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Los nuevos mediocres españoles

Las ideas brillantes y las soluciones imaginativas se han convertido en los caminos de salida preferidos para las crisis. Pero esa creencia nos convierte en 'gregarios excelentes'

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Una de las señales más preocupantes que puede mostrar una sociedad es la del agotamiento intelectual, y la pandemia nos ha demostrado hasta qué punto estamos sumidos en una llamativa parálisis. Los análisis y las lecturas en los momentos de mayor tensión sanitaria han sido de toda clase, pero una vez que nos dirigimos hacia la salida, todo se convierte en la repetición de las ideas que ya se manejaban antes. Desde las propuestas para salir de esta situación hasta los motivos de descontento, pocas posturas han cambiado; se han vuelto más encrespadas y hostiles, pero apenas existe variación.

Es un fenómeno muy apreciable en lo político, con un ruido de sables molesto e inquietante, pero también en lo económico. En el caso español, además, se añade un motivo de preocupación, porque estamos afrontando una situación difícil que requiere soluciones palpables e imaginativas. El empleo va a sufrir: las grandes empresas querrán ajustar sus cuentas de resultados, además de seguir adelante con procesos de digitalización, lo que supondrá una disminución en su número de empleados; las pymes y las micropymes cerrarán, y otras se verán afectadas, con las consecuencias laborales obvias; y tampoco será el momento en que mucha gente se decida a iniciar un negocio. Por otra parte, sufriremos la tensión de la deuda: si bien nos llegarán algunos millones para ayudar en la salida, vendrá condicionados a ajustes, lo que dejará pocas opciones a los gobernantes, y todo eso contando con que el paraguas del BCE se extenderá el tiempo suficiente.

Los caminos de salida que se nos ofrecen son otra expresión del mal contemporáneo, el de una mediocridad envuelta en un ropaje diferente

En este instante, justo cuando más necesaria resulta una estrategia clara y definida para afrontar la situación, nos encontramos con propuestas no solo enfrentadas, sino demasiado conocidas. Los caminos de salida propuestos prolongan el enfrentamiento en las viejas élites y las nuevas: pueden resumirse como la pelea entre el mundo antiguo, el rentista, el del ladrillo, sol y playa, y el que apuesta por la tecnología, la digitalización y las energías renovables.

La pandemia ha aumentado la tensión entre las dos posturas, ya que, al menos temporalmente, habrá dinero para invertir en la recuperación, y unos pretenden que se destine a que las empresas más importantes solventen sus dificultades y asienten su posición, y otros prefieren que se emplee en la reinvención nacional, de modo que España sea más productiva y moderna y genere trabajos de mayor añadido. Los primeros insisten en que su visión es la más pragmática, los segundos, en que la suya es mucho más necesaria. Pero bien podría responderse que la primera opción no contiene un plan y simplemente prolonga la parálisis, y la segunda puede no ser más que otro brindis al sol. Ambas posiciones tienen más relación de la conveniente con un mal contemporáneo, el de una mediocridad que viene envuelta en un ropaje diferente.

1. Las ideas mágicas y vibrantes

Thomas Frank, un incisivo ensayista estadounidense, de quien acaba de reeditarse en España ‘La conquista de lo cool’, puede ayudarnos a entender bien esta paradoja. En ‘Death end of shakin’ Street’, un texto contenido en ‘Rendezvous with oblivion’, mostraba su perplejidad ante la súbita popularidad del término 'vibrante'. Frank nació en Kansas City, una ciudad que de repente emergió como una urbe de gran vitalidad: estaba llena de artistas, había construido un nuevo y espectacular centro de artes escénicas, había puesto en marcha festivales de música, estaba repleta de energía, y todo ello se había conseguido con el decidido apoyo de las autoridades locales. El asombro del ensayista provenía de que exactamente lo mismo estaba ocurriendo en muchas otras ciudades en crisis, desde Akron (Ohio) hasta Boise (Idaho) pasando por Cincinnati, Rockford (Illinois), Seattle o Pittsburgh (Pensilvania): todas afirmaban ser localidades 'vibrantes'. Entornos deteriorados, los equivalentes en EEUU a los de la España vacía, habían iniciado una campaña para su recuperación y todos coincidían en la estrategia: hacerse visibles como ciudades llenas de vitalidad. La idea de fondo era la siguiente: ya que la capacidad para atraer y retener talento, y por tanto para contar con trabajos cualificados, dependía de la calidad de la ciudad, crear una imagen urbana poderosa en ese sentido atraería a las nuevas clases creativas.

