El último baile de Nadal en París: dudas en el metro y una sensación de orfandad que ya es real
Rafa tuvo dos epílogos en Roland Garros, en el cuadro individual y en el dobles. Primero fue derrotado por Djokovic en segunda ronda y luego cayó junto a Alcaraz en cuartos de final
Nadal, en su despedida de París. (EFE/Juanjo Martín)
La despedida de París fue en diferido, y dio la sensación de que Rafa Nadal se marchó por la puerta de atrás. Porque ese es su estilo: irse sin hacer ruido, como si fuera un homenaje a la sentencia de García Márquez. Y la timidez fuera todavía un fantasma invencible para él. En Francia fue doble el adiós, en el cuadro individual y en el dobles. En unos Juegos Olímpicos, no en Roland Garros. La única anomalía fue despedirse sin ningún galardón, hecho noticioso cuanto menos en la tierra en la que quedó ungido a la categoría divina.
Créanme cuando les digo que jamás se vio un recibimiento así a un deportista foráneo. Es cierto que en Cádiz y en Nápoles veneran a dos extranjeros, pero ambas ciudades son ínsulas en sí mismas, con una idiosincrasia que refleja evidentes particularidades. Que la estatua de Nadal sea lo primero que se vea al entrar en Roland Garros demuestra por qué el matrimonio se alargó durante tantos años.
No lo cataloguen como un romance, porque la relación entre París y Rafa ha sido mucho más que eso. La pista temblaba cada vez que él llegaba, sin importar la trascendencia del encuentro. En los Juegos Olímpicos se enfrentó a Fucsovics en primera ronda y el camino hacia el estadio estuvo cargado de suspense. Nadal había amagado con no jugar en el cuadro individual por la escasa flexibilidad del Comité Olímpico Internacional (COI) con los horarios.
Hubo niños que fueron rotundos a la salida del metro: habían elegido ver a Rafa antes que ir a Disneyland. Y temían que no hubiera partido. Las declaraciones habían sido extrañas. Aquel que convirtió la resistencia en su seña de identidad no podía decir adiós en una rueda de prensa o a través de un triste comunicado en las redes sociales. Los gladiadores son de morir en un campo de batalla. Y la Philippe Chatrier guardaba ciertos paralelismos con el circo romano.
El primer adiós de Rafa llegó tras perder con Djokovic. (EFE/Yoan Valat)
La doble tarea ante Djokovic
Por suerte Rafa cumplió y así llegó su último baile ante Novak Djokovic. Hubo signos claros de que aquello era el final de una era, como el colapso de la tribuna de prensa: hubo colas, nervios y amagos de riña ante la incapacidad del recinto para atender a todos los periodistas que solicitaron pase. El ambiente era de día grande, aunque fuera un partido de segunda ronda. El ruido fue ensordecedor cuando él saltó a la pista, acompañado de música española interpretada por la banda de la Chatrier, por si aún quedaban dudas de que Nadal era forastero en París.
La derrota era el resultado esperado, aunque hubo un amago de remontada en el segundo set que recordó a las mejores tardes de gloria, a la vez que confirmó un nuevo desafío de Rafa a la biología. Ya era la mitad de lo que fue. Pero afrontó una doble tarea: luchar contra el adversario y contra su propio cuerpo. Si había que perder, tocaba hacerlo con honor.
Tras la derrota ante su eterna némesis, todavía restaba el cuadro de dobles con Alcaraz. Sin embargo, el final no fue lo feliz que se esperaba, porque ambos se quedaron a las puertas de una medalla que hubiera llevado a Rafa a la gloria eterna, si es que todavía le quedaba más cielo por alcanzar en París.
El último partido de Rafa en París fue junto a Alcaraz. (EFE/Yoan Valat)
El capítulo final con Alcaraz
El binomio español disparó la ilusión en los Juegos Olímpicos, pero nunca mostró la misma simbiosis en la pista que fuera de ella. Faltó rodaje, importante para que Rafa escenificara el relevo a Carlitos con una medalla.
Rafa se despidió de la pista visiblemente emocionado. Y con todo el público en pie, conscientes de que era muy probable que esa fuera la última vez en la tierra que tantas alegrías le había dado. Se fue tal y como llegó, con esa humildad que le ha caracterizado. El destino quiso que el final llegara con su principal heredero. Por eso a Carlitos, cuya experiencia con su ídolo nunca se repetirá, le valdrían las mismas palabras pronunciadas por Humphrey Bogart: "Siempre nos quedará París".
La despedida de París fue en diferido, y dio la sensación de que Rafa Nadal se marchó por la puerta de atrás. Porque ese es su estilo: irse sin hacer ruido, como si fuera un homenaje a la sentencia de García Márquez. Y la timidez fuera todavía un fantasma invencible para él. En Francia fue doble el adiós, en el cuadro individual y en el dobles. En unos Juegos Olímpicos, no en Roland Garros. La única anomalía fue despedirse sin ningún galardón, hecho noticioso cuanto menos en la tierra en la que quedó ungido a la categoría divina.