frenazo de la economía alemana

Alemania: ¿ha llegado el momento de despilfarrar un poco?

Activistas, políticos y economistas están empezando, cada vez con menos tapujos, a poner en duda uno de los grandes estandartes políticos de la era Merkel, el de la austeridad

Foto: La canciller alemana, Angela Merkel. (Reuters)
La canciller alemana, Angela Merkel. (Reuters)

El parón de la economía alemana y la progresiva concienciación sobre el reto que supone la emergencia climática han logrado que en Alemania empiece a atacarse al tabú de los tabúes. Cada vez más voces en la política y la economía se están cuestionando el dogma del equilibrio presupuestario. Sobre todo en un momento en el que Berlín cobra por endeudarse, con la rentabilidad de todos sus bonos soberanos en negativo. Pero el Gobierno de Angela Merkel ha hecho del déficit cero un símbolo, una bandera. Y por ahora, asegura, ni se lo plantea.

El revés de la primera economía europea en el segundo trimestre, publicado el pasado miércoles, volvió a hacer rebrotar las dudas. El producto interior bruto (PIB) se contrajo un 0,1% entre abril y junio. La demanda interna, el gasto público y la construcción siguieron tirando de la locomotora comunitaria, pero el lastre del sector exterior, herido por la guerra comercial, fue determinante. No parece que se trate de un traspiés coyuntural. La mayor parte de los expertos cree que los números rojos se mantendrán en el tercer trimestre y que la economía alemana entrará en recesión técnica. En ese contexto, ¿por qué no toma medidas un gobierno como el alemán, con un increíble músculo fiscal? Los tipos de interés se encuentran en el 0% y el Estado alemán va para cinco años con superávit en sus cuentas públicas. Su deuda, en una década, ha pasado del 83% del PIB a cerca del 60%. Entonces, ¿por qué no?

La pregunta llevaba unas semanas en el aire. Aunque aplicada a otro gran reto al que se enfrenta la primera economía europea, el de la crisis climática. Activistas, políticos y economistas estaban empezando, cada vez con menos tapujos, a poner en duda uno de los grandes estandartes políticos de la era Merkel, el de la austeridad. Argumentaban, a grandes rasgos, que el radical cambio energético y productivo preciso para llevar a cabo la decarbonización completa de una economía industrial como la alemana precisaba de un "green new deal" como el que están proponiendo las figuras más a la izquierda de partido demócrata en Estados Unidos. Pero en Alemania son enormes las reticencias a abandonar la estabilidad presupuestaria.

Ecológica y económicamente "absurdo"

Los primeros en levantar la liebre fueron algunos de los candidatos a asumir las riendas del Partido Socialdemócrata (SPD). La formación, en una crisis de identidad y liderazgo tras seis años en gran coalición con la Unión Cristianodemócrata (CDU) de Merkel, está buscando nueva sangre. Y arriesgando con nuevas ideas que entusiasmen a un electorado que les está abandonando en desbandada. El aspirante Karl Lauterbach, aseguró en el diario económico 'Handelsblatt': "Necesitamos una enorme extensión pública de las energías renovables. El déficit cero es por lo tanto absurdo, desde el punto de vista económico y desde el ecológico". Michael Roth, otro de los candidatos a la presidencia del SPD, advirtió en esta misma línea que "descuidar ahora las inversiones de futuro" supondrá una "carga mucho mayor para las próximas generaciones" que "el cuestionamiento del déficit cero en tiempos de tipos de interés en mínimos".

Estas voces socialdemócratas vienen a enfrentarse a las tesis que aún defienden sus correligionarios en el gobierno, como el ministro de Finanzas, Olaf Scholz, unas posiciones que ahora muchos en el SPD responsabilizan de sus últimas debacles electorales. El giro les acerca a los postulados que en los últimos años había defendido en solitario —y más bien en el desierto político— la Izquierda. Katja Kipping, copresidenta de este partido, reclamaba hace unos días la "caída del cero negro" como se denomina en Alemania al presupuesto con un ligero superávit, para que pudiese llegar el "cero verde", en referencia a un crecimiento sin emisiones contaminantes.

También han llegado a este punto, por la argumentación medioambientalista, Los Verdes, que disputan ahora la primera posición en intención de voto a los conservadores de Merkel. Su copresidente, Robert Habeck, subrayó recientemente que es más importante "tomar ahora medidas para el futuro", también por "justicia intergeneracional", que "mantenerse esclavizado a los números del presupuesto". Ciertos sectores de su partido, incluidos los especialistas en política fiscal, reclaman grandes inversiones en la reconversión de la economía y abogan por acabar con el "símbolo" del déficit cero.

Los economistas se están sumando también a este llamamiento. "La idea detrás del déficit cero era proteger a nuestros hijos y nietos de deudas desmesuradas. Pero hoy resulta mucho más peligroso llegar tarde a la lucha contra el calentamiento global. Cuanto más tarde empecemos a actuar contra el cambio climático, más caro resultará. Por eso es mejor para las generaciones futuras empezar a endeudarse hoy para tomar medidas contra para proteger el clima", aseguró a la cadena pública ZDF Sebastian Dullien, director del Instituto de Macroeconomía e Investigación Económica (IMK).

