PREPUBLICACIÓN DE 'ESTADO DE ALARMA'

'Estado de alarma': la crónica de los cien días que estremecieron España

Hay un antes y un después. El virus lo ha cambiado todo. Esta es la crónica de los cien días en que estuvo vigente en todo el país el estado de alarma. El día 20 sale a la venta

Foto: Portada de 'Estado de alarma'. (Península)
Portada de 'Estado de alarma'. (Península)

El virus es pasado, es presente y será futuro. Lo ha inundado todo. La política, la economía, las relaciones sociales y hasta familiares y, por supuesto, ha sido y es el mayor mazazo que ha sufrido el mundo en un siglo en términos de salud pública sin que haya mediado una guerra. Hasta que llegue la vacuna, todo será distinto, y es probable, incluso, que también después.

Este es un adelanto de un libro, 'Estado de Alarma', que sale el día 20 a la venta, y que narra con precisión de cirujano, desde todos los puntos de vista, los cien primeros días de una convulsión general. Ya no hay ninguna duda de que hay un antes y un después tras la aparición de un virus que llegó de China pero que, al calor de la globalización, se extendió por el planeta como una mancha de aceite.

Lo han escrito cuatro periodistas, Pablo Linde, Elena Sevillano, Raúl Rejón y Carlos Sánchez, con prólogo y epílogo de Lucía Méndez. Cada uno ha abordado desde su especialidad los cien días en que estuvo vigente un estado de alarma que a la postre se ha visto como insuficiente si, en paralelo, no se avanza en otras medidas en el ámbito sanitario, económico, político y, por supuesto, legislativo. La ciencia, por el momento, no ha encontrado la respuesta. Como ocurrió en el viejo ensayo de John Reed sobre los primeros diez días de la Revolución bolchevique, ni sus protagonistas fueron conscientes de lo que se le venía al mundo encima. El rey, una vez más, estaba desnudo para hacer frente a la pandemia

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (EFE)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (EFE)

El último sábado de febrero parecía uno cualquiera en Madrid. La feria de arte contemporáneo ARCO celebraba su trigésimo novena edición. Y allí, como una visitante más, en ese enorme cubo que es IFEMA, estaba la vicepresidenta Calviño, junto a su marido. Completamente ajena a lo que se le veía encima. Un periodista la abordó para una charla informal, de apenas unos minutos. Pura cortesía. Más allá de la oferta de ese año de la feria —Lichtenstein, Miró, Calder, Picasso, Baselitz— se habló del coronavirus, en el centro de las preocupaciones en el norte de Italia, su puerta de entrada hacia Europa tras haber causado estragos en Oriente. "¿Cómo lo ves?". La vicepresidenta quiso transmitir la idea de que el impacto económico sería muy limitado. En todo caso, centrado en el primer trimestre del año, pero no mucho más.

La propia Calviño lo había avanzado unos días antes en Barcelona, durante un recorrido por el edificio Pier 01, un recinto convertido en un gran paraguas de ladrillo rojo y tuberías industriales destinado a acoger al ecosistema innovador catalán. Sería, según Calviño, una contracción "transitoria", una vieja muletilla de los economistas cuando no tienen muy claro qué pasará. Lo transitorio a veces se convierte en crónico.

Aquel viaje se organizó como una especie de reivindicación de Barcelona como centro de grandes eventos tecnológicos tras la cancelación del Mobile. Calviño, también había transmitido un mensaje de tranquilidad en el Congreso de los Diputados el 26 de febrero, cuando explicó que la deuda pública, que prácticamente se había triplicado desde 2007, al inicio de la anterior crisis, estaba en la senda de corrección.

Todo parecía ir sobre ruedas antes del tsunami que se le venía encima a la economía española. "Gracias a nuestro compromiso —había dicho la vicepresidenta en el Congreso—, gracias a la buena gestión del Tesoro, la deuda pública de las administraciones públicas ha cerrado 2019, según los datos del Banco de España, en el 95,5% del PIB. Eso significa que estamos cuatro décimas por debajo del objetivo del Gobierno, en el nivel más bajo desde 2012, estamos en la buena senda, hecho que reconocen los mercados financieros internacionales".

Pero la situación estaba ya cambiando. No solo en España. En el mundo la epidemia alcanzaba un nuevo hito. El 28 de ese mes, la OMS decidió subir el nivel de riesgo de expansión e impacto global a "muy alto", ante los brotes de Italia e Irán, que ya estaban exportando decenas de casos a una veintena de países.

