PIB E INFLACIÓN SE HUNDEN

El motor se ha gripado: España se encamina a un cóctel explosivo

Lo peor está por venir. La economía española afronta en el corto plazo un cóctel explosivo: recesión y caída de precios. Sólo el sector público aguanta, pero ¿hasta cuándo?

Foto: Banderas de España en balcones (Efe)
Banderas de España en balcones (Efe)

Lo único bueno de la contabilidad nacional del primer trimestre, esa caída del PIB del 5,2% respecto del último de 2019, es que no ha causado sorpresa. Era evidente que, con la actividad cerrada, la caída iba a ser histórica. Y así ha sucedido. No hay precedentes. Ni en términos trimestrales ni en términos anuales, lo que da idea de su relevancia.

Sin embargo, sí hay una novedad. Estadística, en línea con lo que ha recomendado Eurostat, ha cambiado la metodología, y en lugar de tener en cuenta la media del conjunto del tercer trimestre, lo que hubiera dado una realidad deformada, como ha sucedido con la EPA, ha proyectado la última quincena de marzo, que es cuando se ha notado la crisis de forma brutal, lo que explica que la caída haya sido tan abultada. Para ello, ha utilizado información adelantada sobre el uso de tarjetas de crédito, comercio exterior o recaudación del Estado, lo que ha permitido hacer una fotografía de situación más rigurosa.

Es decir, se ha optado por mostrar a las claras los rigores del invierno que se le viene encima a la economía española. Estadística podía haber hecho lo contrario: diluir esa terrible última quincena de marzo en el conjunto del trimestre, pero, afortunadamente, no lo ha hecho, lo que permite analizar la gravedad de una situación que, por otra parte, ya conocen millones de españoles sin esperar a que lo cuente nadie.

Y lo que se le viene encima es duro. Muy duro. Básicamente porque no sólo se han roto una o varias piezas del motor que mueve la economía. Sino que el motor ha gripado. No hay pieza que se salve. Todos los componentes de la demanda interna, salvo el gasto público (1,8%), están averiados. Sobre todo, el consumo privado (-7,5%), pero también las inversiones (-5,3%). Las exportaciones y las importaciones, igualmente, se han hundido por encima del 8%, lo que muestra hasta qué punto el motor ha dicho basta.

La coyuntura

Es evidente que hay un componente coyuntural vinculado al cierre de actividades, pero hay pocas dudas de que en un contexto exterior como el actual hay pocas razones para la esperanza en el corto plazo.

Todas las economías del mundo sufren, con mayor o menor intensidad, los efectos económicos de la pandemia, y eso hace que la salida del túnel sea más larga y difícil. Algo que no sucedió en la anterior crisis, cuando algunas grandes economías, como Alemania o EEUU salieron rápido del bache, y eso permitió que España vendiera más en el exterior.

Playas vacías en el inicio de la temporada alta
Playas vacías en el inicio de la temporada alta

Con las fronteras casi cerradas, y con un impulso previsible a las producciones nacionales, no parece, por lo tanto, que ese pueda ser el camino de la salvación en el corto plazo. Sin contar el desplome de la llegada de turistas, que abre en canal a un sector muy intensivo en mano de obra, y que en algunas regiones es casi un monocultivo.

Ni siquiera la inversión, cuyo peso en la evolución del PIB es relativamente pequeño, puede hacer de tracción de la actividad, toda vez que la utilización de la capacidad productiva (todavía no hay datos) se va a derrumbar, lo que significa que nadie invierte cuando está sin rendir buena parte de la potencia instalada. O expresado de otra forma, las fábricas están a medio y gas. Y eso mismo le pasará a muchos establecimientos -hosteleros o no- en los próximos meses con las medidas de desescalada.

Despidos

Al contrario de lo que sucedió en la anterior crisis, cuando muchos convenios colectivos eran plurianuales y eso pudo acelerar temporalmente el consumo de las familias, tampoco los salarios tendrán esa capacidad de tracción. Muchas empresas han recortado sueldos y un buen número de ERTE, hoy imposible de calcular, acabarán siendo ERE. Es decir, despidos puros y duros, lo que en parte -además de otros factores exteriores- explica que la inflación haya vuelto a entrar en terreno negativo.

Es evidente que el desplome del IPC (-0,7%), tiene un componente coyuntural vinculado al derrumbe de los precios del petróleo, pero no es menos obvio que con un hundimiento del consumo privado, vinculado a la destrucción de empleo y a los menores salarios, hay pocas razones para que el IPC vuelva a terreno positivo. Ni siquiera la inflación subyacente, que elimina los componentes más erráticos, como la energía y los alimentos no elaborados.

Se trata, por lo tanto, de un cóctel explosivo: recesión intensa y caída de precios, también en el inmobiliario, lo que muestra el camino a ninguna parte que le espera a la economía española en los próximos trimestres. Sin olvidar otro factor muy a tener en cuenta, y que tiene que ver con el papel del sector público para dar la vuelta a la caída de la actividad.

Los gobiernos, unos más y otros menos, dependiendo de su espacio fiscal, han gastado hasta ahora como si un hubiera mañana. Pero lo cierto es que hay un mañana, y se llaman mercados, que son quienes administran una justicia muy sui generis en nombre de ellos mismos. Y que tienden a penalizar a los países que más tardan en salir de la crisis, como bien aprendió Rodríguez Zapatero en su día.

Lo que se sabe hasta ahora es que los estabilizadores automáticos, principalmente desempleo, están funcionando, y eso explica que el sector público sea hoy anticíclico. Lo que no está tan claro es hasta cuándo podrá seguir siéndolo, toda vez que dependerá de si el motor vuelve a funcionar. Si lo hace, habrá recursos, pero si la economía entra en una fase larga de recesión las cosas tenderán a complicarse. El tiempo lo dirá, pero hoy no hay razones para el optimismo.

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