Construimos clústeres para empresas innovadoras; como si adaptar tres o cuatro edificios atrajera irresistiblemente a las masas de emprendedores

Son campañas defectuosas y escasamente útiles, por la razón obvia de que si todo el mundo ofrece lo mismo, no se genera diferencia y la idea pierde toda eficacia. Pero, sobre todo, porque las cosas funcionan al revés: en las ciudades con trabajos cualificados y de valor añadido, los sectores de mayor poder adquisitivo construyen el contexto que les es más preciso. La gente no se muda a una ciudad porque sea vibrante, se muda porque hay trabajo, y estas ciudades no lo tenían, por lo que las campañas no podían resultar efectivas. Sin embargo, eran ampliamente aceptadas porque satisfacían a públicos diversos, ya que difundían una imagen de modernidad con la que todo el mundo estaba de acuerdo, al tiempo que permitían a los poderes públicos afirmar que estaban haciendo algo palpable por ayudar a sus votantes.

Esto es una forma de mediocridad muy contemporánea: tenemos una idea, ofrecemos una imagen, con ella creamos una marca, y el poder de la marca transformará nuestra ciudad, traerá trabajo y nos convertirá de nuevo en una población próspera. Esta versión del pensamiento mágico es un mal generalizado, y en España hemos tenido diversas manifestaciones de esa clase, como la construcción de clústeres para empresas innovadoras y tecnológicas en distintas ciudades; como si adaptar tres o cuatro edificios fuera a atraer irresistiblemente a las masas de emprendedores innovadores.

Las grandes ideas son a menudo una invocación al dios de la historia, como si repitiendo muchas veces las cosas terminaran por hacerse realidad

Esto ocurre así porque hemos olvidado algo básico, que las ideas por sí mismas no sirven de mucho. Incluso cuando son acertadas, y especialmente en estos casos, requieren organización, estructura, impulso y desarrollo para que sus posibilidades se concreten. Sin todo esto, las ideas se convierten en una simple invocación al dios de la historia, como si repitiendo muchas veces las cosas terminaran por hacerse realidad. Y a veces ocurre y otras no, pero tiene poco que ver el hecho de que se repitan mucho.

Una de las expresiones más significativas de esta clase de mediocridad ligada al pensamiento mágico la hemos vivido en España con el independentismo catalán, y su “hagamos un referéndum y si el resultado es afirmativo, vayámonos de España”. Era útil para una clase de políticos que relanzaban sus carreras, ofrecía una solución a ciudadanos descontentos y permitía construir la imagen de una Cataluña democrática y moderna frente a una España atrasada. El problema era que quienes lo propugnaban carecían de todo aquello que podría haber hecho posible la independencia: no tenían el consenso mayoritario de la población, ni las fuerzas, ni el capital ni el apoyo internacional precisos para que esa idea se convirtiera en realidad. Solo contaban con voluntad, por lo que el resultado ha sido desastroso para todo el mundo.

Las ideas, especialmente si promueven grandes avances en sectores de valor añadido, sitúan en el lado correcto de la historia, promueven una imagen poderosa de lucha contra el atraso, pero a menudo se quedan en eslóganes ineficaces que desaprovechan recursos y malgastan esperanzas. Construyen un mundo vibrante, pero virtual.

2. ¿Quién hace el trabajo?

Esta creencia en el poder mágico de las ideas está muy relacionada con una falta estructural de talento: nos hemos quedado sin gente que sepa llevar las ideas a la práctica. Más que en élites rentistas y élites innovadoras, nuestra sociedad se ha dividido entre quienes tienen grandes ideas y quienes las ejecutan, entre las grandes visiones y una plasmación a menudo pobre. En la política, este proceso ha sido bastante criticado, ya que los partidos cada vez son más presidencialistas, las bases tienen un peso nulo a la hora de tomar las decisiones y los cuadros intermedios están pendientes de subsistir en el puesto mucho más que de cualquier otra cosa, pero es un mal bastante común.

En las estructuras institucionales ocurre algo similar, ya que la organización necesaria para desarrollar planes a medio plazo se ha debilitado enormemente, y los objetivos cambiantes y de tiempos cortos tienden a expulsar a aquellas personas que, por su conocimiento o experiencia, podrían ayudar eficazmente. Esta tendencia se deja sentir de manera especial en las empresas, donde la fragilidad del conocimiento experto es cada vez más acentuada. Las firmas optaron por reestructurarse desde la división entre quienes aportaban valor añadido y quienes realizaban las tareas poco cualificadas. Había dos planos, el de quienes aportaban la estrategia y el de quienes realizaban las tareas diarias, a menudo repetitivas y mecánicas. Los procesos de digitalización ayudaron mucho en ese proceso, porque generaron plantillas que debían amoldarse a los procedimientos establecidos, a las formas de actuación taylorizadas, y por tanto suponían mano de obra fácilmente sustituible. A menudo, esta división se ha explicado desde el elemento generacional, con la contratación de jóvenes peor pagados y la expulsión de personas de mayor edad y con salarios más elevados, pero esta es una variable que a veces incide y otras no: tiene mucho más que ver con los tiempos en los que se realiza el trabajo, más exigentes, con el número de manos que los realizan y con el establecimiento de nuevos criterios de control de las tareas.

