LA MITAD DEL IBEX TIENE MÁS DE 65 AÑOS

La generación de los cuarenta toma carretera y manta

La marcha de Alierta anuncia cambios intensos en el Ibex. Los ejecutivos forjados en los años ochenta tienen a la vista su retirada. Los cambios sociales no son ajenos a este proceso

Ortega, que era un estudioso de la conducta y de las inquietudes intelectuales de los componentes de una generación cualquiera, sostenía que cada una de las personas nacidas en una misma época compartían igual 'sensibilidad vital'.

Alierta (1945), Francisco González (1944), Isidre Fainé (1942) o Florentino Pérez (1947) encajan perfectamente en esa definición. Y no solo porque todos y cada uno de ellos nacieran en los años cuarenta y compartieran en su niñez la primera y cruel posguerra. También porque representan el capitalismo rampante que se instaló en España a partir de la segunda mitad de los años ochenta, que es cuando comienza a desmoronarse -tras la adhesión a la UE- el antiguo régimen empresarial heredado del franquismo.

En otras palabras, la nueva hornada de empresarios que sustituyó a la vieja 'beautiful people' de los tiempos de Solchaga, y que fue la que puso los cimientos del actual capitalismo español (Boada, Boyer, 'et alters'). Su sucesores han sido los gerifaltes de la armada económica española durante las dos últimas décadas. Los primeros, bien conectados con el Partido Socialista; los segundos, con el triunfante PP de 1996.

Sus años de gloria mundana, de hecho, no llegarían hasta la segunda mitad de los años noventa. La generación de los cuarenta es, en este sentido, el símbolo de eso que algunos economistas han llamado, de forma un tanto despectiva, 'capitalismo cañí', y otros, 'capitalismo de amiguetes'.  Es igual. El nombre es intrascendente. En todo caso, se está ante una verdadera aristocracia económica con enorme capacidad de influencia sobre los poderes públicos y que, en buena medida, tuvo que improvisar el primer gobierno Aznar con nombres como Villalonga, Pizarro, González o el propio Alierta.

Florentino Pérez. (EFE)
Florentino Pérez. (EFE)

La creación artificial de élites empresariales por parte de los poderes públicos no fue ninguna novedad. Ha sido una constante de la economía española, al menos desde el marqués de Salamanca. 

Más allá de etiquetas, sin embargo, lo significativo es la aparición de una nueva generación de empresarios sin empresa -en realidad, se trata de altos ejecutivos- situados a mitad de camino entre la política y los consejos de administración, y que con muy pocas acciones han manejado de manera muy personalista sus empresas, como si tuvieran una posición de control.

Sin duda, porque muchos de ellos se han sentido fuertes al ser nombrados o ratificados por el ministro de Economía de turno a raíz de la privatización de servicios públicos. Alierta -bróker de Beta Capital en los años ochenta- llegó a Telefónica de la mano de Rato, y lo mismo sucedió con Francisco González, último presidente de Argentaria, y encargado de 'desvasquizar' el banco tras el escándalo de los fondos de pensiones de sus consejeros en paraísos fiscales.

Francisco González. (EFE)
Francisco González. (EFE)

En otros casos, la nueva élite supo aprovechar la quiebra del entramado empresarial heredado por el Estado (la célebre socialización de pérdidas), y que llevó a Florentino Pérez, por ejemplo, a comprar empresas por una peseta al Fondo de Garantía de Depósitos. Ahí está el origen de ACS.

O el de la constructora OHL. Aunque el marqués de Villar Mir, por gracia real, pertenece a una generación anterior (nació en 1931), su imperio se ha levantado sobre la ruina de empresas en quiebra que ha sabido rentabilizar. Un caso muy distinto al de Amancio Ortega (1936), el patrón de Inditex. O al de José Folgado (1944), el último mohicano de las empresas públicas cotizadas en el Ibex. O al de José Lladó (1934), primer accionista de Técnicas Reunidas.

Capitalismo rampante

Ese capitalismo rampante -vinculado en buena medida a sectores regulados o muy dependiente de concesiones públicas- es el que comienza a cuartearse con la marcha de Alierta, cuya salida marca un antes y un después. Hasta el punto de que puede interpretarse como un auténtico aviso para navegantes. El aragonés ha mostrado el camino.

El rey Juan Carlos. (EFE)
El rey Juan Carlos. (EFE)

La renuncia inesperada de don Juan Carlos -más allá de los escándalos que marcaron la última etapa de su largo reinado- fue la señal inequívoca de que algo estaba cambiando en la sociedad española, muy distinta -y mucho más exigente- de aquella que lo coronó Rey de España en 1975.

Y si en la jefatura de Estado ha habido cambios, también se han producido en la vida política o en el sindicalismo tras el 20-D. Hoy, de hecho, la generación de quienes nacieron en los primeros años de la Transición está ocupando los espacios de poder, y este proceso no ha hecho más que empezar. Los años setenta son hoy la semilla sobre la que se construye la nueva clase empresarial o política.

No ha ocurrido lo mismo en la élite del Ibex, copada de ejecutivos avezados. Y aunque es verdad que España, por primera vez, ha contado con una generación de altos ejecutivos que se baten el cobre en mercados globales muy competitivos, también es cierto que han tendido a protegerse en sus cargo y a ningunear la biología mediante pactos parasociales desconocidos por los accionistas de sus propias empresas.

Más de la mitad de los actuales primeros ejecutivos del Ibex no podrá cumplir ya los 65 años, lo cual refleja con nitidez la escasa renovación empresarial registrada pese a los cambios intensos que se han producido en el tejido productivo. La composición del Ibex -con escasa presencia de empresas tecnológicas- es hoy básicamente la misma desde que nació hace casi un cuarto de siglo, salvo irrupciones como Inditex, lo cual refleja que en España no siempre se cumple el célebre aserto de Schumpeter: la destrucción creativa es una constante del capitalismo. Lo viejo tiene que morir para que nazca lo nuevo.

Lo cierto es que ni la crisis -que se ha llevado por delante beneficios y dividendos de forma dramática- ha podido rejuvenecer con intensidad al Ibex, que no solo ha permanecido ajeno a los cambios generacionales sino que, además, ha ampliado en los últimos años su influencia tras la creación del Consejo Empresarial de la Competitividad, el mayor 'lobby' constituido nunca en España. Un 'lobby' tocado de muerte, pero que en los últimos años se ha comido a la CEOE en su capacidad de presión sobre el Gobierno.

Isidre Fainé. (EFE)
Isidre Fainé. (EFE)

Nada indica que el futuro vaya a ser igual. Las circunstancias sociopolíticas que dieron origen a esa nueva aristocracia económica (volcada ahora en la internacionalización de sus compañías) se han evaporado. Han volado. Los viejos patrones del Ibex preparan su retirada, aunque lo relevante es el perfil de sus sucesores. Si antes era una decisión pactada con el Gobierno de turno, hoy el margen de autonomía es mayor. Mucho mayor. Entre otras cosas, por el tamaño de las grandes corporaciones y porque en los consejos de administración del Ibex se sientan hoy enormes fondos de pensiones muchas veces más poderosos que los propios gobiernos.

La generación de los cuarenta se irá diluyendo antes de que acabe la década. Y con ella, la primera promoción de altos ejecutivos mitad monjes, mitad soldados. Mitad empresarios, mitad gestores de bienes que antes eran públicos y hoy son privados.

[Ilustración: Raúl Arias]

Economía

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