BRUSELAS FRENA LA FUSIÓN ENTRE ALSTOM Y SIEMENS

Cómo Europa se pega un tiro en el pie frente a China y EEUU

Bruselas ha puesto pie en pared frente a la fusión de Alstom y Siemens. Pero con ello ha frenado la creación de empresas globales que puedan competir con los gigantes chinos

Foto: Un tren TGV de alta velocidad, en una fábrica de Alstom. (Reuters)
Un tren TGV de alta velocidad, en una fábrica de Alstom. (Reuters)

Mientras España se agita a merced de sus miserias internas a cuenta de Cataluña, la última gala de los Goya o el penúltimo exabrupto de algún político lenguaraz en el Senado, el mundo avanza. También Europa, que ayer tomó una decisión trascendente que apenas consumirá minutos en el parlamento. La Comisión Europa, como se sabe, ha decidido frenar la fusión entre la alemana Siemens y la francesa Alstom con el argumento de que la operación permitiría a la compañía fusionada tener una posición de control en el mercado europeo.

Bruselas entiende que la concentración acabaría con la competencia en el sector ferroviario, en concreto, en el mercado de señalizaciones en las vías, incluidos los mecanismos de visualización existentes en los suburbanos europeos. Es más, según la comisaria Vestager, danesa, la operación acabaría con la competencia en la producción y venta de trenes de alta velocidad, lo que acabaría por afectar negativamente a los consumidores.

Cómo Europa se pega un tiro en el pie frente a China y EEUU

Padójicamente, aunque tal vez la coincidencia temporal no sea tan casual, el ministro de Industria alemán, Peter Altmaier, ha presentado la llamada 'Estrategia industrial nacional 2030', con la que su país pretende enfrentarse a la competencia de otras partes del mundo. En particular, China, cuya ventaja competitiva sigue siendo muy elevada por los bajos salarios, la reducida fiscalidad o la laxitud en la aplicación de normas medioambientales. Es por eso por lo que el plan del Gobierno alemán no esconde su interés en intervenir de forma decidida en el mercado, cuando sea preciso, para proteger su industria.

Un planteamiento impensable hace pocos años que ahora cuenta, sin embargo, con el respaldo decidido de Francia. El ministro Bruno Le Maire, de hecho, ha dicho que la decisión de Bruselas es no solo un “error económico” sino también un “error político”. Entre otras cosas, porque el entorno en que se deben analizar las fusiones ya no es el mercado europeo (cada vez más pequeño) sino el global.

Las horcas caudinas

La estrategia alemana no se corta un pelo y llega a decir que “la intervención estatal puede estar justificada o, incluso, ser necesaria para evitar serias desventajas para la economía nacional y para el Estado en general”. Y como el movimiento se demuestra andando, lo que han hecho París y Berlín (el Gobierno español está a lo suyo) es promover un gigante de las baterías eléctricas que, necesariamente, volverá a pasar por las horcas caudinas de Bruselas.

Merkel y Macron, en concreto, han anunciado un proyecto de cooperación entre empresas de ambos país en el que estarán involucradas la francesa Total y su filial Saft, y que estará abierto a otros países europeos. El objetivo es crear un sector industrial en torno a las tecnologías de las baterías de ion litio líquido.

La canciller alemana, Angela Merkel (i), y el presidente galo, Emmanuel Macron. (EFE)
La canciller alemana, Angela Merkel (i), y el presidente galo, Emmanuel Macron. (EFE)

Es decir, mientras Bruselas, el guardián del cumplimiento de los tratados, aplica una reglas de competencia restrictivas que impiden la creación de eso que se ha llamado 'campeones europeos' (una especie de superación de los 'campeones nacionales' que tanto se reclamaron en los ochenta y noventa), los grandes países de la UE —más pegados al terreno de sus industrias locales— reclaman un campo de juego propio en el que puedan competir. Lo contrario, de hecho, sería algo muy parecido a cruzarse de brazos mientras China penetra de forma sinuosa y sutil en Europa para quedarse por la puerta de atrás con el tejido productivo (que se lo digan a Grecia o Portugal en el capítulo de las infraestructuras) o con alta tecnología vinculada a la robótica.

La señal de alarma surgió el año pasado después de que una compañía china comprara KUKA, uno de los primeros fabricantes de robots del mundo, por unos 4.500 millones de euros, lo que alertó a las autoridades de Berlín, que posteriormente han vetado alguna operación.

Lo llamativo es que la penetración no se hace con criterios de mercado, ya que la mayoría de las compañías son participadas por el Estado chino o reciben financiación pública en condiciones muy ventajosas, algo que, en opinión de Bruselas, debe ser irrelevante o trivial, lo que explica que haya frenado la fusión ferroviaria.

Reglas obsoletas

En contraposición a este planteamiento, la estrategia de Alemania identifica una decena de sectores en los que hay que dejar a un lado el viejo 'laissez faire', entre ellos, sectores estratégicos como metales, productos químicos, impresión 3D, ingeniería de sistemas, dispositivos médicos, industria aeroespacial, defensa o el sector del automóvil.

Es probable que con las normas en la mano Bruselas tenga razón, pero parece evidente que esas mismas normas son obsoletas cuando China (y otros países) no cumplen las reglas de eso que se ha llamado una globalización 'inteligente', y que no es otra cosa que hacer factibles unas reglas de mercado justas en las que el punto de partida para hacer posible la libre competencia no sea tan desequilibrado.

No es que Macron o Merkel se hayan vuelto unos intervencionistas irredentos. Como sostiene la estrategia alemana, de lo que se trata es de configurar una economía de mercado —en el documento se recuerda la figura indiscutible de Ludwig Erhard, uno de los padres del milagro alemán— “preparada para el futuro”. Es decir, que tenga en cuenta las nuevas circunstancias globales, incluida la tecnología, que no estaban presentes cuando la Unión Europea se dotó de una complejísima artillería legal contra los monopolios y la alteración fraudulenta de las reglas del mercado.

Como ha dicho el ministro Altmaier, las leyes de competencia europeas, que entienden poco de economías de escala, deben revisarse y, si es necesario, modificarse para que las compañías alemanas y europeas “puedan continuar compitiendo internacionalmente en pie de igualdad".

El ministro de Economía alemán, Peter Altmaier. (Reuters)
El ministro de Economía alemán, Peter Altmaier. (Reuters)

Es probable que su súplica caiga en saco roto. Pero no solo por el ruido interno en muchos países a cuenta del populismo y la demagogia, que en ocasiones contamina el debate de las ideas. También por los talibanes de la libre competencia sin contrapartidas, lo que hace que se sigan estudiando fenómenos económicos del siglo XXI con criterios de la época de Thatcher y las desregulaciones de los años ochenta. Precisamente, el ecosistema en el que crece ahora el populismo a la vista del cierre de fábricas incapaces de competir en igualdad de condiciones con China y otros países.

La propia Comisión Europea lo sabe y en numerosas ocasiones ha reclamado la integración de los mercados (por ejemplo, fusiones transfronterizas en la industria financiera) para ganar tamaño y poder competir no solo con China sino también con EEUU, cuyas grandes empresas tecnológicas hacen de su capa un sayo y dominan el mercado de la información.

Como ha dicho el ministro Altmaier, se necesita pensar en grande” y no dejar en manos de burócratas asuntos que tienen que ver con la política industrial, que aporta empleos de mayor calidad y representa cerca del 20% del valor añadido bruto de Europa, lo que revela su importancia estratégica. Lo contrario será alimentar la demagogia y el populismo.

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