informes de la comisión europea y afi

El desempleo se hace crónico: el paro estructural supera el 18% de los activos

La reducción del paro por razones coyunturales esconde otra realidad muy distinta. El paro estructural, el que no tiene en cuenta el ciclo económico, sigue creciendo. Hasta más allá del 18%, según la UE

Foto: Imagen de archivo de una oficina de empleo. (EFE)
Imagen de archivo de una oficina de empleo. (EFE)

La mejora de la actividad económica está suponiendo una reducción de la tasa de paro (hasta el 21,8% de la población activa). Pero el desempleo de carácter estructural, es decir aquel que permanece al margen del ciclo económico, sigue creciendo.

¿La causa? El paro de larga duración, que lejos de reducirse se ha hecho crónico. Hasta el extremo de que la Comisión Europea considera que la tasa de desempleo estructural -la que no acelera ni los precios ni los salarios- se sitúa en el 18,5% de la población activa. Por lo tanto, si baja de ese nivel, el paro volvería a generar desequilibrios macroeconómicos. Justo lo contrario de lo que sucede ahora, en los que el desempleo está reduciendo la presión sobre los precios y los salarios.El Gobierno rebaja esa estimación y considera que el paro de carácter estructural se sitúa en el 16% de la población activa. En todo caso, extremadamente elevado.

Un par de datos acreditan esta tragedia desde el punto de vista laboral. El 44,5% de los parados, según la última Encuesta de Población Activa, lleva dos o más años sin encontrar un puesto de trabajo, pero si se añade a quienes llevan más de un año (definición de paro de larga duración según el criterio de Eurostat), nada menos que el 60,7% de los parados se encontraría en esa situación. El desempleo, por lo tanto, tiene un fuerte componente estructural al margen del ciclo económico.

Así lo pone de relieve la última presentación que han hecho los economistas de Analistas Financiero Internacionales (AFI) sobre España, De acuerdo con sus estimaciones, la casi totalidad del paro de larga duración forma parte de la NAIRU, el acrónimo que se utiliza para definir la tasa de desempleo no aceleradora de inflación, según sus siglas en inglés. O la NAWRU, cuando se habla de salarios.

Esto significa, asegura AFI, que los parados de larga duración “tienen poca o nula capacidad de presión sobre precios y salarios”. Ofrece dos causas: perdida de capital humano (destrucción de empleo en la construcción entre 2008 y 2009) y pérdida de capacidad de negociación colectiva. Con una tasa de paro tan elevadas la presión sindical sobre los salarios prácticamente desaparece.

La consecuencia de persistentes altas de desempleo de carácter estructural no es nada neutral. Muchos estudios han demostrado que el potencial de crecimiento de la economía se deteriora, produciendo menor capacidad de generar riqueza. De acuerdo con las estimaciones de AFI, el incremento experimentado por la tasa de paro entre 2007 y 2015, 14,2 puntos, es responsable de una reducción del PIB potencial de 6,9 puntos. Es decir, el paro, cuando se hace crónico, reduce la capacidad de crecimiento de la economía. Diversos estudios han relacionado el desempleo estructural con la educación y la formación de los trabajadores, además de la baja movilidad de la fuerza laboral.

Nivel previo a la crisis

De hecho, eso es lo que puede explicar que España sea uno de los pocos países del euro que todavía no han recuperado su nivel de PIB previo a la crisis. Lo que sugieren las cifras, por lo tanto, es que la recuperación económica tiene un fuerte carácter cíclico (petróleo, tipos de cambio, rebajas fiscales o tipos de interés) más que estrictamente estructural, lo que explicaría la persistencia de altas tasas de desempleo de naturaleza no coyuntural. Un fenómeno que suele denominarse histéresis, según la jerga de los economistas especialista en mercado laboral.

El profesor Samuel Bentolila ha recordado en un reciente trabajo que la tasa de paro estructural, según datos de la Comisión Europea, cayó del 17,5% en 1993 al 12% en 2005, pero posteriormente subió hasta el 20% en 2014. Bruselas ha estimado que continuará creciendo hasta el 21% en 2019, lo que refleja claramente los problemas a largo plazo del mercado laboral, y que no son nuevos. Recientes investigaciones de los economistas Rafael Doménech y Javier Andrés han situado la tasa de paro en España desde 1978 en nada menos que el 14,9% de la población activa en media del periodo.

El profesor Bentolila, uno de los mayores expertos en mercado laboral, lo ha achacado a la desviación de recursos hacia el sector inmobiliario durante la burbuja y a la pérdida de capital humano. En su opinión, aunque la reforma laboral ha afectado positivamente a algunos aspectos del mercado de trabajo, “no cabe esperar un efecto importante sobre la tasa de paro estructural, pues la extensísima literatura teórica y empírica relevante no ha encontrado una relación clara entre los costes de despido y la tasa de paro”.

Por el contrario, sostiene Bentolila, sí es probable que el cambio de la regulación de la negociación colectiva haya contribuido a reducir el paro estructural, toda vez que las reformas laborales de 2011 y 2012 (sobre todo esta última) dieron prioridad a los convenios de empresa sobre los de nivel superior, limitaron a un año la ultractividad de los convenios, facilitaron ligeramente los descuelgues del convenio y permitieron, bajo ciertas condiciones, la reducción unilateral del salario por parte del empresario.

Los datos de desempleo de larga duración son abrumadores. Según el Instituto Nacional de Estadística,  en el periodo 2010-2014, se ha elevado en España (en relación a la población activa total) en hombres y mujeres. En hombres se ha elevado 5,2 puntos y en mujeres 6,1 puntos.

En la UE-28 en el año 2014, el 49% de las mujeres paradas de 15 a 64 años eran paradas de larga duración y el 50% en el caso de los hombres. En España, estos porcentajes son del 53,7% y del 52% respectivamente.

En el grupo de edad de 25 a 49 años en el año 2014, el 50,7% de las mujeres desempleadas en la UE-28 eran de larga duración. En España este porcentaje era del 53,3%, pero con una tasa de actividad notablemente más baja.

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