El talento se convirtió en un sinónimo de mentes brillantes con ideas geniales que funcionan sobre el papel; pero de estos ya hemos tenido bastante

Se inició así un proceso de descualificación, ya que se pensó que el conocimiento no resultaba especialmente útil: la parte superior de las firmas debía tener perspectiva y visión, y el resto había de alinearse en torno a las ideas transformadoras que emanaban desde arriba. Esta deriva supuso una pérdida sustancial, porque generó escasez de personas con conocimiento, profesionalidad, experiencia y, sobra decirlo, sentido común.

El talento se convirtió así en un sinónimo de mentes brillantes con ideas geniales que funcionaban muy bien sobre el papel, y lo cierto es que de eso ya hemos tenido bastante en nuestra época. Esto es llamativo, porque en tiempos precedentes la mediocridad provenía de entornos jerarquizados y burocratizados que minaban la creatividad de los empleados. Ahora, el péndulo está en el otro lado y tenemos demasiados genios, artistas, 'cracks' y estrellas, y falta gente que sepa hacer bien su trabajo; en aquel tiempo, el seguimiento de las normas nos volvía grises, ahora, el seguimiento de las grandes visiones nos convierte en incompetentes.

Lo excluido es el talento pragmático, ese que no tiene grandes visiones, pero lleva a cabo su tarea razonablemente bien y con cierta inventiva

Esto es significativo, en la medida en que subraya lo mal que estamos entendiendo qué significa la innovación. A menudo, esta no consiste en desarrollar ideas revolucionarias, sino en saber dar una vuelta de tuerca a lo existente, en ganar metros, en saber avanzar en condiciones difíciles. Por eso, una de las categorías excluidas en este nuevo reparto del trabajo es la del talento pragmático, ese que no tiene grandes visiones sino que lleva a cabo razonablemente bien y con cierta inventiva aquello que se propone. La creatividad en el arte popular, y la música fue buen ejemplo, consistió en utilizar las raíces para llevarlas un paso más allá, no en construir desde la nada. Y eso es algo que resulta mucho más fácil de hacer desde el conocimiento que desde los castillos en el aire: es muchísimo más fácil improvisar cuando se sabe tocar bien el instrumento.

3. Los “borregos excelentes”

A la hora de entender las causas de esta mediocridad, William Deresiewicz ha aportado una visión interesante que puede ayudar en la explicación de cómo hemos llegado hasta aquí y qué consecuencias produce. En su libro ‘Excellent Sheep: The Miseducation of the American Elite’, describía una situación preocupante en las universidades más prestigiosas, aquellas que producían los egresados que acaban teniendo una trayectoria profesional relevante y exitosa. El énfasis en la excelencia encubría un deterioro en la formación que ofrecían, lo suficientemente pobre como para acabar generando profesionales que “priorizaban la autoexaltación, el estar al servicio de uno mismo, que buscaban una buena vida pensada solo en términos del éxito convencional (riqueza y estatus) y sin ningún compromiso real con el aprendizaje, el pensamiento o con convertir el mundo en un lugar mejor”. Llamó a esta clase de estudiantes “borregos excelentes”, pero no fue el inventor del término: se limitó a recoger la autodefinición de uno de sus alumnos.

Estos perfiles tenían gran recorrido profesional porque eran especialmente útiles en los sectores más relevantes de nuestra economía. Deresiewicz señalaba que eran los preferidos de Wall Street porque “se dieron cuenta de que las facultades están produciendo una gran cantidad de licenciados muy listos y completamente centrados en el trabajo, con una gran resistencia mental y una buena ética de trabajo, pero que no tenían ni idea de lo que querían”. Encajaban en el ambiente, sabían cómo desenvolverse, manejaban las normas sociales, entendían perfectamente qué opciones eran las aceptadas y cuáles las rechazadas; realizaban su trabajo con solvencia, no se cuestionaban las cosas y buscaban su éxito personal, con lo que conformaban una clase de guerreros particularmente apropiados. “Son chicos que cumplirán todo aquello que les mandes, y lo harán sin saber muy bien por qué”. En definitiva, conformaban un sector muy preparado y muy mediocre, tanto en sus aspiraciones vitales como en sus aportaciones intelectuales.

Para ellos, la innovación es lo que ya hacen, por lo que no imaginan otras fórmulas, y el pragmatismo es lo que les proporciona éxito

Los males de las nuevas élites descritas por Deresiewicz son también los nuestros, en la medida en que estos entornos anquilosados, que acogen y promueven personalidades formadas, con currículo, con ‘expertise’, pero cerradas al exterior y sin mayores aspiraciones que su mejora en estatus y recursos, son el centro de la mediocridad contemporánea. Para ellas, la innovación es lo que ya hacen, por lo que les resulta complicado imaginar otras fórmulas, otros caminos, pero también porque han entendido el pragmatismo como aquello que les proporciona éxito. El conocimiento y la profesionalidad son justo lo contrario; no solo porque permitan cierto nivel de crítica sino porque favorecen la capacidad de pensar de otra manera, y son capaces de mejorar lo dado, de desechar lo que no funciona y de acoger lo que tiene validez.

4. La España mediocre

Las élites españolas, de una y otra clase, de una y otra orientación ideológica, han caído en esta trampa con demasiada frecuencia, y con ellas nuestra sociedad. El campo económico es un buen ejemplo, ya que nuestras últimas décadas se han caracterizado por una sorprendente dejación de funciones. Hacíamos lo que había que hacer: desde la última época de Felipe y la primera de Aznar, se privatizaron las grandes empresas públicas, seguimos las instrucciones europeas y recogimos los fondos, después nos arrojamos al ladrillo y a las inversiones extranjeras. Como todo iba bien, al menos en lo que se refiere a los grandes números, nos convertimos en un país gregario: como las cosas funcionaban, lo mejor era seguir las corrientes internacionales, y hacer lo que los demás hacían o nos pedían que hiciéramos.

La privatización de empresas públicas trajo el desmantelamiento de las políticas industriales, y la entrada de lleno en la globalización produjo una creciente falta de perspectiva, ya que se pensó que la mejor acción consistía en dejar que las cosas ocurrieran por sí mismas. Hubo algunas señales preocupantes, como el incremento de la deuda privada, la concentración de las empresas, las cotizadas demasiado vinculadas al poder político y a los reguladores, una excesiva dependencia del ladrillo y del turismo, la progresiva desaparición de la industria o la fragilidad de las pymes. Pero no parecían grandes problemas, o al menos nada que no pudiera arreglarse con adaptación, innovación y tecnología. Luego llegó la crisis de 2008 y todo adquirió otro cariz, ya que lo que nos había dado fortaleza se debilitó, y aparecieron la deuda pública, los ajustes presupuestarios, el paro y los empleos cada vez más precarios, y el aumento de impuestos a las clases medias y a las trabajadoras. Tampoco entonces hicimos nada que no fuera seguir la corriente general.

En esta época gregaria, en la que nos hemos limitado a seguir las tendencias generales, también hemos desmantelado las estructuras del talento

Ahora, con la crisis de la pandemia, aparecen nuevas exigencias porque somos conscientes de la debilidad de nuestro país, y echamos de menos una estructura productiva que no nos haga dependientes de las cotizadas, del sol, la playa y el ladrillo o un desarrollo que nos hubiera situado entre los países tecnológicamente más avanzados. La idea de la reindustrialización española vuelve a la luz, pero también la de una nueva economía verde y digital que genere empleos cualificados; de fondo, persiste la apuesta por fortalecer las grandes empresas y ajustar el presupuesto, sin más. Estas son las tres grandes direcciones que se nos ofrecen para salir de esta crisis.

Son propuestas que pueden ser efectivas sobre el papel, pero que hacen abstracción de que la realidad española es la que es y que cualquier solución pasa, en primer lugar, por tomarla en cuenta. Un planteamiento estratégico sensato no excluiría ninguna posibilidad, sino que trataría de sacar partido de lo existente: nos hacen falta empleos, no estamos para perder ninguno. Pero también subrayaría las debilidades que subyacen. Dejar las cosas como están, fortalecer las grandes empresas en dificultades y ajustar los presupuestos tendrá la consecuencia lógica de que esas empresas serán cada vez menos españolas, porque son carne de adquisición, y eso sin contar con que las tecnológicas se comerán parte de su negocio. Pensar en el mundo verde y digitalizado como solución, que en abstracto tiene su recorrido, puede conducir a inversiones baldías, porque otros países aprovecharán mejor sus oportunidades y los fondos aportados no serán más que subvenciones a grandes empresas con escaso recorrido productivo y laboral. Del mismo modo, la reindustrialización también puede llevarnos a construir castillos en el aire sin ninguna efectividad en un mundo que ha girado hacia la desglobalización.

