APARTADO DEL PODER TRAS EL ESCÁNDALO DE LOS PARAÍSOS FISCALES

Las dos muertes de Emilio Ybarra

El banquero Emilio Ybarra ha fallecido a los 82 años. Su vida fue el exponente del clan de Neguri y de una generación de banqueros que durante décadas copó el poder financiero

Foto: Emilio Ybarra. (EFE)
Emilio Ybarra. (EFE)

Emilio Ybarra (San Sebastián, 1936) ha fallecido esta madrugada en Madrid, pero, en realidad, la muerte civil le llegó en los primeros años 2000, cuando el Banco de España investigó -y denunció ante la Fiscalía Anticorrupción- la existencia de unas cuentas secretas -224 millones de euros- escondidas en varios paraísos fiscales que a la postre lo llevaron al ostracismo. El propio Ybarra admitió los hechos y muy recientemente el Supremo confirmó una sanción de tres millones de euros, aunque previamente se había librado del delito de apropiación indebida. No fue suficiente. El banquero vasco -otro producto de la fábrica de Deusto- ya estaba fuera de los circuitos de poder.

Ybarra, que había sido todo en la banca, se encontró de pronto con que a pesar de su apellido era un apestado del mundo financiero. Pero no sólo él, sino toda una generación de banqueros -la saga arranca a principios del siglo XIX- a quienes no sólo unían -y unen- lazos de sangre, sino una visión patrimonial de la economía mediante la integración de plantas siderúrgicas (Altos Hornos de Vizcaya); compañías eléctricas (Iberdrola); mineras (Somorrostro); astilleros, seguros o medios de comunicación (Grupo Vocento). Los Ybarra, los Chávarri, los Churruca, los Urquijo, los Gandarias, los Durañona, los Echevarrieta, los Sota, los Aznar… un capitalismo de apellidos ilustres que siempre ganó todas las guerras.

En una palabra: el viejo capitalismo de toda la vida que empezó con el comercio (incluso de esclavos hacia Cuba), maduró con la explosión de la industria de manufacturas al calor de los avances tecnológicos y finalizó con la banca. Un largo (y retrasado) proceso de industrialización del país que tanto el Banco de Bilbao como el Vizcaya fueron metabolizando en sus balances con paciencia de orfebre. Y que culminó con la llamada ‘operación norte-sur', hasta convertirlos, tras la fusión, en el primer banco de España con una veintena de entidades a su sombra y con más de 300 empresas a su servicio. E Ybarra -el ángel caído tras el fiasco de las offshore- era el jefe de ese emporio.

Emilio Ybarra abraza a Francisco González en la firma de la fusión de BBV y Argentaria. (Reuters)
Emilio Ybarra abraza a Francisco González en la firma de la fusión de BBV y Argentaria. (Reuters)

Un capitalismo a la vieja usanza -que hoy se llamaría de amiguetes- y que tenía su epicentro en Neguri. Y que se desintegró cuando el vicepresidente Rato en plena borrachera de poder aprovechó la crisis de las cuentas secretas -una forma poco sutil de ocultar el pago millonario de fondos de pensiones a los consejeros del BBV- para apartar a Ybarra de la copresidencia del banco y dar todo el poder a Francisco González (FG) para 'desvasquizar' un banco que siempre se le había resistido al PP de Aznar. Tal vez porque, en tiempos de Felipe González y Solchaga, la entidad formaba parte de la élite socialista, fiel aliada de Sánchez Asiaín, el primer banquero que entendió que el futuro del sector pasaba por la tecnología.

El propio FG fue quien hizo en el juicio de Ybarra un relato implacable de las aventuras financieras del fallecido y de otros consejeros. Y lo más singular. Pese a que las operaciones fueron autorizadas parcialmente por el Banco de España, siempre receloso de que los extranjeros -léase el siniestro KIO de Javier de la Rosa- entraran en la banca española de forma hostil. Parte de ese dinero era, precisamente, para abortar cualquier operación por las bravas.

Un momento tragicómico

Ybarra, en todo caso, era un banquero clásico que recorrió todos los puestos directivos, y al que tocó vivir uno de esos momentos tragicómicos de la historia financiera de España, cuando la repentina muerte de Pedro Toledo (diciembre de 1989) descabezó al fusionado BBV (Banco Bilbao Vizcaya), lo que provocó una situación insólita en un banco con dos culturas financieras completamente distintas, y que, sin duda, respiraban por sus poros viejas rencillas familiares. En otras palabras, una guerra civil en toda regla a orillas del Cantábrico.

Lo que sucedió fue que como ambos bancos tenía el mismo número de miembros del consejo de administración -es lo que tienen los clanes bancarios- no se ponían de acuerdo sobre quién debía mandar en la entidad. ¿El resultado? Al cabo de los 40 días más terribles de la banca española (con todo tipo de intoxicaciones periodísticas y complots de salón) fue el dedo divino del tándem Solchaga-Mariano Rubio quien ungió a Emilio Ybarra de la púrpura a través de un documento que no dejaba dudas sobre quien mandaba: el Gobierno socialista, metido de hoz y coz en un proceso de fusiones que remató el PP con la integración de Argentaria en un canje que dejó a los de Neguri al pie de los caballo y a FG al frente de la entidad.

Emilio Ybarra junto a Luis de Guindos en 2012. (EFE)
Emilio Ybarra junto a Luis de Guindos en 2012. (EFE)

Probablemente, porque así Sánchez Asiaín podría seguir influyendo en el nuevo presidente a través de la Fundación (ambos procedían del Bilbao). Y con seguridad porque Ybarra era cómodo y hasta dúctil para el poder socialista, que siempre miró hacia otro lado en el caso de los fondos depositados en paraísos fiscales, y que en realidad servían para un roto y un descosido. De hecho, fue el antiguo jefe de Solchaga en sus tiempos del servicio de estudios del Vizcaya, Pedro Toledo quien creó esa autocartera ficticia, que llegó a rozar el 4% del capital del banco. Pero Toledo se llevó el secreto a la tumba, lo que aceleró el descenso a los infiernos del clan de Neguri tras la derrota del PSOE en 1996.

Sólo hay una cosa clara. El auge de Ybarra Churruca fue tan fulgurante como su caída, y en su desplome se llevó por delante a los Ampuero y a las viejas familias vizcaínas de toda la vida. También a Plus (Pedro Luis Uriarte), uno de los padres del Concierto económico vasco y hombre clave en todo el proceso de fusión.

Lo singular -y hasta trágico- es que, al final, por un puñado de millones de dólares destinados a compensar la caída de las retribuciones que se había producido en el consejo tras la fusión con Argentaria, se acabó una saga fundamental en la industrialización del País Vasco. Mal final para seis generaciones de banqueros y comerciantes que están hoy de luto.

Economía

El redactor recomienda

Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
3 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios