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Thiem, el mejor jugador sobre la tierra batida (entre los mortales) y rival de Nadal
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Thiem, el mejor jugador sobre la tierra batida (entre los mortales) y rival de Nadal

El austriaco de 23 años ha demostrado una gran regularidad esta primavera. Tiene una derecha que asusta por su potencia y aspira a ganar al intocable Nadal en las semifinales parisinas

Foto: Dominic Thiem, en Roland Garros. (Reuters)
Dominic Thiem, en Roland Garros. (Reuters)

No levanta la voz, muchas veces ni siquiera parece que haya llegado. Cuando camina por fuera de la pista es casi un desconocido. Estar entre los diez primeros del mundo no ha hecho de él una gran celebridad. Es cuestión de tiempo. Pronto esa derecha brutal, a más de 100 kilómetros por hora, que suena como un asteroide entrando en la atmósfera, empezará a tener predicamento. El carisma no se compra, pero la victoria hace aparentar a uno ser más alto, más guapo y más simpático. Y Dominic Thiem está llamado a ganar mucho en el mundo del tenis.

El austriaco lleva preparándose desde que era un crío para llegar a las semifinales de Roland Garros. En su familia el tenis no era una opción sino algo irrenunciable, casi congénito. Sus padres fueron profesionales de no muy alta valía, de esos que se convierten rápido en entrenadores. Enamorados de las raquetas y de este deporte. Dominic es el hermano mayor, Moritz, el pequeño, también está ya dando vueltas por el circuito junior. El caso es que al menos uno de ellos tiene mucho talento.

Le llaman Dominator, más en un intento de darle un poco de marketing que como un traslado de su ánimo. Más bien al contrario, es educado, no se le recuerda una raqueta rota y trata a los rivales y los jueces de una manera exquisita. Sí que existe esa violencia en su juego. Es muy físico, tremendamente duro. Corre la pista con su buen movimiento de pies, pero destaca especialmente por esa rudeza, es casi un leñador austríaco. Fortísimo, siempre fortísimo. En sus golpes y en su resistencia. No en vano se pasó año haciendo entrenamientos de corte militar para llegar a este punto, el de la extrema dureza.

Claro, que ahora se enfrenta al malo final. Porque en estos años Thiem solo ha podido pensar en un referente: Rafael Nadal. Es un jugador de tierra, se desenvuelve bien también en otras pistas, pero es solo en la arcilla donde por el momento está destacando a la altura de los mejores. Y si de polvo de ladrillo se trata solo vale un nombre, el del nueve veces campeón de Roland Garros que se ha plantado en semifinales sin romper a sudar. El mejor de siempre en lo suyo, el referente.

Lo fácil es decir que es el nuevo Nadal, pero no es cierto. Nunca llegará a ese nivel. Entre otras cosas porque cuando el español cumplió los 23 años que tiene hoy Thiem ya había ganado Roland Garros cinco veces. Y esa es una distancia que, en este punto, ya es insalvable. Sí, es cierto, el tenis ha ido evolucionando y eso ha hecho que las carreras se alarguen y cada vez sea más difícil entre los mejores. El proceso para entrar en la pomada de los campeones es hoy más complicado que cuando lo logró Nadal.

Pero esa no es la explicación. Nadal lo hubiese logrado igualmente, independientemente de la época de la que hablamos. Porque el de Manacor no es de los que pide permiso, es de los que tira la puerta. Esa es la actitud de la leyenda. Se puede ser un buen jugador sin ella, se puede ganar mucho sin ser así. Pero para ser Rafa Nadal no vale con igualar su juego, hay que tener su hambre y su infatigable capacidad de mejora.

Nadal tiró la puerta

Hay en esto una pequeña sombra de duda con Thiem. Ahora le ocurre menos, parece que sus objetivos son más claros, pero en tiempos pasados no le daba la suficiente importancia a la derrota, algo clave para un profesional. No deja de ser parte del oficio, que te duela mucho cuando pierdes. Tomarse en serio como tenista es pensar que cada punto que te ganen es una afrenta.

Tampoco en el juego son exactamente iguales. Llegan los dos a un punto similar, el del dominio claro de la situación en tierra batida, pero eso no les convierte en el mismo jugador. Para empezar, y como punto más evidente, Dominic Thiem tiene el revés a una mano, no a dos. Lo cual, por otro lado, es uno de los mejores argumentos que encontrará Nadal para atacarle. Porque Thiem pega fuerte y abre ángulos, pero por definición el revés a una mano es el plato favorito que tiene Nadal por cena. Es muy difícil controlar la bola con un solo brazo cuando llega tan enrabietada como sale de la raqueta de Rafa.

La estrategia tampoco sorprende: mucha defensa. Cuando eres un jugador con ese físico puedes permitirte volver a por la pelota una y otra vez. No es tan rápido como Nadal, pero los dos cubren la pista con inteligencia y son capaces de desesperar a los rivales oblgándoles siempre a jugar un golpe más. Thiem, como el español, no está incómodo cuando le empujan más allá de la línea de fondo. Él no tiene problema en contraatacar con su derecha, que es una de las más duras del circuito. "Golpea extremadamente fuerte la pelota, es un jugador potente que te deja pocas opciones. Contra él hay que jugar largo, obligarle a que juegue en posiciones incómodas", comentaba esta semana Nadal, que le ganó en Madrid y Barcelona pero perdió con el en Roma.

Esta temporada, exitosa, ha tenido problemas para cerrar los partidos. En no pocos casos los partidos se le alargaban absurdamente, se dejaba sets por el camino y terminaba sufriendo mucho más de lo que a él le gustaría. Pero esto parece que se la ha quitado de un plumazo en Roland Garros. No ha perdido ni un solo parcial. Es más, consiguió uno de los partidos más sólidos de toda su carrera en los cuartos de final contra el menguante Novak Djokovic. El 'rosco' del último set es una muestra clara de contra quién se está jugando las habichuelas Nadal en las semifinales. Potentísimo, moviendo a Djokovic de un lado al otro, agotando la energía del rival.

No levanta la voz, muchas veces ni siquiera parece que haya llegado. Cuando camina por fuera de la pista es casi un desconocido. Estar entre los diez primeros del mundo no ha hecho de él una gran celebridad. Es cuestión de tiempo. Pronto esa derecha brutal, a más de 100 kilómetros por hora, que suena como un asteroide entrando en la atmósfera, empezará a tener predicamento. El carisma no se compra, pero la victoria hace aparentar a uno ser más alto, más guapo y más simpático. Y Dominic Thiem está llamado a ganar mucho en el mundo del tenis.

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