Nuestro sistema aboga permanentemente por la ortodoxia económica, pero lleva tiempo adoptando opciones heterodoxas a mansalva

Para llevar a cabo cualquiera de estas opciones, sería preciso disponer de un pensamiento estratégico del que carecemos, porque hemos decidido no contar con el talento que todavía hay en la sociedad española. En esta época mediocre, en la que nos hemos limitado a seguir las tendencias generales y a aceptarlas acríticamente, también hemos desmantelado aquellas estructuras que nos permitían cierta planificación, cierta orientación de nuestra economía, y que podrían aportar el conocimiento pragmático que necesitamos. Todo esto ha sido sustituido por técnicos acríticos que simplemente siguen las tendencias internacionales y que, como los gregarios excelentes de Deresiewicz, hacen su tarea con entusiasmo y presteza, pero son incapaces de imaginar otras maneras de conseguir resultados o, lo que es todavía peor, de ejecutar sus tareas de forma que esas grandes ideas beneficien al común de la sociedad.

Es una pérdida muy preocupante, por varios motivos. El talento pragmático ayudaría a identificar qué sectores pueden crecer, cuáles tienen mayor recorrido y cómo se puede potenciar lo existente, lo que nos haría ganar metros en la carrera, así como permitiría no olvidar las necesidades estratégicas del país o entender por qué las pymes españolas son tan importantes. Pero también serviría para introducir una crítica necesaria en un sistema informalmente jerárquico y muy agotado en sus propuestas. Ambos elementos no son excluyentes y pueden desarrollarse a la vez: ser pragmático en lo concreto no impide trazar soluciones a medio plazo.

Necesitamos reconstruir un sistema roto, que no está funcionando para la mayoría de la gente y que está causando graves problemas internos

Esto es particularmente importante ahora, porque hemos entrado en tiempos de cambio. Vivimos en un sistema muy peculiar, que aboga permanentemente por la ortodoxia —y en la economía es evidentísimo—, pero que lleva tiempo adoptando opciones heterodoxas a mansalva, encubiertas con la excusa de la excepcionalidad. El Quantitative Easing ha sido una de ellas, como los dos rescates a la economía que llevamos en una década, o como las ayudas estatales a las empresas nacionales que ha aprobado la UE, o como tantas otras cosas. Quizá sea el momento de ser coherentes, abandonar esa excelencia gregaria, constatar hasta qué punto la heterodoxia se ha convertido en la nueva normalidad, y aceptarla sin mayores reparos. Necesitamos reconstruir un sistema roto, que no está funcionando para la mayoría de la gente y que está causando graves problemas internos, en términos sociales y políticos, y hay que trabajar pragmáticamente en esa dirección.

De momento, todo lo que tenemos es negación de las vías de salida, con líderes y técnicos en las instituciones y en las empresas que no han comprendido el momento de la historia en que nos encontramos, que se siguen empeñando en trazar los mismos caminos y que tampoco saben desarrollarlos con eficacia.

5. El poder de las ideas, las ideas del poder

Creo profundamente en las ideas, en las nuevas perspectivas, en los enfoques diferentes, en la innovación, pero también sé que una idea por sí misma no es definitiva. La historia está llena de ejemplos en los que el concepto choca radicalmente con su expresión concreta: el keynesianismo puede convertirse en una forma, como es la actual, de arrojar más dinero sobre los ricos en lugar de promover las capacidades productivas y de mejorar el nivel de vida de toda la sociedad; el comunismo puede convertirse en un instrumento para que las élites del partido capten los recursos de sus países, y el capitalismo en una forma que permite a las élites captar las riquezas de sus países, y todo ello con independencia de cuáles sean sus teorías explícitas; incluso el cristianismo puede dar lugar a sociedades muy opresivas totalmente diferentes a las enseñanzas de Jesús. Y cuando eso ocurre con las grandes ideas de la historia, es fácil entender que sucede sin problemas con todas las demás. Las ideas no son invulnerables, sino que dependen de su utilización, de su desarrollo y del balance social de fuerzas.

Por eso sé que las ideas no se construyen en el vacío, que requieren de organización, estructuras, fuerzas que las impulsen y personas capacitadas que las lleven a la práctica. En España, no tenemos ni una cosa ni otra, porque a la hora de las ideas hemos preferido trasladar íntegramente las que funcionaban fuera, y porque tampoco hemos contado con el talento que necesitamos. Eso nos ha hecho un país mediocre en los más diversos ámbitos.

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