sabría responder exactamente qué ha subido y cuánto? Probablemente no.

Cojamos, por ejemplo, algunos de los productos que más aumentan de precio: la mayoría de subidas son casi imperceptibles, como los cinco céntimos de la lata de tomate frito, del yogur griego natural o de las servilletas de papel, o los diez céntimos de la bandeja de champiñones. Producto a producto, resulta casi desdeñable. Son oscilaciones que, si me hubiesen preguntado antes de hacer las cuentas, nunca habría podido identificar. Las cifras contribuyen a la confusión. Es difícil recordar si uno se ha gastado 1,69 o 1,79 en una bandeja de verduras.

"Si preguntas cuánto cuesta exactamente una pasta de dientes, nadie lo sabe"

Lo raro sería lo contrario, explica Vinyals: "Si preguntas cuánto cuesta una pasta de dientes, nadie lo sabe". Así es. Hago una pequeña encuesta entre amigos cercanos y las respuestas son variadas, y se acercan, pero ninguna da en el clavo. "Unos dos euros". "Dos euros y medio". "¿Tres euros?". El profesor realiza un experimento semejante entre sus alumnos con el precio del desodorante o del queso filadelfia, y los resultados que obtiene son muy dispares. "En un grupo sale cinco euros, en otro tres… no tenemos conciencia de los precios". No digamos ya de la inflación, cuyas variaciones son menores. Lluvia fina, una gota constante.

"Por cuestiones de memoria, es imposible que nos demos cuenta de esos cambios", prosigue. "Algunas investigaciones han mostrado que recordamos los precios de alrededor de 25 productos de supermercados, que además, suelen ser los frescos".

En nuestros tickets, el precio del pescado ha subido, pero no tanto la carne, que se mantiene igual. Es algo habitual, añade el profesor, ya que los establecimientos utilizan esos productos de referencia como gancho, ajustando sus precios y colocándolos a la entrada de los establecimientos. "Son el resto los que suben sin que nos demos cuenta". Verbigracia en nuestro ticket: los tallarines, la pasta de dientes, las tortitas de maíz.

Como explica Enrique García, portavoz de la OCU, según sus datos los productos que más han aumentado son los de alimentación. "La margarina, la pasta, los lácteos, algunas carnes (pollo y ternera) y los huevos, con subidas entre un 8,3% y un 21,2% en solo 6 meses", explica. "Sin embargo advertimos que las subidas de precios van a afectar a otros sectores y ya se esta notando en la aceleración de la subida de la inflación subyacente".

placeholder ¿Cuántos precios de productos recuerdas? (EFE/Yonhapnews)
¿Cuántos precios de productos recuerdas? (EFE/Yonhapnews)

Otras estrategias habituales son la congelación de precios pero la reducción del tamaño que se refleja en los extraños gramajes de algunos paquetes. Si son 112 gramos en lugar de 120, sospecha que ha habido un posible ajuste en el que el precio se ha mantenido pero la ración ha disminuido. Es lo que en la OCU denominan "reduflacción": "Mantener el precio o incluso bajarlo pero bajar a la vez la cantidad de producto. Se trata de subidas encubiertas de precio que el consumidor apenas nota", explica García. Algunos de los ejemplos más habituales son la merluza congelada, los yogures o la pasta. La gota sigue calando.

Hay otros factores que hacen aún más difícil que nos demos cuenta de que los precios suben, añade el profesor. El pago con tarjeta, por ejemplo, que provoca lo que se conoce como oscurecimiento del gasto. "No somos tan conscientes de lo que gastamos como en metálico: cuando usas un billete de 50 euros ves que lo tienes que cambiar en billetes cada vez más pequeños, que estos desaparecen, etc.".

A medida que pasa el tiempo, todo conspira para que sea más difícil darse cuenta de nuestros gastos. La figura de la anciana que recorría los supermercados de su barrio para comparar precios y que era la verdadera experta en fluctuaciones de precios se encuentra en peligro de extinción. "Estas personas que hacen una compra tan racional son de otra generación, pero las nuevas tienen otras referencias, como los precios de Amazon". Sistemas pensados para que pasen inadvertidos los cambios. Pero cuanto menos dinero tenemos, más fácil es que racionalicemos el gasto, como explica García: "Las subidas de precios afectan sobre todo a las economías vulnerables, que son las que dedican una mayor parte de su renta a la alimentación, aquí se nota de forma importante", desvela. "Por eso desde OCU hemos pedido que al igual que existe un bono social destinado a aliviar a estas economías, se cree un cheque alimentos para que los más desfavorecidos puedan afrontar esta subida generalizada de los precios".

"Las personas que hacen compras tan racionales son más mayores"

Las compras son más rápidas, compulsivas, y nuestra atención se centra en aspectos quizá no tan relevante. "Nos preocupamos mucho por el coste de los gastos de envío cuando nos estamos gastando 120 euros; el verdadero incremento va por otro sitio", explica. Además, el conocimiento que podamos tener sobre los precios pronto será inútil gracias a las etiquetas electrónicas que permiten una variación del precio de los productos a lo largo del día atendiendo a la demanda o las características de cada lugar. Ya no sabes si la siguiente gota será más gorda aún.

La ola de los cambios

Una alternativa reveladora es utilizar una de esas páginas que permiten realizar el seguimiento del precio de los productos, como Verificador de Ofertas. Los precios suben, sí, pero no lo hacen de la misma manera. Los tallarines de arroz, por ejemplo, se mantienen estables antes de desplomarse a principios de año y dispararse en los últimos días. Su gráfica es casi caprichosa.

La mayoría de la gente mide la inflación por su gasto en gasolina

La pasta de dientes, por su parte, aumenta de precio a golpes de cinco céntimos en cinco céntimos, como una sierra. Pero la oscilación más común es la de los yogures o las setas, un aumento pequeño pero constante. La gota china haciendo efecto sobre nuestras cabezas.

Ante ello, el consumidor reacciona de maneras que hacen que seamos menos consciente del precio de la inflación, y que podrían resumirse en la famosa frase cuñada "la gasolina no sube, yo siempre me gasto lo mismo". El aumento de precio de un producto provoca que se busquen alternativas semejantes en el mismo rango o que se compre menos cantidad, lo que convierte la comparación que hemos realizado en un ejercicio inútil.

La gasolina, la Estrella Polar

La inflación se nota en nuestras carteras a final de mes, pero la medimos a partir de unos pocos elementos que utilizamos como guía para orientarnos en la oscuridad del mercado. Como recuerda Vinyals, nuestra manera de entender los precios es por comparación. Así que, si uno dispone de automóvil, lo más probable es que atienda al coste de la gasolina, uno de los productos más sensibles a las fluctuaciones y con cuyo coste estamos familiarizados.

placeholder Nuestra referencia. (EFE/Zipi)
Nuestra referencia. (EFE/Zipi)

Es lo que recordaban Olivier Coibion y Yuriy Gorodnichenko en una de sus investigaciones, que mostraba que el aumento constante del precio de la gasolina genera la sensación de que los precios aumentan sin cesar (aunque no sea así necesariamente). "La mitad de las diferencias históricas en las previsiones de inflación entre los hogares y los profesionales se debe al nivel del precio de la gasolina", recordaban. "¿Por qué? Ya que los precios de la gasolina son de los más visibles para los consumidores, una explicación natural sería que los hogares les prestan atención cuando formulan sus expectativas de otros precios".

La moraleja es que un único producto es más decisivo para comprobar el golpe que nos estamos llevando que una larga serie de ítems. Puede ser la gasolina o el socorrido precio del pan. Sin embargo, uno de los productos que más se han encarecido, como es el aceite (un 30,1% interanual), probablemente nunca lleguen a ser referencia, debido a la gran cantidad de modelos, envases y marcas disponibles en el mercado, recuerda el profesor. "Con la gasolina es fácil, pero la gente no tiene el aceite como precio de referencia". Y sin embargo, su precio sigue subiendo.

La inflación invisible: ¿cuánto cuesta un sofá?

Eso quiere decir que la amplia mayoría de precios de productos se escapan de nuestros cálculos. Y sin embargo, siguen encareciéndose. Ocurre con la vivienda o los automóviles, pero también con otra serie de bienes que no son de primera necesidad y cuyos precios, salvo que queramos comprar uno y lo hayamos seguido de cerca, no solemos conocer al detalle. Y la inflación está en el detalle.

Es más fácil que nos demos cuenta comprando tebeos que espaguetis

¿Han subido los electrodomésticos? ¿Los muebles? ¿Los libros? Sí, pero no todos los días compramos un televisor nuevo o amueblamos nuestro hogar. El aumento de precios de determinados productos es como ver a un hijo crecer. No somos conscientes de lo grande que está hasta que un familiar lejano lo ve, meses después, y exclama: "¡Pero qué estirón ha pegado!". Un viajero del tiempo entendería mejor la inflación que nosotros.

Otra cuestión son aquellos productos especializados que sí nos importan. Mi ejemplo es el de los cómics, que a principios de año han experimentado una subida generalizada debido al encarecimiento del precio del papel. La gran diferencia es que se trata de compra de especialidad, no de conveniencia, por lo que es más fácil que nos demos cuenta de que los precios suben si compramos tebeos que si compramos espaguetis. "Con las cámaras de fotos o el iPhone, el aficionado conoce claramente los precios y con una rebaja de un 15% se lanza a por ellos", explica Vinyals. "En otros productos un 15% no funciona, porque la gente ni se va a dar cuenta ni se va a mover por esa rebaja".

En realidad, una rebaja de un 15% en la pasta de dientes nos da igual. Sin embargo, un aumento constante de su precio, junto al de otros productos, terminará abriendo un pequeño boquete en nuestra cuenta corriente.

placeholder ¿Cuántas veces vamos a amueblar una casa en nuestras vidas? (EFE/José Méndez)
¿Cuántas veces vamos a amueblar una casa en nuestras vidas? (EFE/José Méndez)

Por eso, nuestra auténtica guía para saber si la inflación sube o no son los medios de comunicación. Es lo que explicaba una investigación de Christopher D. Carroll que señalaba que los consumidores raramente actualizan sus expectativas sobre precios (como mucho, una vez al año), y que cuando lo hacen, lo hacen en respuesta a lo que leen en los periódicos y escuchan en las noticias. El mundo de los números es muy complejo, como ya hemos visto. Todos necesitamos una narrativa, y para ello, nada mejor que una noticia en el periódico. Así que ya se lo digo yo, no el ticket de la compra: los precios suben.

La muerte por gota es uno de los métodos de tortura más terribles que el ser humano ha imaginado. Los ajusticiados por la también conocida como tortura china eran atados boca arriba y cada pocos segundos, una gota de agua caía sobre su frente. Una gota, qué tontería, ¿verdad?

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