EL BCE ENTRA EN OTRA ERA EXPANSIVA

Lagarde se prepara para combatir el populismo con artillería monetaria

El BCE entra en una nueva era monetaria. Los criterios políticos pesarán más a la hora de definir su estrategia de tipos de interés. Lo ha sugerido Lagarde en el Parlamento Europeo

Foto: La próxima presidenta del BCE, Christine Lagarde, en un acto en Alemania. (Reuters)
La próxima presidenta del BCE, Christine Lagarde, en un acto en Alemania. (Reuters)

¿Qué hacer cuando el euríbor se encuentra en el -0,356% y ni la inflación ni la actividad económica responden a los estímulos monetarios del banco central? Esta es la pregunta a la que debe responder el BCE el próximo jueves, pero antes Mario Draghi, con un pie de salida, ha encontrado su 'alter ego'.

Se trata de Christine Lagarde, en realidad, una vieja conocida que ya estuvo a su lado cuando anunció en Londres que el BCE haría todo lo necesario para salvar el euro, y que llevará dentro de pocas semanas a Fráncfort un discurso más político y menos económico. O lo que es lo mismo, el BCE, como este martes avanzó Lagarde en el Parlamento Europeo, sumará a partir de otoño una nueva misión a sus competencias: la lucha contra los distintos populismos que pululan por el continente.

Es decir, hacer todo lo necesario desde el ámbito monetario (nuevos estímulos) para salvar una hipotética recesión, que es el caldo de cultivo en que mejor se desenvuelven los demagogos, pero a partir de un análisis cada vez más político. Entre otras cosas, por la dejación de muchos gobiernos a la hora de instrumentar políticas fiscales, como recordó ayer la propia Lagarde, lo que deja al BCE solo ante el peligro de una ralentización de la economía arrastrada por las guerras comerciales y tecnológicas entre China y EEUU, además del Brexit.

Es decir, una estrategia que tiene algún parecido con la emprendida, paradójicamente, por un populista como es Donald Trump, que no se cansa de presionar a la Reserva Federal (reunión el próximo día 18) para que sea más agresiva en su política monetaria. Europa, al menos, guarda las formas.

Mario Draghi y Christine Lagarde. (Reuters)
Mario Draghi y Christine Lagarde. (Reuters)

No es un cambio cualquiera. Lagarde, que conoce bien los entresijos de Bruselas, ya desde sus tiempos de ministra de Finanzas de Sarkozy, aprovechará ahora sus contactos en la capital comunitaria para forzar uno de sus primeros objetivos: doblar el brazo a los duros que se niegan a flexibilizar el Pacto de Estabilidad y Crecimiento (PAC), que es, precisamente, el corsé que impide en muchos países hacer una política fiscal expansiva.

Países saneados

El marcaje ha sido tan estrecho en estos últimos años que en plena ralentización de la actividad económica siete países de la zona del euro, como ha estimado la propia Comisión Europea en sus últimas recomendaciones a los países miembros, alcanzaron posiciones fiscales saneadas y en términos estructurales registraron posiciones presupuestarias próximas o por encima de sus objetivos a medio plazo.

Sin embargo, se trata de una cuestión tan espinosa (para Alemania) como relevante (para España) si se tiene en cuenta que algunos estudios, como el presentado este miércoles en la London School of Economics por el economista jefe del propio BCE, Philip Lane, han estimado que la brecha de producción (el ‘output gap’) se habría ensanchado hasta el 3,5% debido a la baja inflación. Por lo tanto, muy por encima de lo que han estimado el FMI y la Comisión Europea.

¿Qué significa esto? Pues que la economía europea estaría creciendo muy por debajo de su potencial, lo que habilitaría hacer políticas fiscales más expansivas para estimular el crecimiento, y sin ensanchar los desequilibrios macroeconómicos, que es lo que más temen los halcones de Fráncfort.

Esta es, en realidad, la discusión de fondo, que no es otra que analizar los riesgos que supone actuar en una triple dirección: recuperar el programa de compra de activos, escalonar la facilidad de depósito para sanear la cuenta de resultados de los bancos, que ahora tienen que pagar un 0,4% independientemente de la cantidad, e, incluso, adentrarse en el proceloso mundo de los tipos de interés negativos. Por lo tanto, un esquema parecido al de Japón, Suiza o Dinamarca, que excluyen una parte de los depósitos colocados en los bancos centrales de la rentabilidad negativa.

Palomas y halcones

Sin contar la posibilidad de elevar el objetivo de inflación (ahora por debajo, pero cerca del 2%), para que los mercados (que son los que fijan los tipos a largo) se convenzan de que el BCE no subiría los tipos de interés en caso de un alza de la inflación por encima de ese porcentaje.

Es decir, una señal clara y diáfana de que los ‘dovish’ (palomas) se impondrían a los ‘hawkish’ (halcones) a largo plazo en caso de que la inflación se recuperara. Algo que parece más que difícil, habida cuenta de factores estructurales (y también coyunturales, vinculados al agotamiento del ciclo) que impiden el alza de precios (y de salarios), como la globalización, los avances tecnológicos o, incluso, las intensas desregulaciones de los mercados que se han producido en los últimos años.

No lo tendrá fácil Lagarde. Entre otras cosas, porque los influyentes ahorradores alemanes (en términos electorales) serían los más perjudicados si bajan todavía más los tipos de interés, como recordó este miércoles el presidente ejecutivo de Deutsche Bank, Christian Sewing, quien dijo sin tapujos que un nuevo recorte de los tipos ayudaría escasamente a estimular la economía y “tendría serios efectos secundarios”.

En definitiva, un auténtico aviso a navegantes, como publicó ‘Financial Times’. No hay que olvidar que los bancos alemanes han estimado que las tasas de interés negativas les cuestan 2.400 millones de euros al año, lo que supone un tercio del coste total para todos los bancos de la eurozona.

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