EL MUNDO SE PREPARA PARA UNA GUERRA DE 'DUMPING' FISCAL

La reforma fiscal que negocian el PP y C's choca contra el 'huracán Trump' y el Brexit

La reforma fiscal que pactaron en verano el PP y Ciudadanos choca contra el nuevo contexto internacional. El mundo se prepara para una nueva guerra fiscal

Foto: Los integrantes del equipo negociador del PP y Ciudadanos. (EFE)
Los integrantes del equipo negociador del PP y Ciudadanos. (EFE)

En la prolija documentación que acompaña anualmente a la Ley de Presupuestos, hay un tomo que suele pasar desapercibido. Se denomina 'Memoria de beneficios fiscales' y refleja las cantidades que voluntariamente deja de ingresar Hacienda por distintas decisiones de política económica. En total, suman 34.498 millones de euros. Una cantidad verdaderamente relevante que equivale, por ejemplo, a algo más de lo que cuesta cada año el servicio de la deuda pública.

Esa cifra tan impresionante que Hacienda renuncia a recaudar —por razones de política económica y por un cierto clientelismo político— ha ido decreciendo en los últimos años. En 2016, sin ir más lejos, la cuantía de los beneficios fiscales se reducirá en 6.221 millones, lo que refleja que en un contexto de restricción presupuestaria, el Gobierno lleva ya tiempo cortando el jamón de la despensa. Podía haber subido los tipos impositivos para recaudar más, pero, al final, ha optado por lo más fácil (y racional), eliminar deducciones, desgravaciones y todo tipo de bonificaciones —muchas de ellas parasitarias— sin ninguna justificación económica.

Aun así, los beneficios fiscales en el Impuesto de Sociedades siguen siendo cuantiosos. Nada menos que 3.840 millones de euros que se van en ajustes a la baja de la base imponible (libertad de amortización), tipos reducidos (fundamentalmente para las pymes), bonificaciones en la cuota íntegra o deducciones para promocionar el empleo entre trabajadores con discapacidad o ayudas a la producción cinematográfica.

Como se ve, una amplia panoplia que merma la recaudación tributaria. Pese a ello, España presentaba antes de la última reforma uno de los tipos efectivos más elevados de la UE, con un tipo marginal estimado del 19,5% y un tipo medio del 22%, como resultado no solo de sus elevados tipos legales sino de los ajustes fiscales que penalizan la imputación, como gastos fiscales de los gastos contables procedentes de determinados criterios de amortización, según el Banco de España. Las grandes corporaciones pagan menos, por debajo del 10%, pero en ese porcentaje no se incluyen los impuestos abonados en otros países.

Esa cantidad 'condonada' puede parece excesiva. Y sin duda lo es. Pero no hay que olvidar que apenas representa el 2,1% de los 180.515 millones de euros que recaudó el Estado en 2015, incluyendo impuestos directos (IRPF o Sociedades), indirectos (IVA) y especiales (tabaco o hidrocarburos).

Como se sabe, los portavoces económicos de Ciudadanos están negociando con el Gobierno una nueva vuelva de tuerca al sistema impositivo. Y con este objetivo, han propuesto tocar los impuestos especiales (19.146 millones de recaudación en 2015) y, sobre todo, el Impuesto de Sociedades (20.648 millones de ingresos), aunque en este caso sin tocar los tipos impositivos (situados entre el 15% y el 25% en función de las características de la empresa). Lo que se propone, en concreto, es seguir pelando la cascada de deducciones para acercar los tipos efectivos —los reales— a los nominales. Y la idea no parece mala. El problema es que no solo tiene escasa potencia recaudatoria, sino, sobre todo, que llega en unos momentos especialmente inoportunos.

Huracán Trump

El 'huracán Trump' y el Brexit han trastocado la agenda económica mundial. Y eso explica que ahora, tanto en EEUU como en Reino Unido (y otros países les seguirán), lo que se debate no es una subida de la fiscalidad de las empresas sino, justamente, todo lo contrario. El presidente electo ha anunciado, ya se sabe, que quiere que las empresas estadounidenses paguen apenas el 15% de sus beneficios (por debajo de lo que tributan los asalariados), y algo parecido sucede en el Reino Unido, donde la primera ministra ha sugerido (con el cabreo de Alemania) que bajará de forma intensa la presión fiscal de las empresas. Una estrategia destinada a evitar que sus grandes compañías se deslocalicen.

Máscaras del presidente electo Donald Trump. (Reuters)
Máscaras del presidente electo Donald Trump. (Reuters)

En este caso, Theresa May esgrime que la economía tiene que ganar competitividad como consecuencia del Brexit vía devaluación fiscal, lo que explica el enfado de Merkel. En el horizonte, si nada ni nadie lo remedia, se divisa una nueva ronda 'dumping' fiscal que pillará a España —como casi siempre— con el pie cambiado.

May, de hecho, ha prometido a los industriales británicos que el Reino Unido tendrá el Impuesto de Sociedades más bajo del G-20. Algo que comprometería seriamente a Irlanda, con unos tipos impositivos sobre beneficios empresariales que oscilan entre el 10% y el 12,5%. Reino Unido, por lo tanto, se presentaría como claro competidor de Dublín en materia fiscal.

Es en este contexto, y no en otro, en el que se desenvuelve la propuesta de Ciudadanos de subir de forma indirecta —sin elevar— los tipos nominales la tributación de las empresas.

Sin duda, porque política y electoralmente es muy rentable, pero lo cierto es que no parece ser el mejor momento, más allá de que sea deseable podar aquellas deducciones que se mantienen por inercia sin justificación económica. Parece evidente que si Ciudadanos quiere aumentar la recaudación —algo más que necesario—, debe mirar a otros impuestos con mayor capacidad recaudatoria: IRPF e IVA.

En particular, el Impuesto sobre el Valor Añadido, toda vez que España tiene el nivel más bajo de ingresos respecto de la Unión Europea. Paradójicamente, no porque los tipos impositivos sean reducidos, sino por algo mucho menos evidente que desangra la recaudación. Los tipos implícitos —es decir, contando la reducción de las bases imponibles por tipos más bajos que los generales— son anormalmente reducidos. En concreto, según estimaciones del Banco de España, 7,6 puntos menos que la media de la Unión Europea a 27 (14% frente al 21,6%).

Pañales y restaurantes de lujo

¿Qué significa esto? Pues ni más ni menos que aunque los tipos nominales sean muy altos (21% el general), hay infinidad de productos que tributan con tipos reducidos o superreducidos (10% o 4%). El resultado es una imponente merma de recaudación mucho mayor que la que se produce por beneficios fiscales en el Impuesto de Sociedades, y que ningún Gobierno ha querido afrontar. Pese a la incongruencia que supone que unos pañales tributen más que un restaurante de lujo.

Algo parecido sucede en el caso de los impuestos especiales, alcohol, tabaco, hidrocarburos, carbón, electricidad y determinados medios de transporte, cuya recaudación es también mínima. Ciudadanos, con buen criterio, pretende revisarlos al alza (España ingresa la tercera parte menos que en la UE), pero no caben muchas esperanzas por esta vía, dada su escasa potencia recaudatoria.

¿Por qué entonces Ciudadanos se fija en Sociedades e impuestos especiales y no en los tributos con mayor musculatura? Probablemente, porque IRPF e IVA son los más populares, y el partido de Rivera es poco dado al desgaste político. Ciudadanos, como se sabe, ha acordado con el PP rebajar el IRPF en dos puntos hasta dejarlo entre el 18% y el 43,5%, una vez que España haya alcanzado el objetivo europeo de reducir el déficit público por debajo del 3%. Hasta entonces, dice el documento, en ningún caso se subirá el Impuesto sobre la Renta.

Elevar el IRPF no es, evidentemente, lo deseable. Otra cosa es atacar una nueva reforma de este impuesto para evitar, por ejemplo, que alguien con 60.000 euros de ingresos tribute por tipos máximos. O que en el IRPF se vayan por el desagüe de las bonificaciones 8.309 millones de euros. Es decir, más del doble que en el Impuesto de Sociedades. O que el Impuesto sobre la Renta se haya convertido en realidad en un impuestos que pagan los asalariados. Ahí está el botín.

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