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Libra esterlina: la historia de un declive secular... ¿con destino final en el euro?

El referéndum británico amenaza con provocar una dura sacudida bajista en la libra. La divisa británica no es lo que fue, pero sigue siendo un motivo de orgullo patriótico

Foto: Un mosaico con el símbolo de la libra en el Banco de Inglaterra./REUTERS
Un mosaico con el símbolo de la libra en el Banco de Inglaterra./REUTERS

La libra esterlina no tiene un buen recuerdo del siglo XX. Lo comenzó siendo la moneda hegemónica y lo terminó inmersa en un declive secular que aún perdura. Por el camino, tres sonadas devaluaciones que dolieron en lo más profundo del orgullo británico, las de 1931, 1949 y 1967, una búsqueda de identidad que se prolongó durante los años 70 y 80 y una sonora crisis, la de 1992, que acabó con el Banco de Inglaterra (BdI) derrotado por los inversores y con los huesos de la divisa británica fuera del proyecto que desembocó en el nacimiento de una moneda común en Europa. Todos ellos, hitos vinculados a la vida política británica. "La libra ha sido un símbolo alternativamente de orgullo nacional y declive nacional", sentenció el periodista británico Philip Stephens para describir esa trayectoria. 

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Casi un cuarto de siglo después del último de esos episodios, la libra se expone a sumar otra fecha a esa secuencia. El referéndum de este jueves, en el que los británicos determinarán su permanencia (Bremain) o su salida (Brexit) de la Unión Europea (UE) será una nueva prueba para la libra. Si triunfa el temido Brexit, el BdI tendrá que emplearse a fondo para intentar detenar la sacudida bajista que, sin ninguna duda, sufrirá la moneda británica.

Goldman Sachs maneja un drástico desplome del 20% en ese supuesto. Y el legendario George Soros, que debe buena parte de su aureola como inversor al éxito que cosechó en 1992 en compañía de su socio Stan Druckenmiller al posicionarse contra la libra y el Banco de Inglaterra y ganar 1.000 millones de dólares en el intento, ha vaticinado una "caída peor a la que sufrió en el miércoles negro". Ese miércoles negro ocurrió el 16 de septiembre de 1992. La libra se hundió un 4% contra el dólar y dio paso a una caída mensual del 10% contra el billete verde en septiembre y del 12% de octubre. De hecho, siguió cayendo hasta marzo de 1993.

En caso de producirse, el Brexit lo exigirá todo del Banco de Inglaterra; y la entidad tendrá que sacrificar algo -o mucho- para defender a la libra esterlina

El Brexit obligaría al gobernador del Banco de Inglaterra, Mark Carney, a poner en funcionamiento toda su maquinaria. Y en distintas direcciones. Por un lado, emergería como garante de la liquidez del sistema, para lo cual será indispensable contar con la colaboración de otros bancos centrales, como la Reserva Federal estadounidense y el Banco Central Europeo (BCE), para tener abiertas líneas de intercambio de libras, dólares y euros y evitar que cunda el pánico por posibles restricciones de dinero. Por otro, y ante la previsible fuga de capitales que sufriría el país y la consiguiente presión bajista sobre la divisa británica, se vería empujado a acudir al rescate. ¿Cómo? O subiendo unos tipos de interés que llevan congelados en el 0,5% desde marzo de 2009, una estrategia arriesgada por el impacto que tendría en la recuperación y que invitaría a los inversores a levantar posiciones como las de Soros y Druckenmiller en 1992, o imponiendo restricciones a la libertad de capitales, una alternativa mucho más polémica en un país que cuenta con un centro financiero como la City y que requeriría del respaldo del Gobierno.

Lo que está claro es que todo no se puede: ningún país puede aspirar al mismo tiempo a una divisa con un cambio fijo, libertad de capitales y autonomía monetaria. Puede tener dos de estos tres elementos; pero nunca los tres. Londres tendrá que elegir. En cualquier caso, las autoridades británicas no pueden obviar la vulnerabilidad que supone arrastrar un déficit por cuenta corriente próximo al 7% del Producto Interior Bruto (PIB), un desfase que se vería presionado por el Brexit y la fuga de capitales. 

Aquellas especulaciones de 2009

La libra, por tanto, también se la juega en el referéndum. Siente la amenaza de prolongar el declive iniciado con la devaluación de 1931, que supuso su abandono del patrón oro y el inicio de la pérdida de su primacía mundial. Comenzó a ceder su cetro en beneficio del dólar, cuya hegemonía quedó ya confirmada desde la Segunda Guerra Mundial. Y desde entonces, la ambivalencia mencionada por Stephens: símbolo del desmoronamiento de un Imperio que ya no es, pero motivo de orgullo. Tanto, que nunca se volcó en el proyecto que condujo al euro. Soros lo vio claro. Acertó al adivinar que Londres no empeñaría su futuro por sumarse a una Unión Económica y Monetaria que implicaba la cesión de soberanía monetaria y cambiaria. La libra no era lo que fue, pero seguía siendo 'su' libra

Hoy, la libra es intocable para los británicos; es una cuestión de orgullo nacional. Pero el futuro desafío de las monedas emergentes podría cambiar la percepción

Y lo sigue siendo. Y parece difícil que vaya a cambiar. Tony Blair llegó a plantearse la posibilidad de sumarse al euro; sometió el proceso a cinco pruebas para testar el grado de acoplamiento entre las economías británica y europea. Pero nunca pasó de ser una posibilidad. Y el único atisbo de duda sobre la conveniencia de preservar la libra y estar fuera del euro asomó cuando el mundo financiero amenazaba con desvanecerse por completo. Es decir, tras la quiebra de Lehman Brothers en septiembre de 2008. La situación del país y de su centro financiero era tan desesperada que esa opción apareció en el escenario. "Posibilidad de que un país abandone el euro: cero. Posibilidad de que la libra esterlina se sume al euro: alta", se atrevió a vaticinar Joaquín Almunia, entonces Comisario Europeo de Asuntos Económicos y Monetarios, en febrero de 2009. 

Condenada a un papel secundario

De aquello, sin embargo, apenas queda el recuerdo. Nadie, ningún político británico, se plantea sacrificar la libra. Hoy es intocable. Pero su futuro a más largo plazo puede ser otro. Según los datos del Fondo Monetario Internacional (FMI), a finales de 2015 la libra representaba el 5% de las reservas internacionales, el peso más alto alcanzado en los últimos años, pero una proporción muy inferior al 64% que acaparaba el dólar y al 20% del euro, pese ala oleada de desconfianza que ha sufrido en los últimos años. En el último informe trienal del Banco Internacional de Pagos (BIS), la libra figura como la cuarta divisa más transaccionada; está en el 11,8% de las operaciones diarias, por detrás del dólar (87%), el euro (33,4%) y el yen japonés (23%) -como en cada operación de divisas participan dos monedas, el total no suma un 100%, sino un 200%, de ahí que la suma de estas cuatro ya supere el 100%-. 

"La libra se encuentra en pleno declive secular y no va a recuperar una posición prominente. Sigue figurando en la cesta de monedas de reserva, pero casi más a título 'honoris causa'", afirma el analista financiero Juan Ignacio Crespo. La previsible irrupción de las grandes divisas emergentes, como el yuan chino, la rupia india y el real brasileño, en los próximos años será un desafío para la libra, que podría perder más cuota de mercado. Si, además, Shanghai, Hong Kong u otro centro financiero emergente retan a la City, el pulso será ya mayúsculo. Y en la medida en que lo sea, el distrito financiero londinense y las grandes empresas británicas plantearán la conveniencia de sumarse al euro. Ya se sabe: la unión hace la fuerza. Aunque esté el Canal de la Mancha por medio. 

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