convulsión en los mercados financieros

La hora de la política: el desplome bursátil desnuda los límites de los bancos centrales

Tras años parapetados en las políticas de los bancos centrales, la inestabilidad financiera obliga a las autoridades políticas a dar un paso al frente para evitar un fatal accidente

Foto: El presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi. (EFE)
El presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi. (EFE)

Los bancos centrales se han convertido en el séptimo de caballería durante la crisis financiera desatada en el verano de 2007. Han acudido al rescate siempre que se los ha necesitado. Han bajado los tipos de interés hasta el infinito -0%- y más allá -por debajo del 0%-. Y han creado más de 10 billones de euros con sus compras de activos. Siguiendo lo escrito por el expresidente de la Reserva Federal (Fed), Paul Volcker, han llevado hasta el extremo el principio de que "el único poder verdadero de un banco central es, a fin de cuentas, el poder de crear dinero". Nunca antes habían hecho tanto por crear dinero. O como expresa otro expresidente de la Fed, Ben Bernanke, en sus memorias, nunca antes habían manifestado tanto "coraje para actuar".

Pero con el coraje no basta. Todo tiene un límite, hasta la capacidad de los aparentemente todopoderosos banqueros centrales. Porque la afirmación de Volcker tenía una segunda parte, y esta se está manifestando en la convulsión con la que 2016 ha comenzado en los mercados. "...Y a la postre el poder de crear es el poder de destruir", concluía el exmandatario del banco central de EEUU.

Los bancos centrales han sido el séptimo de caballería durante la crisis. Pero ahora se teme que su 'poder de crear' esté degenerando ya en su 'poder de destruir'

Justo eso, el miedo a que los bancos centrales -es decir, el séptimo de caballería- hayan perdido el control de la situación está influyendo en las fuertes caídas bursátiles sufridas en las últimas semanas. No solo se teme que sus medidas monetarias sin precedentes estén perdiendo efectividad, sino que, sobre todo, asusta que estén agravando los riesgos y las distorsiones en la valoración y la gestión de los activos en los mercados. Un dato: el volumen de deuda pública con rentabilidades negativas supera ya los 6 billones de dólares -unos 5,3 billones de euros- en todo el mundo. Preocupa, en resumen, que su poder de crear esté degenerando ya en su poder de destruir.

"No pueden delegar más"

Esta tesitura, la de comprobar la impotencia del séptimo de caballería, conduce, en opinión de los expertos, a una auténtica ruptura. Pese a las promesas y las intenciones de refundar el capitalismo y acometer las reformas estructurales precisas, fundamentalmente tras la quiebra de Lehman Brothers, las autoridades políticas han preferido evitar ese desgaste y confiar en que las rebajas de los tipos y las inyecciones de liquidez de los bancos centrales se ocuparan del arduo trabajo de la reconstrucción económica. Pero ese tiempo y esa actitud han caducado. O mejor dicho, tienen que caducar. 

"No puedes delegar toda la responsabilidad en los bancos centrales. Lo que está ocurriendo marca un punto de inflexión ante el que los gobiernos no pueden permanecer impasibles", reclama el responsable de renta variable de una entidad financiera que prefiere no ser identificado. Desde el mercado, la sensación es clara: las autoridades deben implicarse y hacer las reformas que impulsen verdaderamente la recuperación. 

Sesión del Ibex del jueves con pérdida de los 8.000 puntos. (EFE)
Sesión del Ibex del jueves con pérdida de los 8.000 puntos. (EFE)

Los propios banqueros centrales llevan años reclamándolas. El presidente del Banco Central Europeo (BCE), Mario Draghi, las pide en cada reunión de política monetaria de la entidad. Aunque fue, sobre todo, en el Foro que el BCE celebró en Sintra (Portugal) en 2015 donde sus palabras sonaron ya a hartazgo por la indiferencia con la que los gobiernos despachan sus peticiones. "En cada conferencia de prensa desde que soy presidente del BCE, he terminado mi declaración introductoria con un llamamiento para acelerar las reformas estructurales en Europa. (...) El término reformas estructurales se menciona en aproximadamente un tercio de todos los discursos de los distintos miembros del Comité Ejecutivo del BCE. En comparación, dicho término solo aparece en aproximadamente un 2 % de los discursos pronunciados por los gobernadores de la Reserva Federal", relató con amargura el banquero italiano. 

Y aún fue más allá: "Si hablamos tan frecuentemente de reformas estructurales es porque sabemos que nuestra capacidad para lograr un retorno duradero a la estabilidad y a la prosperidad no depende solo de políticas cíclicas, incluida la política monetaria, sino también de políticas estructurales. Ambas muestran un elevado grado de interdependencia". Pidió colaboración. Pero apenas la ha encontrado. Eso sí, los banqueros centrales han contribuido a esta actitud: han tenido tanto coraje para actuar que se lo han 'quitado' a los políticos. Ya estaban los 'señores del dinero' para actuar. 