Ghebreyesus, director general de la OMS, anunciaba una mala noticia, pero, como solía hacer, la acompañaba con un mensaje esperanzador: "No vemos evidencia de que el virus se esté expandiendo libremente en las comunidades. Mientras siga así, todavía tenemos posibilidad de contenerlo, si se toman acciones robustas para detectar casos tempranamente, aislarlos, cuidar a los pacientes e investigar sus contactos". Es lo que trataba de hacer España en lo que se denominaba "fase de contención" o "escenario uno" de acuerdo con el esquema diseñado por el ECDC (Centro Europeo para la Prevención y el Control de Enfermedades).

El virus que llegó de oriente

Ese mismo día el país amanecía con 27 casos detectados, de los cuales solo tres correspondían a contagios que se habían producido en suelo nacional. Sanidad ya estaba tratando de rastrear todos sus contactos para determinar la cadena de transmisión y pensaba que sería posible controlar la epidemia por este método. Pero en solo unas horas, esos tres se multiplicaron y llegaron a doce. Tres estaban en Valencia con un origen claro: eran del círculo de personas que se habían infectado en Milán tras ir a un partido del Valencia Club de Fútbol. Otros dos fueron los primeros casos de sanitarios que atendieron a enfermos: uno en un hospital de Sevilla y otro de Torrejón. En el resto, la tarea de rastreo se complicaba. Cuatro estaban relacionados con Miguel, el hombre de 62 años que dio positivo en Sevilla.

El Sistema de Vigilancia Epidemiológica de Andalucía se puso a investigar todos los contactos del paciente para controlar el brote hasta encontrar otros tres casos, todos en Marbella. Completaban esa docena de casos locales los tres de Madrid, uno de ellos de un familiar de un infectado, y otros dos, en Torrejón de Ardoz, cuyo origen no estaba claro.

'Estado de alarma': la crónica de los cien días que estremecieron España

Pese a que había algunos cabos sueltos, los técnicos de Sanidad confiaban en que podían controlar los brotes. Inquietaban sobre todo los casos madrileños. Eran pocos, pero no tenían ni idea de dónde salían. Esa era la gran amenaza. El propio Simón reconocía que podía haber asintomáticos que hubieran pasado desapercibidos a su radar. Pero la realidad iba más allá; también habían quedado fuera muchos con síntomas a quienes no se les había hecho pruebas por no cumplir la definición de caso.

Era una pescadilla que se mordía la cola: se tomaban las decisiones guiadas por los casos detectados, pero estos ofrecían un panorama tardío e insuficiente, ya que estaban limitados a unos criterios muy restrictivos.

La Sociedad de Enfermedades Infecciosas y Microbiología Clínica había mandado el 23 de febrero una carta a Sanidad para ampliarlos. El ministerio, sin embargo, continuó siguiendo las directrices internacionales. Entre otras cosas, argumentan cuando se les pregunta por qué tomaron esa decisión, no había una capacidad diagnóstica suficiente para hacer pruebas a todo el que presentase síntomas, así que había que afinar la definición de caso para maximizar los recursos disponibles.

Una persona que por entonces estaba en el CCAES lo explica así: "Seguíamos la definición de caso del ECDC. Si volviéramos atrás en el tiempo, lógicamente la habríamos ampliado, porque hoy sabemos que quedó corta. Pero una vez hecho esto, ¿cómo diagnosticábamos si prácticamente no teníamos capacidad para hacer pruebas ni tan siquiera a quienes sí considerábamos sospechosos?".

La alerta de la OCDE a la que no se hizo caso

El 2 de marzo se publicaron dos informes que apuntaban por dónde podría ir la crisis. Tanto la sanitaria como la económica. Uno lo emitió la OCDE, que fue el primer organismo multilateral en dar la señal de alarma. El club que reúne a las 37 naciones más ricas del planeta advertía de que algo serio, muy serio, se cernía sobre la economía mundial, y obviamente, afectaría a España.

Los Gobiernos tienen que actuar ya, había dicho su secretario general, el mexicano Ángel Gurría, un viejo priísta que se las sabe todas, y que cuenta con un formidable servicio de estudios. El mensaje no dejaba lugar a dudas: "El coronavirus presenta el mayor peligro para la economía mundial desde la crisis financiera". Es más, la OCDE hacía un llamamiento a los Gobiernos para que actuaran "de manera inmediata" y así "limitar la propagación del coronavirus, protegiendo a las personas y a los negocios de sus efectos con el objetivo de apuntalar la demanda de la economía".

Al día siguiente se produjo el primer movimiento radical que indicaba que había que ponerse en lo peor. La Reserva Federal de Estados Unidos, por sorpresa y adelantándose, incluso, a su reunión ordinaria, bajó de golpe medio punto su tipo de intervención para hacer frente a los efectos económicos del covid-19. ¿Qué había visto la Reserva Federal? Ni la OMS había declarado la pandemia ni la mayoría de los analistas apostaban por un impacto tan dramático en la actividad económica.

