GEORGE AKERLOF, PREMIO NOBEL DE ECONOMÍA 2001

Akerlof: "La corrupción hace perder la fe en los gobiernos"

Akerlof tiene dos 'etiquetas'. Es el marido de la presidenta de la Fed, pero también es premio Nobel. Una compleja relación de la que ha hablado en su reciente visita a Madrid

George Akerlof (New Haven, EEUU, 1940) tiene un problema. O mejor dicho, es víctima de su propio éxito. Debe ser el único premio Nobel de Economía, obtenido en 2001 junto a Spence y Stiglitz, al que le preguntan más por su esposa que por sus avances en la investigación económica.

Y es que no debe ser fácil estar casado con la presidenta de la Reserva Federal, Janet Yellen, y, al mismo tiempo, recorrer el mundo dando su opinión sobre los más variados asuntos. Al fin y al cabo, como alguien dijo, ser premio Nobel da una ventaja sobre el resto de los mortales. El galardonado puede hablar sobre cualquier cosa y se convierte, de inmediato, en fuente de autoridad.

Akerlof, sin embargo, sí que sabe una cosa. No puede hablar de cuestiones sobre las que su poderosa esposa tiene jurisdicción, y eso explica que cuando se le hace una pregunta 'incómoda' o la respuesta corre el riesgo de moverse en un terreno resbaladizo, esboce una dulce sonrisa para decir a continuación: 'No comment'. Al tiempo que pide sentidas disculpas por su 'osadía'. Sin duda, porque Akerlof es un hombre de exquisita educación, cuya mayor contribución al pensamiento económico tiene que ver con la información asimétrica. Es decir, aquella que se produce cuando uno de los dos agentes que participan en una transacción económica posee más información que el otro, lo cual sesga la naturaleza y el contenido del contrato.

George Akerlof y su mujer, Janet Yellen, presidenta de la Reserva Federal. (Reuters)
George Akerlof y su mujer, Janet Yellen, presidenta de la Reserva Federal. (Reuters)

Entrevistándole, ocurre exctamente lo contrario. Akerlof tiene infinita más información que el entrevistador, pero no puede revelarla por razones obvias.

Ha estado recientemente en Madrid para participar en el Foro de la Economía del Agua, un evento del máximo nivel, en que ha llamado la atención sobre los múltiples errores que comenten los ciudadanos por no disponer de la información suficiente. Y en estos tiempos, un ejemplo de libro es el Reino Unido tras el Brexit. Muchos británicos se abstuvieron en el referéndum o votaron a favor sin tener en cuenta las consecuencias.

"En cada elección", sostiene Akerlof, "puedes tener la preocupación de si los votantes tienen la información correcta en relación a lo que votan, parece que en el Brexit, según dice la prensa británica, los votantes que votaron a favor ahora dicen que no entendieron cuáles serían las consecuencias. Y es que es muy duro para los votantes saber exactamente cuáles serían esas consecuencias. Vosotros sois periodistas profesionales y yo soy un economista profesional. Esta es la típica cosa sobre la que nosotros pensamos mucho, pero no podemos imaginar que el resto del público vuelque su tiempo en esto. Y ahora es duro para ellos observar cuáles son las consecuencias de la legislación. Tienen sus vidas normales, con trabajos normales y cuidan de sus hijos, y esa es su mayor preocupación. Es fácil no prestar atención a los detalles".

Efectos secundarios

Según Akerlof, los detalles son los que a menudo se escapan del análisis. Algo que puede explicar fenómenos como la corrupción. "Uno de los mayores problemas de la corrupción es el coste que supone", asegura. Y es verdad, sostiene, que hay que huir de ella por su elevado coste económico. Pero dicho esto, asegura que "hay una cuestión mucho más importantes que no se puede observar científicamente". Y en concreto, cita que los ciudadanos "pierden la fe en el Gobierno, en lo que puede hacer y en lo que debería hacer". El Gobierno, concluye, pierde su legitimidad, y eso tiene un efecto secundario, algo que a la larga "es mucho más importante que el efecto primero de la corrupción".

George A. Akerlof, Nobel de Economía en 2001. (EFE)
George A. Akerlof, Nobel de Economía en 2001. (EFE)

Existe un cóctel letal: corrupción y crisis. Y lo que opina Akerlof es que, desde 2008, la respuesta del mundo a la crisis fue la contraria a la que se dio en los años treinta. La política económica ha sido mejor. "Hubo", continúa, "dos respuestas a esta crisis. La primera se tradujo en paquetes de estímulo, tanto en Europa como en EEUU. Y la segunda, en tipos de interés más bajos. Ambas cosas supusieron una diferencia muy significativa para la economía mundial. Desafortunadamente, no fue algo uniforme. Por ejemplo, golpeó particularmente a España. España solía tener tasas de desempleo muy altas. Cuando bajaron, fue un triunfo tremendo, y luego volvieron a subir. Desafortunadamente, parece que se han quedado ahí en el 20%. Con especial incidencia en los jóvenes".

¿Subir los salarios es la solución? Akerlof desconfía de la implantación de un salario mínimo en países que no lo tienen, pero admite que la creciente desigualdad tiene mucho que ver con el hecho de que los trabajadores de menor cualificación hayan visto cómo sus nóminas crecían menos. "La distancia entre el 99% y el 1% más rico está aumentando año tras año", concluye.

En los últimos años, crisis y calentamiento global han ido de la mano. Y su conclusión no deja lugar a dudas: "Algo que no tenemos todavía es una historia apropiada que motive a la gente a preocuparse del tema tanto como debería. De alguna forma, lo que necesitamos es la gran película, la gran novela de ficción, el gran artículo de periódico... Necesitamos llevarnos el problema a casa. Algo que sea emocional para nosotros. Eso es lo que no tenemos en lo que afecta al calentamiento global". Y recuerda, en este sentido, que en EEUU, a mediados del siglo XIX, la publicación de 'La cabaña del tío Tom' supuso un gran impacto contra la esclavitud.

Caso Volkswagen

Un ciclista pasa por delante de una planta de Volkswagen. (EFE)
Un ciclista pasa por delante de una planta de Volkswagen. (EFE)

Su opinión es que tenemos la sensación de que el calentamiento global solo pasa en países muy lejanos y que no llega a las casas de la gente. "Le daré un ejemplo", asegura con cierto de aire de confidencia, "en Berkeley, en California, tengo una casa con un patio. Y tiene dos secuoyas preciosas. Tras dos años de sequía, están empezando a venirse abajo. Esa es una historia personal, que está en mi patio trasero. Son mis árboles, árboles enormes que se están cayendo, tenemos que hacer algo. Es algo que toca a los sentimientos, pero eso no aparece en los libros de texto".

Lo que sí aparecerá es el caso Volkswagen, un asunto, precisamente, que tiene mucho que ver con la información asimétrica: el vendedor (la compañía de automóviles) tenía mucha más información que el comprador (que confiaba en las emisiones que indicaba el libro de uso del vehículo).

"Me parece que Volkswagen está pagando un precio muy alto por esto. Está demandado en EEUU y no sabemos hasta dónde puede llegar. Debería ser suficiente para que Volkswagen fuera muy cauteloso para no volver a hacer esto. Volkswagen siempre ha sido una buena compañía, y deberían tomarlo como un punto de inflexión y desarrollar una cultura en la que esto no vuelva pasar nunca, nunca más. Y el resto de las compañías se subirían a sus hombros y serían más cuidadosas. Han pagado un precio alto. Y es apropiado".

"Otra cuestión", continúa, "es si debería haber una acusación criminal. No me gusta nada que la gente vaya a la cárcel, pero siento, con lo que han hecho hasta ahora, siento que sí, es necesario que sean procesados, porque de otro modo la gente perderá la fe en el sistema. Es lo mismo que con la corrupción. Necesitamos que la gente tenga fe en el sistema. Y a la gente que ha hecho daño serio y ha violado la ley, deberíamos perseguirla".

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