El tiempo se agota... y la confianza, también

El problema es que el 'tiempo' comprado por las medidas extraordinarias de los banqueros centrales se agota. Sus políticas cada vez son menos efectivas y más arriesgadas. Y como los inversores lo van captando, surgen las dudas con respecto a su capacidad y, por añadidura, con respecto a una recuperación económica encomendada fundamentalmente a sus medidas.

Así se observa, por ejemplo, en las referencias para medir las expectativas de inflación. En la Eurozona, la tasa implícita de inflación a cinco años cayó este viernes hasta el 1,42%. Este indicador nunca había estado tan bajo, y eso a pesar de que el BCE tiene los tipos en mínimos históricos -0,05% los oficiales y -0,30% los de depósito-, de que dedica 60.000 millones de euros al mes a comprar deuda en el mercado y de que ya ha anticipado que emprenderá más medidas expansivas en marzo. Que estos esfuerzos no impidan que las expectativas de inflación continúen cayendo en la Eurozona evidencia la pérdida de confianza en la capacidad del BCE para fabricar inflación. Y a partir de aquí, la desconfianza se traslada al resto de sus objetivos, como el de reducir la fragmentación financiera en la Eurozona, un propósito que esta semana ha sufrido un claro retroceso por la ampliación de las primas de riesgo de Portugal, principalmente, España o Italia. 

Se pide responsabilidad a los políticos. Pero también a las empresas y los bancos; a nadie le gusta recortar el dividendo, pero si tienen que hacerlo, que lo hagan

Con el castillo monetario de los bancos centrales desmoronándose, el llamamiento para que las autoridades políticas se den por aludidas es creciente. "Después de aplicar políticas monetarias expansivas, vemos que los efectos no son plenamente los deseados, y además nos encontramos como los bancos centrales no han sido capaces de alcanzar sus objetivos de inflación. Esto nos hace pensar en que las reformas estructurales son absolutamente necesarias para salir de la crisis", demanda Aurelio García del Barrio, doctor en Economía y director del Global MBA con Especialización en Finanzas del IEB.

Otras fuentes van más allá y amplían el llamamiento a las empresas y las entidades financieras. Apelan a que se hagan cargo de los nuevos desafíos que se adivinan y a que actúen en consecuencia. "Las compañías no pueden estar ajenas al encarecimiento que se está viendo en la financiación y a los problemas de calificación o pago de deuda que pueden aflorar en algunos sectores, con lo que deben ser responsables. A nadie le gusta recortar el dividendo, pero si tienen que hacerlo, que lo hagan", mencionan. 

Una casa de cambio en Nueva York. (EFE)
Una casa de cambio en Nueva York. (EFE)

Si no media ninguna reacción, el escenario va camino de hacer realidad un riesgo del que los expertos de Royal Bank of Scotland ya advertían a finales de 2014. "Si las políticas de expansión cuantitativa (QE) se acompañan de otras políticas, como el gasto fiscal o la reducción de impuestos, pueden trabajar con efectividad. Pero si los bancos centrales soportan en solitario la carga de estimular la economía, el riesgo de entrar en un bucle de un QE tras otro, e incluso un QE infinito, y los resultados pueden ser contraproducentes", avisaban. 

Calmar, no solucionar

¿Significa, por tanto, que el trabajo de los bancos centrales ha terminado? Los expertos lo tienen claro: no. Y por varios motivos. El primero, atajar momentos de pánico como los que se están sintiendo en 2016. "Sigo pensando que necesitamos calma para analizar todo lo que está pasando. Y esta calma sólo la pueden proporcionar los bancos centrales, en nuestro caso por parte del BCE", apunta José Luis Martínez Campuzano, estratega de Citi en España. 

El segundo está vinculado al anterior. Tras años de medidas históricas, los mercados se han vuelto adictos a su medicina monetaria, con lo que abandonarlos ahora a su suerte significaría un cambio demasiado radical que arruinaría cualquier intento de recuperación por el efecto contagio que su caída provocaría en los costes de financiación de los diferentes sectores empresariales. 

Bernanke, y también Draghi, se han pasado años reclamando medidas fiscales y reformas. Pero los políticos no les escuchan. O no quieren hacerlo

Y el tercero, la necesidad de insistir en su compromiso de luchar contra la deflación o caída general de los precios. "Es preciso que mantengan su discurso de que siguen dispuestos a hacer lo que sea necesario para luchar contra la deflación y crear inflación", reclama el responsable de renta variable que prefiere no ser identificado. 

Pero, en todo caso, se impone de manera creciente la misma sensación. Y la misma conclusión: los bancos centrales pueden seguir comprando tiempo -cada vez menos y asumiendo aún más riesgos en cada decisión que adopten-, pero no solucionar los problemas ni promover un crecimiento estable en solitario. "Como he dicho muchas veces, la política monetaria no es una panacea", reiteró Bernanke en 2012 para reivindicar el apoyo de las autoridades con políticas fiscales y reformas. Draghi también lo ha dicho. Pero no les escuchan. O no quieren hacerlo. 

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