Fight for 15$

"Estamos dispuestos a todo": la exitosa lucha por subir el salario mínimo en EEUU

Los trabajadores se pluriempleaban, pedían todo tipo de ayudas sociales, para comer o pagar la calefacción, y concebían estrategias de ahorro. Por ejemplo, compartían el bono de transporte

Foto: Manifestación en Nueva York de los empleados de comida rápida. (Reuters)
Manifestación en Nueva York de los empleados de comida rápida. (Reuters)

Esta historia empieza en los sofás de amigos; el lugar en el que dormían miles de trabajadores del sector de la comida rápida, incapaces de alquilar una habitación. Empieza usando máquinas sin guantes protectores, quemándose al filtrar la grasa de las patatas fritas, o tocando una bandeja de galletas al rojo vivo. Empieza con un consejo del gerente: colócate mayonesa en la quemadura, dado que no hay, en el restaurante, ningún botiquín de primeros auxilios. Y empieza, sobre todo, con el salario mínimo de 7,25 dólares la hora. Brutos. En Nueva York.

"Un día estaba en el metro, e iba rezándole a Dios: tengo 31 años y trabajo en McDonald’s, ¿qué estoy haciendo? Por favor, ayúdame a encontrar una dirección", recuerda Jorel Ware, empleado de la mayor cadena de hamburgueserías del mundo. Ware cavilaba una mañana de 2012. Horas después, según su testimonio, unos activistas entraron en el McDonald’s y le preguntaron: "¿Estás cansado de ganar 7,25 dólares la hora?". "¿Que si estoy qué? ¡Por supuesto!".

Jorel Ware trabajaba 30 horas semanales; después de impuestos, recibía un salario de 720 dólares al mes. En una ciudad donde un piso de una habitación cuesta, de media, casi 3.000 dólares, y un cartón de leche, si quieres que sepa como en Europa, ronda los cinco o seis. ¿Y el seguro sanitario? "Ofrecían uno. Pero te descontaban 75 dólares a la semana".

Los trabajadores se pluriempleaban, pedían todo tipo de ayudas sociales, para comer o pagar la calefacción, y concebían estrategias de ahorro. Por ejemplo, compartían el bono mensual de transporte. "Con el billete de viajes ilimitados, si lo pasas, tienes que esperar 18 minutos, y luego puedes pasarlo otra vez. Así que nos organizábamos. Vivíamos así".

Había otras quejas aparte del dinero. La maquinaria vieja y defectuosa, y la falta de adiestramiento, causaban accidentes constantes. Según una encuesta, elaborada por Hart Research Associates en 2015, el 87% de los empleados de comida rápida habían sufrido algún accidente al año anterior. Ocho de cada diez se habían quemado.

Junto al aumento del salario mínimo, la otra gran exigencia de Fight for $15, el grupo al que se unió Jorel Ware, era el derecho a formar un sindicato. Algo que McDonald’s y otras cadenas han logrado impedir desde hace décadas. "Estos establecimientos ni siquiera nos daban comida, teníamos que comprarla, y mi cheque semanal era de 180 dólares netos", recuerda Ware.

Si era tan terrible, ¿por qué no cambiar de trabajo? "¡Esto está en todas partes! Es la mentalidad de los dueños. No solo en el sector de la comida rápida. Barnes & Nobles, Whole Foods…" y señala a su alrededor, pues estamos tomando un café en el Whole Foods de Union Square, una cadena de supermercados con sede en Texas, dedicada a los productos orgánicos y desde 2017 propiedad de Amazon. Su CEO libró una campaña denodada contra Fight for $15.

La primera protesta de este grupo, formado por activistas de New York Communities for Change y Make the Road New York, con apoyo del sindicato internacional de servicios, reunió apenas un centenar largo de personas. Empleados de McDonald’s, Wendy’s, Burger King, Pizza Hut y otros establecimientos dejaron sus puestos de trabajo para exigir un aumento de salario y el derecho a sindicalizarse sin ser hostigados por la empresa. Pese a su limitado alcance, se trató de la mayor huelga del sector de la comida rápida en la historia de Estados Unidos. Solo era el principio.


"Empecé a organizarme con otros trabajadores de la comida rápida, y con el sindicato del sector servicios. Estábamos disparados", recuerda Ware. "Tras la primera protesta, emprendimos acciones por toda la ciudad, frente a las franquicias, dentro de las franquicias. Conseguimos la atención de los medios de comunicación. Fueron los medios los que ayudaron a extender la voz".

Seis meses después, en abril de 2013, hubo huelgas similares en Chicago, Detroit, San Luis, Milwaukee y Seattle. Centenares de activistas, incluido Jorel Ware, se presentaban en la reunión anual de la junta de accionistas de McDonald’s, en Chicago. Había helicópteros, policía, cámaras de televisión. Cada año participaba más gente, hacían más ruido.

En septiembre de 2014 la huelga se dio en 150 ciudades de Estados Unidos. Además de su alcance, también cambió la estrategia. Aquel fue el verano de Ferguson, cuando la muerte de un joven afroamericano desarmado a manos de la policía desencadenó fuertes disturbios, y Fight for $15 empezó a usar tácticas de desobediencia civil: a montar piquetes y a parar el tráfico en las principales avenidas. "A veces es necesario. Estamos dispuestos a todo".

