BERLÍN PIERDE CAPACIDAD DE INFLUENCIA

Auf Wiedersehen!, Alemania; llega la política Lagarde al BCE

Por primera vez desde que se creó el BCE, Alemania no tiene ningún puesto entre las tres piezas fundamentales del banco central. Un nuevo tiempo con un enfoque más político.

Foto: Christine Lagarde, nueva presidenta del BCE
Christine Lagarde, nueva presidenta del BCE

Es probable que a Christine Lagarde, la próxima presidenta del Banco Central Europeo (BCE), nunca le toque hacer aquello que dijo William McChesney, presidente de la Fed durante los años cincuenta: el trabajo del banco central es “retirar el ponche justo en el momento en que empieza la fiesta”.

Y no es que el mundo no viva en la fiesta de la liquidez. Al contrario. Lagarde tiene ante sí años de baja inflación por razones estructurales (globalización, avance tecnológico o desregulación de los mercados), lo que explica que difícilmente va a tener que subir los tipos de interés durante los próximos dos o tres años, que es lo que menos gusta a los banqueros centrales porque tiene un coste reputacional enorme cuando no está justificado y hay mucho desempleo.

Esta ventaja, sin embargo, desaparece a la vista de su trayectoria, y no sólo porque sea una política profesional que ha tenido puestos de enorme relevancia, como la primera mujer que presidió un bufete de las dimensiones de Baker & McKenzie en EEUU, sino porque su experiencia en el mundo de los mercados es algo más que limitada. Y hoy, ya se sabe, lo primero que se le exige a un banquero central es entender la psicología de los mercados.

Uno de los primeros que lo vio claro fue Alan Greenspan, y también su sucesor, Ben Bernanke, el mayor experto en la crisis del 29. Pero también Mario Draghi, que con sólo unas palabras: “Haré todo lo que sea necesario para salvar el euro…” logró la paz hundiendo las primas de riesgo.

Es decir, que ser banquero central ya no es un territorio que corresponda ocupar a los mayores expertos en política monetaria, sino que tiene algo de predicador en el sentido de que si los mercados (sus fieles) no lo entienden, difícilmente puede ser eficaz la política monetaria, con una enorme propensión a romper los mecanismos de transmisión de la liquidez.

Clima cardenalicio

Y el perfil político de Lagarde no invita, precisamente, al optimismo. Sus formas, un tanto bruscas, tienen poco que ver con el clima cardenalicio que siempre quiere transmitir el BCE para dar una señal de que todo está bajo control, lo que exige palabras calculadas al milímetro. Y Lagarde como buena política, a veces no las mide.

La próxima presidenta del BCE, Christine Lagarde, en una reunión del FMI. (EFE)
La próxima presidenta del BCE, Christine Lagarde, en una reunión del FMI. (EFE)

Como ha recordado Le Monde, esto es lo que dijo Largarde cuando el FT le preguntó en septiembre de 2018 si sería presidenta del BCE: “No, no, no, no. No me interesa un trabajo europeo, ni en el BCE ni en la Comisión”. Pues ha sido que sí.

El margen de maniobra de Lagarde, en todo caso, es algo más que limitado. El BCE se ha creado a imagen y semejanza del Bundesbank y poco hay que esperar de un cambio súbito, aunque Lagarde intentara priorizar las razones políticas a las estrictamente técnicas.

Frivolidades monetarias

Entre otras cosas, porque el verdadero cerebro del BCE sigue siendo el economista jefe, puesto que ocupa desde hace algunas semanas el irlandés Philips Lane, poco propenso a las frivolidades monetarias. Es por eso por lo que lo relevante de la elección de Lagarde no es tanto su nombramiento, sino que en los tres puestos clave de Fráncfort no haya ningún alemán. Ni Lagarde, ni De Guindos, ni Lane lo son, lo que de alguna manera significa que la influencia alemana sobre el BCE se diluye.

Toda una novedad impensable hace pocos años, lo que refleja, fundamentalmente, la debilidad de Merkel. Pero también que el BCE, con dos décadas de experiencia, ya funciona como una maquinaria bien engrasada que no necesita ni padrinos ni tutelas. De hecho, su política ‘acomodaticia’ poco tiene que ver con la idea que tenían quienes crearon el banco central como una copia del Bundesbank, y que le llevó a perder buena parte de su credibilidad cuando Trichet subió dos veces los tipos de interés en plena crisis financiera.

Como ayer ponían de relieve algunos analistas, es probable que la mayor contribución que puede hacer Lagarde al BCE sea, precisamente, el hecho de que, al no ser una economista profesional ni una experta en política monetaria, pondrá más énfasis en la necesidad de reformas estructurales.

Con una inflación muy baja y con tipos de interés cero, de hecho, ese es el único margen de maniobra que tiene hoy el BCE para estimular la economía a la vista de que la política monetaria ha dado casi todo de sí, incluso adentrándose en las procelosas aguas de los tipos de interés negativos.

Y para eso se necesitan apoyos políticos (que Lagarde tiene por sus años en el Ministerio de Finanzas en los tiempos de Sarkozy) y, sobre todo, buena mano izquierda. Y en eso, Lagarde le saca varias cabezas a Draghi, que el 1 de noviembre dirá arriverderci Fráncfort.

Economía

El redactor recomienda

Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
2 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios