EL PIB HA CAÍDO UN 25% EN CUATRO AÑOS

Venezuela: la farsa (económica) acaba en tragedia

La economía de Venezuela se despeña. Abandonado como un paria del sistema productivo mundial, ha perdido el 25% de su PIB en apenas cuatro años. El futuro no es halagüeño

Hace algunas décadas, un dictador haitiano abandonaba Puerto Príncipe a la fuga. Por cierto, nada extraordinario en un país acostumbrado a los golpes de Estado. Y en el aeropuerto que le llevaba a su exilio, espetó a sus compatriotas: “Les dejo un cigarro prendido por las dos puntas”. Es muy probable que cuando el régimen bolivariano sea expulsado del poder, Nicolás Maduro, o su sucesor, pronuncie la misma sentencia que el dictador haitiano. No habrá por dónde coger a un país arruinado y construido desde hace décadas -desde luego antes de que Hugo Chávez llegara al poder- sobre una farsa. Pero que ha tenido en el chavismo su sumo sacerdote desde 1999, año en que los bolivarianos juraron devolver el poder al pueblo.

En realidad, lo que le han devuelto es a la miseria. Algunas cifras extraídas del último informe del FMI reflejan la naturaleza y la dimensión de la crisis, sin tener en cuenta el desprecio por las libertades. El año pasado, el PIB venezolano se contrajo un 5,7%, pero es que este año, según esas previsiones, caerá nada menos que un 8%, mientras que en 2017 el descenso será todavía del 4,5%, después de haber retrocedido un 3,9% en 2014. Es decir, el país se comerá cerca del 25% de su PIB en apenas cuatro años.

Una verdadera calamidad para un país anegado de riquezas naturales que sufre en carne propia eso que se ha venido a denominar la ‘maldición del petróleo’, aunque en realidad habría que decir la maldición de sus gobernantes y de la baja calidad de sus instituciones. Y que ni siquiera ha podido aprovechar la primavera económica que ha vivido el subcontinente americano hasta hace pocos años gracias al encarecimiento de las materias primas.

La economía venezolana es hoy una colilla tirada al suelo y encendida por las dos puntas que nadie quiere coger, lo que explica la fuga de divisas y la ausencia de inversión extranjera. No es para menos teniendo en cuenta que este año la tasa anual de inflación alcanzará el 720%, impulsada, como sostiene Alejandro Werner, director del FMI para la región, por la monetización de los gigantescos déficits presupuestarios.

Clientelismo político

O lo que es lo mismo, el banco central venezolano está imprimiendo billetes para mantener un sistema económico basado en el clientelismo político, lo cual genera inflación a borbotones, además de un aumento en el tipo de cambio del mercado paralelo y la escasez de bienes esenciales por falta de divisas. Venezuela será, de hecho, el país del mundo con más inflación en 2017. Nada menos que un 2.200%, si se cumplen las previsiones del Fondo.

El desplome del precio del petróleo, obviamente, tiene mucho que ver con ello. Venezuela, paradójicamente, se apuntó a la guerra de precios en febrero de 2016, cuando en Doha los países más influyentes de la OPEP decidieron congelar la producción de crudo para seguir combatiendo las nuevas alternativas energéticas y hacerlas insostenibles financieramente. El resultado ha sido una caída imponente de los rendimientos por venta de petróleo. Nada menos que un 17% del PIB. Es decir, como si en España los recursos del sector público cayeran en nada menos que 170.000 millones de euros de un plumazo.

La consecuencia, como no puede ser de otra manera, es que la economía venezolana es hoy por hoy una apestada del sistema productivo mundial. Entre otras cosas, por sus rigideces cambiarias, lo que ha provocado un gigantesco desequilibrio en su balanza de pagos, y que este año alcanzará el 6,6% del PIB. Su prima de riesgo -diferencial con el bono de EEUU- se ha disparado por encima del 3.000%, lo que da idea de la credibilidad de la economía de Venezuela, donde la seguridad jurídica para los inversores extranjeros simplemente ha desaparecido.

La farsa es todavía mayor si se tiene en cuenta que el Gobierno venezolano ha intentado a toda costa mantener su sistema clientelar, toda vez que ahí radica su respaldo político. Las divisas disponibles por venta de petróleo y otras materias primas están siendo utilizadas, principalmente, para financiar importaciones de bienes esenciales a expensas de bienes intermedios y de capital. Es decir, la inversión se sacrifica para mantener la red de ayudas públicas bolivarianas. Y debido a ello, la capacidad productiva se ha desplomado como consecuencia de la falta de bienes intermedios, de los controles de precios y otras regulaciones y controles administrativos generalizados y del deterioro del clima de negocios, como aseguran los economistas del FMI.

Una farsa en toda regla que el Gobierno bolivariano intenta enmascarar culpando al exterior de sus penalidades. Y que viene de lejos. Venezuela se negó en 2004 a que el FMI analizara su economía de acuerdo con el Artículo IV del Fondo, al que Caracas está acogido, y desde entonces es un país paria con unas estadísticas oficiales que nadie cree. O no se publican o lo hacen con tanto retraso que son inservibles para el análisis de la coyuntura.

Aun así, se prevé que este año el déficit fiscal primario (sin el pago de intereses) alcance un estratosférico 23,4% del PIB, con un nivel de deuda pública, paradójicamente, muy bajo. De apenas el 36% del PIB. La causa de este reducido endeudamiento tiene que ver con el hecho de que el Gobierno no puede salir al exterior para financiarse (sus bonos se consideran basura -'rating' CCC-) ni tampoco existe ahorro interno que pueda comprar la deuda, lo que obliga al banco central a trabajar a fondo emitiendo moneda que, en realidad, es papel de escaso valor, y que necesariamente genera altos niveles de inflación y de pobreza.

Curiosamente, empeñando uno de los logros de la revolución bolivariana: la lucha contra la pobreza, que había conseguido buenos resultados en los últimos años. Como reconoce la Cepal, “el patrón de crecimiento ha sido claramente favorable a los pobres” en países como Argentina, Paraguay, Uruguay y Venezuela. Pero ahora, con la crisis, pierden todos: los pobres y las clases medias, toda vez que los más acaudalados hace ya años que salieron del país.

Entre 2006 y 2015, el coste de la vida ha subido a un media anual del 47%, arruinando a las clases medias y a los ahorradores. La renta per cápita ha caído hasta los 16.773 dólares, ya muy cerca de un país históricamente pobre, como es Brasil, y muy por detrás de Chile, Argentina o Uruguay, pese a las rentas del petróleo.

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