tensas negociaciones en bruselas

Del #EstoEsUnGolpedeEstado al #Agreekment: las horas más bajas del euro

La dureza de Stubb, la fiereza de Schäuble, el ánimo vertebrador de Draghi, la persistencia de Tusk...así han sido las decenas de horas de negociaciones que han examinado los resortes del euro

Foto: El primer ministro de Grecia, Alexis Tsipras, en Atenas. (Reuters)
El primer ministro de Grecia, Alexis Tsipras, en Atenas. (Reuters)

La etiqueta –hashtag– corrió como la pólvora por Twitter y se convirtió rápidamente en uno de los temas del momento en esta red social. Tan dura como expresiva, reflejaba un claro sentimiento acerca de cómo se estaban desarrollando las conversaciones entre Grecia y la Eurozona. "Esto es un golpe de Estado", decía –en realidad, estaba en inglés: #ThisIsACoup–. ¿Exagerado? Para unos, que replicaron con la etiqueta contraria, #ThisIsNotACoup, sí lo era, porque lo que se estaba observando era una negociación en la que cada parte defendía sus intereses. Para otros, no lo era en absoluto, porque percibían que la Europa del euro pretendía humillar al pueblo griego y derrocar a su primer ministro, Alexis Tsipras, con unas exigencias que juzgaban descomunales.

En semejante clima de tensión, alentado por la prolongación de una reunión que arrancó en la tarde del domingo y consumió toda la madrugada del lunes, se abrió paso, minutos antes de las 9 de la mañana de 13 de julio, una nueva etiqueta. Jugaba con dos palabras inglesas: acuerdo –agreement– y griego –Greek–. Las fusionaba para proclamar el #Agreekment, porque eso mismo era lo que acababa de producirse, un pacto entre Grecia y el resto de los socios europeos. 

Por el camino, 17 largas y angustiosas horas de negociación, que no sólo se hicieron eternas por la espera, sino que, alargando las sensaciones transmitidas ya el sábado en las reuniones del Eurogrupo, por momentos sonaron calamitosas. Porque, en algunos tramos del intervalo que fue entre la mañana del sábado y la mañana del lunes, el euro vivió las horas más bajas desde su nacimiento oficial en enero de 1999. 

17 horas para lograr un acuerdo

Con matices, eso sí, porque para que en esas 48 horas se concentrara tanta desconfianza, tantas cuentas pendientes, tanta víscera, resultaba preciso contar con unos prolegómenos a la altura. Y existían. En abundancia, además. Porque más de cinco años de negociaciones, con dos rescates por un montante total de 240.000 millones de euros por el camino, dan para mucho. Sobre todo, para las acusaciones cruzadas, por una parte, la de los acreedores –los países de la Eurozona, el Banco Central Europeo (BCE) y el Fondo Monetario Internacional (FMI)–, que entiende que Grecia no ha cumplido con sus compromisos y, por otra, la griega, que interpreta que Europa se ha pasado con la ración de austeridad que le ha recetado desde 2010.

Sobre esta base, la llegada al poder de Syriza en enero, con su nuevo primer ministro, Alexis Tsipras, y su desafiante ministro de Finanzas, Yanis Varufakis, terminó de caldear el ambiente. Con el vaso de los reproches y la desconfianza llenándolo sin parar, el referéndum del 5 de julio fue la gota que lo colmó y que abonó el terreno para un hito, el de la salida de Grecia del euro –Grexit–, que este fin de semana ha sido real por momentos. 

Garras afiladas

Y fue real casi desde el primer instante. El propio presidente del BCE, Mario Draghi, se había salido de su guion habitual para advertir el pasado jueves que esta vez iba a ser "difícil" alcanzar un acuerdo. Y para confirmar esta impresión, el ministro de Finanzas finlandés, Alexander Stubb, ya dejó claro, desde el arranque de las reuniones del Eurogrupo en la mañana del sábado que iba a ser así. De hecho, dejó entrever que su Gobierno, que es uno de los que tiene que pasar por el Parlamento para pedir permiso para apoyar un rescate en la Eurozona, no estaba por la labor de respaldar un nuevo paquete de ayuda financiera a Atenas. 

 

Stubb, desde luego, no estaba solo. Contaba, de hecho, con el aliado más potente, el ministro de Finanzas alemán, Wolfgang Schäuble. Auténtico jefe del Eurogrupo, no le ha temblado el pulso y durante el fin de semana no ha dudado en insistir en que el Grexit no era un tabú. Por tanto, la estrategia resultaba sencilla: o Grecia pasaba por el aro y aceptaba unas condiciones más duras que las que había propuesto y comenzaba a aplicarlas de manera inmediata, o ya sabía dónde tenía la puerta de salida del club del euro. ¿Pero se puede echar a un país del euro? No, pero sí se le puede presionar: sin un acuerdo que activara un tercer rescate, a Atenas no le quedaría otra vía que salir del euro por sus propios pasos. 

Tan convencido estaba Schäuble que los encontronazos con otros ministros de Finanzas han sido continuos durante el fin de semana. Que nadie dudara quién es el que manda. Ni siquiera Draghi. Atado a las palabras que lanzó en julio de 2012, cuando se comprometió a "hacer lo que sea necesario" para salvar el euro, el presidente del BCE avisó de la temeridad que supondría tolerar el Grexit. Y Schäuble, según relato de la agencia Reuters, no dudó en enfrentarse a él. "No soy un estúpido", espetó al banquero italiano. A gritos, como si fuera "un jardín de infancia", detalla Reuters.

