ya está en octavos de final

Nadal sobrevive a Khachanov en una de esas tardes en las que el tenis se viste de seda

Rafa Nadal necesitó dos 'tie breaks' para imponerse al joven ruso en el cuarto set. Su pasmosa regularidad le hizo recomponerse en momentos en los que se veía a merced de su rival

Foto: Rafa Nadal, en el US Open. (EFE)
Rafa Nadal, en el US Open. (EFE)

La tarde se convirtió en noche y el público neoyorquino disfrutó de lo lindo. No hay costumbre de que los partidos de los grandes, en esta primera semana, se alarguen. Los aficionados van a la Arthur Ashe, esa descomunal pista central, pensando que el ídolo, en este caso Nadal, dispondrá su tenis abrasador y se mostrará intransigente con el rival. A veces, sin embargo, la tarde se enrarece y lo que suenan a partidos de trámite se convierten en imágenes que nunca podrán sacar de su memoria.

Karen Khachanov algún día será favorito en torneos y sonará en la mezcla de la gente que gana en los 'majors'. Por el momento, con sus 22 años, solo se puede formular ese tipo de cuestiones a futuro. Llegan a los cuadros sin pedigrí, pero también con cierta incertidumbre. Quien tiene potencial puede aparecer un día y reventar a cualquiera. Eso incluye a Rafael Nadal, por más que el español sea, a todos los efectos, un mejor tenista que él.

Con sus casi dos metros y algunos golpes magistrales, tuvo ratos en los que parecía que iba a someter al vigente y campeón del mundo. En el primer set, Khachanov no parecía dispuesto a perder un solo punto con su servicio. Un golpe que, con esa altura y esa potencia es aterrador cuando funciona. El complemento de tiempo de esa frase es clave, en todo caso, para entender este partido. Funcionó con frecuencia, flaqueó en los momentos claves.

Pero eso fue más tarde, cuando el partido se le descontroló y Nadal conoció, por fin, la manera de explotar su juego. Se habían visto cuatro veces antes y el ruso nunca le había ganado un set. En el primer set en Nueva York, sin embargo, las cosas empezaban a pintar duras para el manacorí. No se encontraba, incluso se echaba la mano a la rodilla. Se la vendó, más como prevención que por otra cosa. La movilidad, una de las muchas claves de Nadal, no parecía resentirse.

El problema no era que no tuviese las piernas finas sino que su rival estaba dedicado a ponerle envíos imposibles. La derecha de Khachanov es rotunda, parece silbar el aire que rodea a la bola. Con su camiseta color coral, ahora sin mangas, como si hubiese vuelto a la adolescencia, Nadal ponía un gesto contrariado. Nunca es sonriente, la concentración a él no le lleva a eso, pero en este caso iba un poco más allá, tenía cierto pesar en su mirada.

El tenis de antes, el que precedió a Nadal, a Federer y a Djokovic, estaba trufado de partidos como este. Los mejores lo eran, pero no eran regulares. Podían perder cualquier partido, bastaba con que se les cruzase algún jugador con más talento que resultados en una noche iluminada para echarles. Con la llegada de estos monstruos aquello se acabo, sumaron a los momentos de brillo una regularidad pasmosa. Nunca fallan, incluso en los días malos, incluso contra rivales que son peligrosos. Al final, entienden el partido y le colocan los remedios suficientes para darles la vuelta y reconducirlos para sus intereses.

Los saques que entran, lo que no

Esa regularidad quedará menos en la memoria, porque al final es algo aburrido, mucho más que los 'flashes' de brillo, que también estuvieron. Es también lo que mejor explica su tiempo y, en realidad, lo que les distancia del resto de sus coetáneos. Hay muchos jugadores buenos, unos cuantos lo suficientemente buenos para, en un buen día, jugar a la altura de los mejores, pero los más grandes se han distinguido por haber industrializado la excelencia, podrían hacer un millón de veces el mismo partido, siempre intocables para los mortales.

Una de esas cosas le ocurrió a Khachanov, que con el paso de los puntos se empezó a dar cuenta de que el aliento igual no le aguantaba para el partido entero. Él siguió pegando fuerte, a zarpazos, pero sus opciones se redujeron a medida que los puntos se alargaban. El ruso, como tantos otros, no tiene capacidad para moverse lo suficiente y aguantar la extrema paciencia que tiene Nadal.

Khachanov demostró tener un carácter capaz de lo mejor y lo peor. En su debe están las dobles faltas que le dieron a Nadal en el 7-5 del segundo set. También las del 'tie brak' del tercero. En el cuarto, sin embargo, fue capaz de forzar otro desempate en un set que tenía prácticamente pertido. Le rompió a Nadal cuando menos se lo esperaba y lo llevó al extremo, aunque luego en el 'tie break' Nadal, siempre más experto, se recompuso e impuso, quizá por vez primera en el partido, su mayor experiencia.

Ganar con dolor es más todavía. Sufrir, como sufrió Nadal, a veces es necesario. En estos partidos de los que nada se espera las sorpresas hasta se agradecen. Ha empezado el tenis en Nueva York, el de muchos quilates. Khachanov reivindicó a toda una generación. No son volátiles, pueden plantar cara, juegan al tenis muchísimo. Venció, eso sí, la tradición, pero no es más que la lógica abriéndose paso, para vencer a Nadal tienen que alinearse los astros.

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