Los mercados bursátiles, junto a los de materias primas, suelen anticipar grandes cataclismos financieros y habían dado ya alguna señal inequívoca. Durante la última semana de febrero, la capitalización de las grandes compañías tecnológicas se había desplomado en más de 700.000 millones de dólares, casi el 60% del PIB español. O lo que es lo mismo, el Nasdaq, donde cotizan los principales valores tecnológicos, había caído un 17% entre el 19 de febrero, cuando los puertos chinos estaban ya cerrados al tráfico de mercancías, y el 9 de marzo, cuando se reconoce en España que la transmisión comunitaria es un hecho.

Era, por lo tanto, inevitable que de nuevo apareciera la negra sombra de la quiebra de Lehman Brothers. O la crisis de deuda soberana que a punto estuvo de llevarse por delante al euro entre 2010 y 2012. Una verdadera hemorragia en un mercado que no había dejado de subir desde la Gran Recesión al calor de las políticas monetarias ultraexpansivas y de la rebaja de impuestos de la era Trump.

Antes de la pandemia, de hecho, Estados Unidos había acumulado el mayor periodo expansivo de su historia: 128 meses consecutivos de crecimiento ininterrumpido.

Aquel informe de la OCDE pasó sin pena ni gloria. La vicepresidenta Calviño seguía afirmando, desde luego en público, que se trataba de una "crisis transitoria", la expresión preferida en aquellos días. E, incluso, dijo el 9 de marzo en una entrevista radiofónica: "No veo por qué esta crisis tendría que paralizar medidas que necesita este país; el Senado dio la semana pasada el visto bueno a la senda de estabilidad, un paso esencial para la tramitación de los presupuestos generales del Estado para 2020, y el Ministerio de Hacienda ya lo está preparando".

Todo va bien

Es decir, el Gobierno, y, en particular, Economía seguía con su hoja de ruta pocos días antes de que se declarara el estado de alarma. En aquel momento, lo que realmente preocupaba al Ejecutivo era que los agricultores, en pie de guerra por la caída de precios en origen, sacaran sus tractores y colapsaran el centro de las grandes ciudades. "Nuestra economía —había dicho Calviño a mediados de diciembre en el Foro Forbes, y ante un público selecto— sigue creciendo trimestre tras trimestre, estamos en una fase expansiva. Estamos capeando mejor que el resto de los países las actuales incertidumbres de la coyuntura internacional y además estamos creciendo de un modo más equilibrado que en etapas anteriores de nuestra Historia, con creación de empleo, pero sin burbujas ni tensiones inflacionistas, con un aumento sólido de la demanda interna, pero sin generar déficits de balanza de pagos por cuenta corriente y sin aumentar nuestro endeudamiento con respecto al exterior".

Es decir, un panorama complaciente que apenas un par de meses después se había complementado en el plano político merced a su política de alianzas. El Ejecutivo, por fin, había conseguido sacar adelante en febrero tanto los objetivos de déficit como el techo de gasto y no parecía tener ningún interés en cambiar su plan, aunque afuera estuvieran cayendo chuzos de punta. Algo verdaderamente singular teniendo en cuenta que el sector exterior —exportación de bienes y servicios— representó en 2019 el 34,9% del PIB, lo que da idea de su importancia. Y lo que es todavía más importante: el cierre de fronteras comenzaba a ser una realidad. España es muy dependiente del turismo, que representa alrededor del 14% del PIB, lo que unido al enorme peso de la industria del automóvil hacía a la economía extremadamente vulnerable.

El aeropuerto de Adolfo Suárez Madrid-Barajas, vacío por la pandemia. (EFE)
El aeropuerto de Adolfo Suárez Madrid-Barajas, vacío por la pandemia. (EFE)

Esa visión complaciente con lo que estaba pasando es la que fue transmitiendo Calviño al Consejo de Ministros. Como dice uno de sus integrantes, mientras Illa contaba la evolución de la situación sanitaria, la vicepresidenta insistía en que se trataba de un 'shock' exógeno de carácter temporal, pese al cierre de China, y que, por lo tanto, la economía se recuperaría en la senda prevista.

Ahí es donde empezaron a saltar algunas chispas con otros ministros de Unidas Podemos, que empezaban a reclamar medidas sociales más ambiciosas para prevenir los efectos del virus sobre el empleo. La uve asimétrica, es decir, una caída pronunciada del PIB y luego una posterior recuperación no tan intensa, pero relevante, comenzaba a ser el latiguillo económico del Gobierno.