Los políticos tomaban nota. "Una vez lograda la atención de los medios, empezamos a lograr la atención de los congresistas, del gobernador, del alcalde. La gente empezó a hacer muchas preguntas", dice Ware. En 2015 varios senadores, entre ellos el aspirante presidencial Bernie Sanders, apoyaron públicamente el aumento del salario mínimo a 15 dólares la hora. En octubre, el presidente de entonces, Barack Obama, invitó a los líderes de Fight for 15$ a la Casa Blanca.

Las empresas contraatacaron. Amazon elaboró un vídeo interno, filtrado a Gizmodo, en el que enseñaba a los gerentes de Whole Foods cómo vigilar al personal y descabezar las revueltas. "No somos antisindicatos, pero tampoco somos neutrales", decía el narrador, un dibujo animado vestido con el chaleco de la compañía. Luego recomendaba algunas tácticas, bajo el acrónimo, por sus siglas en inglés, de TIPS ("consejos"): "Amenazar, interrogar, prometer, espiar".

Lo más importante, según el narrador, era estar atentos a las primeras señalas de rebeldía. Por ejemplo, las reuniones de empleados en los descansos, la aparición de chapas o gorras con mensajes sospechosos, o el uso de términos tóxicos, como 'living wage': un salario para vivir.

McDonald’s efectuó despidos, muchas veces injustificados, como reflejan los procesos legales que siguieron a continuación. Al propio Jorel Ware le enseñaron la puerta; el gerente lo acusó de haber faltado un día. Ware denunció a la empresa, ganó y fue readmitido.

Poco a poco empezaron a llegar los resultados. El estado de California subió el salario mínimo en 2016, primero a 10 dólares la hora, con el plan de llegar a los 15 en 2022. A día de hoy, nueve estados han aprobado el aumento. Desde el 31 de diciembre del 2018, los trabajadores de la comida rápida en la Ciudad de Nueva York cobran 15 dólares brutos por hora.

Los activistas, que han ido sumando fuerzas con otros grupos de izquierda, como Black Lives Matter, o el ala socialista demócrata, celebraron la victoria. No solo en la cuestión salarial. "Ahora ya no pueden mandarnos a casa sin paga", dice Jorel Ware. "Si lo hacen reciben una multa, 40 dólares, y además nos queda el resto del día libre pagado. Nuestros turnos ahora tienen que tener, al menos, 11 horas de diferencia. Tenemos familia, hijos, citas médicas. Somos humanos".

Casi nueve meses después de que el aumento entrase en vigor, los observadores económicos pintan distintos cuadros. Un estudio conjunto de la universidad New School y National Employment Law Project asegura que, desde que empezó el aumento progresivo del salario, el volumen de negocio hostelero de Nueva York ha crecido más rápido que el del resto de sectores. "Pese al miedo a la pérdida masiva de empleos, los Big Macs de 20 dólares, y los restaurantes cerrados, hemos encontrado una industria pujante", escribieron los autores del informe.

Una investigación de 'The Wall Street Journal', por el contrario, refleja la ansiedad de algunos empleadores, que han visto cómo sus costes salariales han subido un 66% desde 2016 y se afanan en ahorrar para mantenerse a flote. Según la Oficina Presupuestaria Independiente, una agencia financiada por el ayuntamiento, la hostelería neoyorquina perdió 6.000 empleos en 2018, un 3,4%. La primera destrucción de puestos de trabajo en más de una década.

"Os lo dije", escribió Ed Rensi (10), antiguo consejero delegado de McDonald’s. El empresario acusó a los huelguistas de forzar a la corporación a colocar pantallas táctiles en los restaurantes para poder ahorrar costes, reduciendo plantilla. "Es chocante ver a los empleados que antes manejaban una caja registradora mirando los pedidos de un cliente en un quiosco tipo iPad".

McDonald’s, sin embargo, anunció el pasado abril que tiraba la toalla en esta lucha. "No usaremos nuestros recursos, incluidos lobistas y personal, para oponernos a los aumentos del salario mínimo a nivel federal, estatal o local", dijeron en un comunicado, "ni participaremos en esfuerzos de abogacía diseñados expresamente para evitar aumentos de salario".

Jorel Ware mantiene su empleo en McDonald’s. Sigue siendo un trabajador raso, de los que atienden en caja y echan sal a las patatas fritas. "Tengo 38 años, y esto va a sonar ridículo, pero me gusta el punto de vista del trabajador. No quiero ser un gerente, o director general, no quiero escuchar al dueño. Además", dice, "no me ascenderían".

Este neoyorquino del Bronx, que ya no vive con su madre, todavía visita las otras franquicias de la ciudad, si es posible de incógnito. Entrevista a los trabajadores para comprobar que todo está en orden. Si le cuentan alguna irregularidad, pide hablar con la persona encargada. A veces, dice, le tratan de mala manera y tiene que "volver con poder": una nueva protesta a la puerta de algún McDonald’s. "Que te respeten y te paguen lo que mereces, es algo maravilloso".

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