se impuso a thiem en la final

Rafa Nadal y la leyenda del tenista que daba miedo hasta a sus mayores rivales

Rafael Nadal ha ganado, haciendo buenos todos los pronósticos, su undécimo Roland Garros. Es el tenista perfecto en la tierra batida y su reinado en París se extenderá hasta que el alma aguante

Foto: Ilustración: Raúl Arias.
Ilustración: Raúl Arias.

Con más pelo, con menos pelo. Con barba, afeitado. Sin mangas o con mangas. Con piratas y sin ellos. Más o menos musculado. Con 19 años o 32. Rafael Nadal es lampedusiano, todo cambia pero todo sigue igual. Acaba de vencer a Dominic Thiem en la pista central de Roland Garros y con ello ha conseguido su undécimo título. Es, con una diferencia abismal, el jugador que más profunda marca ha dejado en el torneo. Todos los deportistas, todos, antes o después caducan, se marchitan y pasan. Le ocurrirá también a Nadal que un día, no necesariamente cercano, dejará la raqueta. Se irá el tenista, pero su huella quedará siempre indeleble en la historia de la competición. El torneo de Roland Garros, uno de los cuatro grandes del circuito, nunca más volverá a ser el mismo. No puede ser lo mismo el tenis en tierra batida antes y después de Rafa.

El undécimo título llega con el registro de 86 victorias por solo dos derrotas. Por más veces que se mire el dato no deja de sorprender. Y la competencia es la máxima que se puede imaginar. En París estaban todos los que estaban sanos menos uno, Roger Federer, en lo que es una afirmación más dentro de la grandeza de Nadal.

Porque quien lleva dos temporadas declinando la opción de acudir a París es el mejor jugador de todos los tiempos. Sus 20 grandes así lo atestiguan. Es una maravilla, el tenista perfecto que no corre, flota, y que más parece tener un florete de esgrima que una raqueta en la mano. Ese, el perfecto, dice cada primavera que mejor se queda en casa. La excusa es que ya tiene una edad y que el descanso es necesario, alega con razón que dentro de su reino la tierra batida es el lugar en el que menos cómodo se encuentra. Y todo es cierto, pero solo explica una parte de esta película.

Federer y el miedo a la derrota

Roger Federer no va a decir que tiene miedo, porque no le pega, pero lo tiene. O quizá no es miedo sino experiencia, entiende que meterse dos meses de arcilla para solo encontrar finales sin gloria final no merece la pena. El suizo tiene conciencia plena de que en este deporte está todo inventado y de que sus armas, muy poderosas, se quedan cortas para desafiar a Nadal en Roland Garros. Y si se sabe que la derrota está predeterminada igual no es necesario comprobarlo cada temporada, terminar a ello. Y ese es un dato más que explica el tamaño del tenista que acaba de ganar su undécimo trofeo de los mosqueteros, es capaz de hacer agachar la cabeza al jugador que la mayoría consideran el mejor de siempre.

En un artículo previo a esta final, Toni Nadal explicaba en 'El País' que del mismo modo que ahora confía en su veteranía antes lo hacía en el brío de la juventud. En algún momento en este recorrido, Rafa se convirtió en un veterano, en una voz grave dentro del circuito. Todavía puede emocionar, pero difícilmente puede sorprender. No hay evento deportivo de gran nivel en el que las apuestas estén más desniveladas; varios medios estadounidenses propusieron a sus expertos antes del torneo que escogiesen entre los 126 jugadores que no eran Nadal y Nadal. Todos se apresuraron en señalar al español.

No hay otro deporte en el que en ese tipo de elección la lógica te lleve a ese resultado. Que uno solo supere con regularidad a 126 explica sin más aditivo la diferencia de la que se está hablando. "Soporifero", titulaba su columna Toni. No es una crítica, faltaría más, pero con el tiempo han escuchado en diversas ocasiones la frase. Por el tipo de juego, pero por encima de todas las cosas ha llegado a hacer de uno de los grandes torneos del deporte mundial un evento bastante previsible. Antes de cada partido, centenares de aficionados rendidos a Rafael Nadal cogen su teléfono y mandan a sus amigos un mensaje. "Cuidado, que este es bueno". "Puede perder". "Va a estar igualado". El miedo es libre, pero no resiste con facilidad el método científico. Sentarse en el sofá a ver un partido de Nadal en Roland Garros tendría que ser una experiencia tranquila, desprovista de la parte de nervios y frenesí que tiene el deporte profesional.

Y eso, que en principio suena contraintuitivo -el deporte sin emoción es menos deporte- permite deleitarse en su manera de conseguir los títulos. Porque ganar cada año no le quita en absoluto mérito, se enfrentan a los mejores, que son jugadores más completos de los que había en el pasado. Es solo que no están cualificados para superar a la bestia, no tienen ni el físico ni la clase para ponerse a su altura, son incapaces de sobrevivir al infierno de golpes que propone Rafael Nadal en cada partido. 11 títulos después ya son pocos los encantos ocultos de su juego, están todos ahí.