Algo está cambiando

El otro informe del 2 de marzo no es tan específico como el de la OCDE ni da señales tan claras como los mercados. Es más sutil, pero muestra que algo va cambiando en la epidemia en España. Sale del Ministerio de Sanidad y dice lo siguiente:

"En los últimos días se han confirmado alrededor de diez casos de covid-19 en personas sin vínculo conocido ni antecedente de viaje a zonas con transmisión comunitaria conocida del virus. Estos se han detectado en zonas muy concretas de cuatro comunidades: Madrid (foco en Torrejón de Ardoz), Andalucía (foco en torno a Marbella-Málaga), Castilla-La Mancha (en Guadalajara) y País Vasco (en una zona de Vitoria). Procede por tanto definir las zonas en las que se sospecha esta transmisión comunitaria y establecer una vigilancia intensificada en las mismas".

La detección de los casos llegaba en promedio entre diez y catorce días después del contagio. El tiempo necesario para la incubación del virus, que suele tardar entre cinco y seis —aunque puede llegar hasta catorce, de ahí que ese sea el tiempo de referencia para cuarentenas y, posteriormente, para los cambios de fase—, la manifestación de los primeros síntomas, que la persona decidiera ir al médico y se completase el diagnóstico. Es decir, esa decena de positivos sin vínculo no solo era una foto incompleta por la definición de caso; también era antigua. Cuando se publicó el informe comenzaba a asomar el mayor brote en estos primeros compases de la epidemia. El 23 de febrero, un centenar de personas acudió a un entierro en Vitoria.

Dos de ellas habían estado en el norte de Italia, según relató más tarde alguno de los presentes. Tras el velatorio, los asistentes volvieron a sus casas. Muchos se quedaron en Vitoria y otras localidades de Álava, había un grupo numeroso de Haro (La Rioja) y también llegaron de Tomelloso, en Ciudad Real.

Fernando, conocido como Camarón, de 52 años, se volvió a su domicilio de Casalarreina, cerca de Haro, también en La Rioja, y organizó una barbacoa con amigos. La familia de Tomelloso, que vive de la venta en mercadillos, regresó a su pueblo. Vida normal, ajenos a que estaban incubando el SARS-CoV-2.

La localidad riojana de Haro, al igual que el resto de España, en su primer día laboral de aplicación del decreto de alarma. (EFE)
La localidad riojana de Haro, al igual que el resto de España, en su primer día laboral de aplicación del decreto de alarma. (EFE)

Camarón comenzó a sentirse mal una semana después del entierro. Acudió al servicio de Urgencias del Hospital Santiago Apóstol de Miranda el domingo 1 de marzo. Fue el primer positivo de la primera gran cadena de contagios conocida. Los servicios sanitarios comenzaron a contactar con todas las personas que asistieron al velatorio para aislarlos. Surgían toses, fiebres, dificultad para respirar, en algunas ocasiones. Una PCR positiva tras otra. Casi la mitad de los que acudieron al entierro estaban contagiados.

El número de personas a quienes se lo transmitieron es incontable, probablemente se trate de cientos. Mientras los epidemiólogos buscaban como locos contactos de personas del entierro para frenar el brote, en Italia el descontrol era evidente. Con 3.000 contagios y 107 muertes, el Gobierno decidió cerrar la enseñanza de todos los niveles el 4 de marzo, como ya habían hecho las regiones más afectadas.

"En los últimos días se han confirmado alrededor de diez casos de covid en personas sin vínculo ni antecedente de viaje a zonas con transmisión"

La idea inicial era hacerlo solo durante diez días, pero finalmente se prolongó durante todo el curso escolar. Lo que ahora se puede ver como inevitable u obvio no fue una medida fácil. El Ejecutivo tomó la decisión tras muchas dudas, después de varias consultas tanto al sector educativo como a los expertos. Suspendió también los congresos y cualquier evento social con público para el personal sanitario y pidió a los ciudadanos que cambiaran ligeramente su estilo de vida los siguientes treinta días con recomendaciones como evitar los espacios concurridos, mantener una distancia de seguridad de un metro entre personas siempre que fuera posible, evitar saludar con contacto físico, lavarse las manos con frecuencia y toser o estornudar en el codo o en un pañuelo desechable. Además, pidió a las personas mayores de 75 años que permanecieran en casa.

*'Estado de Alarma. Los cien días que pusieron a España en jaque'. Pablo Linde, Carlos Sánchez, Elena Sevillano, Raúl Rejón. Prólogo y epílogo de Lucía Méndez. (Editorial Península. 2020).

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