sacar partido de nuestros ahorros

¿Qué parte de tus ahorros deberías invertir en bolsa?

Los españoles tenemos más de 900.000 millones de euros en depósitos, unos productos que no ofrecen rentabilidad desde hace años ni se espera que lo hagan

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Los españoles tenemos más de 900.000 millones de euros en depósitos, unos productos que no ofrecen rentabilidad desde hace años ni se espera que lo hagan en futuro próximo. Los bancos centrales han dejado muy claro que no van a subir los tipos de interés a corto plazo, dentro de su política para incentivar el consumo y el empleo. Por lo tanto, si queremos sacarle algo a nuestros ahorros, no queda otra que ir al río de los mercados financieros y mojarse. ¿Pero hasta dónde? ¿Hasta los pies? ¿Hasta la cintura? ¿Hasta la cabeza?

Solo buscar respuesta a estas preguntas ya paraliza a muchas personas. ¿Qué porcentaje de mi cartera debería invertir en renta variable? ¿Cuánto en renta fija? ¿Cuánto debo mantener en liquidez? Y, además, tiene truco, porque la respuesta puede verse muy influida por factores emocionales.

Por ejemplo, tras años de bolsas alcistas, las personas suelen estar más dispuestas a aumentar el peso en renta variable y menos en activos más defensivos; pero cuando se producen desplomes como el del primer trimestre de 2020, los ánimos se enfrían y el ahorrador se vuelve mucho más conservador.

Esto implica que ni las fases de euforia bursátiles ni los momentos de máximo pesimismo suelen ser oportunos para pensar cuánto riesgo deberíamos asumir. Más bien, este ejercicio conviene hacerlo en las fases donde los nervios de los inversores estén más calmados, tras haber vivido tantas sensaciones eufóricas o depresivas. Por ejemplo, el momento actual.

¿Qué nos dice la historia? Si le preguntáramos a un asesor financiero, nos diría, y con toda la razón, que el porcentaje a invertir en los distintos activos dependería de las circunstancias personales de cada inversor. Por ejemplo, la edad, el plazo de la inversión, la situación familiar, la estabilidad de sus ingresos, los objetivos vitales… Pero si nos vamos a un inversor medio, ¿qué debería hacer?

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Si fuéramos robots, si no tuviéramos emociones, se trataría de hacer una regla sencilla. Por ejemplo, suponiendo que pensáramos que no vamos a necesitar el dinero hasta dentro de 10 años, meteríamos la inmensa mayor parte de nuestros ahorros en el activo que históricamente ha sido más rentable a largo plazo.

Por ejemplo, si nuestro yo robot estuviera seguro de que jamás necesitará ese dinero y que lo tendrá invertido durante décadas, la historia le diría que meta el 100% de su dinero en renta variable, porque ha sido con diferencia el activo más rentable a largo plazo. Y, en el caso de la bolsa americana, nunca ha perdido dinero en períodos de 20 años.

Fuente: Stocks for the long run, Jeremy Siegel
Fuente: Stocks for the long run, Jeremy Siegel

Ahora bien, si hubiera alguna posibilidad de que tuviéramos que sacar el dinero antes, la cosa ya cambiaría. Porque cuanto más corto sea el plazo, mayor el riesgo de que tengamos pérdidas severas en nuestras carteras.

Como la bolsa en periodos de un año puede sufrir caídas de hasta el 50%, deberíamos dejar al menos una parte fuera de renta variable. El cuánto ya dependería de la probabilidad que estimemos de vernos obligado a tirar de esos ahorros a lo corto y medio plazo.

Pero, además del plazo, hay otro factor que debe disuadirnos de invertir un peso excesivo en renta variable. Un factor que no sería un problema para un robot: las emociones. Aunque no necesitemos nuestro dinero, ver caídas de hasta cerca de hasta el 50% desde máximos a mínimos en un año resulta muy complicado de asumir para nuestro corazón. Y con mucho menos también.

Al ver los números rojos, extrapolamos estos descensos y nos autogeneramos una angustia que nos nubla el juicio. Aunque al realizar la inversión hayamos tenido en cuenta que esto puede sucedernos, a la hora de la verdad nuestro sistema emocional nos empuja a detener el sufrimiento que provoca un desplome de las cotizaciones y a vender en el peor momento.

Esos impulsos serán menores cuanto más suave sea la pérdida de valor de nuestra cartera en los revolcones que periódicamente sufren las acciones. Que es el motivo por el que hay muchos gestores que aconsejan equilibrar diversificar la cartera y no poner todos los huevos en la misma cesta, por muy positivos que seamos con un activo en concreto.

¿Cuánto? Hay reglas para todos los gustos, todas con partidarios y detractores. La más sencilla, la de 100 menos tu edad. Es decir, que para un inversor de 40 años, supondría meter un 60% en renta variable y, para un inversor de 65 años, un 35%. Pero no valdría para todos los casos. Por ejemplo, una persona de 75 años que en realidad tiene su vida resuelta y quiere dejar todo ese dinero a sus nietos cuando muera, debería invertir una parte mucho mayor en renta variable.

En realidad, los factores de edad y perfil de riesgo es uno de los que tienen en sus cálculos muchos gestores automatizados para proponer al inversor la cartera que debe contratar. Una forma de dejar a un algoritmo que decida por ti cuánto invertir en bolsa y cuánto en otros activos.

Si prefieres hacerte la mezcla tú, otra regla muy simple es, literalmente, tirar por la calle de en medio. Es decir, un 50% en renta variable para beneficiarnos del mayor potencial a largo plazo y otro 50% en renta fija, para acolchar la volatilidad más elevada que suelen registrar las cotizaciones de la bolsa. Como se puede ver en este gráfico de JPMorgan AM, y cómo es lógico, la combinación aporta una dosis de equilibrio importante a lo largo del tiempo.

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Y otra opción con mucho sentido común es la del 60/40, defendida en su momento por Peter L. Bernstein en este artículo en Bloomberg y que esta semana recordaba en Twitter Antonio Rico, gestor de Baelo Patrimonio, con esta cita: "El inversor medio obtiene mejores resultados con carteras menos agresivas". ¿Por qué? Precisamente, por lo comentado, por lo difícil de soportar las emociones, por muy avezado que seas en el control de las mismas. Y porque el futuro está cargado de incertidumbres, que nadie es capaz de anticipar. "La sorpresa es la regla, no la excepción", que escribió Bernstein.

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