La diferencia entre la teoría y la práctica

Tan cierto es esto que no hay partido en el que el rival, en la previa, no cuente que sabe cómo se gana a Nadal. Hablan desde el plano teórico, como le pasaba a Stan/Loretta en 'La vida de Brian' cuando reclamaba su derecho a parir hijos a pesar de la imposibilidad física de conseguirlo. Explican que hay que entrar fuerte en la cancha, que hay que intentar que los peloteos no se eternicen, que hay que dominar el terreno y meterse lo máximo posible en la pista. Cuentan que no hay que tener miedo y que variarle el juego durante el partido puede desubicarle.

Nada funciona, nada. Las dos derrotas de Nadal Roland Garros fueron justas, por supuesto, pero es necesario ponerlas en contexto. Tras perder con Soderling en 2009 la tendiditis de su rodilla, que durante mucho tiempo le amargó la carrera, le llevó a no jugar en unos cuantos meses. La de Djokovic en 2015 llegó en los peores meses profesionales de Nadal, entre la psicología y el físico, y en el más imponente momento del serbio, en sí mismo uno de los grandes tenistas de todos los tiempos, una máquina indestructible en aquellos días. Dos derrotas justas, pero con asterisco, Rafa no estaba a su nivel, el rival alcanzaba en esos días su punto máximo de juego.

¿En qué consiste el magisterio de Nadal? Más fácil de explicar que de hacer, y eso que lo primero tampoco es del todo sencillo. En una televisión las sensaciones son muy diferentes a verle en persona, por la manía que tienen las pantallas de ser planas. El espectador puede ver que Nadal tira fuerte y profundo, pero se le escapa lo que siempre fue la clave del éxito: la altura. Rafa le pega a la pelota de un modo heterodoxo, ningún monitor de este deporte aconsejaría pasarse la raqueta por encima de la cabeza para recoger la raqueta después del impacto, entre otras cosas porque físicamente es durísimo y casi una llamada a las lesiones. Él resiste, siempre ha sido fortísimo, tiene una capacidad para mover el cuerpo que el resto no alcanzan. El número 1 no hace pesas, sería contraproducente, se dedica a técnicas como el pilates que le mantienen el físico y le dotan de mayor flexibilidad y motricidad.

Hasta que el cuerpo aguante

El caso es que su manera de pegar le da a la pelota unas revoluciones que el resto ni imaginan. La pelota va dando vueltas sobre sí misma y cuando toca el suelo sale disparada al cielo. El jugador rival tiene complicado llegar incluso a darle, y desde luego son incapaces de hacerlo con naturalidad. Los tenistas acostumbran a pegarle a la altura de la cadera, pero con Rafa les llega la bola unos cuantos centímetros más arriba, suficientes para que no puedan controlar el golpe, ni la fuerza ni la dirección.

Una vez eso ocurre, el plan previsto, ese en el que hay que empujar a Nadal y dominarle, se convierte en una entelequia. De nuevo la práctica esquiva la teoría, como ha vuelto a ocurrir con Thiem en esta final. Él es el producto más cercano al español, el mejor jugador en tierra de los mortales y quien más problemas le ha puesto en estas dos últimas temporadas en su terreno. Le ha ganado en un par de ocasiones, le ha achuchado, ha terminado en el mismo cajón que el resto de los rivales.

Y bajo el paraguas de esa terca realidad, se van acumulando las estadísticas. 79 títulos, 17 de grand slam, más de 100 millones de dólares de ganancias solo en premios de torneos, once veces campeón de Roland Garros, dos oros olímpicos, campeón de la Copa Davis en cuatro ocasiones... tiene 32 años y la intuición lleva a pensar que el tiempo se termina, pero en realidad de Nadal se piensa eso mismo dese que era un niño con melena. Que si su juego era demasiado duro para el cuerpo, que su físico no podría pagar los talones que estaba firmando... los malos augurios, a corto y a largo, siempre existen, pero le pueden preguntar a Del Potro, uno de los mejores analistas del tenis de hoy después de sus años en el dique seco por una lesión. Él no le ve un final a Nadal, le llevará hasta donde alcance su ambición, y eso, el espíritu, nunca ha dado la sensación de que le vaya a flaquear. El juego ha cambiado, hoy son menos los jóvenes y más los expertos.

Eso vuelve a Toni, lo que de algún modo tiene su gracia, porque él también es el inicio de todas estas cosas. Cuando era joven confiaba porque era joven, y tenía mucha lógica, en aquel momento los jóvenes mandaban y era extraño ver tenistas competitivos más allá de la treintena. Él ya pasó hace tiempo esa barrera, por lo que toca confiar en su veteranía, lo cual está bien ahora, porque es la veteranía lo que se impone en el tenis. Entre unas cosas y otras, cambiando o quedando igual, Nadal siempre se las apaña para aparecer en la columna ganadora. Disfrútenlo, que algún día terminará.

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