Siguiendo lo que expuso el sucesor de Varufakis, Euclides Tsakalotos, que el viernes agradeció "el apoyo de Draghi en las últimas semanas", el banquero italiano ha sido de los que ha mostrado una postura más cauta y menos visceral durante el fin semana. También es cierto que, en última instancia, la decisión era política, con lo que él no debía ser el protagonista, sino más bien alguien a quien consultar algunos aspectos técnicos de la negociación y el posible impacto de las decisiones propuestas. 

El borrador del todo o nada

Esta sensación de que el acuerdo estaba complicado no se disipó con la reunión del Eurogrupo del sábado, que sólo dejó clara una cosa: nadie se fiaba de Tsipras, con lo que todo era posible en la jornada del domingo, en la que todo debía resolverse en un sentido... o en otro. 

Y llegó el domingo. Y primero volvieron a verse las caras los ministros de Economía y Finanzas de la Eurozona. Y de nuevo su encuentro solo sirvió para evidenciar lo lejos que estaban del acuerdo. Y para que no hubiera dudas lo reflejaron en el borrador que iban a entregar a los jefes de Estado y de Gobierno, que eran quienes les iban a coger el relevo en la tarde del domingo. Y ese borrador quedará grabado en la historia de la Eurozona para siempre. De hecho, fue su contenido el que motivó que empezara a difundirse el hashtag #EstoEsUnGolpedeEstado. 

¿Tan duro era? Así es. Pero ya no porque exigiera a Atenas que pusiera en marcha las medidas este mismo miércoles –al fin y al cabo, Atenas había sugerido en su petición formal del tercer rescate que podría adoptar reformas desde esta misma semana–, sino por todos los detalles adicionales. El principal, que le mostraba a Grecia el todo o nada: o aceptaba convertirse de facto en una colonia europea, con unas condiciones más duras que las rechazadas semanas antes por Tsipras, o tendría que salirse del euro. Y para escarnio heleno, si optaba por la segunda opción, el Eurogrupo aceptaría tratar una reestructuración de la deuda pública. Es decir, ya no es que Europa abriera por primera vez la puerta de salida del euro a Grecia, es que encima incentivaba que lo hiciera con esa oferta de reestructuración

Y aún más. El tono condescendiente del comunicado del Eurgrupo se reflejaba también en que, incluso aunque Grecia aprobara ya las primeras medidas este miércoles, "quizás" –literalmente– daría permiso al Mecanismo de Estabilidad (MEDE) para que estudiara el tercer rescate griego. Ese "quizás", combinado con el lo tomas o lo dejas, tenía tantas connotaciones de humillación y de presión extrema sobre Tsipras que propagó la sensación de que, más que un acuerdo, la Eurozona estaba programando un golpe de Estado. 

Tusk evita el Grexit

En medio de la estupefacción provocada por la dureza del borrador, llegó el turno de la Eurocumbre, es decir, de que los Jefes de Estado y de Gobierno tomaran el mando. Comenzó a eso de las 15 horas del domingo y su misión era encontrar una solución que rebajara la virulencia del borrador del Eurogrupo, pero que, al mismo tiempo, dejara claro a Atenas que no bastaba con las propuestas que había presentado el jueves. 

Como ocurre en las cumbres de postín –y esta lo era–, la reunión sufrió interrupciones para dar lugar a otras subcumbres de aforo limitado, reuniones privadas reducidas a los principales protagonistas: la canciller alemana Angela Merkel, el presidente francés François Hollande, Alexis Tsipras y el presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk

(Reuters)
(Reuters)

Estos apartes demostraban quiénes eran, en verdad, las personas importantes. Merkel, como guardiana de la ortodoxia europea; Hollande, como contrapeso a Alemania y defensor de la unidad europea; Tsipras, como defensor de los intereses griegos... ¿Y Tusk? Su presencia puede sorprender más... pero sólo en principio, porque el polaco ha desempeñado un papel determinante en que finalmente se haya producido un acuerdo. Primero, porque en los días previos al fin de semana se encargó de tender puentes entre las distintas partes. Y segundo, porque según narra el diario británico Financial Times, a las 6 de la mañana, en una de esas reuniones privadas, Merkel y Tsipras arrojaron la toalla. En ese momento, el Grexit era un hecho. Hasta que Tusk les reconvino. "Lo siento, pero no existe ningún modo de que vosotros salgáis de esta habitación", les soltó para dejarles claro que de ahí no se movían sin que acercaran sus posiciones y desterraran la salida de Grecia del euro. 

Tres horas después, el propio Tusk lanzaba un tuit que ya se ha ganado un hueco en la historia. "La Eurocumbre ha alcanzado un acuerdo de forma unánime", proclamaba. Y fue también él quien tiró de ingenio para referirse al acuerdo. "Agreekment", lo bautizó. Con este pacto, el Grexit puede esperar, Grecia camina hacia un tercer rescate –a cambio, eso sí, de unas duras condiciones– y el euro mantiene su carácter irrevocable. 

"Ha sido el típico acuerdo europeo", despachó el asunto el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker. Tal vez sea así. Pero tal vez Juncker también deba pensar que quitarle hierro al asunto no aporta mucho. Y que por el camino la Eurozona ha perdido mucho crédito. Y no del que se paga con dinero, sino del que se abona con confianza. 

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