Invertir en carreteras, IA y 5G

También abundan quienes se limitan a los argumentos económicos. A señalar que Berlín podría dinamizar su economía y evitar una dura recesión con un paquete de estímulos. Sacar la cartera e invertir en carreteras y puertos, inteligencia artificial, redes 5G y coches eléctricos y autónomos. Porque tiene la capacidad financiera para hacerlo y porque ahora mismo, por las grandes incertidumbres sobre la economía global, toda la deuda soberana alemana ofrece una rentabilidad negativa. Desde los bonos a seis meses hasta los que maduran a 30 años. Esto es, que los inversores están pagando por los títulos de la primera economía europea. Que Alemania gana dinero endeudándose a corto, medio y largo plazo. Algo inédito.

Los llamamientos comenzaron por los sospechosos habituales. Como el presidente del Instituto Alemán de Investigación Económica (DIW), Marcel Fratzscher, de orientación keynesiana. En una entrevista a Reuters a principios de agosto afirmó que "Alemania tiene una enorme necesidad de inversiones en infraestructura, en la educación y en la inversión". Por eso, abogó por eliminar el "freno de la deuda", una cláusula incluida en 2009 en la Constitución que prohíbe el déficit, porque "es absurdo y daña a Alemania".

Pero últimamente hasta los antiguos guardianes de las esencias están pidiendo a Berlín un golpe de timón. Michael Hüther, director del Instituto de la Economía Alemana (IW) y defensor a ultranza del ordoliberalismo, consideró en el Welt am Sonntag que "es necesario un Plan Alemania para los próximos 10 años", un paquete de medidas con grandes inversiones en futuro y medioambiente. "Estas partidas se separan en un fondo especial y se financian con nuevas deudas gracias a los tipos en mínimos, que están más baratos que nunca. Así no se generan pérdidas, sino beneficios", explicó.

El Gobierno alemán, mientras tanto, hace oídos sordos. La canciller "nunca ha puesto en duda su posición a favor de un presupuesto equilibrado", aseguró esta semana el portavoz del Ejecutivo, Steffen Seibert, y reiteró la importancia del factor demográfico y la responsabilidad para dejar unas cuentas saneadas a las generaciones futuras. Scholz, su ministro de Finanzas, apostilló que el país puede afrontar las dificultades económicas y los retos medioambientales "sin incurrir en nuevo déficit". Ambos han defendido que el acuerdo de coalición, firmado a principios de 2018 en un contexto bien distinto, ya preveía unas leves bajadas de impuestos y la mejora de algunas ayudas sociales, y que para abordar el reto medioambiental se están preparando un paquete de medidas. Pero con los fondos disponibles.

Un "correctivo necesario"

El cierre de filas es notable en gran parte de la derecha, que ve de pronto atacado uno de sus estandartes. La periodista económica Kerstin Schwenn, del conservador 'Frankfurter Allgemeine Zeitung', defendía hace unos días la estabilidad presupuestaria con uñas y dientes en una columna titulada sin ambigüedades "No al endeudamiento". "El déficit cero no es un fetiche ni un fin en sí mismo. La autolimitación de la política es un correctivo necesario para no sobrecargar aún más a las generaciones venideras", aseguraba evidenciando que el argumentario a favor del freno de la deuda y el equilibrio fiscal no es tanto de carácter económico como eminentemente ético.

Ahí reside la clave de la cuestión, que viene de largo y tiene hondas raíces culturales. Las deudas son algo especialmente execrable para el protestantismo. De ahí que fuese el norte de Europa quien impuso la austeridad en todo el continente en los últimos años, quien criticaba a los periféricos que, a su juicio, habían vivido por encima de sus posibilidades. Los ajustes eran la penitencia. No es casualidad que el idioma alemán, con el holandés, sea el único que emplea la misma palabra, "Schuld", para dos conceptos totalmente distintos: deuda y culpa. Una polisemia que no puede ser inocua.

Luego llegó la crisis financiera global, seguida por la del euro. Alemania maniobró rápido, puso en marcha un fuerte paquete de estímulos y luego se apretó el cinturón. Incluyó en la constitución el "freno de la deuda", avanzó a marchas forzadas para cuadrar su presupuesto y a continuación, cuando los países del sur pidieron ayuda, exigió a cambio ajustes fiscales. "Son las dos caras de la misma moneda: solidaridad y responsabilidad", repetía Merkel en aquellos años como un mantra.

Signo de identidad, motivo de orgullo

La buena situación económica de que disfrutó Alemania en los años siguientes, sobre todo en comparación con sus maltrechos socios europeos, hizo que la ética de la austeridad prendiese en el país. Que se convirtiese en un símbolo nacional, en una idea-fuerza muy transversal. Casi todos los partidos, salvo La Izquierda, la asumieron. Desde los liberales a los verdes, pasando por los conservadores y los socialdemócratas. En un terreno abonado culturalmente, el resurgir de la austeridad caló en el electorado, que aplaudía cada vez que el Estado lograba cuadrar el presupuesto un año más.

En este caldo de cultivo fue donde figuras como la Wolfgang Schäuble, entonces ministro de Finanzas, adquirieron tintes mitológicos en el imaginario colectivo alemán. En sus años al frente de la Hacienda pública fue el político mejor valorado del país. La austeridad se convirtió entonces en bandera, signo de identidad y motivo de orgullo. Algo más allá de la racionalidad. Por eso es ahora es tan difícil dar marcha atrás para aquellos que catapultaron la austeridad a la categoría de enseña nacional. Aunque financieramente tenga sentido endeudarse. Aunque la economía y el medioambiente pudiesen beneficiarse.

Economía

El redactor recomienda

Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
0 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios