El mayor reto de Alcaraz en su carrera: un Open de Australia que le haría reventar la historia
Carlitos quiere ganar en 2026 el único Grand Slam que todavía se le resiste. De conseguirlo, se convertiría en el tenista más joven de la historia en ganar los cuatro 'majors'
Alcaraz debuta en Australia. (Europa Press/Joel Carrett)
Carlos Alcaraz aterrizó en Melbourne, en el mismo avión que Jannik Sinner, pero con un objetivo más que definido: lograr el último cromo que le resta para completar el álbum. Mientras que el italiano es bicampeón del Open de Australia, al murciano todavía se le resiste el título y los cuartos de final es su mejor registro hasta ahora. Este año, con un cuadro asequible, espera romper esa racha y convertirse en el tenista más joven en ganar los cuatro Grand Slam.
La llegada a Australia ha diferido de la de años anteriores, porque Juan Carlos Ferrero no está en la expedición. El hombre que fue sombra y guía de Carlitos se convirtió en el arquitecto de un tenista que parece no tener techo. La incertidumbre es ver cómo actúa bajo la dirección de Samuel López y no la del tipo que lo tuteló desde los 15 años.
La baja no solo tiene que ver con lo técnico, es una cuestión de aritmética sentimental. Ferrero era más que un entrenador al uso por el carácter paterno-filial de la relación, por más que él lo negara cuando le hacían semejante analogía; era el traductor de la realidad para el chico al que enseñó a ganar en lugar de verse sumergido por las dudas.
El debut es frente a Adam Walton (10:30, Eurosport), rival asequible, y será la primera vez que desde el banquillo no se escuchen las instrucciones de Ferrero. La ausencia, no obstante, no debería afectar al rendimiento porque López ya lo había dirigido en torneos en los que Juan Carlos no podía ir. Es tan cierto como que Australia es un lugar (de los pocos) en el que pueden aflorar los fantasmas.
Alcaraz sueña con ganar por primera vez en Australia. (Europa Press)
Primer reto sin Ferrero
El reto en Australia no es baladí porque Carlitos ya ha ganado por partido doble en Londres, París y Nueva York. Melbourne es el reducto que queda para cerrar el círculo de la precocidad más absoluta. Salvo contratiempo mayúsculo, el mundo del tenis confía en que se repita una nueva final frente a Sinner, como las tres últimas de Grand Slam.
El estilo de Alcaraz, el tenis de rock and roll que tanto gusta en Melbourne, necesita una estructura que sostenga la improvisación. Ferrero era el metrónomo y sin él existe el riesgo de que la melodía se vuelva errática. Pero en su entorno confían en que los éxitos sigan a la orden del día a pesar de los cambios.
La narrativa de este Open de Australia no se escribirá solo con passing shots o saques a una gran velocidad. Se escribirá también con las miradas constantes a su palco. Si logra conquistar el título, será el triunfo definitivo de su identidad; si fracasa, las voces que cuestionan su independencia tras el adiós a Ferrero se convertirán en un ruido ensordecedor.
Cuando Alcaraz salte a la pista, no solo jugará contra un tenista australiano con ganas de hacer historia: jugará contra el eco de un pasado que ya no está y la presión de un futuro que le exige ser adulto antes de tiempo. Melbourne es la última frontera y, a la vez, el primer día del resto de su vida deportiva. El primero en el que se percate de que ha roto con el cordón umbilical de su infancia. El último grande que le queda por ganar es, curiosamente, en el que quizá más solo pueda sentirse.
Carlos Alcaraz aterrizó en Melbourne, en el mismo avión que Jannik Sinner, pero con un objetivo más que definido: lograr el último cromo que le resta para completar el álbum. Mientras que el italiano es bicampeón del Open de Australia, al murciano todavía se le resiste el título y los cuartos de final es su mejor registro hasta ahora. Este año, con un cuadro asequible, espera romper esa racha y convertirse en el tenista más joven en ganar los cuatro Grand Slam.